Zohar

La interpretación de las Sagradas Escrituras

Publicado en Boletin Tradicion Perenne nº 6

 

Un fragmento muy interesante extraído del libro Séller ha-Zohar, Libro del Esplendor, Edt. Obelisco, Barcelona, 1996. Las notas e introducciones que acompañan al texto son muy valiosas. En conjunto, uno de esos libros imprescindibles.

 

También las Escrituras tienen un cuerpo, formado por los preceptos. Éstas poseen también vestiduras, que son los cuentos. Y, en fin, tiene también un alma, que fue revelada a quienes se hallaban presentes en el Monte Sinaí.

 

El alma de las Sagradas Escrituras es la parte fundamental y esencial, y en un tiempo futuro todos podrán verla

4. La esencia de las Sagradas Escrituras

 

¡Desdichado de quien pretenda que las Sagradas Escrituras no nos enseñan más que simples cuentos y cosas vulgares! Si esto fuera cierto, también nosotros podríamos hacer unas Escrituras que fueran superiores a las de las Sagradas Escrituras, ya que los libros profanos encierran a veces ideas superiores. Podríamos, pues, reunir los bellos pensamientos que contienen estos libros y hacer así una Escritura. Pero recordad que cada palabra de las Sagradas Escrituras encierra un misterio supremo.

 

Tened presente que tanto el mundo superior como el mundo inferior están dispuestos en la misma balanza: abajo se halla Israel y arriba los ángeles. Éstos son espíritus, y cuando bajan a la Tierra se revisten de un nuevo aspecto, ya que el mundo material no puede soportar el impacto de todo lo que es inmaterial. Cuanto más los misterios contenidos en las Sagradas Escrituras, con cuya ayuda fueron creados todos los mundos, no pueden descender con otro aspecto diferente al suyo. Precisamente el sentido literal es su aspecto externo; ¡Y pobre de quien lo confunda por su propia esencia! Tal individuo no tendrá parte en el mundo venidero. Por esto dijo David: Abre mis ojos para que contemple las maravillas de Tu Ley (Sal. 119, 18). David se refiere a quien se halla bajo ese aspecto externo.

 

Los insensatos no se fijan más que en la vestimenta. Para ellos, es bello aquello que es externamente bello. De este modo, las vestiduras revisten algo mucho más preciado: el cuerpo. Y éste reviste algo aún más precioso: el alma. También las Escrituras tienen un cuerpo, formado por los preceptos. Éstas poseen también vestiduras, que son los cuentos. Y, en fin, tiene también un alma, que fue revelada a quienes se hallaban presentes en el Monte Sinaí.

 

El alma de las Sagradas Escrituras es la parte fundamental y esencial, y en un tiempo futuro todos podrán verla, ya que también en el Mundo Superior hay una vestidura, un cuerpo, un alma y un Alma del alma. Los cielos y sus ejércitos son la vestidura. La Comunidad de Israel es el cuerpo, que recibe un alma llamada La Belleza de Israel, que es la Ley y el Alma del alma es el Santo Anciano. Todas estas partes están encadenadas entre sí. ¡Desdichado de quien pretenda que las Sagradas Escrituras no son más que cuentos!

 

 

5. El alma de las Sagradas Escrituras

 

En cada palabra de las Sagradas Escrituras, el Santo, bendito sea, ha encerrado un misterio supremo, que es el alma de la palabra, así como otros misterios menos profundos, que son la vestidura del primer misterio. El profano no ve en cada palabra más que el cuerpo, es decir: el sentido literal. Por contra, los clarividentes ven en cada palabra una vestidura que cubre el alma y a través de esta vestidura entreven su esencia, aunque una visión clara y nítida de la misma es del todo imposible.

 

 

¡Cuán equívoco es el espíritu de los hombres que no entienden el verdadero sentido de las Sagradas Escrituras, a pesar de que éstas se lo transmitan día a día con una dulce voz! Tal como acabo de decir, ellas se complacen a veces en soltar de su seno el misterio. Pero sólo lo hacen por un breve instante, y cuando apenas lo han soltado, inmediatamente lo vuelven a ocultar. Aun así, incluso en estos breves momentos en que liberan su misterio, éste no es bien percibido por los no-iniciados.

 

Esto puede ser comparado a una hermosa joven encerrada en un palacio, la cual tiene un amante, pero nadie, excepto ella, conoce el amor de tal amante. Puesto que el galán, impulsado por el deseo de ver a su amada, pasa con frecuencia por delante del palacio mirando en todas direcciones, la joven se decide a abrir una pequeña puerta en el muro. Cuando ella ve pasar a su amante acerca su rostro a la obertura y lo retira inmediatamente. Todos cuantos pasan por delante del palacio al mismo tiempo que el amante no ven en absoluto el rostro de la hermosa joven, excepto él, ya que sólo él dirige su mirada, su corazón y su alma a su amada.

 

Lo mismo ocurre con las Sagradas Escrituras: sólo revelan su secreto a sus amantes. Los no-iniciados pasan por su lado y no ven nada. Sin embargo, a los iniciados, la mirada, el corazón y el alma de los cuales están fijamente dirigidos a sus bienamadas Escrituras, éstas se dignan a revelárseles por un instante.

 

Tened presente que las Sagradas Escrituras se revelan a la mirada del hombre sólo cuando le han hecho una señal de aproximarse. Si el hombre no entiende esta señal, ellas lo llaman insensato, tal como está escrito: El insensato, que venga a mí (Prov. 9, 4).

 

Cuando el hombre se acerca a ellas, éstas le hablan a través de la cortina que aún les separa. Él empieza entonces a comprender poco a poco, llegando a lo que se le llama derasah (la interpretación de la tradición). Inmediatamente le hablan a través de un transparente velo. Entonces llega el hombre a la alegoría, llamada aggadah. Al final, cuando él se ha familiarizado ya con las Sagradas Escrituras, éstas le revelan cara a cara los misterios que han estado ocultando desde el principio de los tiempos. Sólamente entonces asume un conocimiento perfecto de las mismas; y es entonces cuando pasa a ser Maestro, pues le han sido revelados todos los misterios sin excepción alguna.

 

Las Escrituras dicen entonces al hombre: Has visto cómo en las mismas palabras en las que te he revelado un sentido literal, te he mostrado un sentido místico. De la misma manera que para ese sentido literal todas las palabras eran indispensables, sin que se pudiera añadir o sustraer cosa de ellas, asimismo ocurre con el sentido místico: todas las palabras escritas son indispensables, sin que se pueda añadir o sustraer ninguna de sus letras. Por ello urge a los hombres aplicarse con celo al estudio de las Sagradas Escrituras y convertirse en sus amantes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tened presente que las Sagradas Escrituras se revelan a la mirada del hombre sólo cuando le han hecho una señal de aproximarse. Si el hombre no entiende esta señal, ellas lo llaman insensato, tal como está escrito: El insensato, que venga a mí

 



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