YOLMELAHUALIZTLI:

La “Acción de enderezar los corazones”

por Tekumumán

 

 

 

 

 

“Estos toltecas eran ciertamente sabios;

solían dialogar con su propio corazón” [1]

 
Introducción
Platón y Aristóteles distinguían entre la diánoia, que es el conocimiento indirecto por medio de los sentidos y de la razón discursiva, y la noesis, que es el conocimiento directo del espíritu, o sea el conocimiento intelectual propiamente dicho. En las palabras de Santo Tomás de Aquino, “razón designa un discurrir por el cual el alma humana llega a conocer una cosa a partir de otra; pero intelecto parece designar un conocimiento simple y absoluto (de modo inmediato, en una primera y súbita captación, sin movimiento o discurso alguno)” [2]. Por su parte, según Plotino, “el alma necesita razonar en la duda o en la ignorancia, pero no el Inteligible cuando la Inteligencia brilla en ella” [3]. Son dos modalidades esencialmente diferentes, pues no sólo se distinguen por su objeto y su método, sino también, y ante todo, por el sujeto del conocimiento. En la diánoia, el sujeto conocedor es el “yo” individual y, en consecuencia, su objeto es el mundo sensible, su método es la experiencia y el análisis por inducción y deducción, y su finalidad es la predicción conforme a las leyes que regulan el devenir. En la noesis, en cambio, el sujeto conocedor es el “Sí mismo” supraindividual, o sea el espíritu -nous- propiamente dicho; su objeto es el “mundo inteligible” y suprasensible, su método es la síntesis por contemplación o, al decir de Nicolás da Cusa, la intuición intelectual, y su finalidad inmediata es la asimilación de los arquetipos inmutables -las ideas, en el sentido platónico del término-, o sea de los principios de los cuales tanto el mundo sensible como sus leyes aparentes dependen por entero. La diánoia es la modalidad propia y específica del saber humano, y, puesto que el ejercicio de la razón supone la conciencia clara y distinta de las cosas, su resultado no puede ser sino un conocimiento exterior y, por lo tanto, provisional y esencialmente relativo, aún cuando verdadero en su orden. En cambio, “el nous nunca se equivoca” [4]; no puede equivocarse puesto que su conocimiento es puramente interior y supone -cuando es efectivo y no solamente teórico- la identificación plena del sujeto con su objeto, lo que implica el pasaje del saber humano al Conocimiento Divino, toda vez que "Dios es el Conocedor, el Conocimiento y lo Conocido" [5].
Admitir la posibilidad del “conocimiento directo del espíritu” supone, obviamente, admitir la realidad del espíritu, es decir -en los términos de la tradición hebrea-, admitir la “chispa de divinidad” que “reside” en el núcleo más interior de todo ser individual y en virtud de la cual éste participa del Ser Universal; pero tanto la ciencia como la filosofía modernas, puesto que son incapaces de ver en el hombre otra cosa que un “compuesto psico-físico”, “una cosa que piensa”, o sea “una cosa que duda, entiende, concibe, afirma, niega, quiere, no quiere, imagina y siente” [6], niegan el espíritu -al que confunden con el alma así como confunden el intelecto con la razón-, y, en consecuencia, niegan el conocimiento directo, sintético e inmediato, sea por considerarlo imposible (“agnosticismo”), sea por considerar que nada hay por conocer fuera del alcance de las facultades sensibles y racionales (“sensualismo”, “racionalismo” y “ateísmo”). Lo primero no es, en el mejor de los casos, más que una pura y simple confesión de impotencia intelectual que, así entendida, poco tendría de reprochable si no se la quisiese hacer extensiva a todos los hombres de todos los tiempos, en tanto que lo segundo es sencillamente absurdo, toda vez que “el mundo corporal, en realidad, no puede ser considerado como un todo autosuficiente, ni como algo aislado en el conjunto de la manifestación universal; al contrario (...), él procede por entero del orden sutil, en el cual tiene, podemos decir, su principio inmediato y por cuya intermediación él se vincula, poco a poco, a la manifestación informal y luego a lo no manifestado; si fuera de otro modo, su existencia no podría ser más que una pura y simple ilusión, una especie de fantasmagoría tras la cual no habría nada, lo que, en suma, quiere decir que no existiría en modo alguno. En tales condiciones, no puede haber, en el mundo corporal, nada cuya existencia no repose en definitiva sobre elementos de orden sutil, y, más allá de ellos, sobre un principio que puede ser llamado ‘espiritual’ y sin el cual ninguna manifestación sería posible en cualquier grado que fuere” [7].

