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Rumi nació en Balk (lo que se
conoce hoy como el norte de Afganistán), hijo de un gran maestro
sufi de la época, Baha Veled. Fue criado dentro del mundo místico
desde muy pequeño: debió compenetrarse con la lectura del Corán, su
interpretación y exégesis (interpretación crítica), la
jurisprudencia Islámica y los hadith (los dichos y actos del profeta
Mahoma), los que llegó a manejar a la perfección. A la edad de 10
años debió emigrar, debido a que el pueblo Mongol estaba invadiendo
cruelmente esa zona. Él y su familia emprendieron un largo viaje,
pasando por La Meca y Damasco, arribando finalmente luego de 12 años
al estado de Anatolia (Turquía); durante el viaje, Rumi conoció a
muchos y notables maestros del sufismo. Luego de la muerte de su
padre en 1231, se convirtió en su sucesor y tuvo diversos ilustres e
iluminados maestros, que fueron sus tutores y guías. Pero no fue
hasta su encuentro con el gran maestro Shams i Tabriz, que Rumi
despertó al máximo de su potencial. Shams es un espejo para Rumi, y
en su compañía Jelaluddin Rumi hace realidad la verdad de su ser.
Su amistad con Shams durará por años, al igual que su devoción por
él, hasta que Shams desaparece abrupta y misteriosamente de su vida,
probablemente asesinado entre ardides y celos por parte de los
discípulos de Mevlana que veían en Shams un rival que los alejaba de
su Maestro. Mientras está cerca de Shams, Rumi, recita embriagado e
inspirado por esta amistad en que compara a Shams con el maestro
perfecto. Son pues, sus discípulos o amigos los que transcriben sus
recitaciones y así será el caso de todas sus obras. Años más tarde,
Husamedin Chelebi -seguidor y amigo de Mevlana- se ofrecerá para
transcribir el Masnavi, que es una de las obras principales y más
extensas de Rumi. En ella observamos un Rumi menos extático, pero
más profundo; allí nos comprueba que el camino de la iluminación es
un camino en que el buscador no puede detenerse, dado que su Meta es
la Verdad, es Dios -y Dios no puede ser conocido en su totalidad-.
Su tercera obra es póstuma, Fiji ma Fiji, y es la recopilación por
parte de sus discípulos de las transcripciones de sus discursos.
Tal vez la mayor dificultad para aquel que se inicie en sus textos,
radique en la libertad que posee Rumi en su recitación. El se
inspiraba y comenzaba en poesía o a través de discursos con un tema,
intercalaba historias sobre otro tema a veces, y volvía al punto
inicial luego. Pero es seguro que quien abra su corazón a Rumi y
sobrepase esa dificultad, comprenderá en mayor profundidad el
místicismo Islámico (Sufismo).

El libro
interior
En otros tiempos. dijo el Maestro. cuando yo componía versos, sentía
un gran impulso interior que me empujaba a componerlos y esta
inspiración impresionaba (a los oyentes). Ahora que el impulso
declina, las impresiones, sin embargo, siguen vivas. La costumbre
(sunna) del Altísimo es así: cuida ciertas cosas en el momento de su
aparición, y de estos cuidados provienen grandes influencias y mucha
sabiduría. En el estado de ocultación tal educación también
subsiste: "Señor del Oriente y del Occidente", que quiere decir: "Él
educa los impulsos que aparecen y desaparecen".
Los motazilíes dicen que el creador de las acciones es la criatura,
y que cada acción que emana de la criatura es una creación propia de
esta criatura. No puede ser así, porque la acción se produce, o bien
mediante instrumentos tales como la inteligencia, el espíritu, la
fuerza o el cuerpo, o bien sin instrumentos. En cualquier caso, la
criatura no puede crear acciones por medio de estas facultades que
no es capaz de reunir; no crea, pues, acciones porque esos
instrumentos no le están sometidos y no puede crear acciones sin
instrumentos. Nosotros sabemos con certidumbre que el creador de las
acciones es Dios, no la criatura.
Cada acción, buena o mala, procede de la criatura; ella la efectúa
con un móvil y una intención, pero el valor de esta acción no está a
la altura de lo que imagina. En todo lo que ha mostrado como
sentido, sabiduría y utilidad a propósito de esta acción, la única
ventaja era que procedía de esta criatura. Pero sólo Dios conoce la
utilidad total de esta acción y sabe qué frutos se pueden sacar de
ella. Tú observas la plegaria con la intención de recibir su
recompensa en el más allá, y de adquirir por medio de ella una buena
reputación y seguridad en este mundo; no obstante. la oración no
sólo tiene esta utilidad; puede procurar cien mil beneficios que ni
siquiera has imaginado.
Dios conoce esos beneficios y es Él quien hace realizar esta acción
a la criatura.
El hombre es como un arco en la mano del poder divino; el Altísimo
lo emplea para unas acciones; estas acciones, en realidad, son obra
de Dios, no del arco. El arco es un instrumento y un medio, pero
inconsciente de Dios, para que se mantenga el orden del mundo. ¡Qué
feliz y excelente es el arco que sabe en manos de quién está! ¿Qué
diremos de un mundo cuya naturaleza se basa en la inconsciencia? ¿No
ves que, cuando un hombre está despierto, se hace indiferente y frío
para con el mundo entero? Se funde y perece. Desde su infancia, el
hombre ha crecido por razón de su indiferencia; en otro caso, no
habría crecido ni se habría desarrollado. Ha alcanzado la edad
adulta gracias a la indiferencia. Seguidamente el Altísimo, lo
quiera él o no, le envía sufrimientos y mortificaciones para alejar
las indiferencias e instaurar la pureza: así puede familiarizarse
con el otro mundo.
La existencia del hombre es semejante a un montón de basura, a un
montón de estiércol. Pero, si este montón de basura es precioso, es
porque en él se oculta el anillo del rey. La existencia del hombre
se parece a un saco de trigo. El rey exclama: "¿Adónde llevas ese
saco de trigo con mi copa dentro?". Esta persona ignora la
existencia de la copa metida en el trigo; pero si el hombre descubre
la existencia de la copa real, se despreocupará totalmente del
trigo. Pues bien, cada pensamiento recibido del mundo de lo alto y
capaz de hacerte indiferente hacia el mundo de aquí abajo, es
reflejo y resplandor de esa copa que brilla fuera (del saco) El
hombre desea ese mundo. Si siente, por el contrario, inclinación
hacia el mundo de aquí abajo, es que la copa está oculta bajo unos
velos.
Notas:
* "Fihi-Ma-Fihi" ("El libro interior"), , cap. 54. Yalal al-Din
Rumi, Barcelona, Paidós, 1996

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