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EL
ESOTERISMO CRISTIANO
Luc Benoist
En Occidente, que hace veinte siglos que vive
según los principios de la religión cristiana, no vamos a exponer
sus dogmas. Trataremos solamente de esbozar los principales aspectos
del esoterismo cristiano, sin abordar su modo espontáneo, místico y
poético. Nos limitaremos a estudiar las principales organizaciones
iniciáticas, cuya existencia está testimoniada sólo por pruebas
indirectas, pero que gracias a circunstancias excepcionales se han
podido sorprender.
Teniendo la filiación auténtica de la Tradición un valor decisivo,
es necesario remontarse a la fuente de la predicación evangélica,
pese a la oscuridad, sin lugar a dudas voluntaria, de que se
mantiene rodeada. Entre los judíos piadosos que vivían en Palestina
en los tiempos de Jesús, el testimonio de Flavio Josefo permite
distinguir tres tipos de fieles: los saduceos, casta sacerdotal que
interpretaba el Pentateuco literalmente, los fariseos, fieles a una
Tradición oral de costumbre y finalmente Ios Esenios, unidos en una
comunidad de tipo pitagórico y de una alta espiritualidad. Desde
hacía tiempo se sospechaba que Jesús habla estado familiarizado con
esta élite esenia. El reciente descubrimiento de casi seiscientos
manuscritos del ler siglo en Qumrân conteniendo sus escrituras,
transforma esta hipótesis en una casi certeza. Por estos textos
sabemos que los Esenios formaban una congregación muy secreta. Se
llamaban entre sí “hijos de la luz” y denominaban a su doctrina “la
nueva alianza”. Llevaban vida de cenobitas en las riberas del mar
Muerto en un convento del que se han encontrado vestigios. La
comunidad comprendía una triple jerarquía de fieles, los
postulantes, los novicios y los iniciados, a quienes estaba
reservada, después de tres años de preparación, la revelación de una
gnosis. El rito principal consistía en una comida sagrada, tomada en
común, precedida de una purificación. No admitían mujeres, no
utilizaban dinero y prestaban un juramento que garantizaba el
secreto. El superior de ellos, un sacerdote de la tribu de Leví y
del sacerdocio de Aarón, era llamado “Maestro de Justicia”. Uno de
ellos, probablemente, fue ejecutado y condenado por orden del
Sanedrín. Es fácil comprobar el paralelismo de estos caracteres y de
estos episodios con los del Cristianismo naciente. El brusco
silencio hecho sobre los Esenios a la venida de Cristo deja suponer
que reclutó entre ellos a sus primeros fieles.
Sin embargo, la enseñanza de Cristo superaba grandemente el cuadro
ritual del judaísmo, en el que los Esenios habían querido permanecer
y que él había respetado. Por la fuerza de los hechos, sus fieles,
una vez muerto, se alejaron insensiblemente del culto del templo,
hasta el momento en que nació un nuevo exoterismo. Jesús se refería
principalmente al sentido espiritual de las Escrituras como lo
manifiestan numerosos pasajes de los Evangelios: “Que el que sea
capaz de comprender... Que el que tenga oídos escuche... Diré cosas
ocultas desde el comienzo del mundo”. La superación del orden social
está claramente enunciada en la frase célebre: “Dad al César lo que
es de César...”
Después de la pasión, la sociedad cristiana primitiva no se
diferenciaba aún de la comunidad esenia. Las asambleas comprendían
tres tipos de miembros, los oyentes, los catecúmenos (o competentes)
y los bautizados. Los catecúmenos no eran admitidos al sacrificio
eucarístico. Los candidatos al bautismo no recibían el sacramento
hasta haber sufrido un examen. El hecho de que el bautismo y la
confirmación no pudieran ser conferidos sino una sola vez abogaría
por un carácter iniciático y permitiría hacerlos corresponder con el
grado de los misterios menores, en tanto que el sacramento de la
ordenación correspondería a los grandes misterios. Muchos otros
indicios testimonian el esoterismo de la Nueva Alianza, y
especialmente el hecho de que el sacramento de la comunión fuera
conferido bajo las dos especies, aunque hoy las dos especies sean
utilizadas entre los ortodoxos sólo para todos los fieles.
