GENERALIDADES  SOBRE  EL  VEDANTA

RENE GUENON

 

 

 

 

 

El Vedanta, contrariamente a las opiniones de curso más general entre los orientalistas, ni es una filosofía, ni una religión, ni cosa alguna que participe en mayor o menor grado de una y de otra. Pretender considerar esta doctrina bajo tales aspectos constituye uno de los errores más graves y significa condenarse de antemano a no comprender nada de ella. Esto implica, en efecto, mostrarse completamente extraño a la verdadera naturaleza del pensamiento oriental, cuyas modalidades son totalmente distintas de las del pensamiento occidental y no permiten que se las encierre en los mismos esquemas. Ya hemos explicado en una obra precedente que la religión, si se quiere dar a esta palabra su sentido propio, es cosa absolutamente occidental; no se puede aplicar el mismo término a algunas doctrinas orientales sin extender de manera abusiva su significación, hasta un punto tal que volvería imposible el definirla aunque no sea más que con un mínimo de precisión. En cuanto a la filosofía, representa también un punto de vista exclusivamente occidental y por otra parte mucho más exterior que el religioso, por consiguiente más alejado aún de lo que aquí nos ocupa. Constituye, como decíamos mas arriba, un género de conocimiento esencialmente "profano" (1) (y eso cuando no es puramente ilusorio) y, sobre todo, cuando consideramos lo que es la filosofía en los tiempos modernos, no podemos dejar de pensar que su ausencia en una civilización no tiene nada de particularmente lamentable. En un libro publicado recientemente, un orientalista afirmaba que "la filosofía es filosofía en todas partes", lo cual abre la puerta a todas las asimilaciones, comprendidas allí aquellas contra las que, por otra parte, él mismo protestaba con toda justicia. Lo que nosotros refutamos es, precisamente, el hecho de que exista filosofía en todas partes, y rehusamos el tomar por “pensamiento universal” (según la expresión del mismo autor) lo que no es en realidad sino una modalidad de pensamiento extremadamente especial. Otro historiador de las doctrinas orientales, reconociendo en principio la insuficiencia e inexactitud de las etiquetas occidentales que se pretende imponerles, declaraba que no veía, a pesar de todo, ningún medio de dejarlas de lado y hacía uso de ellas con idéntica largueza que cualquiera de sus predecesores. El planteamiento nos ha parecido tanto más asombroso cuanto que, en lo que a nosotros concierne, jamás hemos experimentado la menor necesidad de apelar a esta terminología filosófica que, aun cuando no estuviera mal aplicada para el fin requerido, como suele ocurrir en casos similares, tendría todavía el inconveniente de ser bastante inservible e inútilmente complicada. Pero no queremos entrar aquí en las discusiones que todo esto podría generar; nos limitamos solamente a mostrar por medio de estos ejemplos hasta qué punto es difícil para algunos salir de los esquemas “clásicos” en los que la educación occidental ha encerrado su pensamiento desde un principio.

Para volver al Vedanta, diremos que en realidad debe verse en él una doctrina puramente metafísica, abierta a posibilidades de concepción verdaderamente ilimitadas y que, como tal, no podría en modo alguno acomodarse a los límites más o menos estrechos de un sistema filosófico cualquiera. Hay entonces desde este punto de vista y sin ir más lejos, una diferencia de principio con todo lo que los europeos designan con el nombre de filosofía. Efectivamente, la ambición declarada de todas las concepciones filosóficas, sobre todo entre los modernos, que llevan al extremo la tendencia individualista y la búsqueda de originalidad a cualquier precio que es su consecuencia, es precisamente llegar a constituirse como sistemas definidos, acabados, es decir esencialmente relativos y limitados en todas sus partes. En el fondo, un sistema no es otra cosa que una concepción cerrada, cuyos límites más o menos estrechos están naturalmente determinados por el “horizonte mental” de su autor. Ahora bien, toda sistematización es absolutamente imposible para la metafísica pura, que considera inexistente a todo lo que pertenece al orden individual y que está asimismo enteramente desprovista de todas las relatividades, y de todas las contingencias filosóficas o de otro tipo. Esto es necesariamente así por cuanto la metafísica es esencialmente el conocimiento de lo Universal, y dicho conocimiento no podría dejarse encerrar en ninguna fórmula, por comprensiva que fuera.