Es evidente que lo no manifestado, así como lo que pertenece al orden de la manifestación informal, no podría ser objeto de análisis ni de experimentación alguna; de ahí que, como dijera Aristóteles, “no se demuestran los principios, sino que se percibe directamente su verdad” [8]. En efecto -explica Guénon-, “basta reflexionar un instante para comprender que un principio, en el verdadero sentido del término, por el hecho mismo de que no puede derivarse o deducirse de otra cosa, no puede ser captado sino de modo inmediato, o sea, de modo intuitivo, y no podría ser objeto de un conocimiento discursivo, como el que caracteriza a la razón (...). Esta percepción directa de la verdad, esta intuición intelectual y suprarracional, de la cual los modernos parecen haber perdido hasta la simple noción, es verdaderamente el ‘conocimiento del corazón’, según una expresión frecuente en las doctrinas orientales” [9]. También para la Huehuetlamatiliztli, la “Antigua Sabiduría” de los Toltecas [10], el corazón es el “órgano” del verdadero conocimiento, a punto tal que la enseñanza impartida por el Maestro Espiritual -Tlamatini- es denominada, en lengua náhuatl, Yolmelahualiztli, o sea, precisamente, la “Acción de enderezar los corazones”.

“Flores y cantos”

“Los que ven, los que se dedican a observar

el curso y el proceder ordenado del cielo,

cómo se divide la noche (...).

Quienes ordenan cómo cae un año,

cómo siguen su camino la cuenta de los días

y de cada uno de los meses, de esto se ocupan,

a ellos les toca hablar de los dioses”. [11]

Los científicos mayas y nahuas alcanzaron, como es sabido, un muy alto grado de desarrollo en sus disciplinas experimentales como, por ejemplo, la astronomía y su aplicación a la confección de calendarios cuya extraordinaria precisión no es negada más que por aquellos de nuestros contemporáneos que han decidido permanecer a toda costa anclados a sus prejuicios. Claro que, tratándose de verdaderos científicos, nunca hicieron de la experimentación un fin en sí mismo, ni creyeron que los conocimientos alcanzados por esa vía portasen en sí su propia garantía de verdad. Ellos eran bien concientes, en efecto, de que el “proceder ordenado del cielo” no hace otra cosa que reflejar en modo sensible -por lo tanto, “experimentable” y “cuantificable”- la actividad suprasensible de los Principios formadores y ordenadores del Mundo, actividad que determina, entre otras cosas, la cualidad de cada ciclo temporal y que, por consiguiente, otorga sentido al empeño por “ordenar cómo cae un año, cómo siguen su camino la cuenta de los días y de cada uno de los meses”. En otros términos, no se trata de “medir el tiempo” sino de conformar el orden terrestre al orden celeste, por lo que la finalidad última de toda ciencia merecedora de ese nombre no puede ser otra que “hablar de los dioses”. Caso contrario, no habrá ya verdadera ciencia sino vana dispersión de la mente en la multiplicidad indefinida de los fenómenos aparentes, cambiantes y perecederos, con la consiguiente ofuscación, tal vez irreparable, de las aptitudes intelectuales de quienes, de tal suerte, “van destruyendo su corazón”:

“¿Qué era lo que acaso tu mente hallaba?

¿Dónde andaba tu corazón?

Por esto das tu corazón a cada cosa,

sin rumbo lo llevas: vas destruyendo tu corazón.