Otros rasgos de una enseñanza reservada se encuentran en las
epístolas de San Pablo: “Yo os he dado leche y no alimento sólido...
O cualquiera que sea alimentado sólo de leche no comprende nada de
los discursos de la Sabiduría”. Los textos de los Santos Padres
hacen alusión a una “verdad que no es permitido contemplar a los
catecúmenos”. San Basilio habla con más claridad aún “de una
Tradición tácita y mística mantenida hasta nosotros... de una
instrucción secreta que nuestros padres han observado... ya que
ellos habían aprendido cómo es necesario el silencio para mantener
el respeto del misterio”. Poco después los escritos "dionisianos"
hablan de un “secreto que nuestros maestros inspirados han
transmitido a sus discípulos por un tipo de enseñanza espiritual y
casi celeste. Los iniciados de espíritu a espíritu... no estando
hecha la ciencia para todos”.
Pero, judía de origen, la nueva religión no podía extenderse en el
mundo antiguo conocido si no era utilizando el vehículo de la lengua
griega. Esta simbiosis con el helenismo decadente se realizó en
Alejandría, primera capital moderna, punto de unión de tres
culturas, la egipcia, la hebrea y la helénica. Fue allí en donde,
sin duda, adquirió los principales elementos de su vocabulario y de
su dialéctica. Por largo tiempo, los libros herméticos fueron
considerados por los sabios como los monumentos auténticos de la
teología egipcia, inspirados por Thot, dios egipcio de la sabiduría,
asimilado al Henoch hebreo, al Hermes griego y al Verbo cristiano.
Los libros de Hermes contenían pasajes sobre la contemplación dignos
de Plotino. Clemente de Alejandría, luz de la Didascalia, que habla
conocido los misterios antiguos antes de ser bautizado, usó la misma
terminología para hablar de la iniciación crística: “He llegado a
ser santo desde que he sido iniciado... El Señor es el hierofante...
Él pone su sello al adepto. Estas son las orgías de nuestros
misterios. Venid y recibidlas”.
Pero el Cristianismo no podía conservar este carácter esotérico más
que manteniéndose oculto. Todo cambió cuando Constantino lo aceptó
como la religión del imperio y trasladó su capital a Bizancio. Al
surgir a la luz general, la nueva doctrina debió darse una base
legal, sacando el derecho canónico del derecho romano. Los cuadros
de la administración imperial fueron utilizados por la Iglesia. Esta
socialización era fatal, puesto que Cristo no habla tenido en cuenta
una aplicación práctica de su enseñanza que implicaba prescripciones
inaplicables al "mundo" y que fue necesario aplicar como “consejos
de perfección”.
Todo lo que en el origen era esotérico fue cubierto por un velo. Las
parábolas se consideraron como simples moralidades. Las verdades
interiores, poco comprensibles a los cerebros medios, se
transformaron en misterios. Los sacramentos que conservaban su valor
simbólico perdieron paulatinamente su carácter reservado. Al mismo
tiempo la doctrina cristiana no pudo escapar a un desequilibrio que
provenía de la confrontación de su alta espiritualidad, con las
exigencias de la vida ordinaria. El camino de Cristo apareció como
particularmente difícil para ser seguido exponiendo a los fieles a
los riesgos de una hipocresía permanente, como lo comprobó
Kierkegaard cuando declaró el Cristianismo “no vivible”.
Pero la razón exigía su parte; se apoderó de la filosofía griega y
creó la escolástica con su culminación, el racionalismo cartesiano.
Las aspiraciones del espíritu, fueron satisfechas al mismo tiempo
por la iniciación sacerdotal, la espiritualidad monástica o las
numerosas organizaciones iniciáticas herméticas, artesanales o
caballerescas que aparecieron en Occidente.
Durante ese tiempo, la Tradición cristiana oriental, que no conoció
la escolástica, ni la Reforma, mantuvo, por su lado, la cadena de
una espiritualidad de la que es testimonio la brillante sucesión de
los padres griegos. Ésta parece haber desarrollado el método más que
la doctrina. En efecto, si la metafísica de una doctrina se mantiene
teóricamente, el método psíquico y práctico, que es su doble,
realiza necesariamente sus virtudes por el poder de sus ritos.

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