Las diversas concepciones metafísicas y cosmológicas de la India no son, en rigor, doctrinas diferentes, sino solamente desarrollos, según ciertos puntos de vista y en direcciones variadas pero de ninguna manera incompatibles, de una doctrina única. Por otra parte, la palabra sánscrita “darshana”, que designa a cada una de estas concepciones, significa propiamente “vista” o “punto de vista”, puesto que la raíz verbal “drish”, de la cual deriva, tiene como sentido principal el de “ver”. No puede entonces en ningún caso significar “sistema” y si los orientalistas le dan esta acepción, ello no es sino por efecto de los hábitos occidentales que los inducen a cada instante a incurrir en asimilaciones falsas: al no ver en todas partes más que filosofía, es también natural que vean sistemas por doquier.
La doctrina única a la que acabamos de aludir constituye esencialmente el Vêda, es decir, la ciencia sagrada y tradicional por excelencia, pues ése es exactamente el sentido propio de este término (2): es el principio y fundamento común de todas las ramas más o menos secundarias y derivadas que constituyen estas concepciones diversas que algunos han transformado equivocadamente en sistemas rivales y opuestos. En realidad estas concepciones, en tanto estén de acuerdo con su principio, no pueden evidentemente contradecirse entre sí, sino que, por el contrario, se completan y aclaran mutuamente. No debe verse en esta afirmación la expresión de un “sincretismo” más o menos artificial y tardío, puesto que hay que considerar que la doctrina en su totalidad está contenida de modo sintético en el Vêda y que esto es así desde el origen. La tradición en su integralidad forma un conjunto perfectamente coherente, lo cual no quiere decir sistemático, y como todos los puntos de vista que comporta pueden ser abordados tanto en un orden simultáneo como en uno sucesivo, carece de verdadero interés buscar el origen histórico en el cual hayan podido desarrollarse y explicitarse, aun si no se admitiera que la existencia de una transmisión oral que se prolongó probablemente durante un periodo de extensión indeterminada vuelve perfectamente ilusoria la solución que podría aportarse a una cuestión de este género. Si la exposición puede, según las épocas, modificarse hasta cierto punto en su forma exterior para adaptarse a las circunstancias, no es menos cierto que el fondo permanece siempre rigurosamente igual y que estas modificaciones exteriores no atañan ni afectan en nada la esencia de la doctrina.



 

