HERMES

HERMES

Rene Guenon

 

Anteriormente, hablando de la tradición hermética, decíamos de ella que se refiere propiamente a un conocimiento, no de orden metafísico, sino solamente cosmológico, entendiéndolo además en su doble aplicación "macrocósmica" y "microcósmica". Esta afirmación, que no es sino la expresión de la estricta verdad, no les ha caído en gracia a algunos que, viendo el hermetismo a través de su propia fantasía, quisieran hacer entrar en él todo indistintamente; si bien es verdad que esa gente no sabe demasiado qué cosa pueda ser la metafísica pura... sea lo que fuere, quede claro que en modo alguno quisiéramos con ello menospreciar las ciencias tradicionales que incumben al hermetismo, ni las que les corresponden en otras formas doctrinales de Oriente y Occidente; pero hay que saber poner cada cosa en su sitio, y, a pesar de todo, estas ciencias, como todo conocimiento especializado, no son más que secundarias y derivadas con respecto a los principios, de los que sólo son la aplicación en un orden inferior de realidad. Tan sólo puede pretender lo contrario quien quisiera atribuir al "Arte regia" la preeminencia sobre el "Arte sacerdotal" (1); y tal vez, en el fondo, sea precisamente ése el motivo más o menos consciente de las protestas a que acabamos de aludir. Sin preocuparnos mucho de lo que cada cual pueda pensar o decir, pues no está en nuestras costumbres el tomar en cuenta las opiniones individuales, que no existen con respecto a la tradición, no nos parece inútil aportar algunas nuevas precisiones que confirmen cuanto hemos dicho ya, y ello refiriéndonos más particularmente a lo que concierne a Hermes, ya que al menos nadie puede discutir que de él toma su nombre el hermetismo (2). El Hermes griego, efectivamente, tiene caracteres que responden muy exactamente a aquello de que se trata, y que son expresados particularmente por su principal atributo, el caduceo, cuyo simbolismo examinaremos sin duda en alguna otra ocasión; por ahora, bastará con decir que tal simbolismo se refiere esencialmente y directamente a lo que cabe llamar la "alquimia humana" (3), y que concierne a las posibilidades del estado sutil, aun cuando estas no han de tomarse más que como medio preparatorio de una realización superior, así como, en la tradición hindú, las prácticas equivalentes que dependen del Hatha-Yoga. Además, esto se puede transferir al orden cósmico, siendo así que todo cuanto está en el hombre tiene correspondencia en el mundo y viceversa (4); también aquí, y en razón de esta correspondencia misma, se tratará propiamente del "mundo intermedio", en el que se ponen en acción fuerzas cuya naturaleza dual la figuran muy claramente las dos serpientes del caduceo. A este respecto, recordaremos también que a Hermes se lo representaba como mensajero de los Dioses y como su intérprete (herméneutés), papel que es exactamente el de intermediario entre el mundo celestial y el terrenal, y que tiene además la función de "psicopompo", que, en un orden inferior, está relacionado manifiestamente con el campo de las posibilidades sutiles (5). Quizá pudiera objetarse, cuando se trata de hermetismo, que Hermes ocupa aquí el lugar del Thoth egipcio con el cual fue identificado, y que éste representa propiamente la Sabiduría, referida al sacerdocio en cuanto conservador y transmisor de la tradición; esto es cierto, pero como esa asimilación no pudo hacerse sin motivo, hay que admitir que en esto debe considerarse más especialmente cierto aspecto de Thoth, correspondiente a determinada parte de la Tradición, la que comprende los conocimientos relacionados con el "mundo intermedio"; y, de hecho, todo lo que se puede saber de la antigua civilización egipcia, según los vestigios que dejó, muestra precisamente que en ella los cimientos de este orden estaban mucho más desarrollados y habían tomado una importancia mucho más considerable que en cualquier otra parte. Por lo demás, hay otra relación, podríamos decir incluso otra equivalencia, que muestra bien que esta objeción carece de fuerza real: en la India, al planeta Mercurio (o Hermes) lo llaman Budha, nombre cuya raíz significa propiamente Sabiduría; también aquí, basta con determinar el orden en el que dicha Sabiduría, que en su esencia es realmente el principio inspirador de todo conocimiento, ha de encontrar su aplicación más particular cuando se refiere a esa función especializada. Acerca del nombre Budha, hay un hecho que es curioso señalar: y es que en realidad es idéntico al del Odín escandinavo, Woden o Wotan (6); por tanto, no arbitrariamente lo asimilaron los romanos a su Mercurio, y además, en las lenguas germánicas, el miércoles o día de Mercurio es designado, todavía hoy, como día de Odín. Lo que quizá sea todavía más notable es que este mismo nombre se encuentra exactamente en el Votan de las antiguas tradiciones de la América central, que tiene además los atributos de Hermes, pues es Quetzalcohuatl, el "pájaro serpiente", y la unión de estos animales simbólicos (que corresponden respectivamente a los elementos aire y fuego) la representan las alas y las serpientes del caduceo (7). Habría que estar ciego para no ver, en hechos de este tipo, un signo de la unidad fundamental de todas las doctrinas tradicionales; desgraciadamente, tal ceguera no es sino muy común en nuestra época en la que los que verdaderamente saben leer los símbolos son sólo una ínfima minoría, y en la que, por el contrario, hay muchos "profanos" que se creen cualificados para interpretar la "ciencia sagrada", la cual adaptan al capricho de su imaginación más o menos desordenada. (8) Otro punto no menos interesante es este: en la tradición islámica, a Seyidna Idris se lo identifica a la vez con Hermes y con Enoc; esta doble asimilación parece indicar una continuidad de tradición que se remontara a antes del sacerdocio egipcio, debiendo de recoger éste sólo la heren­cia de lo que representaba Enoc, que corresponde manifiestamente a una época anterior (9). Al propio tiempo, las ciencias atribuidas a Seyidna Idris y puestas bajo su influencia especial no son las ciencias puramente espirituales, que corresponden a Seyidna Aisa, o sea a Cristo, sino las que se pueden calificar de "intermedias", entre las cuales figuran en primera fila la alquimia y la astrología; y son realmente éstas, en efecto, las ciencias que pueden denominarse propiamente "herméticas". Pero aquí se sitúa otra consideración que, al menos a primera vista, pudiera consi­derarse como una inversión con respecto a las correspondencias habituales: entre los principales profetas, como veremos en un estudio próximo, hay uno que rige cada uno de los siete cielos planetarios, del cual es el "Polo" (EI Qutb); pues bien, no es Seyidna Idris quien rige el cielo de Mercurio, sino Seyidna Aisa, y el que rige Seyidna Idris es el cielo del Sol; y naturalmente, esto trae aparejada la misma transposición en las correspondencias astrológicas de las ciencias que respectivamente se les atribuyen. Esto plantea una cuestión harto compleja, que no podemos tener la pretensión de tratar por completo aquí; puede que tengamos ocasión de volver sobre ello, pero, por el momento, nos limitaremos a hacer unas cuantas observaciones que quizá permitan vislumbrar su solución, y que, de todos modos, mostrarán al menos que hay en ello algo muy distinto que una confusión, y que, por el contrario, lo que podría correr el peligro de pasar por tal para un observador superficial y "exterior" reposa en realidad en razones profundas.

