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EL ROSARIO COMO
VIA ESPIRITUAL
Si el catolicismo occidental, en palabras de un célebre teólogo
actual, se encuentra «en plena descomposición», no es porque no haya
recibido del Cielo, a lo largo de los siglos que han seguido al
declive de la Cristiandad, auxilios particularmente poderosos tanto
para permitirle enderezar su acción en el campo de la comunidad
humana, a la que tiene que inspirar y dar forma, como para reactivar
la vida espiritual de los individuos. No es mi intención escribir la
historia de todas estas intervenciones sobrenaturales y de su
relativo fracaso, causa de la inquietante situación religiosa que se
ofrece a nuestros ojos. Quisiera recordar tan sólo dos de estas
intervenciones celestiales, que se encuentran entre las más
importantes y de las que cabía esperar los mayores efectos para la
cristiandad: la solemne institución del Rosario y la introducción
del culto al Sagrado Corazón.
No es que estas dos «devociones» se encuentren totalmente olvidadas,
pero sí es verdad que han pasado a segundo plano; además, y esto es
más grave, la mayoría de quienes las practican, sean clérigos o
laicos, no conocen más que su significado más exterior, de tal
suerte que no constituyen más que meros ejercicios de piedad, lo
cual es mejor que nada, desde luego, pero que sin embargo hace que
se ignore su más profundo significado, valor, y por tanto eficacia,
que son precisamente lo que hubiera podido repercutir en el destino
del catolicismo. A mostrar este significado esencial van destinadas
las reflexiones que siguen, pues la «devociones» siguen conservando
naturalmente intactas sus secretas riquezas a disposición de quienes
aspiren a ellas.
(...)
Al desafecto por el culto al Sagrado Corazón corresponde el que
actualmente puede observarse en la mayoría de los cristianos por la
recitación del Rosario. Decimos desafecto, pero a veces habría que
decir desdén. La causa en este caso, como en aquél, es que, en el
transcurso del tiempo, por negligencia y por ignorancia, se ha
contribuido a ocultar su verdadero significado y alcance, con lo que
se lo ha convertido (al menos en apariencia, pues en sí mismo el
rosario no deja de ser lo que es) en una devoción anodina -suprema
descalificación para las mentes «modernas»- , anticuada. Así se ha
perdido de vista, y de hecho se ha retirado a los cristianos, uno de
los más poderosos medios rituales. Porque la práctica del rosario,
no hay que dudar en afirmarlo, constituye una auténtica vía de
realización espiritual; y es que, como vamos a ver a continuación,
se basa en lo que es el ejercicio operativo esencial de todas las
vías espirituales (1).
El propio objeto empleado, el rosario, no es fundamentalmente otra
cosa que un «contador de oraciones». Pero, como todo instrumento
tradicional, tiene un sentido simbólico, como veremos más adelante.
Su forma más simple es la cuerda trabajada para formar tantos nudos
como oraciones se quieren contar. En cualquier parte donde haya
oraciones se «repetitivas», hay rosarios para este uso.
(...)
La recitación del rosario constituye una oración de tipo particular,
la oración repetitiva, que se define por estos dos elementos
fundamentales: el Nombre divino, solo o en una fórmula en la que
está intercalado, y la repetición rítmica de dicho Nombre; como
corolario, pero como consecuencia natural y casi indispensable, se
le añade una actividad meditativa.
El primer elemento, que también es el esencial, es el Nombre divino.