La concordancia de una concepción de cualquier orden con el principio fundamental de la tradición es la condición necesaria y suficiente de su ortodoxia, que no debe en modo alguno concebirse según una modalidad religiosa. Es necesario insistir sobre este punto para evitar todo error de interpretación porque en Occidente en general no se trata la ortodoxia sino desde el punto de vista religioso. En lo que concierne a la metafísica y a todo lo que procede de ella más o menos directamente, la heterodoxia de una concepción no es en el fondo otra cosa que su falsedad, que resulta de su desacuerdo con los principios esenciales. Dado que éstos están contenidos en el Vêda, resulta de ello que es la coincidencia con el Veda lo que determina el criterio de ortodoxia. La heterodoxia comienza entonces allí donde comienza la contradicción (voluntaria o involuntaria) con el Vêda. Consiste en una desviación, en una alteración más o menos profunda de la doctrina, desviación que, por otra parte, no se produce generalmente más que en algunas escuelas bastante restringidas y que no suele extenderse más que sobre algunos puntos particulares a veces de importancia muy secundaria, sobre todo teniendo en cuenta que el poder inherente a la tradición tiene por efecto limitar la extensión y el alcance de los errores individuales, eliminar aquellos que sobrepasan ciertos límites y, en todo caso, impedirles que se propaguen y lleguen a adquirir una verdadera autoridad. Aun cuando una escuela particularmente heterodoxa se vuelva en cierta medida representativa de un darshana, como la escuela atomista para el Vaishêsika, esto no ataña a la legitimidad de este darshana en sí mismo, y basta reducirlo a lo que tiene de verdaderamente esencial para que permanezca en el ámbito de la ortodoxia. En este sentido, es importante citar con valor de indicación general, este pasaje del Sânkhya-Pravachana-Bhâshya de Vijnâna-Bhikshu: “en la doctrina de Kanâda (el Vaishêsika) y en el Sânkhya (de Kapila), la parte que es contraria al Vêda debe ser rechazada por aquellos que se adhieren estrictamente a la tradición ortodoxa; en la doctrina de Jaimini y en la de Vyâsa (los dos Mîmânsâs) no hay nada que esté en desacuerdo con las Escrituras (consideradas como base de esta tradición)”.

El nombre de Mîmânsâ, derivado de la raíz verbal “man”, (“pensar” en la forma interactiva), indica el estudio reflexivo de la Ciencia Sagrada: es el fruto intelectual de la meditación del Vêda. El primer Mîmânsâ (Pûrva-Mîmânsâ) se atribuye a Jaimini, pero debemos recordar respecto de esto que los nombres que se ligan así a la formulación de los diversos darshanas no pueden de ningún modo referirse a individualidades precisas: se emplean simbólicamente para designar verdaderos “agregados intelectuales”, conformados en realidad por todos los que se dedicaron a un mismo estudio en el curso de un período cuya duración no es menos indeterminada que su origen. La primera Mîmânsâ se llama también Karma-Mîmânsâ o Mîmânsâ práctica, es decir que concierne a los actos y más particularmente al cumplimiento de los ritos. La palabra Karma, en efecto, tiene un doble sentido: en sentido general es la “acción” en todas sus formas y en su sentido especial y técnico es la “acción ritual” tal como está prescrita por el Vêda. Esta Mîmânsâ práctica tiene como meta, como lo expresa el comentario de Somanâtha, “determinar de un modo exacto y preciso el sentido de las Escrituras”, pero, sobre todo, en tanto que ellas encierran preceptos y no desde la relación del Conocimiento puro o Jnâna que a menudo es opuesto al Karma, lo cual corresponde precisamente a la distinción de los dos Mîmânsâs.

La segunda Mîmânsâ (Uttara-Mîmânsâ) se atribuye a Vyâsa, es decir a la “entidad colectiva” que ordenó y fijó definitivamente los textos tradicionales que constituían el Vêda mismo. En verdad esta atribución es particularmente significativa, pues es fácil ver que no se trata aquí de un personaje histórico o legendario, sino más bien de una “función intelectual” que es asimismo lo que se podría llamar función permanente, puesto que Vyâsa es designado como uno de los siete Chirajîvis (literalmente “seres dotados de longevidad”) cuya existencia no se limita a una época determinada.(3) Para caracterizar a la segunda Mîmânsâ en relación con la primera, puede considerársela como la Mîmânsâ de orden puramente intelectual y contemplativo; no podemos decir Mîmânsâ teórica por la simetría con la Mîmânsâ práctica porque esta denominación nos llevaría a un equívoco. En efecto, si bien la palabra “teoría” es etimológicamente un sinónimo de “contemplación”, no es menos cierto que en el lenguaje corriente ha tomado una acepción mucho más restringida. Ahora bien, en una doctrina que es completa desde el punto de vista metafísico, la teoría, entendida según esta acepción ordinaria, no se basta a sí misma sino que está siempre acompañada o seguida por una “realización” correspondiente, de la cual no es más que la base indispensable y con respecto a la cual está ordenada en su totalidad, como el medio lo está respecto del fin.