Sobre la tierra, ¿acaso puedes ir en pos de algo? (...). [12]

 

“¿Acaso algo de verdad hablamos aquí, Dador de la vida?

Sólo soñamos, sólo nos levantamos del sueño, sólo es un sueño.

Nadie habla aquí de verdad”. [13]

Neltiliztli -“verdad”- es aquello que, según la etimología de la palabra, tiene la “cualidad de estar firmemente enraizado”; y mal podría estar firmemente enraizado en este mundo, ya que “aquí en la tierra es la región del momento fugaz” [14], de modo que sus raíces, cual las de un árbol invertido, han de buscarse en lo alto:  

“Flores con ansia mi corazón desea (...)

¡Quiero flores que duren en mis manos...!

¿De dónde tomaré yo hermosas flores, hermosos cantos?

Jamás los produce aquí la primavera (...)

Sacerdotes, yo os pregunto:

¿De dónde vienen las flores que embriagan al hombre,

el canto que embriaga, el hermoso canto?

Sólo provienen de su casa, del interior del cielo,

sólo de allá vienen las variadas flores (...)

De su interior salen las flores del canto,

sobre los hombres las derramas, las esparces:

¡Tú eres el Cantor!”. [15]

Cuicánitl -“el Cantor”- es el Logos eterno, el Verbo al que la Huehuetlamatiliztli  identifica con Quetzalcóatl (Kukulcán entre los mayas), el “Ave-Serpiente”, padre de los hombres y de todas las artes, ciencias y oficios. Quien aspire a “hablar algo de verdad” ha de “embriagarse con  flores y cantos”, es decir, ha de asimilar la doctrina y sus símbolos, y, a tal fin, ha de admitir ante todo que a ellos “jamás los produce aquí la primavera”, o sea que no son una creación de la mente humana [16]. Desde luego, cada hombre “se embriagará” hasta donde se lo permita su propia capacidad, pero, en todo caso, ha de tomar las verdades tal cual son, sin quitarles ni añadirles nada:

“Del interior del cielo vienen

las bellas flores, los bellos cantos.

Los afea nuestro anhelo,

nuestra inventiva los hecha a perder”. [17]

De ahí que el verdadero sabio no tiene “opinión propia” ni se permite entregarse a cosas tales como las que los modernos se complacen en llamar “pensamiento libre” o “libre examen”, sino que se limita a dar testimonio de lo que “el Cantor” ha “derramado” sobre él:

"Así habla Ayocuan Cuetzpaltzin,

que ciertamente conoce al Dador de la vida...

Allí oigo su palabra, ciertamente de él,

al Dador de la vida responde el pájaro cascabel.

Anda cantando, ofrece flores, ofrece flores.

Como esmeraldas y plumas de quetzal

están lloviendo sus palabras”. [18]

El “corazón endiosado”

¿Es posible conocer “ciertamente” al “Dador de la vida” -Ipalnemohuani: “Aquél por quien se vive”, uno de los nombres del Principio Unico-? La Huehuetlamatiliztli ofrece dos respuestas aparentemente contradictorias pero que, en verdad, se complementan a la perfección. La primera es negativa, mientras que la segunda es positiva.

“Nuestro Señor, Dueño del Interior y del Exterior [Tloque-Nahuaque] ,

piensa lo que quiere, determina, se divierte.

Como él quisiere, así querrá.

En el centro de la palma de su mano nos tiene colocados,

nos está moviendo a su antojo.

Nos estamos moviendo, como canicas estamos dando vueltas,

sin rumbo nos remece.

Le somos objeto de diversión: de nosotros se ríe”. [19]

 

“Tenedlo entendido:

tendré que dejaros, oh amigos, oh príncipes.

Nadie vale nada ante el Dador de la vida”. [20]

 

“No en parte alguna puede estar

la casa del Inventor de Sí Mismo [Moyocoyatzin].

