TRADICIÓN HERMÉTICA Y GNOSIS

 

 LA TRADICIÓN HERMÉTICA


Con este título: La Tradizione Ermetica nei suoi Simboli nella sua Dottrina e nella sua "Ars Regia" (1), el Sr. Julius Evola acaba de publicar una obra interesante en muchos aspectos, pero que, una vez más, si hacía falta, muestra lo oportuno de lo que recientemente decíamos sobre las relaciones entre la iniciación sacerdotal y la iniciacion regia (2). Aquí, en efecto, volvemos a encontrar la afirmación de la independencia de la segunda, a la que precisamente quiere el autor vincular el hermetismo, y esa idea de dos tipos tradicionales distintos, incluso irreductibles, contemplativo el uno y activo el otro, que, de forma general, serían respectivamente característicos de Oriente y de Occidente. Por eso debemos poner ciertos reparos a la interpretación que se da del simbolismo hermético, en la medida que está influida por tal concepción, aunque por otra parte muestra bien que la verdadera alquimia es de orden espiritual y no material, lo que es verdad y verdad demasiado a menudo desconocida o ignorada por los modernos que tienen la pretensión de tratar de estos asuntos.
Aprovecharemos esta ocasión para precisar también algunas nociones importantes y, en primer lugar, el significado que conviene atribuir a la propia palabra "hermetismo", que algunos de nuestros contemporáneos parecen emplear un poco a tontas y a locas. Esta palabra indica que se trata esencialmente de una tradición de origen egipcio que luego tomó forma helenizada, sin duda en la época alejandrina, y, en la Edad Media, con esa forma fue transmitida al mundo islámico y al cristiano a un tiempo, y añadiremos que, al segundo, en gran parte por intermedio del primero, como lo prueban los numerosos términos árabes o arabizados que los hermetistas europeos adoptaron, comenzando por la propia palabra "alquimia" (el Kimia) (3). Así pues, sería totalmente ilegítimo extender tal designación a otras formas tradicionales, como también lo sería, por ejemplo, el llamar "Kábala" a otra cosa que al esoterismo hebreo; claro está, no es que no haya equivalentes en otras partes, los hay hasta el punto de que esta ciencia tradicional que es la alquimia tiene su exacta correspondencia en doctrinas como las de la India, el Tíbet y la China, aunque naturalmente con modos de expresión y métodos de realización bastante diferentes; pero desde que se pronuncia el nombre de "hermetismo" se especifica con ello una forma claramente determinada, cuya procedencia no puede ser más que greco-egipcia. En efecto, la doctrina así designada se hace remontar, por eso mismo, a Hermes, en cuanto éste era considerado por los griegos como idéntico al Thoth egipcio; y haremos notar de inmediato que esto va en contra de la tesis de Evola, y presenta tal doctrina como esencialmente derivada de una enseñanza sacerdotal, pues Thoth, en su papel de conservador y transmisor de la tradición, no es otra cosa que la representación misma del antiguo sacerdocio egipcio o, más bien, para hablar más exactamente, del principio inspirador al que debía éste su autoridad y en cuyo nombre formulaba y comunicaba el conocimiento iniciático.