La segunda Mîmânsâ se llama Brahma-Mîmânsâ, en tanto concierne esencial y directamente al “Conocimiento Divino” (Brahma-Vidyâ); es ella la que constituye, para hablar con propiedad, el Vedanta, es decir, según la significación etimológica de este término, el “fin del Vêda”, que se funda principalmente sobre la enseñanza contenida en los Upanishads. Esta expresión de “fin del Vêda” debe entenderse en el doble sentido de conclusión y de finalidad. Efectivamente, por un lado los Upanishads forman la última parte de los textos védicos y, por otro lado, lo que allí se enseña, al menos en la medida en que ello es posible, constituye el fin último y supremo del conocimiento tradicional en su totalidad, despojado de todas las aplicaciones más o menos particulares y contingentes a las que puede dar lugar en diversos órdenes: esto significa, en otras palabras, que con el Vedanta estamos en el dominio de la metafísica pura.

Los Upanishads, que forman parte integrante del Vêda, constituyen una de las bases mismas de la tradición ortodoxa, lo que no ha impedido a ciertos orientalistas como Max Muller, pretender descubrir allí los “gérmenes del budismo”, es decir de la heterodoxia, pues no conocía del Budismo otra cosa que las formas e interpretaciones más netamente heterodoxas. Tal afirmación es una contradicción manifiesta en los términos, y sería seguramente difícil llevar la incomprensión a límites más lejanos. Jamás se insistirá demasiado sobre el hecho de que son los Upanishads los que representan aquí la tradición primordial y fundamental, constituyendo por consiguiente el Vedanta en su misma esencia. Resulta de ello que, en caso de duda sobre la interpretación de la doctrina, siempre habrá que remitirse en última instancia a la autoridad de los Upanishads. Las enseñanzas principales del Vedanta, según se desprenden expresamente de los Upanishads, han sido coordinadas y formuladas sintéticamente en una colección de aforismos que llevan los nombres de Brahma-Sûtras y Shâriraka-Mîmânsâ (4). El autor de estos aforismos, que es llamado Bâdarâyana y Krishna-Dwaipâyana, se identifica con Vyâsa. Es necesario advertir que los Brahma-Sûtras pertenecen a la clase de escritos tradicionales llamados Smriti, mientras que los Upanishads, como todos los otros textos védicos, forman parte de la Shruti, sobre la cual se funda. La Shruti no es una “revelación” en el sentido religioso y occidental de la palabra como querría la mayor parte de los orientalistas que, una vez más, confunden los puntos de vista más diferentes, sino que constituye el fruto de una inspiración directa, de tal modo que posee por sí misma la autoridad que le es propia. “La Shruti, dice Shankarâchârya, sirve de percepción directa (en el orden del conocimiento trascendente), pues para ser una autoridad debe ser necesariamente independiente de toda otra autoridad, y la Smriti cumple un papel análogo al de la inducción desde el momento que extrae su autoridad de una autoridad diferente de sí misma” (5). Pero para que no haya lugar a error en cuanto a la analogía entre el conocimiento trascendente y el conocimiento sensible, es necesario precisar que debe, como toda verdadera analogía, ser aplicada en sentido inverso: (6) mientras que la inducción se eleva por encima de la percepción sensible y permite pasar a un grado superior, es, por el contrario, la percepción directa o la inspiración la que, en el orden trascendente, alcanza por sí sola el principio mismo, es decir aquello que hay de más elevado y de lo cual no hay más que extraer las consecuencias y diversas aplicaciones. Puede decirse también que la distinción entre Shruti y Smriti equivale, en el fondo, a la de la intuición intelectual inmediata y