La oración del rosario puede definirse así: una invocación del
Nombre divino. Precisamente por ello esta oración se distingue de la
oración entendida en sentido corriente, que es la oración de
petición. Entra, de hecho, en la categoría de la incantación, cosa,
como se verá también recalcada por su aspecto repetitivo. La
incantación sigue un movimiento diferente de la oración corriente de
petición; ésta apela a la gracia de Arriba para hacerla descender
hacia el orante con vistas a la obtención de un objeto bien
definido, temporal o espiritual. La incantación, por su parte, un
poco como la oración de alabanza, es un movimiento de elevación del
alma hacia Dios con intención meditativa, con vistas a una unión del
alma con Dios. Es una aspiración del ser hacia lo universal para
obtener una gracia totalmente espiritual, o sea una iluminación
interior. Operación totalmente interior también, pero que la mayoría
de las veces se expresa mediante palabras que le sirven de apoyo y
están constituidas, en la inmensa mayoría de los casos, como hemos
dicho, por una fórmula que incluye el Nombre divino, lo que en la
India llaman un mantra. Emplearemos expresamente esta palabra, que
no tiene correspondencia en las lenguas occidentales, pues tiene un
significado muy preciso que acabamos de mencionar e incluye
igualmente la idea de repetición rítmica.
El elemento esencial de este tipo de oración, por tanto, es el
Nombre divino mismo, hasta el punto de que a menudo se reduce a la
pronunciación de este Nombre. Porque éste tiene un poder ilimitado,
pues es idéntico a Dios mismo; como dice el Maestro Eckhart, «El
Padre no ve, ni oye, ni dice ni quiere nada que no sea Su propio
Nombre; por medio de su propio Nombre, el Padre ve, oye y Se
manifiesta; el Nombre contiene todas las cosas: el Nombre, Esencia
de la Divinidad, es el Padre mismo...» (2). Se ve, en estas
condiciones, todo el alcance y la eficacia de la invocación del
Nombre divino, lo que llaman también el «recuerdo de Dios» y el
«recuerdo de Su Nombre», tan a menudo mencionados en los Salmos: «La
razón suficiente de la invocación del Nombre -escribe Frithjof
Schuon- es el "recuerdo de Dios"; pues bien, este recuerdo, en
última instancia, no es otra cosa que la consciencia de lo Absoluto.
El Nombre actualiza esta consciencia y, a fin de cuentas, la
perpetúa en el alma y la fija en el corazón, de modo que esta
consciencia penetra todo el ser y, al propio tiempo, lo transmuta y
absorbe. La consciencia de lo Absoluto es prerrogativa de la
Inteligencia humana, y también es su fin»(3). Por eso el Maestro
Eckhart, poco después de las líneas antes citadas, añade: «El Padre
te da Su Nombre eterno, y lo que te da en un solo instante por
mediación de Su Nombre es Su Propia vida, Su Ser y Su divinidad».
En la recitación del rosario, el Nombre divino se invoca con dos
formas distintas, en los Padrenuestros y en los Avemarías, o sea en
oraciones reveladas, lo cual es capital, porque los nombres y las
fórmulas reveladas están cargados de un poder que no pueden tener
naturalmente los que inventa el hombre. En el Padrenuestro, la
fórmula es: «¡Santificado sea tu Nombre!» (Santificado: en el
sentido bíblico, es decir, «proclamado santo»); en el Avemaría, el
Nombre es el de Jesús, y la fórmula fundamental está constituida por
la primera parte, la única revelada, pues la segunda parte, que
constituye una oración de petición, es un añadido tardío de la Edad
Media. Esta primera parte está formada por la salutación del Angel
Gabriel, lo que equivale a decir que es pronunciada por Dios: «Dios
te salve, María, llena de gracia, el Señor es contigo» (Lc 1,28) y
por la salutación dirigida a la Virgen por su prima Isabel: «Bendita
eres entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre, Jesús (Lc
1,21 ss.), salutación que igualmente puede decirse que es dirigida
por Dios, porque, cuando Isabel la pronuncia, nos dice el Evangelio
que está «llena del Espíritu Santo».
(...)
Por otra parte, en el Avemaría está el Nombre de María, cuya
importancia es capital. Señalemos enseguida que los dos nombres,
Jesús y María, fueron puestos por la Iglesia en el texto definitivo
del Avemaría; a decir verdad, fueron reinsertados, pues se
encuentran en el mismo contexto evangélico, María una línea antes, y
Jesús un poco más tarde (Lc, 1, 28 y 38). El hecho de haberlos
reinsertado para la recitación, no sin una inspiración de Arriba,
muestra toda la importancia que la Iglesia atribuye a la invocación
del Nombre.
