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Fulcanelli
Seudónimo de un autor
de alquimia del s. XX que fundó escuela. Se discute su identidad:
probablemente se trata de Eugène Cansellet, nacido en 1899. Escribió
El misterio de las catedrales (1926) y Las moradas
filosofales (1931).
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El misterio de las
catedrales (1926)
Es tarea ingrata e
incómoda, para un discípulo, la presentación de una obra escrita por
su propio Maestro. Por ello, no me propongo analizar aquí El
misterio de las catedrales, ni subrayar su belleza formal y su
profunda enseñanza. A este respecto, confieso, muy humildemente, mi
incapacidad y prefiero dejar a los lectores el cuidado de apreciarlo
en lo que vale, y a los Hermanos de Heliópolis el gozo de recoger
esta síntesis, tan magistralmente expuesta por uno de los suyos. El
tiempo y la verdad harán todo lo demás.
Hace ya mucho tiempo que el autor de este libro no está entre
nosotros. Se extinguió el hombre. Sólo persiste su recuerdo. Y yo
experimento una especie de dolor al evocar la imagen del Maestro
laborioso y sabio al que tanto debo, mientras deploro, ¡ay!, que
desapareciera tan pronto. Sus numerosos amigos, hermanos
desconocidos que esperaban de él la solución del misterio Verbum
dimissum, le llorarán conmigo.
¿Podía él llegado a la cima del Conocimiento, negarse a obedecer las
órdenes del Destino? Nadie es profeta en su tierra Este viejo adagio
nos da, tal vez, la razón oculta del trastorno que produce la chispa
de la revelación en la vida solitaria y estudiosa del filósofo. Bajo
los efectos de esta llama divina, el hombre viejo se consume por
entero. Nombre, familia, patria, todas las ilusiones, todos los
errores, todas las vanidades, se deshacen en polvo. Y, como el Fénix
de los poetas, una personalidad nueva renace de las cenizas. Así lo
dice, al menos, la Tradición filosófica.
Mi Maestro lo sabía. Desapareció al sonar la hora fatídica, cuando
se produjo la Señal ¿Y quién se atrevería a sustraerse a la Ley? Yo
mismo, a pesar del desgarro de una separación dolorosa, pero
inevitable, actuaría de la misma manera, si me ocurriese hoy el
feliz suceso que obligó al Adepto a renunciar a los homenajes del
mundo.
Fulcanelli ya no existe. Sin embargo, y éste es nuestro consuelo, su
pensamiento permanece, ardiente y vivo, encerrado para siempre en
estas páginas como en un santuario.
Gracias a él la catedral gótica nos revela su secreto. Y así nos
enteramos, con sorpresa y emoción de cómo fue tallada por nuestros
antepasados la primera piedra de sus cimientos, resplandeciente
gema, más preciosa que el mismo oro, sobre la cual edificó Jesús su
Iglesia. Toda la verdad, toda la Filosofía, toda la Religión
descansaban sobre esta Piedra única y sagrada. Muchos, henchidos de
presunción, se creen capaces de modelarla, - y, sin embargo, ¡cuán
raros son los elegidos cuya sencillez, cuya sabiduría, cuya
habilidad, les permite lograrlo!
Pero esto importa poco. Nos basta con saber que las maravillas de
nuestra Edad Media contienen la misma verdad positiva, el mismo
fondo científico, que las pirámides de Egipto, los templos de
Grecia, las catacumbas romanas, las basílicas bizantinas.
Tal es el alcance general del libro de Fulcanelli.
Los hermetistas -o al menos los que son dignos de este nombre-
descubrirán otra cosa en él. Dicen que del contraste de las ideas
nace la luz, ellos descubrirán que aquí, merced a la confrontación
del Libro con el Edicio, despréndase el Espíntu y muere la Letra.
Fulcanelli hizo, para ellos, el primer esfuerzo, a los hermetistas
corresponde hacer el último. El camino que falta por recorrer es
breve. Pero hace falta conocerlo bien y no caminar sin saber adónde
uno va.
¿Queréis que os diga algo más?
Sé, no por haberlo descubierto yo mismo, sino porque el autor me lo
afirmó, hace más de diez años, que la llave del arcano mayor ha sido
dada, sin la menor ficción, por una de las figuras que ilustran la
presente obra. Y esta llave consiste sencillamente en un color,
manifestado al artesano desde el primer trabajo. Ningún filósofo,
que yo sepa, descubrió la importancia de este punto esencial. Al
revelarlo yo, cumplo la última voluntad de Fulcanelli y sigo el
dictado de mi conciencia.
Y ahora, séame permitido, en nombre de los Hermanos de Heliópolis y
en el mío propio, dar calurosamente las gracias al artista a quien
mi maestro confió la ilustración de su obra. Efectivamente, gracias
al talento sincero y minucioso del pintor Julien Champagne, ha
podido El misterio de las catedrales envolver su esoterismo austero
en un soberbio manto de láminas originales.
E. CANSELIET
F. C. H.
Octubre 1925
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