la conciencia reflexiva. Si la primera es designada por una palabra cuyo sentido primitivo es “audición”, esto es precisamente para marcar su carácter intuitivo puesto que el sonido, según la doctrina cosmológica hindú, posee un rango primordial entre las cualidades sensibles. En cuanto a la Smriti, el sentido primitivo de su nombre es “memoria”. En efecto, la memoria no siendo sino un reflejo de la percepción, puede tomarse para designar por extensión todo lo que presente el carácter de un conocimiento reflexivo o discursivo (por lo tanto indirecto), y si el conocimiento está simbolizado por la luz, como suele ocurrir habitualmente, la inteligencia pura y la memoria e inclusive la facultad intuitiva y la facultad discursiva, podrán ser representadas respectivamente por el sol y la luna. Este simbolismo sobre el cual no podemos extendernos aquí, es por otra parte susceptible de aplicaciones múltiples. (7)
Los Brahma-Sûtras, cuyo texto es de extrema concisión, han dado lugar a numerosos comentarios, entre los cuales los más importantes son los de Sankarâchârya y los de Râmânuja. Ambos son estrictamente ortodoxos, de modo que no es necesario exagerar el alcance de sus divergencias aparentes que, en el fondo, no son más que simples diferencias de adaptación. Es cierto que cada escuela se inclina naturalmente a pensar y afirmar que su propio punto de vista es el más digno de atención y que, sin excluir a los otros, debe prevalecer sobre ellos, pero para resolver la cuestión con toda imparcialidad, basta con examinar estos puntos de vista en sí mismos y reconocer hasta dónde se extiende el horizonte que cada uno de ellos permite abarcar. Es evidente por lo demás, que ninguna escuela puede pretender representar la doctrina de un modo total y exclusivo. Ahora bien, es muy cierto que el punto de vista de Sankarâchârya es más profundo y va más lejos que el de Râmânuja. Se puede además preverlo al hacer notar que el primero es de tendencia shivaita, mientras que el segundo es claramente vishnuíta. El Sr. Thibaut, que tradujo al inglés los dos comentarios, ha provocado una singular discusión: pretende que el comentario de Râmânuja es más fiel a las enseñanzas de los Brahma-Sûtras, pero reconoce al mismo tiempo que el de Sankarâchârya es más conforme al espíritu de los Upanishads. Para poder sostener tal opinión, debe evidentemente admitirse que existen diferencias doctrinales entre los Upanishads y los Brahma-Sûtras; pero aun cuando esto fuera efectivamente así, es siempre la autoridad de los Upanishads la que debería solucionarlas, tal y como lo explicáramos precedentemente, y la superioridad de Sankarâchârya se establecería a partir de ello, aunque probablemente no sea ésta la intención del Sr. Thibaut, quien no parece plantearse aquí la cuestión de la verdad intrínseca de las ideas. En realidad, los Brahma-Sûtras se fundan directa y exclusivamente sobre los Upanishads de los cuales no pueden ser separados, y sólo su brevedad, que los oscurece en alguna medida cuando se los aísla de todo comentario, puede excusar a los que creen encontrar allí algo distinto de una interpretación autorizada y competente de la doctrina tradicional. Por eso en realidad la discusión no tiene objeto, y todo lo que podemos rescatar de ella es la comprobación de que Shankarâchârya ha explicado y desarrollado del modo más completo el contenido esencial de los Upanishads y de que su autoridad no puede ser rebatida sino por aquellos que ignoran el verdadero espíritu de la tradición hindú ortodoxa cuya opinión, en consecuencia, no podría tener el menor valor ante nuestros ojos. Es pues, en general, el comentario de Shankarâchârya el que hemos de seguir con preferencia sobre los demás.