Dios, el Señor Nuestro, por todas partes es invocado,

por todas partes es venerado. (...)

Nadie en verdad es tu amigo, ¡oh, Dador de la vida!”.

Sólo como si entre las flores buscáramos a alguien,

así te buscamos, nosotros que vivimos en la tierra,

mientras vivimos a tu lado”. [21]

No hay término posible de comparación entre el ser individual y el Ser Universal, siendo el primero rigurosamente nulo de cara al segundo, y éste absolutamente trascendente respecto a aquél. En consecuencia, quienes “vivimos en la tierra”, es decir, sometidos a las condiciones limitativas del estado humano individual, hemos de venerar y alabar a “Nuestro Señor” -Totecuyo-, pero no nos está dado conocerlo en modo alguno:

“Aún si esmeraldas, si ungüentos finos,

damos al Dador de la vida,

si con collares eres invocado,

con la fuerza del águila, del tigre,

puede que nadie diga la verdad en la tierra”. [22]

Sin embargo, como se ha dicho, Dios -Téotl, palabra que es imposible no asociar con el Théos griego y el Deus latino- es el “Dueño del Interior y del Exterior”, o sea que, además de ser absolutamente trascendente -el Mundo entero es “Su exterioridad” y Él es “exterior” al Mundo-, es también absolutamente inmanente, en tanto que “Dueño del interior de todas las cosas”:  

“¿Dónde vives, oh mi Dios, Dador de la vida?

Yo a ti te busco. (...)

Aquí donde llueven las blancas flores,

las blancas flores preciosas,

en medio de la primavera,

en la casa de las pinturas,

yo sólo procuro alegrarte. (...)

¡En todas partes está tu casa, Dador de la vida!”. [23]

La “casa” del “Dador de la vida” no está en ninguna parte y, simultáneamente, está en todas partes, sin que haya aquí la menor contradicción. Dios es absolutamente distinto de los seres contingentes y relativos quienes, en cambio -debido precisamente a su contingencia y relatividad-, en modo alguno son “otra cosa” que Dios, en el sentido de que ninguna realidad puede ser “otra cosa” que la Realidad Absoluta, como no sea en modo puramente ilusorio:

“Sólo venimos a soñar, sólo venimos a dormir:

no es verdad, no es verdad

que venimos a vivir en la tierra”. [24]

 

“Verdaderamente allá es el lugar donde se vive.

Me engaño si digo: tal vez todo

está terminado en esta tierra

y aquí acaban nuestras vidas.

No, antes bien, Dueño del Universo,

que allá con los que habitan en tu casa

te entone yo cantos dentro del cielo.

¡Mi corazón se alza, allá la vista fijo,

junto a ti y a tu lado, Dador de la vida!”. [25]

Por su etimología, la palabra yóllotl -“corazón”- significa “el centro del movimiento”, lo que corresponde bien a la función que desempeña el corazón de todo ser, y también a la función que desempeña el “corazón” simbólicamente concebido como el “órgano central del intelecto”, el cual es, en el orden microcósmico, análogo al “Corazón del Mundo”, verdadero Centro inmutable de todos los movimientos y del que bien se puede decir que es el “órgano” del Intelecto Universal, toda vez que “del hecho de ser Dios inteligente se sigue que su entender es su esencia” [26]. “Alzar el corazón” y “fijar la vista en el Cielo” es un acto de devoción hacia Dios (Principio Trascendente, incognoscible por el “yo” individual), y es un acto de concentración hacia Dios (Principio Inmanente, cognoscible por el “Sí mismo” supraindividual). Puede decirse, en otros términos, que aquél que gracias a la fe reconoce la nulidad del mundo manifestado de cara a su Principio Trascendente, lleva la señal de quien ha purificado su alma, mientras que aquél que gracias a la sabiduría comprende la identidad del mundo manifestado con su Principio Inmanente, lleva la señal de quien ha alcanzado el Conocimiento.

