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También las Escrituras tienen un cuerpo, formado por los
preceptos. Éstas poseen también vestiduras, que son los
cuentos. Y, en fin, tiene también un alma, que fue
revelada a quienes se hallaban presentes en el Monte
Sinaí.
El alma de las Sagradas Escrituras es la parte
fundamental y esencial, y en un tiempo futuro todos
podrán verla |
4. La esencia de las Sagradas Escrituras
¡Desdichado de quien pretenda que las Sagradas
Escrituras no nos enseñan más que simples cuentos y
cosas vulgares! Si esto fuera cierto, también nosotros
podríamos hacer unas Escrituras que fueran superiores a
las de las Sagradas Escrituras, ya que los libros
profanos encierran a veces ideas superiores. Podríamos,
pues, reunir los bellos pensamientos que contienen estos
libros y hacer así una Escritura. Pero recordad que cada
palabra de las Sagradas Escrituras encierra un misterio
supremo.
Tened presente que tanto el mundo superior como el mundo
inferior están dispuestos en la misma balanza: abajo se
halla Israel y arriba los ángeles. Éstos son espíritus,
y cuando bajan a la Tierra se revisten de un nuevo
aspecto, ya que el mundo material no puede soportar el
impacto de todo lo que es inmaterial. Cuanto más los
misterios contenidos en las Sagradas Escrituras, con
cuya ayuda fueron creados todos los mundos, no pueden
descender con otro aspecto diferente al suyo.
Precisamente el sentido literal es su aspecto externo;
¡Y pobre de quien lo confunda por su propia esencia! Tal
individuo no tendrá parte en el mundo venidero. Por esto
dijo David: Abre mis ojos para que contemple las
maravillas de Tu Ley (Sal. 119, 18). David se refiere a
quien se halla bajo ese aspecto externo.
Los insensatos no se fijan más que en la vestimenta.
Para ellos, es bello aquello que es externamente bello.
De este modo, las vestiduras revisten algo mucho más
preciado: el cuerpo. Y éste reviste algo aún más
precioso: el alma. También las Escrituras tienen un
cuerpo, formado por los preceptos. Éstas poseen también
vestiduras, que son los cuentos. Y, en fin, tiene
también un alma, que fue revelada a quienes se hallaban
presentes en el Monte Sinaí.
El alma de las Sagradas Escrituras es la parte
fundamental y esencial, y en un tiempo futuro todos
podrán verla, ya que también en el Mundo Superior hay
una vestidura, un cuerpo, un alma y un Alma del alma.
Los cielos y sus ejércitos son la vestidura. La
Comunidad de Israel es el cuerpo, que recibe un alma
llamada La Belleza de Israel, que es la Ley y el Alma
del alma es el Santo Anciano. Todas estas partes están
encadenadas entre sí. ¡Desdichado de quien pretenda que
las Sagradas Escrituras no son más que cuentos!
5. El alma de las Sagradas Escrituras
En cada palabra de las Sagradas Escrituras, el Santo,
bendito sea, ha encerrado un misterio supremo, que es el
alma de la palabra, así como otros misterios menos
profundos, que son la vestidura del primer misterio. El
profano no ve en cada palabra más que el cuerpo, es
decir: el sentido literal. Por contra, los clarividentes
ven en cada palabra una vestidura que cubre el alma y a
través de esta vestidura entreven su esencia, aunque una
visión clara y nítida de la misma es del todo imposible.
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¡Cuán equívoco es el espíritu de los hombres que no
entienden el verdadero sentido de las Sagradas
Escrituras, a pesar de que éstas se lo transmitan día a
día con una dulce voz! Tal como acabo de decir, ellas se
complacen a veces en soltar de su seno el misterio. Pero
sólo lo hacen por un breve instante, y cuando apenas lo
han soltado, inmediatamente lo vuelven a ocultar. Aun
así, incluso en estos breves momentos en que liberan su
misterio, éste no es bien percibido por los
no-iniciados.
Esto puede ser comparado a una hermosa joven encerrada
en un palacio, la cual tiene un amante, pero nadie,
excepto ella, conoce el amor de tal amante. Puesto que
el galán, impulsado por el deseo de ver a su amada, pasa
con frecuencia por delante del palacio mirando en todas
direcciones, la joven se decide a abrir una pequeña
puerta en el muro. Cuando ella ve pasar a su amante
acerca su rostro a la obertura y lo retira
inmediatamente. Todos cuantos pasan por delante del
palacio al mismo tiempo que el amante no ven en absoluto
el rostro de la hermosa joven, excepto él, ya que sólo
él dirige su mirada, su corazón y su alma a su amada.
Lo mismo ocurre con las Sagradas Escrituras: sólo
revelan su secreto a sus amantes. Los
no-iniciados pasan por su
lado y no ven nada. Sin embargo, a los iniciados, la
mirada, el corazón y el alma de los cuales están
fijamente dirigidos a sus bienamadas Escrituras, éstas
se dignan a revelárseles por un instante.
Tened presente que las Sagradas Escrituras se revelan a
la mirada del hombre sólo cuando le han hecho una señal
de aproximarse. Si el hombre no entiende esta señal,
ellas lo llaman
insensato, tal como está escrito:
El insensato, que venga
a mí (Prov. 9, 4).
Cuando el hombre se acerca a ellas, éstas le hablan a
través de la cortina que aún les separa. Él empieza
entonces a comprender poco a poco, llegando a lo que se
le llama
derasah
(la interpretación de la tradición). Inmediatamente le
hablan a través de un transparente velo. Entonces llega
el hombre a la alegoría, llamada
aggadah.
Al final, cuando él se ha familiarizado ya con las
Sagradas Escrituras, éstas le revelan cara a cara los
misterios que han estado ocultando desde el principio de
los tiempos. Sólamente
entonces asume un conocimiento perfecto de las mismas; y
es entonces cuando pasa a ser Maestro, pues le han sido
revelados todos los misterios sin excepción alguna.
Las Escrituras dicen entonces al hombre: Has visto cómo
en las mismas palabras en las que te he revelado un
sentido literal, te he mostrado un sentido místico. De
la misma manera que para ese sentido literal todas las
palabras eran indispensables, sin que se pudiera añadir
o sustraer cosa de ellas, asimismo ocurre con el sentido
místico: todas las palabras escritas son indispensables,
sin que se pueda añadir o sustraer ninguna de sus
letras. Por ello urge a los hombres aplicarse con celo
al estudio de las Sagradas Escrituras y convertirse en
sus amantes. |
Tened presente que las Sagradas Escrituras se revelan a
la mirada del hombre sólo cuando le han hecho una señal
de aproximarse. Si el hombre no entiende esta señal,
ellas lo llaman
insensato, tal como está escrito:
El insensato, que venga
a mí |