En primer lugar, no se trata de un caso aislado en el conjunto de las doctrinas tradicionales, por cuanto puede encontrarse algo completamente similar en la angelología hebrea: en general, Mikael es el ángel del Sol, y Rafael el de Mercurio, pero sucede a veces que estos papeles están invertidos. Por otra parte, si a Mikael, en cuanto representa al Metatrón solar, se le asimila esotéricamente a Cristo (10), Rafael, con arreglo al significado de su nombre, es "sanador divino", y Cristo aparece también como "sanador espiritual" y como "reparador"; por lo demás, aún se podrían hallar otras relaciones entre Cristo y el principio representado por Mercurio entre las esferas planetarias (11). Es verdad que, entre los griegos, la medicina era atribuida a Apolo, es decir, al principio solar, y a su hijo Asclepios (que los latinos convirtieron en Esculapio) (12); pero en los "libros herméticos", Asclepios se convierte en hijo de Hermes, y también es de notar que el bastón que es su atributo guarda estrechas correspondencias simbólicas con el caduceo. El ejemplo de la medicina permite comprender además cómo puede una misma ciencia tener aspectos que en realidad se refieren a órdenes diferentes, de donde correspondencias igualmente diferentes, aun cuando los efectos exteriores que de ellos se obtienen son aparentemente semejantes, pues hay una medicina puramente espiritual o "teúrgica", y hay una medicina hermética o "espagírica"; esto se encuentra en relación directa con el asunto que estamos considerando; y tal vez expliquemos algún día el porqué a la medicina, desde el punto de vista tradicional, se la considera esencialmente como ciencia sacerdotal.

