Chögyal Namkhai Norbu
Chögyal Namkhai Norbu, nació en Dergué, en el Tíbet Oriental. Él fue
reconocido a los tres años como el Tulku de un gran maestro de
Dzogchén que había vivido con anterioridad. Después de completar sus
estudios académicos, recibió enseñanzas de importantes maestros de
dzogchén y practicó con ellos. Cuando los eventos políticos hicieron
que abandonase el Tíbet, se estableció en Sikkim. Luego trabajó como
profesor en el Instituto para el Medio y el Extremo Oriente en Roma
y, más adelante, en el Instituto Universitario Oriental en Nápoles.
En esencia, la enseñanza dzogchén se ocupa del Estado primordial
que, desde el comienzo mismo, ha constituido la naturaleza
intrínseca de cada individuo. La vivencia de dicho Estado es la
vivencia de nuestra verdadera condición: somos el centro del
universo, aunque no en el sentido egoico y egoísta propio de
nuestra experiencia ordinaria. La conciencia egocéntrica ordinaria
no es otra cosa que la jaula limitada de la visión dualista que
excluye la vivencia de nuestra verdadera naturaleza: la vivencia
del espacio del Estado primordial. Descubrir el Estado en cuestión
es Comprender la enseñanza dzogchén, cuya transmisión tiene como
función el comunicar dicho Estado: quien lo ha descubierto y se ha
establecido en él lo transmite a quienes están atrapados en la
condición dualista. Incluso el nombre “dzogchén”, que significa
“Gran Perfección”, se refiere a la autoperfección de este Estado,
fundamentalmente puro desde el comienzo, en el cual no hay nada que
rechazar o que aceptar.
En todas partes los seres sensibles han entrado en la visión
dualista que oculta la vivencia del Estado primordial y cuando los
seres realizados han entrado en contacto con ellos, sólo raras veces
han sido capaces de comunicar el Estado en cuestión de manera
completa sin palabras o símbolos; en consecuencia han tenido que
usar como medio de comunicación la cultura en la cual lo han
transmitido. Incluso en la antigua tradición bön —la tradición, en
gran parte chamánica, que es indígena del Tibet y que antecede la
llegada del budismo desde la India— existía una enseñanza dzogchén.
Así pues, aunque las enseñanzas dzogchén no pertenecen ni al
budismo ni al bón, podemos considerarlas como la esencia de todas
las tradiciones espirituales tibetanas, tanto dentro de la primera
de dichas religiones como dentro de la segunda.
LA BASE
Es totalmente imposible encontrar al Buda fuera de nuestra propia
Mente. Alguien que ignore esto puede buscar externamente, pero ¿cómo
es posible encontrarse a sí mismo, buscando fuera de uno mismo?
Quien busca su naturaleza fuera de sí es como un loco que,
realizando una representación en medio de una multitud, olvida quién
es él y trata de encontrarse a sí mismo en todas partes.
PADMASAMBHAVA
De los grupos de tres, el constituido por la Base, el Sendero y el
Fruto es de central importancia.
Ahora consideraremos sucesivamente cada uno de estos elementos.
esencia
La Base: naturaleza
energía
“Base”, en tibetano “shi“, es el término que se utiliza para
indicar el campo fundamental de la existencia, tanto en el plano
universal como en el individual, pues el uno y el otro son
esencialmente el mismo, de modo que descubrir el uno es descubrir el
otro: si descubres lo que eres en verdad descubres la naturaleza
del universo. Anteriormente nos habíamos referido a la vivencia del
Estado primordial en una “Contemplación no dual”: ésta es la
vivencia de la Base, que constituye la verdadera identidad del
individuo. Se la llama la Base porque sirve de base a todos los
fenómenos y porque, siendo increada y desde siempre pura y
autoperfecta, no es algo que tenga que ser construido. Aunque es la
Base increada e indestructible de la existencia de cada individuo,
queda velada a la experiencia de todo aquél en quien se manifieste
el dualismo: cuando esto sucede, es oscurecida temporalmente por
las “nubes” constituidas por los estados mentales negativos en mutua
interacción —por ejemplo, pasiones como el apego y la aversión— que
surgen de la ignorancia básica constituida por la visión dualista.
