Chichén
Itzá, Teotihuacan y los orígenes del Popol Vuh
Por Enrique Florescano
Las raíces profundas que unen la centenaria cultura de Teotihuacán
con la cultura maya se perciben en el Popol Vuh, también llamado el
Libro del Consejo. Parece ésta una afirmación descabellada, pues
Teotihuacán tiene su época de esplendor entre el siglo II y el VI de
esta era, mientras que la versión que conocemos del Popol Vuh es de
1554, unos diez siglos más tarde. Sin embargo, como verá el lector
al concluir la lectura de este ensayo, se trata de una tesis
plausible.
Lo cierto es que desde la publicación primera del Popol Vuh no ha
cesado la inquisición acerca de sus orígenes, sin que hasta la fecha
una explicación se eleve inapelable sobre las otras. La manufactura
k’iche’ del libro no puede ponerse en duda, pues los datos muestran
que fue redactado en el alfabeto latino en Santa Cruz del Quiché, la
fundación española que sustituyó a Q’umar Ka’aj, la capital del
reino k’iche’. La fecha final de su elaboración es el año de 1554,
cuando aún vivían Juan de Rojas y Juan Cortés, quienes aparecen
citados en el libro como la última generación de reyes k’iche’.(1)
Las motivaciones que llevaron a los jefes k’iche’ a redactar en el
alfabeto castellano la historia antigua de su pueblo son explícitas.
En la primera página se dice que aun cuando antes "existía el libro
original, escrito antiguamente", ya no se puede ver ni entender (Popol
Vuh 1961, 21). Este dato sugiere que el libro "escrito antiguamente"
era un códice pintado, el libro del Consejo de Q’umar Ka’aj, del
cual se copió la versión en alfabeto latino. Al final de su obra los
autores reiteran su intención de conservar la memoria del libro
ancestral en el lenguaje impuesto por el conquistador. Dicen que
como "ya no puede verse el [libro o códice] que tenían antiguamente
los reyes, pues ha desaparecido", tomaron la decisión de transcribir
en letras la tradición acuñada en pinturas y glifos.
Pero los autores del Popol Vuh introducen una duda acerca de los
orígenes lejanos del libro, pues declaran que el códice donde
estaban pintadas sus historias les fue dado por Nakxit, el
gobernante de Tulán, el reino famoso al que se refieren con
reverencia los textos nauas y mayas (Popol Vuh 1961, 142). En el
Popol Vuh Tulán es el arquetipo del reino y la fuente de los
conocimientos fundamentales. El Popol Vuh registra dos viajes de los
jefes k’iche’ a esta Meca política y cultural. El inicial lo hacen
los cabezas de la primera generación de linajes k’iche’, quienes
emprenden una larga jornada hacia el oriente, el rumbo donde ubican
a Tulán, la ciudad que describen como una metrópoli atestada de
gente de diversas etnias que hablaban lenguas distintas. Ahí, narra
el libro, les fueron dados sus dioses patronos. Luego, en cantos
tristes lloraron su salida de Tulán y fueron a buscar el lugar donde
habrían de asentarse y fundar una nación poderosa (Popol Vuh 1961,
110-112 y 116-117). Es decir, según el Popol Vuh, para los jefes del
pueblo k’iche’ Tulán era la metrópoli dispensadora de los dioses
protectores y los bienes de la vida civilizada.
Motivados por el destino que les fue revelado en Tulán, los linajes
k’iche’ invaden la región de altas montañas cercanas al lago de
Atitlán, en Guatemala, y emprenden batallas encarnizadas contra los
pobladores nativos, a quienes vencen y convierten en tributarios.
Protegidos por Tojil, el poderoso dios del relámpago y el trueno
(una variante del Tláloc teotihuacano), los k’iche’ se posesionan de
territorios dilatados. Sus primeros caudillos, antes de morir, les
hicieron tres recomendaciones: no olvidar nunca a los ancestros,
visitar el lugar del origen, Tulán Zuywa, y rendirle homenaje al
Bulto de Flamas, el envoltorio sagrado que guardaba las reliquias de
los fundadores del pueblo k’iche’ (Popol Vuh 1961, 140-141; véase
también Tedlock 1996, 50). Como se advierte, las tres
recomendaciones hacen de la tradición el principio legitimador del
poder, y particularmente la tradición de Tulán Zuywa.