 

Por otro lado, casi siempre hay una estrecha conexión establecida entre Enoc (Seyidna Idris) y Elías (Seyidna Dhûl-kifl), llevados ambos al cielo sin haber pasado por la muerte corporal (13), y la tradición islámica los sitúa a ambos en la esfera solar. Asimismo, según la tradición rosacruciana, Elías Artista, que rige la "Gran Obra" hermética (14), reside en la "Ciudadela solar' que, por lo demás, es propiamente la morada de los "Inmortales" (en el sentido de los Chirajîvîs de la tradición hindú, esto es, seres "dotados de longevidad", o cuya vida se perpetúa a través de toda la duración del ciclo) (15), y representa uno de los aspectos del "Centro del Mundo". Todo ello es indudablemente muy digno de reflexión, y si además se le añaden las tradiciones que, un poco por todas partes, comparan simbólicamente el sol mismo con el fruto del "Arbol de la Vida" (16), acaso se comprenda la relación especial que la influencia solar tiene con el hermetismo, en cuanto éste, como los "pequeños misterios" de la antigüedad, tiene como fin esencial la restauración del "estado primordial" humano: ¿no es la "Ciudadela solar" de los Rosa-Cruz que ha de "descender del cielo a la tierra", al final del ciclo, bajo la forma de la "Jerusalén celestial", realizando la "cuadratura del círculo" según la medida perfecta de la "caña de oro"?

 

NOTAS:

 

(1). Hemos tratado este tema en Autorité spirituelle et pouvoir temporel. Acerca de la expresión de "Arte regia" que se ha conservado en la Masonería, se puede mencionar aquí la curiosa semejanza que existe entre los nombres de Hermes e Hiram; eso no quiere decir, evidentemente, que los dos nombres tengan un origen lingüístico común, pero su constitución no deja por ello de ser idéntica, y el conjunto HRM del que están esencialmente formados podría dar origen también a otras asociaciones.

 

(2). Hemos de mantener que el hermetismo es verdaderamente de procedencia heleno-egipcia, y que sólo abusivamente puede extenderse tal denominación a lo que, bajo diversas formas, corresponde a él en otras tradiciones, como tampoco se puede, por ejemplo, llamar "Kábala" a una doctrina que no sea específicamente hebrea. Sin duda, si escribiésemos en hebreo, diríamos qabbalah para designar la tradición en general, así como, sí escribiésemos en árabe llamaríamos taçawwuf a la iniciación en cualquiera de sus formas: pero trasladadas a otra lengua, las palabras hebreas, árabes, etc., han de reservarse a las formas tradicionales cuya expresión respectiva son sus lenguas de origen, cualesquiera que sean, por lo demás, las comparaciones o incluso las asimilaciones que pueden originar legítimamente; y en ningún caso hay que confundir un determinado orden de conocimiento, considerado en sí mismo, con tal o cual forma especial que ha revestido en circunstancias históricas determinadas.

 

(3). Véase L'Homme et son devenir selon le Vêdânta, cap. XXIl.

 

(4). Como sé dice en las Rasâil lkhwân as-Safâ, "el mundo es un gran hombre, y el hombre un pequeño mundo" (el-âlam insân kebir, wa el insân âlam saghir). Además, en virtud de esta correspondencia, cierta realización en el orden "microcósmico" podrá ocasionar, a titulo de consecuencia accidental para el ser que la habrá alcanzado, una realización exterior referente al orden "macrocósmico", sin que ésta se haya buscado especialmente y por sí misma, como hemos indicado acerca de algunos casos de transmutaciones metálicas en nuestro anterior artículo La Tradición hermética

 

(5). Estas dos funciones de mensajero de los dioses y "psicopompo", astrológicamente cabe referirlas respectivamente a un aspecto diumo y otro noctumo; también se puede, por otra parte, encontrar en él la correspondencia de las dos corrientes, descendente y ascendente, que simbolizan las dos serpientes del caduceo.

 

(6). No hay que confundir este nombre, Budha, con el de Buddha, designación de Shâkyamuni, aunque ambos tengan evidentemente la misma significación radical, y, además, ciertos atributos del Buddha planetario hayan sido transferidos posteriormente al Buddha histórico, siendo representado como "iluminado" por la irradiación de dicho astro, cuya esencia, en cierto modo, absorbió en sí mismo. Señalemos a este respecto que a la madre de Buddha se la llama Mâyâ-Dêvi y, entre los griegos y los latinos, Maia  es también la madre de Hermes o Mercurio.