Sin embargo, la Base no debe ser objetivada y considerada como un
ente auto existente ella constituye el Estado o condición
insustancial que sirve de base a todos los entes e individuos, la
cual es ignorada por el individuo ordinario pero se encuentra
plenamente patente para el individuo realizado.
En las enseñanzas budistas en general se considera que la
conciencia no cesa con la muerte del cuerpo físico, sino que
transmigra, y que las causas kármicas acumuladas en innumerables
vidas dan lugar a nuevos renacimientos hasta que el individuo se
realiza, el karma es trascendido y la trasmigración llega a su fin.
No se establece cómo y cuándo comenzó esta trasmigración, pues se
considera que, en vez de perder nuestro precioso tiempo especulando
acerca de una causa primera, haríamos bien en ocupamos de lo que
puede ser verdaderamente útil, que es cómo poner fin al sufrimiento
de la trasmigración y la existencia condicionada. En la época del
Buda había mucha discusión entre las sectas del brahmanismo acerca
de la existencia o inexistencia de un Creador y, entre quienes
afirmaban su existencia, acerca de la naturaleza precisa de éste.
Ahora bien, en vez de afirmar o negar la existencia de un ser
supremo como la primera causa, el Buda aconsejó a sus discípulos
que dejasen a un lado la duda y la especulación y se esforzasen por
alcanzar el Estado de Iluminación en el cual desaparecen las
preguntas y se manifiesta la claridad.
Al nivel de lo que experimentamos en nuestras vidas, está claro que
la trasmigración comienza en el momento mismo en que entramos en el
dualismo y termina cuando redescubrimos el Estado primordial, el
cual está más allá de todo límite, incluyendo los límites del
tiempo, de las palabras y de los conceptos
La existencia de los innumerables universos surge de la misma manera
que la existencia condicionada del individuo: a partir de huellas
kármicas. Por ejemplo, la antigua tradición tibetana de cosmología
bón explica que el espacio existente antes de la creación de este
universo no era otra cosa que la huella kármica latente dejada por
seres de previos ciclos universales destruidos al final de los
mismos. Este espacio se movió dentro de sí mismo y se formó la
esencia del elemento viento; la feroz fricción de este viento contra
sí mismo produjo la esencia del elemento fuego; las diferencias de
temperatura resultantes causaron la condensación que resultó en la
aparición de la esencia del elemento agua, y el movimiento de las
esencias de estos tres nuevos elementos engendró la esencia del
elemento tierra, tal como al batir leche se produce mantequilla.
Este nivel de la esencia de los elementos es preatómico y consiste
en luz y color.
De la interacción de las esencias de los elementos habrían surgido
los elementos al nivel atómico o material, de la misma manera y en
la misma secuencia que sus esencias. A continuación, de la
interacción de los elementos materiales o atómicos se habría formado
lo que se conoce como el “huevo cósmico”, constituido por todas las
regiones o los dominios de la existencia condicionada: los de las
divinidades superiores (sin forma y de la forma), el de los naga y
los correspondientes a los seis estados del reino de la sensualidad
o lokas.
Si las esencias de todos los elementos. los elementos mismos y
todos los reinos de experiencia surgen del espacio, constituido por
las huellas kármicas latentes de seres del pasado, dicho espacie no
se encuentra más allá del karma y el nivel condicionado de la
existencia y, en consecuencia no podemos aplicarle lo que se dice de
la Base: que desde el comienzo ha sido fundamentalmente pura y
autoperfecta. La Base puede compararse con el espacio en la medida
en que es lo que permite la manifestación de todos los entes, pero
no puede identificarse con el espacio condicionado: ella es lo que
permite que éste se manifieste y podría compararse con la esencia de
dicho elemento, omnímoda, omnipresente y no nacida.
Las enseñanzas dzogchén consideran el proceso de originación
cósmica de una manera paralela y sin embargo distinta a la de la
tradición bön. En las enseñanzas dzogchén se considera que, tanto en
el nivel universal como en el individual, el Estado primordial, que
está más allá del tiempo y, en consecuencia, de la creación y la
destrucción, es la Base fundamentalmente pura de toda existencia.