Más tarde, cuando sus sucesores combaten y vencen a las numerosas
tribus originarias, emprenden un segundo viaje al oriente, el
asiento de la legendaria Tulán Zuywa. Se trata de un viaje de
confirmación de los derechos adquiridos, encabezado por los jefes
del grupo, quienes en Tulán Zuywa son recibidos por Nakxit, el
gobernante de nombre naua ("Cuatro pies"), a quien todos acatan y
temen. Nakxit "era el nombre del gran Señor, el único juez supremo
de todos los reinos" (Popol Vuh 1961, 142). Aquí, otra vez, la
legitimidad política se hace radicar en Tulán Zuywa.
Es decir, mientras en el primer viaje los jefes k’iche’ reciben sus
dioses patronos, en el segundo se les otorgan las insignias del
poder, los símbolos que legitiman su gobierno. El Popol Vuh y los
textos que narran el viaje de los k’iche’ y los kaqchikeles a la
Tulán maravillosa, sitúan a ésta en el oriente. Como advertirá el
lector, esta es una tradición diferente a la de la época Clásica,
cuyos testimonios ubican a Tollan en el occidente, identificándola
con Teotihuacán. Los gobernantes de Tikal y de Copán inscribieron en
estelas y en monumentos colmados de glifos su ascendencia
teotihuacana, y declararon orgullosos sus vínculos con la gran
metrópoli del occidente (véase David Stuart 2000, 465-513; y Martin
2001, 98-111). En cambio, diez siglos más tarde, los jefes k’iche’ y
kaqchikeles proclamaron descender de una Tulán oriental. (2)
El Popol Vuh asienta que los jefes k’iche’, obedeciendo el mandato
de sus progenitores, dijeron: "vamos al Oriente, allá de donde
vinieron nuestros padres" (Popol Vuh 1961, 142). Las fuentes que
narran la migración de las tribus que poblaron las tierras altas de
Guatemala subrayan el origen oriental de Tulán y cuentan que para
llegar a esa gran ciudad fue forzoso atravesar el mar.(3)
El paso del mar es un episodio crucial en este periplo y su registro
en las crónicas permite rastrear el probable itinerario que
siguieron los peregrinos de Tulán. Así, el Memorial de Sololá dice
que al llegar al mar los jefes kaqchikeles se encontraron a "un
grupo de guerreros de los llamados nonowalkat [nonoalcas]", en sus
canoas (Memorial de Sololá 1999, 159). Como sabemos, las fuentes
antiguas ubican a los nonoalcas en el área de Xicalanco, en las
orillas de la Laguna de Términos, en el actual estado de Campeche (Fig.
1) (Carmack 1981, 44-48, fig. 3.7). El Memorial de Sololá refiere
que los kaqchikeles derrotaron a los nonoalcas y con los barcos de
éstos atravesaron el mar y llegaron al oriente, donde estaba
asentada Tulán (Memorial de Sololá 1999, 160). O sea que los
kaqchikeles recorrieron en canoas la costa de Campeche y
desembarcaron en algún punto cercano a Chichén Itzá, el asiento de
la famosa Tulán Suywa (Carmack 1981, 46-47). El Memorial de Sololá
describe a Tulán Suywa como una ciudad imponente: "en verdad que nos
causaron terror esa ciudad y esas casas donde moraban los de Suywa,
allá en el Oriente" (Memorial de Sololá 1999, 160). La visita a
Tulán suscitó estupor y temor entre los kaqchikeles, pues describen
escenas sobrecogedoras, como aquella "cuando se levantó [el viento]
entre las casas formando remolinos que se convirtieron en un
verdadero torbellino de polvo". Luego cuentan que este torbellino
"se arrojó sobre nosotros, nos arremetieron las casas, nos
arremetieron sus dioses" (Memorial de Sololá 1999, 160).
Finalmente esas escenas de espanto y vértigo fueron compensadas por
el encuentro inefable con Nakxit: "Este era en verdad un gran rey y
disponía del encargo de escoger e investir a los señores gobernantes
y a los gobernantes adjuntos." Cuando llegaron a su presencia,
Nakxit les dijo: "Subid las piedras horadadas para el dintel de mi
palacio y os concederé el señorío." Como recordará el lector, las
escaleras, dinteles y columnas horadadas más famosas son las que
enmarcan la entrada del Templo de los Guerreros de Chichén Itzá (Fig.