 

(7). Se sabe que el cambio de la b en v o w es un fenómeno lingüístico extremadamente frecuente.

 

(8). Véase a este respecto nuestro estudio "La Lengua de los pájaros", (capítulo VII de Símbolos de la Ciencia Sagrada, N. del t.), donde hemos hecho ver que la serpiente se opone o asocia al pájaro según se la considere en su aspecto maléfico o benéfico. Agregaremos que una figura como la del águila que sujeta una serpiente en sus garras (que se encuentra precisamente en México) no evoca exclusivamente la idea de antagonismo que en la tradición hindú representa el combate del Garuda contra el Nâga; ocurre a veces, especialmente en el simbolismo heráldico, que la serpiente es sustituida por la espada (sustitución particularmente impresionante cuando ésta tiene la forma de la espada flamígera, que hay que relacionar, por otra parte, con los rayos que el águila recibe de Júpiter), y la espada, en su significado más elevado, representa la Sabiduría y la fuerza del Verbo (véase por ejemplo Apocalipsis, 1,16). Es de resaltar que uno de los principales símbolos del Thoth egipcio era el ibis, destructor de reptiles, y convertido por esta cualidad en símbolo de Cristo; pero, en el caduceo de Hermes, tenemos la serpiente en sus dos aspectos contrarios, como en la figura de la "amfisbena" de la Edad Media (véase Le Roi du Monde, cap. III, in fine, en nota).

 

(9). ¿No habría que concluir de esta misma asimilación que el Libro de Enoc, o al menos lo que con este título se conoce, ha de considerarse que forma parte integrante del conjunto de los "libros herméticos"?

Por otra parte, algunos dicen además que el profeta Idris es lo mismo que Buddha; lo indicado anteriormente muestra sobradamente en qué sentido ha de entenderse este aserto, que en realidad se refiere a Budha, el equivalente de Hermes. En efecto, no puede tratarse aquí del Buddha histórico, cuya muerte es un acontecimiento conocido, mientras que de Idris se dice expresamente que fue llevado vivo al cielo, lo que corresponde bien al Enoc bíblico.

 

(10). Véase Le Roi du Monde, cap. III

 

(11). Acaso haya que ver en ello el origen del equívoco que cometen algunos al considerar al Buddha como noveno avatâra de Vishnú; parece que se trata de una manifestación en relación con el principio designado como planetario; en tal caso, el Cristo solar sería propiamente el Cristo glorioso, es decir, el décimo avatâra, el que ha de venir al final del ciclo. Recordaremos, a título de curiosidad, que el mes de Mayo toma su nombre de Maia, madre de Mercurio, (de la cual se dice que es una de las Pléyades) a la que antiguamente estaba consagrado; pues bien, en el Cristianismo se ha convertido en el "mes de María", por una asimilación, que indudablemente no es únicamente fonética, entre María y Maia.

 

(12). En torno del bastón de Esculapio está enroscada una sola serpiente, la que representa la fuerza benéfica, pues la fuerza maléfica ha de desaparecer precisamente porque se trata del genio de la medicina. Señalemos igualmente que de este mismo bastón de Esculapio, en cuanto signo de curación, con el símbolo bíblico de le "serpiente de bronce" (véase a este respecto nuestro estudio "Set" (capítulo XX de Símbolos de la Ciencia Sagrada. N.del T.).

 

(13). Se dice que han de manifestarse de nuevo en la tierra al final del ciclo: son los dos "testigos" de que se habla en el capítulo Xl del Apocalipsis.

 

(14). Encarna en cierto modo la naturaleza del fuego filosófico", y se sabe que, conforme al relato bíblico, el profeta Elías fue llevado el cielo en un "carro de fuego"; esto se relacione con el vehículo ígneo (taijasa en le tradición hindú) que, en el ser humano, corresponde el estado sutil (véase L'homme et son devenir selon le Vêdânta, cap. XIV).

 

(15). Véase L'Homme et son devenir selon le Vêdânta, cap. 1. Recordemos también, desde el punto de vista alquímico, la correspondencia del Sol con el oro, designado por la tradición hindú como la "luz mineral", el "oro potable" de los hermetistas es además lo mismo que la "bebida de inmortalidad", también llamada "licor de oro" en el Taoísmo.

 

(16). Véase Le Symbollsme de la Croix, cap. IX.