Ahora se plantea una cuestión: ¿lo que se ha mantenido bajo el nombre de "hermetismo" constituye una doctrina tradicional completa? La respuesta sólo puede ser negativa, pues estrictamente sólo se trata de un conocimiento que no es de orden metafísico, sino de orden únicamente cosmológico (entendiéndolo, por lo demás, en su doble aplicación "macrocósmica" y "microcósmica"). Luego no se puede admitir que el hermetismo, en el sentido que esta palabra tomó a partir de la época alejandrina y ha conservado desde entonces, represente la totalidad de la tradición egipcia. Aunque, en ésta, el punto de vista cosmológico parece haber sido desarrollado más particularmente, y es en todo caso lo más aparente en todos los vestigios que de tal tradición subsisten, ya se trate de textos o de monumentos, no hay que olvidar que nunca puede ser más que un punto de vista secundario y contingente, una aplicación de la doctrina al conocimiento de lo que podemos llamar el "mundo intermedio". Sería interesante, pero bastante difícil sin duda, el investigar cómo esa parte de la tradición egipcia pudo encontrarse en cierto modo aislada y conservarse de forma aparentemente independiente, y luego incorporarse al esoterismo islámico y al esoterismo cristiano de la Edad Media (lo que no hubiera podido hacer una doctrina completa), hasta el punto de hacerse verdaderamente parte integrante de ambos y proporcionarles todo un simbolismo que, con una adecuada transposición, incluso pudo servir de vehículo a verdades de un orden más elevado.
No es éste lugar para entrar en esas consideraciones históricas harto complejas; pero sea lo que fuere, hemos de decir que el carácter propiamente cosmológico del hermetismo, si bien no justifica la concepción de Evola, al menos la explica en cierta medida, pues las ciencias de este orden, efectivamente, son las que en todas las civilizaciones tradicionales han sido patrimonio sobre todo de los kshatriyas o de sus equivalentes, mientras que la metafísica pura lo era de los brahmanes. Por eso, como resultado de la rebelión de los kshatriyas contra la autoridad espiritual de los brahmanes, a veces se pudo ver cómo se constituían corrientes tradicionales incompletas, reducidas a sólo estas ciencias separadas de su principio, y aun desviadas en el sentido "naturalista", por negación de la metafísica y desconocimiento del carácter subordinado de la ciencia "física", así como (ambas cosas están íntimamente relacionadas) del origen sacerdotal de toda enseñanza iniciática, incluso particularmente destinada al uso los kshatriyas, como lo hemos explicado en diversas ocasiones (4). Ciertamente, no es que el hermetismo constituya en sí una desviación total, o que implique esencialmente algo de ilegítimo (lo cual hubiera hecho imposible su incorporación a formas tradicionales ortodoxas); pero hay que reconocer que puede prestarse a ello bastante fácilmente por su propia naturaleza, y ese es, más generalmente, el peligro de todas las ciencias tradicionales cuando son cultivadas en cierto modo por sí mismas, lo que expone a perder de vista su vinculación con el orden principial. La alquimia, que podría definirse como la "técnica" por decirlo así, del hermetismo, es realmente un "arte regia", si por ello se entiende un modo de iniciación más especialmente apropiado a la naturaleza de los kshatriyas; pero esto mismo señala su lugar exacto en el conjunto de una tradición constituida regularmente, y, además, no hay confundir los medios de una realización iniciática, cualesquiera que puedan ser, con su fin último, que es siempre de conocimiento puro.

Otro punto que nos parece discutible en la tesis de J. Evola es la asimilación que casi constantemente tiende a establecer entre hermetismo y "magia"; es verdad parece que parece que a ésta la toma en un sentido bastante diferente de aquel en que corrientemente se la entiende, pero mucho nos tememos que eso mismo no pueda sino provocar confusiones más bien enojosas. En efecto, inevitablemente, tan pronto como se habla de "magia", se piensa en una ciencia destinada a producir fenómenos más o menos extraordinarios, particularmente (pero no exclusivamente) en el orden sensible; cualquiera que haya podido ser el origen de la palabra, este significado se le ha hecho inherente hasta tal punto que es conveniente dejárselo. Por tanto, no es sino la más inferior de todas las aplicaciones del conocimiento tradicional, incluso podríamos decir la más despreciada, cuyo ejercicio se deja para aquellos cuyas limitaciones individuales los hacen incapaces de desarrollar otras posibilidades; no vemos ninguna ventaja en evocar su idea, cuando en realidad se trata de cosas que, aunque contingentes todavía, son, a pesar de todo, notablemente más elevadas; y, si bien no es más que una cuestión de terminología, hay que reconocer que sin embargo tiene su importancia. Por lo demás puede que haya en ella algo más: en nuestra época, la palabra "magia" ejerce una extraña fascinación sobre algunos, y, como señalamos ya en el artículo precedente, al que aludíamos al comienzo, la preponderancia concedida a tal punto de vista, aunque sólo fuese como intención, también está ligada a la alteración de las ciencias tradicionales separadas de su principio metafísico; ése, sin duda, es el escollo con el que topa todo intento de reconstitución de tales ciencias si no se empieza por lo que verdaderamente es el comienzo en todos los aspectos, es decir, el principio mismo, que también es el fin con miras al cual ha de ordenarse normalmente todo lo demás.