2). El Memorial de Sololá dice que cuando los jefes de la nación
kaqchikel llegaron a la entrada del palacio de Nakxit "procedieron a
subir dichas piedras horadadas. Y de esta manera Nakxit les concedió
el señorío, con todos los honores e insignias correspondientes". La
misma fuente dice que "Allí también tuvieron que celebrar consejo"
(Memorial de Sololá 1999, 161-162). Es decir, estos textos informan
que junto a los símbolos de poder, los kaqchikeles recibieron
también las instituciones y ceremonias políticas consagradas en
Tulán.
Figura 1. La ruta de los ancestros k’iche’, de Nonoalco a las
tierras altas de Guatemala, según un mapa de Robert M. Carmack. Con
línea punteada he señalado el posible viaje de ida y regreso de los
k’iche’ a Tulán Zuywá (Chichén Itzá). Carmack, 1981: 45.
El Popol Vuh de los k’iche’ describe la misma escena exultante.
Narra cómo Nakxit les dio a sus jefes los títulos reales de Guardián
de la Estera (Aj Pop) y Guardián de la Casa de Recepción de la
Estera (Aj Pop Q’amajay), equivalente al título de receptor de los
tributos, así como las insignias de la realeza: el trono, la piel y
las garras de jaguar, las flautas de hueso, la bolsa de tabaco, las
plumas de papagayo y el estandarte de plumas de garza real. Y junto
a las insignias de mando, Nakxit les otorgó las pinturas de Tulán,
el libro que contenía los orígenes, la historia y la sabiduría de
Tulán. (4) Luego de ese encuentro inolvidable, los k’iche’ y
kaqchikeles retornaron a Xicalanco y desde ese lugar emprendieron su
largo viaje a las montañas de Guatemala, remontando el curso del
Usumacinta (Carmack 1981, 45, fig. 3.1).
Aquí deben subrayarse dos hechos críticos para la comprensión de
esta historia. Primero, que la antigua Tollan a la que se refieren
los textos de la época clásica ha cambiado de ubicación geográfica.
En lugar de estar en el Altiplano Central, es decir, en Teotihuacán,
al occidente del territorio maya, los textos k’iche’ y kaqchikeles
la sitúan ahora en el oriente, hacia la costa este de Yucatán.
Segundo, esta Tulán, al mismo tiempo que es un lugar de reunión, una
Meca en la que convergen los más variados pueblos, es un centro de
dispersión. Los textos dicen que en Tulán Suywa se reunieron pueblos
procedentes de distintas regiones, hablantes de las lenguas más
variadas, quienes luego que recibieron las insignias del poder de
manos de Nakxit abandonaron la ciudad e iniciaron una diáspora, al
cabo de la cual las diferentes tribus se asentaron en las tierras
altas de Guatemala (Memorial de Sololá 1999, 155; Popol Vuh 1961,
143). El Memorial de Sololá dice que al salir los pueblos de Tulán,
cada uno recibió su equipaje: las tribus recibieron piedras
preciosas, plumas verdes, pinturas, esculturas y los calendarios
sagrados, mientras los guerreros fueron dotados de flechas, arcos y
escudos (Memorial de Sololá 1999, 156-157).
Si todas las fuentes afirman que Tulán Zuywa está en el oriente de
la península de Yucatán, esa Tulán no puede ser otra más que Chichén
Itzá, la metrópoli maya que floreció entre los años 800 y 1200 d.C.
en ese rumbo del territorio. Precisamente la época de migración de
los k’iche’, kaqchikeles y otros grupos mayas se sitúa a principios
del siglo XIII, cuando ocurre la desintegración del poder asentado
en Chichén Itzá. Sin embargo, la mayoría de los autores que tratan
la emigración de los pueblos mayas hacia las tierras altas de
Guatemala identifican a estos migrantes con la desbandada que
produjo la caída de la Tula de Hidalgo. (5) Pienso, por el
contrario, que esta diáspora está asociada con la destrucción de
Chichén Itzá, la metrópoli oriental que entre los siglos VIII al
XIII había logrado integrar el antiguo legado maya con las
influencias políticas, religiosas y culturales procedentes de
Teotihuacán. Los rasgos sociales y culturales de los grupos
migrantes que invaden el área montañosa de Guatemala se identifican
más con la tradición de Chichén Itzá que con la de la Tula de
Hidalgo.(6)
El origen mismo de la diáspora está vinculado con el sureste de
Mesoamérica, no con el Altiplano. Como lo ha mostrado Robert Carmack,
un punto clave de la diáspora fue la región pantanosa de
Tabasco-Campeche, formada por el delta del río Usumacinta y la
Laguna de Términos, territorio de hablantes del chontal, el náuat y
otras lenguas afines (Carmack 1968, 42-92; y 1981, 44-48). Estos
grupos tenían una relación de siglos con la cultura teotihuacana,
como lo prueba la presencia de la lengua náuat en sus instituciones
políticas, religiosas, militares y sociales; y como sabemos hoy,
según los últimos estudios, la lengua de Teotihuacán era el náuat.