Por su propia naturaleza intrínseca, el Estado primordial se
manifiesta como luz, la cual a su vez se manifiesta como los cinco
colores que constituyen las esencias de los elementos. Estas
últimas interactúan —tal como lo explica la cosmología bón— para
producir los elementos mismos, que constituyen el cuerpo del
individuo y la totalidad de la dimensión material. Así pues, el
universo es entendido como el juego de la energía del Estado
primordial, que surge espontáneamente y que puede ser disfrutado
como lo que es —un juego— por quien permanezca integrado en su
condición intrínseca esencial: el Estado autoliberador y
auto-perfecto del dzogchén. Ahora bien, si, como resultado de la
percepción fundamentalmente incorrecta de la realidad que el budismo
llama “ignorancia”, el individuo entra en la confusión del dualismo,
su conciencia dualista tomará las proyecciones de la capacidad
cognoscitiva (o cognoscitividad) primordial, que es su propia
fuente y la fuente de toda manifestación, como una realidad externa
que existe separada e independientemente de dicha conciencia
dualista, y ésta quedará atrapada en las mencionadas proyecciones.
Las múltiples pasiones surgen de esta percepción errónea fundamental
y condicionan continuamente al individuo, manteniéndolo en el
dualismo.
Con sus explicaciones de la Base, el Sendero y el Fruto las
enseñanzas dzogchén se proponen mostrar cómo surgió la ilusión del
dualismo, cómo puede ésta disolverse y cuál es la vivencia de un
individuo cuando ella se disuelve. Ahora bien, los símbolos que se
utilizan para explicar la naturaleza de la realidad sólo pueden ser
parcialmente apropiados, pues por su propia naturaleza las palabras
y los conceptos son inadecuados para describirla con exactitud. Como
dijo Milarepa, aunque en la medida en la que ambos son vacíos se
puede comparar la naturaleza esencial de la mente con el espacio,
la mente tiene una naturaleza cognoscitiva de la que el espacio
carece. La realización no consiste en un conocimiento acerca del
universo, sino en la vivencia directa de la naturaleza de éste.
Hasta el momento en que obtengamos la vivencia directa en cuestión
seguiremos dependiendo de los ejemplos y sujetos a los límites de
los mismos.
Podríamos comparar la Base con un objeto desconocido y misterioso.
Para describirlo, yo podría decir que el objeto es blanco y
redondeado, con lo cual ustedes se formarían una cierta idea de él.
Ahora bien, al día siguiente podrían oír una descripción dada por
alguna otra persona que lo hay a visto y cambiar su idea según esta
última descripción, concluyendo que el objeto es ovalado y no
redondo, y su color madreperla y no blanco. Cincuenta descripciones
después, todavía no habrían llegado a conocer en absoluto el objeto,
y seguirían cambiando de opinión cada vez que oyesen nuevas
descripciones. En cambio, si ven el objeto ustedes mismos aunque sea
una sola vez sabrán perfectamente cómo es y comprenderán que todas
las descripciones eran parcialmente correctas pero que ninguna de
ellas podía expresar la naturaleza del objeto en su totalidad. Algo
similar sucede con las descripciones de la Base o Estado primordial
que constituye y jamás deja de constituir la verdadera condición
intrínseca de cada individuo, que es pura desde el comienzo, incluso
mientras la conciencia superficial de quienes se encuentran
poseídos por el error está sumergida en el dualismo y atrapada en
las redes de las pasiones.
Ahora que hemos considerado el significado del término “Base” como
se lo entiende en las enseñanzas dzogchén, podemos comenzar a
considerar cómo se manifiestan, a partir de dicha Base, el
individuo y el universo que éste experimenta. Todos los niveles de
las enseñanzas afirman que el individuo está constituido por el
Cuerpo, la Voz y la Mente. Los Estados perfectos de éstos, que se
dan en el individuo realizado, son simbolizados por las sílabas OM,
AH y HUM, respectivamente. El Cuerpo incluye la totalidad de la
dimensión material del individuo, mientras que la Voz corresponde a
la circulación de la energía vital del organismo, conocida como
vayu o prana en sánscrito y lung en tibetano, que está asociada
íntimamente a la respiración. La Mente incluye tanto a la mente que
razona, como a la naturaleza de ésta, que no está sujeta a los
límites del intelecto.