Para completar estas observaciones preliminares debemos también hacer notar, aunque ya lo hayamos explicado en otra parte, que es inexacto dar a la enseñanza de los Upanishads, como algunos lo han hecho, la denominación de “Brahmanismo esotérico”. La impropiedad de esta expresión proviene sobre todo de que la palabra “esoterismo” es un comparativo y su empleo supone necesariamente la existencia correlativa de un “exoterismo”, por tanto, una división semejante no puede aplicarse en el caso que nos ocupa. El exoterismo y el esoterismo, considerados no como dos doctrinas distintas y más o menos opuestas (lo cual sería una concepción totalmente errónea) sino como dos aspectos de una misma doctrina, han existido en ciertas escuelas de la antigüedad griega y se los vuelve a encontrar muy claramente en el Islam, pero no ocurre lo mismo en las doctrinas orientales. Respecto de ellas no se podría hablar sino de una especie de “esoterismo natural” que existe inevitablemente en toda doctrina, y sobre todo en el orden metafísico, donde siempre se debe hacer referencia a lo inexpresable, que es asimismo lo que hay de más esencial, puesto que las palabras y los símbolos no tienen en suma otra razón de ser que la de ayudar a concebirlo en tanto que proveen de “soportes” para un trabajo que no puede ser sino estrictamente personal. Desde este punto de vista, la distinción entre exoterismo y esoterismo no sería diferente de la que existe entre la “letra” y el “espíritu”, y podría también aplicarse a la pluralidad de sentidos más o menos profundos que presentan los textos tradicionales o, si se prefiere, las escrituras sagradas de todos los pueblos. Por otro lado, es evidente que la misma enseñanza doctrinal no es comprendida en el mismo grado por todos aquellos que la reciben y que entre ellos hay algunos que, en cierto sentido, penetran el esoterismo mientras que otros se atienen al exoterismo porque su horizonte intelectual es más limitado. Pero no es así como lo entienden quienes hablan de “Brahmanismo esotérico”. En realidad en el Brahmanismo la enseñanza es accesible en su integralidad a todos los que están intelectualmente “cualificados” (adhikârîs), es decir a quienes son capaces de obtener de ella un beneficio efectivo; y si hay algunas doctrinas reservadas a una élite, es porque no podría ser de otra manera allí donde la enseñanza se distribuye con discernimiento y según las capacidades reales de cada uno. Si la enseñanza tradicional no es esotérica en el sentido propio de la palabra, es verdaderamente “iniciática” y difiere profundamente, por todas sus modalidades, de la instrucción “profana” sobre cuyo valor los occidentales modernos se ilusionan singularmente. Es lo que ya hemos indicado al hablar de la “ciencia sagrada” y de la imposibilidad de “vulgarizarla”.



Esta última afirmación trae otra como consecuencia: en Oriente, las doctrinas tradicionales siempre toman la enseñanza oral como modo de transmisión regular, y esto aún en el caso de que estén fijadas en textos escritos. Esto es así por razones muy profundas, pues no se trata solamente de palabras que deban ser transmitidas, sino que debe asegurarse sobre todo la participación efectiva en la tradición. En estas condiciones no significa nada decir, como lo hacen Max Muller y otros orientalistas, que la palabra Upanishad designa el conocimiento obtenido “sentándose a los pies de un preceptor”, pues dicha denominación, si tal era su sentido, convendría indistintamente a todas las partes del Vêda y, por otra parte, es ésta una interpretación que jamás ha sido propuesta ni admitida por ningún hindú competente. En realidad, el nombre de los Upanishads indica que están “destinados a destruir la ignorancia”, al proporcionar los medios para llegar al Conocimiento supremo; y si no se trata sino de aproximarse a éste, ello implica en efecto que es rigurosamente incomunicable en su esencia, de tal modo que nadie puede alcanzarlo de otra manera que por sí mismo.