(7) Las crónicas que narran la peregrinación k’iche’ y kaqchikel
informan que esos grupos migrantes estaban compuestos principalmente
por guerreros. Como en la tradición teotihuacana, los capitanes de
la guerra son los jefes del grupo y los conductores de la migración.
Sus armas y pertrechos son también de origen teotihuacano: átlatl,
macanas, escudo redondo, malla de algodón. Y asimismo, sus ideales y
valores son guerreros: la conquista, la imposición de tributos, el
sacrificio humano y la exaltación del ardor bélico. Nakxit-Kukulcán
es la síntesis de esos valores y el ideal del gobernante. El Popol
Vuh y el Memorial de Sololá consideran a Nakxit-Kukulcán el ancestro
fundador del reino k’iche’ y del reino kaqchikel, respectivamente.
(8)
El legado de Chichén-Itzá
Figura 2. El templo de los Guerreros en Chichén Itzá, cuyo pórtico
está enmarcado por dos cuerpos de serpientes descendentes, labrados
en sus cuatro lados. Dibujo de Raúl Velázquez
Estos y otros rasgos que se leen en los libros sagrados de los
k’iche’ y kaqchikeles son de indudable origen teotihuacano, pero se
advierte que están ya adaptados a la tradición maya a través del
tamiz de Chichén Itzá. La revaloración de Chichén Itzá como una
metrópoli en la que concurren el legado político, religioso y
militar teotihuacano con las antiguas raíces de la cultura maya, la
sitúa como la metrópoli oriental más importante de Mesoamérica
durante los siglos IX al XIII. Gracias a esta simbiosis de
tradiciones, el foco de la vida política, comercial, religiosa y
militar se traslada del Altiplano Central al sureste mesoamericano.
En estos años Chichén Itzá se convierte en una metrópoli, una Meca
religiosa, un polo comercial y una fuerza expansiva y conquistadora.
Pero su contribución más significativa al desarrollo de Mesoamérica
es su papel de mortero donde se mezclan tradiciones culturales
divergentes y se produce una nueva amalgama política y cultural.
Desafortunadamente, las aleaciones que intervinieron en la formación
de esa mixtura son las menos estudiadas. El culpable de esa
ignorancia fue la identificación de la Tula de Hidalgo con la
Tollan-Teotihuacán de la época Clásica, una confusión que impidió
vincular la tradición naua procedente de esta metrópoli con la
cultura maya. (9)
Para rescatar el verdadero rostro de Chichén Itzá es preciso romper
con la tesis que identificaba a la Tula de Hidalgo con la Tollan
maravillosa de los textos, y concentrar la investigación en
Tollan-Teotihuacán, la metrópoli política y cultural más importante
de la época Clásica y la más influyente en el desarrollo posterior
de Mesoamérica.
Chichén Itzá es un caso extraordinario de fidelidad a los orígenes y
de adaptación a los nuevos aires impuestos por el cambio histórico.
Los estudios recientes muestran que esta metrópoli conservó la
antigua concepción maya del Cosmos (la división en cuatro partes y
tres niveles verticales), y el culto a los dioses tradicionales: el
dios ancestral, Pawahtun, la diosa Chak Chel, Chak, el dios del maíz,
etcétera (Taube 1994, 212-246; Kristan-Graham 2001, 329-332). Pero
el apego a las tradiciones constitutivas del pueblo maya no le
impidió adaptarse a las transformaciones de su tiempo. Los cambios
más visibles se advierten en la composición social y el régimen
político. Chichén Itzá muestra una estructura social distinta a la
de los reinos de la época Clásica, asentada en grupos de etnias
diferentes y en linajes competitivos, trabados en una lucha continua
por el poder (Stomper 2001, 207-208).