El cuerpo, la voz y la mente del individuo ordinario están tan
condicionados que éste se encuentra totalmente inmerso y atrapado
en el dualismo. La percepción dualista que un ser ordinario tiene de
la realidad es llamada visión impura o kármica, la cual está
condicionada por las causas kármicas que se manifiestan
continuamente como resultado de las acciones pasadas del individuo,
hasta el punto de que éste vive tan encerrado en el mundo de sus
propios límites como un pájaro en una jaula. En cambio, se dice que
un ser realizado —alguien que está más allá de los límites del
dualismo, que ha descubierto la condición de la Base que
anteriormente le estaba velada y que vive en y por ella— posee una
visión pura. La claridad autoperfecta de la visión pura (del) Estado
primordial en los individuos realizados ha hecho que éstos no se
limiten a transmitir directamente el Estado en el que se hace
patente la verdadera condición de la Base o campo de la experiencia
del individuo, sino que además impartan una introducción simbólica a
dicha Base y una explicación oral de la misma. La explicación oral
describe el funcionamiento de la Base en términos de tres aspectos o
“sabidurías”, que son la esencia, la naturaleza y la energía. Y para
simbolizar el aspecto funcional de la Base que cada uno de ellos
representa, tradicionalmente se utiliza un espejo: la vacuidad que
permite al espejo llenarse con cualquier contenido ilustra la
esencia, la capacidad reflectante del espejo representa la
naturaleza y las apariencias particulares que se reflejan simbolizan
la energía.
Esencia:
El aspecto de la Base que llamamos ‘esencia” corresponde a la
vacuidad fundamental de ésta. En la práctica ello implica que, si
uno observa su propia mente, descubrirá que cualquier pensamiento
que se manifieste es vacío en los tres tiempos: pasado, presente y
futuro. Esto significa a su vez que si uno busca el lugar de donde
surgió el pensamiento no encontrará nada; si busca el lugar donde
se encuentra actualmente el pensamiento no encontrará nada, y si
busca el lugar al que se va el pensamiento tampoco encontrará nada:
en los tres casos encontrará sólo vacuidad. Ello no implica que la
“vacuidad” exista como cosa o como lugar, sino más bien que todos
los fenómenos, sean sucesos mentales u objetos aparentemente
externos, no importa cuán sólidos puedan parecernos, son en verdad
esencialmente vacíos (en el sentido de carecer de sustancia o
autoexistencia) y carecen de permanencia; que los mismos existen
sólo en forma transitoria y que cada “cosa” está hecha de otras
cosas, las cuales a su vez están hechas de otras cosas, y así
sucesivamente.., posiblemente hasta llegar a un nivel en el que no
encontraremos cosa alguna. Esto nos muestra que todo lo que parece
tener una existencia sustancial, desde lo enormemente grande hasta
lo infinitamente pequeño, es fundamentalmente vacío.
Empleando un espejo como símbolo de la Base, se dice que la vacuidad
de ésta, que es fundamentalmente pura o katak, es como la capacidad
de un espejo para llenarse con imágenes. Un maestro puede mostrar al
discípulo un espejo y explicarle que el espejo mismo no juzga los
reflejos que aparecen en él como bonitos o feos: al espejo no lo
cambia ninguno de los reflejos que pueda manifestar, de una clase o
de la otra, y se vacuidad no es afectada ni desvirtuada por ellos.
Entonces explicará que la esencia vacía de la mente es como la del
espejo —pura, clara y límpida— y que, no importa lo que ella
manifieste, la esencia de la mente no puede desaparecer ni ser
dañada o maculada.
Naturaleza:
Aunque la vacuidad en el sentido que ya se ha explicado constituye
la condición esencial subyacente de todos los fenómenos, estos
últimos —sean sucesos mentales u objetos “reales” experimentados
como algo externo— siguen manifestándose. Tal como los reflejos, a
pesar de ser vacíos, siguen apareciendo en un espejo, las cosas
siguen existiendo y los pensamientos siguen surgiendo. Este
continuo surgir es el aspecto de la Base que se designa como
“naturaleza” La naturaleza de la Base es manifestar, y para ilustrar
esta naturaleza se la compara con la capacidad que tiene un espejo
de reflejar todo lo que se ponga delante de él. El maestro puede
usar un espejo físico para mostrar que, sin importar si lo que se
refleja es bueno o malo, bonito o feo, la capacidad de reflejar
inherente al espejo funciona tan pronto como se ponga un objeto
delante de él. Entonces explicará que lo mismo es cierto con
respecto a lo que se conoce como la “naturaleza de la mente”, que es
descubierto en la auténtica Contemplación no dual. Cualquier
pensamiento o suceso puede surgir, pero la naturaleza de la mente no
será condicionada por éste, ni entrará en el juicio, sino que
simplemente los reflejará, tal como lo hace un espejo por su propia
naturaleza.