(...)
El Nombre de María es a su manera un Nombre divino, el que se
refiere a la actividad divina ad extra, y eso quiere decir que María
es una manifestación de lo que representa este Nombre divino. Jean
Borella ha señalado perfectamente este misterio, que es el de la
Inmaculada Concepción: María es la manifestación humana de la
Posibilidad universal, es decir, es, en el nivel más alto, una
concepción de la Esencia divina, concepción forzosamente
«inmaculada», y con la que se identifica la Virgen, como ella misma
proclamó a Bernardette; en el nivel del Ser, la Posibilidad
universal se convierte en la Substancia universal (Prakriti),la
Materia prima o «Madre universal», a partir de la cual se
desarrollan las posibilidades de manifestación bajo la acción del
Espíritu divino (Purusha); a nivel cósmico, es el Espíritu de Dios
sobre las Aguas primordiales (símbolo «materno»); a nivel humano
primitivo es la pareja Adán-Eva, el andrógino primordial, y al nivel
humano actual, es el hombre y la mujer.
La concepción del Dios encarnado, la manifestación terrenal del
Verbo divino, arquetipo de la Creación y Hombre Universal, no podía
hacerse conforme a otro proceso que el de la Creación misma. Por eso
la Madre de Dios encarnado no podía ser otra cosa que la
manifestación humana de la Omniposibilidad de la Substancia
universal, Madre universal y Materia prima fecundada, como las aguas
primordiales, por el Espíritu divino (4).
(...)
Ahí es donde hunde sus raíces el «misterio de la Virgen Madre» al
nivel del Hombre Dios, del Hombre Universal. Pero también ahí, al
propio tiempo, hunde sus raíces el misterio de la reintegración para
el hombre caído, que tiene que vivir, por su propia cuenta, el
«misterio de la Virgen». Y es que el ser manifestado, para recobrar
su arquetipo eterno, su «posibilidad principial» y su realidad más
pura in divinis, tiene que realizar en sí mismo este «misterio de la
Virgen»; la Omniposibilidad es su exención de todas las limitaciones
para recobrar la Pureza, la Belleza, la Pobreza y la Bondad, las
cualidades principales de la Virgen en su indiferenciación
primordial y que brillaron con tanto resplandor en su manifestación
terrenal. En el regreso al arquetipo -el «misterio de la Redención»
o «regeneración espiritual»-, aparece la pareja «Espíritu-Virgen
María», o también «Nuevo Adán-Nueva Eva», o «Cristo-Iglesia», pareja
que rige el nuevo nacimiento como Adán y Eva rigen el nacimiento
corriente. Vemos con esto cómo se explican los títulos, dados a
María , de «corredentora», «mediadora de las gracias» y «madre de
los hombres».
La labor del individuo humano, para entrar en el proceso de
reintegración, exige que el alma individual se transforme para
identificarse con el Alma universal, pues el Espíritu Santo no puede
actuar en esta alma más que si ésta participa de las cualidades de
la substancia, como en el proceso de la Encarnación. Esta especie de
alquimia espiritual se opera mediante los sacramentos y la
contemplación. Con ésta vamos a parar nuevamente a lo que veníamos
diciendo sobre la oración y la incantación, cuyo papel es crear en
el alma un estado de sumisión total, de plasticidad ontológica, que
pone al alma en armonía con la Virgen y sus virtudes.
Ese es el objeto de la recitación del rosario. Durante este
ejercicio, el alma se aplica a sí misma, como dice Frithjof Schuon,
las palabras del Angel a María; se identifica con el seno virginal
para convertirse en el lugar de la generación del Verbo en ella. En
la medida en que el alma se identifica con la Virgen, se cumple en
ella el misterio microcósmico de la Encarnación. La repetición de
las palabras del Angel termina por transformar al alma en su
arquetipo virginal. Porque las palabras de la incantación son
pronunciadas por Dios, y es tanta su fuerza que, cuando María da su
consentimiento, es decir, se muestra conforme con el sentido de
estas palabras, se produce en ella la concepción. El Nombre divino
es el vehículo de la gracia y realiza en el alma una presencia que
es una forma de transformación.