Un resultado de esta estructura social fragmentada en linajes
competitivos fue el fortalecimiento del Popol na, la Casa del
Consejo. Según las crónicas de la época colonial, Popol na significa
la casa donde se asienta la estera, el sitio donde se reunían las
cabezas de los linajes con el halach uinic o jefe político para
tratar "las cosas de república", es decir, los asuntos concernientes
al gobierno del pueblo y sus relaciones con el exterior. (10) El
antecedente más remoto de esta forma de organización política está
registrado en Copán, a fines de la época Clásica. (11) Más tarde, en
el Posclásico, esta novedad política se vuelve una institución común
en el área maya. El Popol Vuh y el Memorial de Sololá narran que las
principales decisiones adoptadas por los pueblos k’iche’ y kaqchikel,
desde el inicio de su migración en el siglo XIII hasta su apogeo en
los siglos XV y XVI, fueron decididas en sesiones de Consejo o
tomadas en la Casa del Consejo, e informan que ese Consejo estaba
integrado por los jefes de los linajes. (12)
La mejor prueba de la raigambre de estas instituciones comunitarias
es la existencia del libro que llamamos Popol Vuh, Libro del Consejo,
cuyo título expresa el espíritu comunitario que animaba a los
distintos linajes que conformaron la nación k’iche’. Precisamente un
ejemplar del Libro del Consejo de Q’umar ka’aj elaborado en las
salas del Popol na de esa capital, fue el modelo para componer el
Popol Vuh (Florescano 1999, 206-207). En contraste con los relatos
históricos de la época clásica, concentrados en la persona del
supremo gobernante, el Popol Vuh narra la historia de la nación
k’iche’. Recoge sus orígenes remotos, cuando nació la primera
generación de linajes k’iche’, y va hilando la historia de sus
infortunios y conquistas. Relata la larga migración que los condujo
a las tierras altas de Guatemala y enumera los territorios que
recorrieron y los pueblos que fundaron. Cuenta cómo se unieron los
linajes y cómo adoptaron la lengua, los dioses, las tradiciones y
las instituciones k’iche’. No omite las rupturas internas que los
amenazaron, pero festeja sobre todo a los dioses y los caudillos que
combatieron esos peligros y fraguaron la unidad k’iche’. Las últimas
páginas del libro son un canto al poder y la grandeza alcanzados por
el reino k’iche’, un recuento de la energía creativa desplegada por
la nación k’iche’ para conquistar su territorio y construir sus
palacios, templos y ciudades, hasta convertirse en la capital de
esta región de Mesoamérica.
El Popol Vuh puede resumirse en una frase: es la historia del pueblo
k’iche’, un relato que narra las vicisitudes que enfrentó un grupo
humano para construir una nación. Su personaje central es el ente
colectivo llamado nación o reino k’iche’. Al trasladar a sus
pinturas la historia, los anhelos y los logros del pueblo k’iche’,
el libro se convirtió en la representación de la nación k’iche’.
Condensó en sus páginas la esencia de ese pueblo y al mismo tiempo
devino el principal transmisor de ese mensaje ante las nuevas
generaciones. (13) Por esa razón los k’iche’ decían que sus reyes,
los primeros lectores de este libro, podían explicar el pasado y
adivinar el porvenir:
Grandes señores y hombres prodigiosos eran los reyes portentosos
Gucumatz y Cotuná, y los reyes Quicab y Cavizimah. Ellos sabían si
se haría la guerra y todo era claro ante sus ojos; veían si habría
mortandad o hambre, si habría pleitos. Sabían bien que había donde
podían verlo [pues] existía un libro llamado Popol Vuh (Popol Vuh
1961, 155).