Energía:
Hemos visto que lo que se conoce como shi o la Base —la condición
fundamental del individuo y de la existencia— es en esencia vacía, y
sin embargo su naturaleza es manifestar. Lo que ella manifiesta es
energía, la cual se compara con los reflejos que surgen en un
espejo. De nuevo, el maestro puede mostrar un espejo al discípulo y
explicarle cómo los reflejos que surgen en él son la energía de la
naturaleza intrínseca del espejo, manifestándose visiblemente. Ahora
bien, aunque para explicar separemos artificialmente la esencia, la
naturaleza y la energía de la Base, el símbolo del espejo muestra
que estos tres aspectos son interdependientes y no pueden ser
separados los unos de los otros. En efecto, la vacuidad
primordialmente pura de un espejo, su clara capacidad de reflejar y
los reflejos que surgen en él, son inseparables y son todos
esenciales para la existencia de lo que se conoce como “espejo”. Si
no fuese vacío, el espejo no reflejaría; si no tuviese una clara
capacidad de reflejar, ¿cómo podría manifestar reflejos? Y si no
pudiese manifestar reflejos, ¿cómo podríamos decir que se trata de
un espejo? Lo mismo sucede con los tres aspectos de la Base: la
esencia, la naturaleza y la energía son interdependientes.
Cómo se manifiesta la Energía: dang, rólpa y tsel
La energía se manifiesta de tres maneras características, que se
conocen como dang, rólpa y tsel. Puesto que estos términos no pueden
ser traducidos con precisión a lenguas occidentales, tenemos que
utilizar los vocablos tibetanos. Se los explica mediante tres
ejemplos, que son el espejo, la bola de cristal y el cristal de roca
tallado que descompone la luz.
Dang:
Un espejo no tiene ni forma ni color. Pero cuando se coloca frente a
él una tela roja, el espejo parece ser rojo; frente a una tela
verde, parece ser verde, y así sucesivamente. Así pues, aunque la
vacuidad de un espejo es esencialmente infinita y sin forma, el
espejo puede llenarse con cualquier contenido. Lo mismo sucede con
la energía del individuo, aunque en el nivel dang ella es
esencialmente infinita y sin forma, está claro que tiene la
capacidad de adoptar cualquier forma.
En efecto, aunque esencialmente nuestra energía no posee ni forma ni
dualidad algunas, las huellas kármicas contenidas en nuestra
corriente-de-conciencia dan lugar a las formas que experimentamos
como cuerpo, voz y mente, y a las que percibimos como un medio
ambiente externo cuyas características están, en ambos casos,
determinadas por las causas acumuladas durante innumerables vidas.
El problema es que dichas huellas también producen el error
dualista-sustancialista y el apego que nos hacen ignorar por
completo nuestra verdadera naturaleza y experimentar una separación
radical entre nuestra persona —cuerpo, voz y mente— y lo que tomamos
por un mundo externo, y que nos hacen experimentar dicha persona y
dicho mundo como realidades absolutas y autoexistentes. El resultado
de este error es lo que se conoce como ‘visión kármica”.
Al liberarse de esta ilusión, el individuo experimenta su propia
naturaleza tal como es y como ha sido desde el comienzo: como una
capacidad cognoscitiva libre de restricciones y como una energía
libre de todo límite o forma. Descubrir esto es descubrir el
dharmakaya o “Cuerpo de la Verdad”, que es mejor traducir como
“Cuerpo del Verdadero Carácter de la Realidad”.
Rölpa:
Este modo de manifestación de la energía del individuo es ilustrado
con el símbolo de una bola de cristal. Cuando se coloca un objeto
cerca de una bola de cristal, una imagen de ese objeto puede ser
vista dentro de la bola, de modo que el objeto mismo parece
encontrarse dentro de ella. Lo mismo puede suceder con la energía
del individuo, que tiene la potencialidad de aparecer como una
imagen experimentada “internamente”, como si fuese vista con “el
ojo de la mente” y sin poder ser captada en términos del dualismo
interior/exterior. Sin embargo, no importa cuán vívida pueda ser
esta imagen, ella es, como en el caso anterior, la manifestación de
la propia energía del individuo, esta vez en forma de energía rólpa.