“El buen pintor: Entendido, Dios en su corazón,

diviniza con su corazón las cosas,

dialoga con su propio corazón”. [27]

Sólo aquél que “dialoga con su propio corazón”, como lo hacían los Toltecas, puede ser considerado un verdadero artista, al punto que en la lengua náhuatl, la palabra toltécatl designa tanto al artista como al “Originario de Tula”:

“El verdadero artista todo lo saca de su corazón;

obra con deleite, hace las cosas con calma, con tiento,

obra como un tolteca...”.

 

“El buen pintor (...),

como si fuera un tolteca,

pinta los colores de todas las flores”.

 

“El buen alfarero:

pone esmero en las cosas,

enseña al barro a mentir [a adoptar una apariencia],

dialoga con su propio corazón,

hace vivir las cosas, las crea,

todo lo conoce como si fuera un tolteca...”. [28]

La identificación entre el artista y aquellos que constituyeran la élite intelectual del antiguo México, es menos extraña de lo que a primera vista pudiera parecer, sobre todo cuando se recuerda el lema de las corporaciones artesanales de la Edad Media europea: “Ars sine scientia nihil”, es decir, “El arte sin el conocimiento no es nada”. Desde luego, no se trata sólo ni principalmente del conocimiento técnico, sin duda indispensable, sino del conocimiento del “Cantor”, “Aquél por quien se vive”, ya que el verdadero artista, en el sentido tradicional de la palabra, esta llamado a imitar en cada una de sus obras, no a la naturaleza, sino al Acto Creador primordial y eterno.

Digamos, para concluir, que la noción tolteca de Yoltéotl -“Dios en el corazón” o “Corazón endiosado”- es exactamente equivalente a la noción hindú de Brahma-Pura, la “Ciudad Divina” que se halla en el centro vital de la individualidad simbólicamente identificado con el corazón, noción que, por lo demás, es común a todas las tradiciones. Por ejemplo, la doctrina taoísta enseña: “No preguntéis si el Principio está en esto o en aquello. Está en todos los seres. Por eso se le dan los apelativos de grande, supremo, íntegro, universal, total...”  [29]; y no es diferente lo que, desde otro punto de vista, enseña la doctrina cristiana: “No viene el Reino de Dios ostensiblemente. Ni podrá decirse: Helo allí, helo aquí, porque el Reino de Dios está dentro de vosotros” [30]. Este es el sentido profundo de la sentencia órfica “Conócete a ti mismo”, ya que, como está dicho en el Islam: “Quien se conoce, conoce a su Señor”.  

  NOTAS


[1] Códice Matritense de la Real Academia de la Historia (CMRA), fol. 117 v. Textos de los informantes nahuas de fray Bernardino de Sahagún, siglo XVI. Salvo indicación en contrario, transcribimos los textos nahuas según la traducción al español de Miguel León-Portilla.

[2] Sobre la Verdad XV, 1.

[3] Enneada IV, 18.

[4] Aristóteles: Sobre el Alma III, 10.

[5] Rabí Moshé ben Maimón (Maimónides): Fundamentos de las Leyes de laTorá II, 10.

[6] Descartes: Meditaciones II.

[7] René Guénon: El reino de la cantidad y los signos de los tiempos, cap. XXVI. Cabe señalar que la religión, cuando es lo que debe ser, no niega la intuición intelectual sino que, sencillamente, no la toma en cuenta, ya que está fuera de su ámbito normal de competencia.

[8] Segundos Analíticos, II, 19, 100b.

[9] Corazón y cerebro, en Símbolos fundamentales de la Ciencia Sagrada, cap. LXX.

[10] Los Toltecas -“Originarios de Tula”- constituyeron la élite intelectual y la casta sacerdotal primigenia del antiguo México. Su Antigua Sabiduría fue la fuente de todas las formas tradicionales que se desarrollaron entre los pueblos que conformaron las civilizaciones a las que se ha convenido en denominar Maya y Náhuatl o Azteca.