Sin embargo, los k’iche’ dicen una y otra vez que la escritura, la
luz, como también le llaman, les fue dada en Tulán Suywa, en el
oriente, del otro lado del mar. Confiesan que ellos no son los
creadores del libro original del Popol Vuh, sino que éste les fue
dado por Nakxit, el gobernante de Tulán Suywa. Aquí se impone una
aclaración. Es evidente que Nakxit no les pudo dar a los k’iche’ un
libro que aún no se había escrito, pues la historia del pueblo
k’iche’ apenas había comenzado. Lo que probablemente quieren decir
las frases "cuando fueron a recibir al otro lado del mar" las
escrituras de Tulán, o "las pinturas, como llamaban a aquello en que
ponían sus historias", es que Nakxit les entregó un ejemplar del
libro que relataba la historia de Tulán Suywa, es decir, de Chichén
Itzá. Dicho de otro modo, Nakxit les otorgó el libro modelo que
contenía cifrada la historia de los orígenes, grandeza y sabiduría
de Tulán, les dio el arquetipo de los libros dedicados a recoger el
pasado de la nación y el modelo para transmitir ese relato a sus
herederos. Tal fue el legado de Chichén Itzá a los pueblos mayas de
la Península de Yucatán. Este fue el legado que más tarde navegó por
los caminos del agua y las rutas de la migración, hasta las tierras
altas de Guatemala, donde encarnó en el Popol Vuh, el Memorial de
Sololá, el Título de Totonicapán y otros textos que adoptaron el
modelo de Tulán para contar la historia de su propia nación
Tollan-Teotihuacán y el modelo original de la historia nacional
Chichén Itzá, a su vez, no fue la cuna del libro que narraba los
orígenes de la nación. Como lo muestran los estudios de los
epigrafistas, arqueólogos e historiadores que en las últimas décadas
reconstruyeron la historia de la época Clásica, los antiguos mayas,
zapotecos y teotihuacanos escribieron en glifos y en imágenes los
orígenes de sus pueblos y registraron minuciosamente el principio de
sus reinos y dinastías. En otra parte he mostrado que esas
laboriosas reconstrucciones adoptaron un modelo que codificó los
temas principales de la narración, los períodos en que se dividió
ésta y los métodos para narrar los acontecimientos. (14) De modo que
la historia del posclásico que escribieron los mixtecos y zapotecos
está basada en el Códice de Viena, un texto del siglo XIII ó XIV,
cuyos orígenes se remontan a la época de esplendor de las culturas
de Monte Albán y Teotihuacán.
En el área maya volvemos a encontrar la tradición de un texto
fundamental del que se derivaron sus distintas narraciones
históricas. En 1973 Robert Carmack, el estudioso más persistente de
la etnografía de los pueblos de Guatemala, encontró en Totonicapán
un verdadero tesoro de antiguos documentos k’iche’. Entre éstos
destacan el Título de Totonicapán, el Título de Yax, el Título de
Pedro Velázquez y el Título de Cristóbal Ramírez. El análisis y la
publicación de estos documentos arrojó nueva luz sobre los orígenes
de la memoria k’iche’. Quizá el descubrimiento que más asombró a
Carmack fue constatar que estos papeles, escritos a mediados del
siglo XVI, estaban basados en el Popol Vuh, el gran libro que
compendió los legados culturales del pueblo k’iche’.
Carmack advirtió que uno de los escribas de la versión que conocemos
del Popol Vuh, Diego Reynoso, también participó en la hechura del
Título de Totonicapán. Comprobó, asimismo, que la genealogía de
gobernantes k’iche’ de ambos textos es semejante, aun cuando es más
completa en el Título... Y constató que salvo la parte dedicada a la
creación del Cosmos del Popol Vuh, los siguientes temas son tratados
de modo semejante en ambos documentos (Carmack y Mondloch 1983,
14-16).
Si avanzamos un poco más y comparamos la estructura narrativa y
temática del Popol Vuh (cuadro I), con la estructura y el contenido
del Título de Totonicapán (cuadro II) y el Título de Yax (cuadro III),
advertimos con claridad meridiana que la influencia del primero
sobre los segundos fue decisiva. (15) Como se advierte en estos
cuadros, la composición que organiza el relato del Popol Vuh, el
Título de Totonicapán y el Título de Yax es similar. Los tres
dividen su narrativa en una triada: primero relatan la creación
original del Cosmos, luego la creación de los seres humanos, el sol
y los primeros asentamientos de pueblos, y por último exaltan la
constitución del reino, la genealogía del linaje gobernante, la
ampliación de las fronteras del territorio y el poder alcanzado por
el reino k’iché.
Salvo la intrusión en el Título de Totonicapán del relato bíblico de
la creación del mundo, el contenido de estos textos proviene de la
tradición mesoamericana, que es la dominante y la más profunda. Se
trata de una tradición anterior a la época de esplendor del pueblo
k’iche’ en el siglo XV, cuando probablemente se compusieron en
pinturas y cantos los episodios que narra el Popol Vuh. Carmack
sostiene que estos textos reflejan la tradición mexicana que
floreció en la época Clásica (300 a 900 d.C.) en Teotihuacán. Es
decir, alude a "la tradición cultural tolteca que fue heredada por
varios grupos étnicos después de la caída […] de Tula" (Carmack y
Mondloch 1983, 16). Se trata, dice, de una tradición que se expandió
por distintas regiones de Mesoamérica. Una de sus vertientes, la de
la Costa del Golfo, tuvo una influencia decisiva en la historia
k’iche’, pues "su manifestación en los altos de Guatemala comenzó en
los primeros años del siglo XIII", cuando se inició la construcción
de ese reino (Carmack y Mondloch 1983, 17).