De esta forma de manifestación de la energía dependen muchas de las
prácticas de tóguel y del iangthik a las que se hará referencia más
adelante; de ella surgen las cien divinidades pacíficas y feroces
descritas en el Bardo Tódröl o Libro tibetano de los muertos tal
como le aparecen a la conciencia en el bardo de la dharmata, y es
también de ella de donde han surgido las deidades que emplean los
practicantes del Sendero de transformación para convertir su visión
impura en visión pura. Finalmente, es éste el nivel de su propia
energía que los realizados vivencian como el sambhogakaya o “Cuerpo
de Riqueza”: la riqueza en cuestión es la fantástica multiplicidad
de formas que se manifiesta en dicho nivel —el de la esencia de los
elementos, que es luz— y que los realizados no perciben en términos
dualistas.
Tsel:
Tsel es la manifestación de la energía del individuo mismo como un
mundo aparentemente externo; en efecto, el mundo aparentemente
externo no es más que una manifestación de nuestra energía. Cuando
aparece el dualismo surge la ilusión de un individuo autoexistente
que vive encerrado en sí mismo y que se siente separado de un mundo
que experimenta como externo, pues la conciencia fragmentaria toma
las proyecciones de los sentidos como objetos que existen
independiente y separadamente del ilusorio “sí mismo” con el que
ella se identifica y al que ella se aferra.
El ejemplo que se usa para ilustrar nuestra ilusión de
separatividad establece un paralelo entre la forma en que se
manifiesta la energía del individuo y lo que sucede cuando se
coloca un cristal bajo la luz del sol. Sabemos que la luz del sol,
al caer en el cristal, es reflejada, refractada y descompuesta por
él, produciendo rayos y formas con los colores del espectro que
parecen estar separados del cristal pero que en verdad son
funciones de su naturaleza característica. De la misma manera, lo
que aparece como un mundo de fenómenos aparentemente externos es la
energía del individuo mismo, percibida por sus sentidos. En verdad,
no hay nada externo al individuo o separado de él, y todo lo que se
manifiesta constituye un continuo fundamentalmente libre de dualidad
y de multiplicidad: esta es precisamente la “Gran Perfección” que
se descubre en el dzogchén.
Para un individuo realizado, el nivel de manifestación de la
energía llamado tsel constituye la dimensión del nirmanakaya o
“Cuerpo de Manifestación”. Ahora bien, debemos tener en cuenta que,
ni las formas de manifestarse dang, rólpa y tsel de la energía, ni
el dharmakava, el sambhogakava y el nirmanakava, están separados
entre si. La energía ilimitada y sin forma dang, cuya correcta
captación es el dharmakava, se manifiesta a nivel de la esencia de
los elementos, que es luz. como las formas inmateriales de la
energía rólpa cuya correcta captación es el sambhogakaya y que sólo
pueden ser percibidas por quienes tienen claridad visionaria. A
nivel “material”, ella se manifiesta como las formas de la energía
tsel, que los individuos poseídos por el error perciben como
externas a su conciencia, sólidas y materiales, pero cuya correcta
captación es el nirmanakaya. Así pues, decir que los Iluminados
posean tres kaya o cuerpos no significa que tengan tres cuerpos
físicos en distintas dimensiones, ni tres niveles, como una
estatua; los kaya son las tres formas de manifestación de la
energía de cada individuo, tal como se las experimenta en la
realización. Estos tres kaya serán considerados luego en mayor
detalle.
Es en términos de los ejemplos anteriores como el maestro nos
introduce simbólicamente a la Base, y es explicando los tres
aspectos de dicha Base y la forma en que ella se manifiesta como los
tres modos de la energía, como nos introduce oralmente a la misma.
Este es el secreto abierto, que todos pueden descubrir por sí
mismos. Vivimos nuestras vidas, por así decirlo, al revés,
concibiéndonos como un “yo” que creemos absolutamente separado de un
mundo que consideramos externo. e intentando manipular a este último
para obtener satisfacción. Ahora bien, en tanto que sigamos en el
estado dualista, nuestra experiencia seguirá estando marcada por un
sentido subyacente de carencia, miedo, ansiedad e insatisfacción
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