Otra expresión que nos parece todavía más desafortunada que la de “Brahmanismo esotérico” es la de “Teosofía Brahmánica”, que ha sido empleada por el Sr. Oltramare. Este, por su parte, reconoce que no la ha adoptado sin vacilación, porque parece “legitimar las pretensiones de los teósofos occidentales” al remitirse a la India, pretensiones que reconoce como erróneas en sus fundamentos. Es verdad que debe evitarse todo lo que conlleve el riesgo de conducir a ciertas confusiones de lo más graves y decisivas para no admitir la denominación propuesta. Si los pretendidos teósofos de los que habla el Sr. Oltramare ignoran prácticamente todo acerca de las doctrinas hindúes y no les han tomado en préstamo más que palabras que emplean caprichosamente y mal, sin relacionarse entonces con la verdadera teosofía, ni siquiera con la occidental, esto explica, por lo tanto, el porqué nos empeñamos cuidadosamente en establecer una distinción entre “teosofía” y “teosofismo”. Pero, dejando de lado al teosofismo, diremos que ninguna doctrina hindú o, en términos más generales, ninguna doctrina oriental, tiene con la teosofía suficientes puntos comunes como para que se le pueda dar el mismo nombre; esto resulta del hecho de que la palabra en cuestión designa exclusivamente concepciones de inspiración mística, por lo tanto religiosa y más específicamente cristiana. La teosofía es algo propiamente occidental, ¿por qué entonces querer aplicar esta misma palabra a doctrinas para las que no estaba destinada y a las que no conviene mucho más que las etiquetas de los sistemas filosóficos de Occidente?. Insistimos una vez más, aquí no se trata de religión y, en consecuencia, tampoco se trata de teosofía más que de teología. Estos dos términos, por otro lado, comenzaron por ser en principio casi sinónimos aunque hayan llegado, por razones puramente históricas, a adquirir acepciones totalmente diferentes. (8) Se nos objetará quizás que nosotros mismos hemos empleado más arriba la expresión “Conocimiento Divino”, que es en suma el equivalente de la significación primitiva de los vocablos “teosofía” y “teología”. Esto es real, pero en principio no podemos abordar estos términos sin tener en cuenta más que su etimología, pues pertenecen a la clase de palabras respecto de las cuales se ha vuelto totalmente imposible hacer abstracción de los cambios de sentido que un uso demasiado prolongado les ha hecho experimentar. Además, reconocemos de buena gana que la expresión misma de “Conocimiento Divino” no es perfectamente adecuada, pero no disponemos de una mejor para hacer comprender de qué se trata, dada la ineptitud de las lenguas europeas para expresar ideas puramente metafísicas; y, además, no pensamos que haya serios inconvenientes para emplearla, siempre que tengamos la precaución de advertir que no se le debe aplicar el matiz religioso que tendría casi inevitablemente si estuviera referida a algunas concepciones occidentales. A pesar de ello, aún podría subsistir cierto equívoco, pues el término sánscrito que puede traducirse de manera menos inexcata como “Dios”, no es Brahma sino Ishwara, mientras que el empleo del adjetivo “divino”, aún en el lenguaje ordinario, es menos estricto, más vago tal vez, y por lo tanto se presta mejor que el sustantivo del cual deriva a una transposición como la que aquí hemos efectuado. Lo que debe resaltarse es que vocablos tales como “teología” y “teosofía”, aún tomados etimológicamente y más allá de toda intervención del punto de vista religioso, no podrían traducirse en sánscrito por otra expresión que Ishwara-Vidyâ. Por el contrario, lo que traducimos de manera aproximativa como “Conocimiento Divino” cuando se trata del Vedanta, es Brahma-Vidyâ, pues el punto de vista de la metafísica pura implica esencialmente la consideración de Brahma o Principio Supremo, del cual Ishwara (la “Personalidad Divina”) no es sino una determinación en tanto que principio de la manifestación universal y en relación con ésta. La consideración de Ishwara es ya un punto de vista relativo: es la más alta de las relatividades, la primera y más fundamental de todas las determinaciones, pero no por eso es menos cierto que está “cualificado” (saguna) y “concebido distintivamente” (savishêsha), mientras que Brahma es “no cualificado” (nirguna), está “más allá de toda distinción” (nirvishêsha), es absolutamente incondicionado y la manifestación universal entera es rigurosamente nula desde el punto de vista de Su Infinitud. Metafísicamente, la manifestación no puede ser abordada sino en su dependencia respecto del Principio Supremo y a título de simple “soporte” para elevarse al conocimiento trascendente o, si se toman las cosas en sentido inverso, a título de aplicación de la verdad principial. (9) En todos los casos, no es necesario ver en lo que se relaciona con esto nada más que una especie de “ilustración” destinada a precisar la comprensión de lo “no-manifestado”, objeto esencial de la metafísica, y permitir así, como decíamos al interpretar la denominación de los Upanishads, la aproximación al Conocimiento por excelencia (10).

