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LA COSMOLOGÍA
HERMÉTICA
Luc Benoist
La Tradición cristiana primitiva no se ocupaba de la ciencia en el
sentido corriente de la palabra. Los Evangelios no implican un
código jurídico ni tampoco enseñan una cosmología particular. Los
primeros cristianos fueron necesariamente tributarios de la ciencia
griega contemporánea. El esoterismo, para expresarse claramente se
ha servido naturalmente del vocabulario de las ciencias, de las
artes y de los oficios existentes, que sus ritos usaban como
símbolos, para iniciar a los individuos ejercitando esos oficios y
cumpliendo esos ritos. Al usar por necesidad la ciencia griega, el
hermetismo cristiano se formó por la simbiosis de las
espiritualidades evangélica y hebrea con la cosmología alejandrina.
Esta comprendía dos ciencias a la sazón favorecidas, la astrología y
la alquimia, surgidas ambas de la iniciación sacerdotal. Es
necesario recordar que la pedagogía antigua llamaba "artes
liberales" a las ciencias que se dividían en dos grupos, distinción
que se ha prolongado en nuestras escuelas hasta la Edad Media. Era
la ciencia de las letras o trivium, con la que se relacionaba la
alquimia y que comprendía la gramática, la lógica y la retórica y la
ciencia de los números o quadrivium que comprendía la aritmética, la
geometría, la astrología y la música.
Al estudiar separadamente la astrología y la alquimia, se olvida en
demasía que existe entre ambas disciplinas una relación que proviene
de la unidad cósmica que suponen. Entre la astrología que se ocupa
del mundo celeste de las esferas planetarias y la alquimia, que se
ocupa del mundo terrestre de los estados naturales, existe una
relación que se podría definir diciendo que la astrología representa
a "la voluntad del cielo" y la alquimia "la progresión voluntaria
del hombre", dualidad de fuerzas que la iniciación tiene por objeto
hacer coincidir.
Hoy, la astrología sobrevive bajo el aspecto desfigurado de una
simple mántica, que justifica todas las censuras. René Guénon lo ha
dejado dicho: "Las pretendidas tradiciones astrológicas representan
los fragmentos de un conocimiento perdido e incomprendido. Además,
resulta curioso observar que las obras astrológicas conocidas hoy
día pertenecen a épocas de decadencia tradicional, bien sea al fin
de la antigüedad griega con Ptolomeo o al fin del Renacimiento con
Morin de Villefranche. En realidad el interés de la astrología
proviene de que enseñaba algo con lo que no concuerda nada de lo
actual, la ciencia de los cielos y del tiempo cualitativo.
En nuestro mundo todo fenómeno se expresa a través del espacio y del
tiempo, gracias al movimiento que los une, y por consiguiente al
ritmo que ordena este movimiento. Los cuerpos celestes manifiestan
el ritmo en el estado puro y por ello están presentes en el origen
de las matemáticas, habiendo sido los astrólogos los primeros
matemáticos, nombre que les daban los pitagóricos. Como todo ritmo
supone un retorno cíclico, la astrología era la ciencia de los
cielos y del tiempo cualitativo. En efecto, la permanencia de las
leyes naturales que la ciencia moderna reduce a fórmulas, implica
según esta ciencia, la estabilidad casi eterna de las condiciones en
las cuales se ejercen estas leyes. Por otro lado, la teoría
tradicional de los cielos supone al contrario una alteración
continua, una aceleración creciente del tiempo a medida que el mundo
se aleja de su origen, acompañado, de una degeneración
correspondiente en todos los dominios. Por su orden y simbolismo,
los astros traducen admirablemente esta naturaleza variable de los
tiempos y la transformación del ambiente cósmico en que el hombre
está en cada momento sumergido. De esta manera cada ciclo puede
servir para simbolizar un estado espiritual y un momento de la
historia.
Este medio, siendo cósmico, no sólo influye en el hombre, sino en
toda la naturaleza. La alquimia enseña así que cada planeta señala
con su "signo" a uno de los diferentes metales engendrado por la
naturaleza. La ciencia antigua suponía que bajo la influencia
celeste del sol y de los astros, “maduraba” lentamente la materia
prima original, para dar nacimiento gradualmente a la serie de los
metales, que progresaban en calidad hasta la perfección del oro. El
alquimista en su laboratorio aspiraba a imitar la forma operatoria
de la naturaleza. Por el fuego de su atanor, en donde el principio
ígneo sustituía al sol, debía conseguir en los cuarenta días de una
gestación alquímica, lo que la naturaleza realiza en las cuarenta
semanas de una gestación humana.
Se entiende cómo el esoterismo se haya adueñado de este símbolo,
fundado sobre el principio de la unidad cósmica, sin que por ello se
nos muestre como más unida a él que a cualquier otro de la ciencia
antigua, al parecer actualmente perdida. Todo lo que existe surge de
la misma sustancia y el cosmos puede ser considerado como un gran
organismo animado por el mismo principio de vida. Los estados
sucesivos de la materia rectificada por la alquimia, podían ser
considerados como equivalentes a las etapas espirituales de una
purificación iniciática. La alquimia mostraba el proceso por el que
la vida encuentra su perfección original a partir de la materia
prima indiferenciada. Lo que permite decir que el proceso iniciático
y la "gran obra" alquímica no son sino una sola y misma cosa, la
conquista de la luz hacia un estado simbolizado por el oro, el que,
según los Vedas, es la inmortalidad. Igualmente puede decirse que la
astrología es un reloj calificador de los tiempos, que puede ser
utilizada por la alquimia como terapéutica de los estados, estando
ambos métodos en perfecta correspondencia y dependiendo también
ambos del hermetismo cristiano, cuyo lenguaje han utilizado los
alquimistas.

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