[11] Libro de los Coloquios de los Doce. Transcripción de los coloquios sostenidos en 1524 entre los últimos sacerdotes nahuas que se dieron a conocer en público y los primeros doce misioneros franciscanos llegados a la “Nueva España”.

[12] Cantares Mexicanos, fol. 2 v. (Manuscritos en lengua náhuatl y caracteres latinos, recopilados en el siglo XVI). La tradición hebrea es muy explícita al respecto: “La dedicación a las ciencias de las naciones del mundo [las ciencias profanas] también se incluye en la categoría de ocuparse de asuntos banales en cuanto al pecado de descuidar la Torá se refiere” (Rabí Shneur Zalman de Liadí: Tania, Séfer Shel Beinonim, cap. 8).

[13] Cantares Mexicanos, fol. 5.v.

[14] Cantares Mexicanos, fol. 10 r.

[15] Cantares Mexicanos, ff. 26 r. y 34-35.

[16] Como está dicho en el esoterismo cristiano, “la verdad no ha venido desnuda a este mundo, sino envuelta en símbolos e imágenes, ya que éste no podría recibirla de otra manera” (Evangelio de Felipe, 67).

[17] Cantares Mexicanos, fol. 10 r.

[18] Cantares Mexicanos, fol. 9 v.

[19] Códice Florentino, lib. VI, fol. 43, v.. Textos de los informantes nahuas de fray Bernardino de Sahagún, siglo XVI. El Sr. León-Portilla fue un eximio nahualista, pero si hubiese estado mejor informado acerca los nombres-atributos con que en diversas tradiciones se designa al Principio Unico, seguramente no habría traducido Tloque-Nahuaque por “Dueño del cerca y del junto”, expresión que, evidentemente, no tiene el menor sentido, además de ser extraña a la lengua castellana. Tloc es “cerca” y Náhuac es el Océano que rodea a la tierra habitada, de modo que Tloque-Nahuaque es literalmente intraducible; pero, tratándose de un Nombre Divino, no es aventurado colegir que, por analogía, alude a la Divinidad en tanto que Realidad Absoluta, “Dueño del Centro y de la periferia” o, mejor aún, “Dueño del Interior y del Exterior”. En el Islam, por ejemplo, uno de los nombres de Allâh es “El-Zâher wa El-Bâten”, o sea “el Exterior y el Interior”, en tanto que otro de Sus nombres es El-Hay -“El Vivificante”-, idéntico a Ipalnemohuani. El hecho de que los mismos nombres divinos se encuentren en tradiciones entre las cuales jamás ha existido el menor vínculo, nada tiene de sorprendente: Dios es uno y, como está dicho en el Judaísmo, "Él y Sus nombres son uno".

      Por otra parte, y a propósito del "Señor que se divierte", la tradición hindú afirma que“la actividad creadora de Brahma no es emprendida en razón de ninguna necesidad de su parte, sino simplemente por juego, en el sentido habitual del término” (Brahma-Sutrâ 2, 1, 32-33).

[20] Cantares Mexicanos, fol. 13 r.

[21] Poema compuesto por Nezahualcóyotl, rey-pontífice de Texcoco entre 1431 y 1472 y uno de los últimos exponentes de la Antigua Sabiduría (tradución de Angel Ma. Garibay K.). En el Hinduismo, uno de los atributos de Ishwâra, el Ser Universal, es Swayambhû  -“El que subsiste por sí mismo”-, idéntico a Moyocoyatzin.

[22] Cantares Mexicanos, fol. 13, r.

[23] Cantares Mexicanos, fol. 10.

[24] Cantares Mexicanos, fol. 17 r.

[25] Cantares Mexicanos, fol. 2 r.

[26] Santo Tomás de Aquino: Suma contra los gentiles, lib. 1, cap. 45.

[27] CMRA, fol. 117 v.

[28] CMRA, ff. 115 v., 117 v. y 124 r.

[29] Chuang Tseu, cap. XI y XXII.

[30] San Lucas:  XVII, 21.

INDICE PRINCIP.