NOTAS:

(1). No habría excepción alguna por hacer salvo en un sentido muy particular, como es el caso de la “filosofía hermética”. No hay necesidad de decir que no es este sentido, por otra parte casi ignorado por los modernos, el que tenemos a la vista en este momento.

(2). La raíz “vid”, de la cual deriva Vêda y vidya, significa a la vez “ver” (en latín “videre”) y “saber” (como en el griego ) la vista se toma como símbolo del conocimiento, del cual es el instrumento principal en el orden sensible, y este simbolismo se transporta hasta el orden intelectual puro, donde el conocimiento se compara con una “visión interior”, tal como lo indica el empleo de palabras como “intuición”, por ejemplo.

(3). Se registran asimismo algunos casos similares en otras tradiciones: así, en el Taoísmo se habla de ocho “inmortales”; por otra parte es Melquisedec “el que es sin padre, sin madre, sin genealogía, el que no tiene comienzo ni fin de su vida” (San Pablo, Epístola a los Hebreos, VII, 3) y sería sin duda fácil encontrar aún otras relaciones del mismo género.

(4). El término Shâriraka ha sido interpretado por Râmânuja en su Comentario sobre los Brahma-Sûtras, 1º adhyâya, 1º pâda, sûtra 13, como relacionado con el “Supremo Sí-mismo” (Paramâtmâ), que está de algún modo “incorporado” (shârîra) en todas las cosas.

(5). La percepción (pratyaksha) y la inducción o inferencia (anumâna) son, según la lógica hindú, los dos “medios de prueba” (pramânas) que pueden emplearse legítimamente en el dominio del conocimiento sensible.

(6). En la tradición hermética el principio de analogía se expresa con esta frase de la Tabla Esmeralda: “lo que está abajo es como lo que está arriba, y lo que está arriba es como lo que está abajo”, pero para comprender mejor esta formula y aplicarla correctamente, habrá que remitirse al símbolo del “sello de Salomón”, formado por dos triángulos que están dispuestos en sentido inverso el uno con respecto al otro.

(7). Hay huellas de este simbolismo hasta en el lenguaje: no es inmotivado el hecho de que, notoriamente, una misma raíz “man” o “men” ha servido en lenguas diversas para formar numerosas palabras que designan a la vez a la luna, a la memoria, a lo “mental” o al pensamiento discursivo y al hombre mismo en tanto que ser específicamente "racional".

(8). Se podría llegar a hacer una afirmación similar con las palabras “astrología” y “astronomía”, que eran primitivamente sinónimos, designando entre los griegos cada una de ellas a la vez lo que luego una y otra pasaron a designar separadamente.

(9). Se traduce por principial el término francés principielle, a diferencia de principal (principal también en francés) y que hace referencia a los principios universales.

(10). Para más detalles sobre todas las consideraciones preliminares que hemos debido limitarnos a indicar de modo bastante sumario en este capítulo, lo mejor que podemos hacer es remitir al lector a nuestra Introducción general al estudio de las doctrinas hindúes, obra en la que nos hemos propuesto tratar estas cuestiones de manera más particular.

EXTRAIDO DE: EL HOMBRE Y SU DEVENIR SEGÚN EL VEDANTA

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