  

Publicado en "Le Voile d'lsis", abril de 1932.

 

 

 

LA TUMBA DE HERMES

 

Lo que hemos dicho de ciertas tentativas "pseudo-iniciáticas" puede hacer comprender fácilmente los motivos por los cuales nos tienta muy poco el abordar asuntos que conciernen, más o menos directamente, a la antigua tradición egipcia. A este respecto, podemos añadir también esto: el propio hecho de que los egipcios actuales no se ocupen en modo alguno de las investigaciones concernientes a esa civilización desaparecida deberá bastar para mostrar que no puede haber en ello ningún beneficio efectivo desde el punto de vista que nos interesa; si fuese así, en efecto, es muy evidente que no hubieran cedido su monopolio en cierto modo a los extranjeros, que además nunca han hecho de él otra cosa que asunto de mera erudición. La verdad es que entre el Egipto antiguo y el actual no hay sino coincidencia geográfica, sin la menor continuidad histórica; por eso, la tradición de que se trata es aún más completamente ajena, en el país donde antaño existiera, que el Druidismo para los pueblos que habitan hoy las antiguas tierras célticas; y el hecho de que subsistan monumentos mucho más numerosos nada cambia en este estado de cosas. Tenemos interés en precisar bien este punto de una vez para siempre, a fin de atajar todas las ilusiones que demasiado fácilmente se hacen a este respecto quienes nunca han tenido la ocasión de examinar las cosas de cerca; y, al propio tiempo, esta observación destruirá todavía más completamente las pretensiones de los "pseudo-iniciados" que, valiéndose del prestigio del antiguo Egipto, quisieran dar a entender que tienen conexión con alguna cosa que pretenden que subsiste en Egipto mismo; sabemos, además, que esto no es una suposición puramente imaginaria, y que algunos, contando con la ignorancia general, en lo cual, desgraciadamente, no están del todo equivocados, llevan sus pretensiones hasta ese extremo.

Sin embargo, pese a todo ello, sucede que nos encontramos casi en la obligación de, en la medida de lo posible, dar algunas explicaciones que se nos han pedido desde diversos lados últimamente, a causa de la increíble multiplicación de ciertas historias fantásticas de las que hemos tenido que hablar un poco al reseñar los libros a que aludíamos hace un momento. Hay que decir, por lo demás, que estas explicaciones no se referirán en realidad a la propia tradición egipcia, sino tan sólo a lo que en la tradición árabe la concierne; en efecto, hay por lo menos algunas indicaciones bastante curiosas y que quizá, a pesar de todo, sean susceptibles de contribuir a iluminar ciertos puntos oscuros, aunque en modo alguno pretendemos exagerar la importancia de las conclusiones que es posible desprender de ellas.

Hemos hecho notar anteriormente que, de hecho, no se sabe realmente para qué puede servir la Gran Pirámide y podríamos además decir lo mismo de las pirámides en general; es verdad que la opinión más comúnmente extendida quiere ver en ellas tumbas, y, sin duda, tal hipótesis nada tiene de imposible en sí misma; pero, por otro lado, también sabemos que los arqueólogos modernos, en virtud de ciertas ideas preconcebidas, fácilmente se esfuerzan por descubrir tumbas por todos lados, incluso donde nunca hubo el menor rastro de ellas, y eso no deja de despertar en nosotros cierta desconfianza. En todo caso, nunca hasta hoy se ha encontrado tumba alguna en la Gran Pirámide; pero, aun si la hubiese, el enigma todavía no estaría por ello totalmente resuelto, pues, evidentemente, eso no excluiría que haya podido tener otros usos al tiempo, acaso más importantes, como pueden haberlos tenido también otras pirámides que sí sirvieron realmente de tumbas; es posible también que, como han pensado algunos, la utilización funeraria de esos monumentos fuese más o menos tardía, y que ésa no haya sido su utilización primitiva en la propia época de la construcción. Si, no obstante, se objeta a esto que ciertos datos antiguos, y de carácter más o menos tradicional, parecen confirmar que se trata realmente de tumbas, diremos algo que puede parecer extraño a primera vista, pero que, sin embargo, es precisamente lo que quizá tienden a hacer admitir las consideraciones que seguirán: las tumbas de que se trata, ¿no habrá que entenderlas en sentido meramente simbólico?