Carmack afirma que la principal influencia en el Título de
Totonicapán proviene de los toltecas. Dice que "las palabras nahuas
de El Título con pocas excepciones son del náhuat", el idioma de la
Costa del Golfo. En segundo lugar, sus tradiciones históricas ubican
el origen de los fundadores quichés en Tulán, un lugar asociado con
sitios de la Costa del Golfo. Tercero, las instituciones "mexicanas"
en el Título... —casamiento, ritos, asentamiento de pueblos,
militarismo, etcétera—, se asemejan más a lo tolteca que a lo azteca
o pipil. Agrega que la mejor prueba de la influencia mexicana en el
Título... son las abundantes palabras nauas, sobre todo las que se
refieren a la migración desde Tulán, la guerra, las ceremonias
religiosas y los símbolos del poder (Carmack y Mondloch 1983,
17-18).
Comparto esa opinión. En otra parte he sostenido que la llamada
cultura tolteca es originaria de Teotihuacán y que esta ciudad fue
el modelo de las capitales políticas posteriores, la cuna de los
cantos y del códice pintado que narraron los orígenes del Cosmos y
la crónica del reino, y la primitiva Tollan, de la que derivaron las
posteriores: Tollan Cholula, la Tula de Hidalgo, Tulán Zuywá (Chichén
Itzá) y Tollan-Tenochtitlán (Florescano 1999, caps. 3-5). Hace poco
Karl Taube fortaleció esa tesis; en un estudio dedicado al lenguaje
de Teotihuacán propone que éste era el náuat, una variante antigua
del náuatl, una tesis que también asume Christian Duverger, y que
anteriormente había postulado Wigberto Jiménez Moreno (Taube 2000;
Duverger 2000; Jiménez Moreno 1974, 1, 1-12). Como sabemos, los
contactos entre Teotihuacán y la cultura maya están datados desde el
año 378 d.C., cuando contingentes guerreros de Teotihuacán invaden
el reino de Tikal e instalan una dinastía teotihuacana. Más tarde
otras invasiones de teotihuacanos y toltecas procedentes de Tula
propagan en las tierras altas de Guatemala las tradiciones
procedentes de Teotihuacán. (16)
Esta vieja tradición teotihuacana está presente en el Popol Vuh y en
la mayor parte de los Títulos a través de Chichén Itzá, la metrópoli
yucateca que floreció entre los siglos XI y XIII y que para mí es la
legendaria Tulán Zuywa de los textos k’iche’ y kaqchikeles, un doble
de la Tollan-Teotihuacán primera.
La comprobación de que el Título de Totonicapán y el Título de Yax
de los k’iche’ repiten el contenido, la división temática y el
propósito esencial del Popol Vuh, es un dato clave para dilucidar su
origen. La semejanza y el paralelismo de los tres textos muestra,
sin sombra de duda, que los dos Títulos son versiones diferentes del
Popol Vuh, o textos derivados de la misma fuente que nutrió al libro
que inmortalizó la historia del pueblo k’iche’. Quiero decir que los
textos de Totonicapán y de Yax no son Títulos de tierras como lo
proclaman sus nombres, sino variantes del relato ancestral que los
pueblos de Mesoamérica construyeron para rememorar sus orígenes y
preservar su identidad, un relato que probablemente adquirió su
forma canónica en Teotihuacán, la Tollan primordial. (17)
NOTAS:
1.- Véase la introducción de Adrián Recinos a la edición del Popol
Vuh traducida por él (Popol Vuh 1961, 11-12); Tedlock 1996, 56-57.
2.- El Título de Totonicapán (Carmack y Mondloch 1983, 181) dice que
los jefes k’iche’ marcharon hacia dos rumbos opuestos. "Uno de ellos
se fue por donde sale el sol y el otro, por donde se oculta el sol.
C’ocaib se fue por donde sale el sol, y C’ok’awib por donde se
oculta el sol." Ese último no encontró la deseada Tulán y regresó a
Jak’awits, la capital que habían edificado los k’iche’.