En cambio, donde estamos completamente de acuerdo con Evola, e incluso donde vemos el mayor mérito de su libro, es cuando insiste en la naturaleza puramente espiritual e "interior" de la verdadera alquimia, que nada tiene que ver con las operaciones materiales de una "química" cualquiera, en el sentido natural de la palabra; casi todos los modernos se han equivocado en esto, tanto los que han querido erigirse en defensores de la alquimia como los que han sido sus detractores. Sin embargo, es fácil ver en qué términos hablaban los antiguos hermetistas de los "sopladores" y "quemadores de carbón", en los cuales hay que reconocer a los verdaderos precursores de los químicos actuales, por poco lisonjero que pueda ser para estos últimos; y, todavía en el siglo XVIII, un alquimista como Pernety no omite poner de relieve la diferencia entre la "Filosofía hermética" y la "química vulgar". Así pues, lo que dio origen a la química moderna no fue la alquimia, con la cual, a fin de cuentas, no tiene ninguna relación (como tampoco la tiene la "hiperquimica" imaginada por algunos ocultistas contemporáneos); la química es tan sólo una deformación o una desviación, surgida de la incomprensión de quienes, incapaces de encontrar el verdadero sentido de los símbolos, lo tomaron todo al pie de la letra y, creyendo que en todo esto no se trataba más que de operaciones materiales, se lanzaron a una experimentación más o menos desordenada. También en el mundo árabe, la alquimia material siempre estuvo poco considerada, incluso a veces fue asimilada a una especie de brujería, mientras se honraba la alquimia espiritual, la única verdadera, designada a menudo con el nombre de Kimia es-saâdah o "alquimia de la felicidad" (5).
No se trata, por lo demás, de que por ello haya que negar la posibilidad de las transmutaciones metálicas, que representan la alquimia para el vulgo; pero no hay que confundir cosas que son de un orden muy diferente, y ni siquiera se ve, a priori, por qué razón tales transmutaciones no podrían realizarse por procedimientos que atañen simplemente a la química profana (y, en el fondo, la "hiperquimica" a la que aludíamos hace un instante no es sino eso. Sin embargo, hay otro aspecto de la cuestión, que Evola señala muy justamente: el ser que ha llegado a la realización de determinados estados interiores puede producir exteriormente, en virtud de la relación analógica del "microcosmos" con el "macrocosmos", efectos correspondientes; es admisible, pues, que quien ha alcanzado cierto grado en la práctica de la alquimia espiritual sea, por ello mismo, capaz de efectuar transmutaciones metálicas, pero ello a título de consecuencia completamente accidental, y sin recurrir a ninguno de los procedimientos de la pseudo alquimia material, sino únicamente por una especie de proyección al exterior de las energías que lleva en sí mismo. Hay aquí una diferencia comparable a la que separa la "teúrgia", o acción de las "influencias espirituales", de la magia y aun de la brujería: si bien, a veces, los efectos aparentes son los mismos por ambas partes, las causas que los provocan son completamente diferentes. Agregaremos además que quienes poseen realmente tales poderes no hacen uso de ellos, por lo general, al menos fuera de determinadas circunstancias muy particulares en las que su ejercicio se encuentra legitimado por otras consideraciones. Sea lo que fuere, lo que nunca se ha de perder de vista, y que está en la base misma de toda enseñanza verdaderamente iniciática, es que toda realización digna de tal nombre es de orden esencialmente interior, aun cuando sea susceptible de tener repercusiones en el exterior; el hombre no puede no puede encontrar sus principios y medios más que en sí mismo, y puede hacerlo porque lleva en si la correspondencia de todo cuanto existe: el-insânu ramzu´l-wojûd, "el hombre es un símbolo de la Existencia universal"; y si consigue penetrar hasta el centro de su propio ser, alcanza por ello el conocimiento total, con todo cuanto implica por añadidura: man yaraf nafsahu yaraf Rabbahu, aquel que conoce su Sí, conoce a su Señor", y entonces conoce todas las cosas en la suprema unidad del Principio mismo, fuera del cual nada hay que pueda tener el menor grado de realidad.

                                                                          Rene Guenon

INDICE PRINCIP.