En efecto, dicen algunos que la Gran Pirámide es la tumba de Seyidna Idris, dicho de otro modo, del profeta Enoc, y que la segunda pirámide es la de otro personaje que supuestamente fue el Maestro de éste, y sobre el cual hemos de volver; pero, presentada de esta forma y tomada en sentido literal, la cosa encerraría un absurdo manifiesto, por cuanto Enoc no murió, sino que fue llevado vivo al Cielo; ¿cómo, pues, podría tener tumba? Sin embargo no convendría apresurarse demasiado a hablar aquí, a la manera occidental, de "leyendas" desprovistas de fundamento, pues he aquí la explicación que se da de ello: no es el cuerpo de Idris lo que se enterró en la Gran Pirámide, sino su ciencia; y, con esto, algunos entienden que se trata de sus libros; pero ¿qué verosimilitud tiene el que unos libros hayan sido enterrados así, pura y simplemente, y qué habría podido ofrecer ésto desde cualquier punto de vista? (1). Mucho más plausible, indudablemente, sería que el contenido de aquellos libros haya sido grabado en caracteres jeroglíficos en el interior del monumento; pero precisamente, por desgracia para tal suposición, no hay en la Gran Pirámide ni inscripciones ni representaciones simbólicas de ninguna clase (2). Entonces, no queda más que una sola hipótesis aceptable: y es que la ciencia de Idris está verdaderamente oculta en la Pirámide, pero porque se encuentra incluida en su estructura misma, en su disposición exterior e interior y en sus proporciones; y todo lo que de válido puede haber en los "descubrimientos" que a este respecto han hecho o creído hacer los modernos no representa en suma más que unos cuantos fragmentos ínfimos de esa antigua ciencia tradicional.

Esta interpretación concuerda además bastante bien, en el fondo, con otra versión árabe del origen de las pirámides, cuya construcción atribuye al rey antediluviano Surid; éste, advertido de la inminencia del Diluvio por un sueño, las hizo edificar según el plan de los sabios, y ordenó a los sacerdotes que depositaran en ellas los secretos de sus ciencias y los preceptos de su sabiduría. Pues sabido es que Enoc o Idris, también antediluviano, se identifica con Hermes o Thoth, que representa la fuente de la que provenían los conocimientos del sacerdocio egipcio y luego, por extensión, representa también este mismo sacerdocio en cuanto continuador de la misma función de enseñanza tradicional; es realmente, pues, la misma ciencia sagrada lo que, de esta forma, parece que fue depositado en las pirámides (3).

Por otro lado, ese monumento destinado a asegurar la conservación de los conocimientos tradicionales en previsión del cataclismo, recuerda además otra historia bastante conocida, la de las dos columnas levantadas, por Enoc precisamente según unos, por Set según otros, y en las cuales parece que se inscribió lo esencial de todas las ciencias; y la mención que aquí se hace de Set nos conduce al personaje cuya tumba se dice que fue la segunda pirámide. En efecto, si éste fue el Maestro de Seyidna ldris, no puede haber sido nadie más que Seyidna Sheth, o sea, Set, hijo de Adán; es verdad que antiguos autores árabes lo designan con los nombres, extraños en apariencia, de Aghatîmûn y Adhîmûn pero, evidentemente, estos nombres no son sino deformaciones del griego Agathodaimôn, que, refiriéndose al simbolismo de la serpiente considerada en su aspecto benéfico, se aplica perfectamente a Set, como explicamos ya en otra ocasión (4). La conexión particular establecida así entre Set y Enoc también es muy notable, tanto más que a ambos se los relaciona, por otra parte, con ciertas tradiciones que conciernen a un retomo al Paraíso terrenal, esto es, al "estado primordial", y en consecuencia, con un simbolismo "polar" que no carece de alguna relación con la orientación de las pirámides, pero ése es otro asunto, y tan sólo señalaremos de paso que este hecho, que implica bastante claramente una referencia a los "centros espirituales" parece que tiende a confirmar la hipótesis que hace de las pirámides un lugar de iniciación, lo cual, por lo demás, no habría sido, a fin de cuentas, sino el medio normal de mantener "vivos" los conocimientos que en ellas se habían incluido, al menos mientras haya subsistido esta iniciación.