3.- Además del Popol Vuh, El Título de Totonicapán (Carmack y
Mondloch 1983, 166, 181-183); y el Memorial de Sololá (1999,
156-161), narran el episodio del cruce del mar.
4.- Popol Vuh 1961, 142; Tedlock 1996, 50-51 y 179-180. Los
kaqchikeles narran un episodio semejante. Véase el Memorial de
Sololá 1999, 157.
5.- Véase, por ejemplo, Thompson 1975, 21-72; y Carmack 1981, 43-74.
6.- Trato este tema con amplitud en el libro recientemente publicado
por la Editorial Taurus con el título Quetzalcóatl y los mitos
fundadores de Mesoamérica, 2004.
7.- En estudios anteriores (Florescano 1999, 58-63; 118-128; 2002,
cap. II) había propuesto esta tesis, basado en el análisis de los
mitos de creación. Recientemente los estudios de Wigberto Jiménez
Moreno (1974, 1-12), Karl Taube (2000) y Christian Duverger (2000)
confirmaron esas presunciones.
8.- En el El Título de Totonicapán, Robert M. Carmack y James L.
Mondloch (1983, 17-18) atribuyen estos rasgos a la tradición
epitolteca derivada de la Tula de Hidalgo, no de Teotihuacán.
9.- Como sabemos, esta identificación se estableció en la Mesa
Redonda celebrada en 1941 por la Sociedad Mexicana de Antropología,
donde se impuso la tesis de Wigberto Jiménez Moreno, quien afirmó
que la famosa Tollan citada por los textos era la Tula de Hidalgo,
no Teotihuacán. Véase Jiménez Moreno 1941, 79-84. Presento una
refutación detallada de esta tesis en el libro Quetzalcóatl y los
mitos fundadores de Mesoamérica (2004).
10.- Esta definición del Popol na o Casa del Consejo corresponde a
la época colonial. Véase Roys 1943, 59 y 64; y Stomper 2001,
207-208.
11.- En Copán, el reino maya de la época Clásica, Bárbara Fash y
otros arqueólogos identificaron un edificio de la acrópolis, fechado
en 746, como una casa dedicada a celebrar reuniones colectivas de
los jefes de linaje en esa capital. Véase Fash et al., 1996,
441-456; y Florescano 2004, 152-157.
12.- Numerosos ejemplos. Véase Popol Vuh 1961, 117, 130, 134, 151,
152, 153; Memorial de Sololá 1999, 159, 162.
13.- En este sentido el Popol Vuh es también, como dice Robert M.
Carmack, "una etnografía del pueblo que habitó el Quiché en el
tiempo en que se escribió el libro". Véase Carmack 1983, 43-59.
14.- Florescano 1999. Véase también Florescano 2002, caps. I y II.
15.- Para hacer esta comparación me apoyé en el análisis estructural
que hice antes del Popol Vuh y de otros mitos cosmogónicos
mesoamericanos. Véase Florescano 1999, cap. I. Esta tesis coincide
con los estudios de Robert D. Bruce (1974 y 1976-1977). En ellos,
compara la tradición cosmológica de los lacandones, que él registró
a fines de la década de 1960 y en la década de 1970, con el libro
del Popol Vuh, y destaca sus semejanzas. El estudio reciente de
Didier Boremanse (1986) confirma el estudio comparativo de Bruce.
Véase especialmente la parte primera de esta obra.
16.- Sobre la invasión teotihuacana en Tikal véanse los estudios de
Stuart y Martin antes citados. Sobre las invasiones de gente de
habla náuat procedente de Teotihuacán y Tula véase Stephan F. De
Borhegy, 1973: 39-41. En este estudio, Borhegy habla de tres
penetraciones de gente de habla náuat en las tierras altas de
Guatemala. La primera, dice, ocurre entre los 400-500, y la llama
migración "Teotihuacan-Pipil", procedente directamente de
Teotihuacán. La segunda ocurre en 700-900 y la llama "Tajinized-Teotihuacan-Pipil".
Se trata de un grupo guerrero. La tercera ocurre en 1000-1200 y la
llama migración "Nonoalca-Pipil-Toltec-Chichimec". Véase también,
Geoffrey E. Braswell, 2003: 297-298.
17.- Véase mi análisis sobre los Títulos primordiales en Florescano
2002, cap. VI.
Enrique Florescano
Fuente: La Jornada Semanal, núm. 536, México, 12 de junio de 2005
Enlace:
http://www.jornada.unam.mx/2005/jun05/050612/sem-enrique.html
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