La Tradición del Extremo
Oriente, en su más antigua expresión, remonta al emperador chino
Fo-Hi, cuyo nombre cubre una función intelectual más que a un
individuo. Habría escrito tres obras, de las cuales nos ha
llegado una sola, el Yi-King o Libro de las mutaciones, que
utiliza los símbolos gráficos más simples, puesto que se compone
de combinaciones de una línea continua con una línea quebrada.
Se cuenta que para fijar por escrito la enseñanza que había
recibido de la Tradición primitiva, Fo-hi levantó los ojos al
cielo y los bajó sobre la tierra después escribió sobre sus
tabletas los koua, símbolos fundamentales de la Tradición china.
Cada Kua o trigrama está formado por la superposición de tres
líneas, siendo cada una continua, o quebrada, lo que da ocho
combinaciones diferentes. El trazo continuo representa al yang,
polo positivo y fuerza expansiva de la manifestación. La línea
quebrada representa al yin, polo negativo y fuerza contracta de
la manifestación.
Ambos polos, el yang y el yin, dominan todas
las clasificaciones de la ciencia china y constituyen los
elementos de una dualidad primera, que se unen para formar la
suprema unidad metafísica (o mejor que dependen de ella) y que
los chinos llaman Tao, es decir, Camino o Principio. Hay dos
koua especialmente notables, el que está formado de tres trazos
continuos, que simboliza la Perfección Activa, y el que reúne
tres trazos quebrados que simboliza la Perfección Pasiva. Dos
kua superpuestos forman una figura de seis líneas o hexagrama.
Como hay 64 maneras de disponer los kua de seis líneas, estos 64
hexagramas constituyen el alfabeto metafísico más simple y más
completo que Fo-hi usa para escribir su Yi-King. Es tan
universal que ha recibido múltiples interpretaciones, por lo
demás no limitativas, astronómica, social, metafísica, mántica y
otras. Pero su abstracción hace al libro casi intraducible y es
necesario estar iniciado para interpretarlo correctamente. Como
más tarde lo dirá un taoísta: “Me leerán diez, uno me
comprenderá, diez mil no entenderán nada”.

También descenderemos hasta el siglo VI antes de C. para
encontrar una expresión más accesible de la sabiduría taoísta.
En esta época se fijaron por siglos los dos aspectos
complementarios, exotérico y esotérico, de la Tradición china:
el Confucianismo y el Taoísmo, constituyendo el primero el
aspecto social y el segundo el aspecto interior. El gran sabio
del Taoísmo es Lao-tse, que fue archivista de la corte de los
Tcheou. Ha dejado dos obras: el Tao-te-king, el Libro del Camino
y de la Virtud, o mejor, del Principio y de su Acción, y el Kan-ing,
o libro de las Acciones y Reacciones acordadas, publicado por
sus discípulos.
Tao es el nombre chino del Principio. "Una fuente, desconocida y
oculta, se manifestó mucho antes del nacimiento del Cielo y de
la Tierra, se lee en un texto. Ignorando su nombre la llamé
Tao". Las primeras líneas del libro de Lao-tse precisan su
naturaleza. "El Camino (o el Principio) que sería posible seguir
no es el camino (verdadero). El nombre que se le podría dar no
es el nombre verdadero. Su nombre es la fuente del Cielo y de la
Tierra; con un nombre, es la madre de los diez mil seres". Y Lao-tse
escribe después: “Se la mira y no se la ve, pues la Vía está
ausente. Se la escucha y no se la oye, pues la Vía está en
silencio. Se la toca y no se la siente, pues la Vía es el vacío.
Por la misma razón se dice que quien pregunta sobre Tao y el que
responde son igualmente ignorantes.

Sin embargo, todo lo que existe en el cosmos proviene del
Principio: “Tao ha creado uno, ha creado dos, ha creado tres, ha
creado a los diez mil seres”. Esta causa primera actúa en forma
tan natural que es insensible para todos. "El Principio actúa
sin hacer nada (de aparente) y si la Vía parece que nunca actúa,
es ella siempre la que lo hace todo". En efecto, no se puede
sentir un movimiento uniforme, permanente y continuo que se
identifica a la ley misma de la existencia, como es imposible
sentir los movimientos de la vida vegetativa o el de la tierra
en el cielo, y esto resulta así porque “la Vía es el término
medio... Seguir la Vía es identificarse con ella”.
Este Principio informal actúa por medio de las dos energías
opuestas: el yang y el yin, cuyo equilibrio constituye el del
Principio. Esta concepción supone que toda falta al equilibrio
compromete el orden del mundo, puesto que toda acción es
forzosamente seguida de una reacción en sentido opuesto, como lo
enseña el Ka ning, de donde deriva un principio de menor acción
o de no-actuar. "La acción y la reacción siguen al hombre como
su sombra". Y si sobre el plano práctico la reacción toma a
veces la apariencia de un castigo o de una recompensa, esta
interpretación moral representa para el taoísta un aspecto no
digno de atención. Por este motivo el Taoísmo aconseja al sabio
permanecer tranquilo en el centro del torbellino de las cosas.
“Verlo todo en la unidad primordial indiferenciada, en eso
reside la verdadera inteligencia”, dice Tchouang-Tseu, el más
grande pensador y prosista de la antigua China. El signo más
manifiesto de este estado es la serenidad imperturbable de un
espíritu superior al cielo y la tierra. El sabio debe aplicar la
norma fundamental del no-actuar en todas las circunstancias y
también en su trato con los hombres. “Para gobernar a un gran
estado, dice Lao-tse, es necesario entregarse a ello como para
cocer pescadito” es, decir, con una delicadeza infinita y casi
insensible.
Como todo camino iniciático, el fin de la iniciación taoísta
consiste en la unión con el Principio. Su modo es tan laborioso
como cualquier otro, pero poco adaptable a tipos humanos
diferentes del chino. Incluso se dice que Lao-tse sólo había
confiado su enseñanza a dos discípulos, los que no pudieron
llegar a diez. La paciencia es la primera virtud. Lie-Tseu, uno
de los más ilustres maestros taoístas cuenta que sólo después de
cinco años su maestro le sonrió por primera vez y al cabo de
siete le hizo sentar sobre su estera. El método taoísta consiste
en acumular el yang y eliminar el yin como ascetismo
preparatorio. La práctica es muy parecida al yoga indio, pero
utiliza el simbolismo alquímico.
El cuerpo del adepto llega a ser “el pequeño crisol” cuyo fuego
es alimentado por la absorción del aire y de la luz, llamado
“baño de corazón”. Esta reintegración es facilitada por la
confección de la píldora “de oro potable”, que la alquimia china
permite elaborar. Paralelamente ritos de encantamiento permiten
al discípulo proveer de yang a la "perla", o al “embrión de lo
lnmortal”, que se forma en la caverna del corazón y que por
pacientes ejercicios elévase hasta el punto más alto de la
cabeza por donde esta forma sutil puede escapar. Esta salida se
manifiesta por un éxtasis en que todas las sensaciones son
abolidas por “disolución” y en donde el alma concentrada por
“coagulación” abandona el cuerpo un instante para visitar el
mundo superior. La ausencia, que puede parecer larga,
generalmente dura unos segundos.
La unión con el Principio desvanece todos los desacuerdos del
ser, establece una armonía perfecta entre el iniciado y el
mundo. Este ha perdido su individualidad propia, su iniciativa y
su nombre. Ha alcanzado la simplicidad original y por
integración con los principios vitales una fusión silenciosa con
el universo que acompaña la paz del corazón. Conoce todo sin
saber cómo lo sabe. Ha llegado a ser un “Hombre trascendente”.