 

Añadiremos todavía otra observación: se dice que Idris o Enoc escribió numerosos libros inspirados, después de que el propio Adán y Set hubiesen escrito otros (5), estos libros fueron los prototipos de los libros sagrados de los Egipcios, y los Libros Herméticos, más recientes, sólo representan, por decirlo así, una "readaptación", así como también los diversos Libros de Enoc que con este nombre han llegado a nuestros días. Por otra parte, los libros de Adán, Set y Enoc como es natural habían de expresar respectivamente aspectos diferentes del conocimiento tradicional, que implicaban una relación más especial con tal o cual ciencia sagrada, así como ocurre siempre con la enseñanza transmitida por los diversos Profetas. Pudiera ser interesante, en estas condiciones, preguntarse si no habrá algo, en la estructura de las dos pirámides de que hemos hablado, que corresponda en cierta forma a esas diferencias, en lo que concierne a Enoc y Set, e incluso también, acaso, si la tercera pirámide no puede en ese caso tener también alguna relación con Adán, por cuanto, aunque no hemos encontrado en parte alguna ninguna alusión explícita a ello, sería bastante lógico, a fin de cuentas, suponer que ha de completar el ternario de los grandes Profetas antediluvianos (6). Por supuesto, en modo alguno pensamos que estas cuestiones sean de las susceptibles de ser resueltas actualmente; por lo demás, todos los "buscadores" modernos se han "hipnotizado", por decirlo así, casi exclusivamente con la Gran Pirámide, aunque, después de todo, en realidad no es, en comparación con las otras dos, tan grande que su diferencia sea muy impresionante; y cuando, para justificar la importancia excepcional que le atribuyen, aseguran que es la única orientada exactamente, acaso cometan el error de no pensar que ciertas variaciones en la orientación bien pudieran no deberse simplemente a alguna negligencia de los constructores, sino precisamente reflejar algo que se refiere a épocas tradicionales diferentes; pero ¿cómo puede esperarse que unos occidentales modernos, tengan, para que los dirijan en sus investigaciones, nociones algo justas y precisas sobre cosas de este género?(7)

Otra observación que también tiene su importancia es que el nombre mismo de Hermes dista mucho de serle desconocido a la tradición árabe (8); y ¿hay que ver sólo una "coincidencia" en la semejanza que ofrece con la palabra Haram (en plural Ahrâm), designación árabe de la pirámide, de la que sólo difiere por la simple agregación de una letra final que no forma parte de su raíz? A Hermes se le llama EI-muthalleth bil-hikam, literalmente "triple por sabiduría" (9), lo que equivale al epíteto griego Trismegistos aunque siendo más explícito, pues la "grandeza" que expresa este último no es, en el fondo, sino la consecuencia de la sabiduría que es el atributo propio de Hermes (10). Tal triplicidad" tiene además otra significación, pues a veces se encuentra desarrollada en forma de tres Hermes distintos: El primero, llamado "Hermes de los Hermes" (Hermes El-Harâmesah), y considerado antediluviano, es el que se identifica propiamente a Seyidna Idris, los otros dos, que parecen ser postdiluvianos, son el "Hermes babilonio" (EI-Bâbelîl) y el "Hermes egipciaco" (EI-Misrî); esto parece indicar bastante claramente que las tradiciones caldea y egipcia se habrán derivado directamente de una sola y misma fuente principal, la cual, dado el carácter antediluviano que se le reconoce, poco puede ser otra que la tradición atlante (11).

 

Se piense lo que se piense de todas estas consideraciones, que son indudablemente tan distantes de las opiniones de los egiptólogos como de los modernos investigadores del "secreto de la pirámide", es lícito decir que esta representa verdaderamente la "tumba de Hermes", pues los misterios de su sabiduría y de su ciencia han sido ocultados en ella de tal forma que es ciertamente bien difícil descubrirlos (12).

 

NOTAS:

 

(1). Apenas hay necesidad de señalar que el caso de libros depositados en una verdadera tumba es completamente diferente de éste.

 

(2). Sobre todo eso también se encuentran a veces aserciones singulares y más o menos completamente quiméricas; así, en el Occult  Magazine, de la H.B. of L.., hemos encontrado una alusión a las "78 láminas del Libro de Hermes, que yace enterrado en una de las Pirámides" (número de diciembre de 1885, p. 87); se trata aquí manifiestamente del Tarot, pero éste nunca ha representado un Libro de Hermes, de Thoth o de Enoc, sino en concepciones muy recientes, y no es "egipcio" más que de la misma manera que los gitanos a quienes también se ha dado tal nombre. Sobre la H. B. of L., cf. nuestro libro Le Theosophisme

 

(3). Otra versión, ya no árabe, sino copta, refiere el origen de las pirámides a Shedîd y Sheddâd, hijos de Ad; no sabemos demasiado qué consecuencia podrían sacarse de ello, y no parece que haya motivos para otorgarle gran importancia, por cuanto, aparte el hecho de que se trata aquí de "gigantes", no se ve qué intención simbólica pudiera recubrir.

 

(4). V. nuestro estudio sobre Sheth. El Agathodaimôn de los griegos suele identificarse a Knef, representado igualmente por la serpiente, y en conexión con el "Muro del Mundo", lo que sigue refiriéndose al mismo simbolismo; en cuanto al Kakodaimôn, aspecto maléfico de la serpiente, es evidentemente idéntico al Set-Tifón de los egipcios.

 

(5). Los números indicados para estos libros varían y, en muchos casos, pueden ser únicamente números simbólicos; este punto, por lo demás, sólo tiene importancia secundaria.

 

(6).  Ni que decir tiene que esto no quiere decir que la construcción de las pirámides haya de serles literalmente atribuida, sino tan sólo que pudo constituir una "fijación" de las ciencias tradicionales que respectivamente se les atribuye.

 

(7). La idea de que la Gran Pirámide difiere esencialmente de las otras dos es muy reciente; se dice que el Califa EI-Mamûn, que quería saber qué contenían las pirámides, decidió hacer abrir una; resultó ser la Gran Pirámide, pero no parece que pensara que habría de tener un carácter absolutamente especial.

 

(8). Junto a la forma correcta Hermes, se encuentra también, en algunos autores, la forma Armis, que evidentemente es una alteración de aquélla.

 

(9). Hikam es el plural de hikmah, pero las dos formas se emplean por igual con el sentido de "sabiduría".

 

(10). Puede ser curioso señalar que la palabra muthalleth designa también el triángulo, pues, sin forzar demasiado las cosas, podría encontrarse en ella alguna relación con la forma triangular de las caras de la pirámide, que también hubo de ser determinada "por la sabiduría" de quienes establecieron sus planos, sin contar que el triángulo se refiere, además, al simbolismo del "Polo" y desde este último punto de vista, es evidentísimo que la propia pirámide no es en suma sino una de las imágenes de la "Montaña Sagrada".

 

(11). Es fácil comprender que, en todo caso, todo esto se sitúa, bastante lejos ya de la Tradición primordial; y bien poco útil sería, además, designar especialmente a ésta como fuente común de dos tradiciones particulares, siendo así que lo es necesariamente de todas las formas tradicionales sin excepción. Por otra parte, del orden de enumeración de los tres Hermes, en la medida que parece tener alguna significación cronológica, se podría llegar a la conclusión de cierta anterioridad de la tradición caldea con respecto a la tradición egipcia.

 

(12). Ahora que tocamos este punto, señalaremos otra fantasía moderna: hemos comprobado que algunos atribuyen considerable importancia al hecho de que la Gran Pirámide no se haya acabado jamás; falta la cúspide, en efecto, pero todo cuanto puede decirse de cierto a este respecto, es que los autores más antiguos de que se posee testimonio, que son aún relativamente recientes, siempre la han visto truncada como hoy lo está. De eso a pretender que la cúspide que falta corresponde a la "piedra angular" de la que se habla en varios pasajes de la Biblia y el Evangelio, hay realmente mucho trecho, tanto más cuanto que, según datos auténticamente tradicionales, la piedra de que se trata no sería un "piramidion", sino realmente una "clave de arco" (Keystone), y, si fue "rechazada por los constructores", es que éstos, como no estaban iniciados más que en la Square Masonry, ignoraban los secretos de la Arch Masonry. Cosa asaz curiosa, el sello de los Estados Unidos representa la pirámide truncada, sobre la cual hay un triángulo irradiante que, aunque estando separado de ella, e incluso aislado por el círculo de nubes que lo rodea, en cierto modo parece sustituir su cúspide pero en este sello del que, por otro lado, algunas organizaciones seudo-iniciáticas" tratan de sacar provecho, de forma un tanto sospechosa, hay otros detalles por lo menos extravagantes: así, del número de hileras de la pirámide, que son trece, se dice que corresponde al de las tribus de Israel (contando por separado las dos semitribus de los hijos de José), y acaso ello no carece totalmente de relación con los orígenes reales de ciertas divagaciones contemporáneas sobre la Gran Pirámide, que tienden como hemos dicho anteriormente, a hacer de ella con fines más bien oscuros, una especie de monumento 'judeo-cristiano".

 

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Publicado en "Etudes Traditionnelles", diciembre de 1936.

 Rene Guenon