Respondamos enseguida a la objeción de quienes afirmarían no ver en
ello más que autosugestión. No es así en absoluto, pues no se trata
de un acto de imaginación puramente personal; el ejercicio se
produce en el marco de la Iglesia y opera únicamente por la gracia
divina; pero también nuestra actividad mental desempeña su papel: al
imaginarnos en la condición virginal, se crea el ambiente psíquico
favorable a la acción de la gracia, nos acercamos al estado
considerado, infundiendo en cierto modo en nosotros mismos nuestra
imagen mariana. Apresurémonos, por otra parte, a precisar con qué
espíritu tiene que aplicarse a sí mismo el recitante del rosario las
palabras del Angel, o sea de Dios. Se trata de lo que fácilmente
podríamos denominar «afirmación proléptica», es decir, que se afirma
«por anticipado», como si estuviese realizado, lo que tiene que
realizarse, forzando con ello, en cierto modo, Dios mediante, que se
realice. Es un método que se encuentra en todas las vías
espirituales; así, en la incantación hindú, ocurre lo mismo con la
repetición del mantra «Yo soy Eso». Vemos por tanto la gran
necesidad de proceder a la recitación con un sentimiento de gran
humildad y de desapego con respecto al yo. Sin duda por eso, por lo
demás, par evitarle al recitante toda convicción prematura, la
Iglesia le hizo añadir, tras la salutación angélica, la oración de
la segunda parte del Avemaría, en la que el hombre se confiesa
«pecador», término que, más que al estado de culpabilidad concreta,
se refiere al estado de «criatura» y de «nada criatural».
En su precioso libro sobre la Virgen, F. Chenique ha desarrollado la
meditación que hacen surgir las palabras del Avemaría. Con la
salutación inicial, Ave María -nos dice- , el alma entra en relación
con la Virgen, manifestación de la Substancia universal, desea
realizar sus perfecciones, y el propio Nombre de María actúa en este
sentido; la expresión «llena de gracia» se refiere a la concepción
Inmaculada, que está necesariamente llena de la gracia divina, y el
alma pide recibir esta gracia; «el señor es contigo» recuerda que
Dios está siempre con la Virgen María porque siempre está presente
en la Substancia universal, dado que actúa por ella y en ella para
hacerla producir; Dios estará igualmente presente en el alma que, en
cuanto substancia individual, se conforma a las cualidades de la
Substancia universal, de las que está separada por la Caída;
«bendita eres entre todas las mujeres», porque la Mujer es una
manifestación de la Substancia, y María, la Mujer por excelencia, la
nueva Eva, tiene un grado totalmente superior; por tanto, es
forzosamente bendita; e igualmente será bendita el alma, si se
restablece en ella la imagen divina, pues es Dios quien es bendito y
quien bendice, como afirma la última fórmula: «bendito es el fruto
de tu vientre, Jesús»: la Substancia, fecundada por la presencia
divina del Espíritu, engendra un fruto bendito; y asimismo, el alma
virginalizada, engendrará en sí misma la imagen del Verbo. Así, el
Avemaría no pone en correspondencia con la Madre universal y sus
cualidades virginales mediante su Nombre; el alma se vuelve virgen y
Dios puede reflejarse en ella; tras eso, el Nombre de Jesús realiza
en nosotros las cualidades crísticas.
Vemos con ello que la recitación del Rosario es algo completamente
distinto de una devoción como las otras, más o menos anodinas, y que
es, como ha dicho Frithjof Schuon, «la Oración de Jesús de la
Iglesia de Occidente». Se comprenderá además toda la importancia que
reviste la unión de los dos Nombres: «Jesus-María», invocación
mencionada a menudo en numerosos escritos místicos, pero cuyo
inmenso alcance no siempre se percibe; constituye un auténtico
mantra y, por sí sola, podría desempeñar incluso el mismo papel que
el Avemaría, del que es a un tiempo núcleo y resumen.
La eficacia de la recitación del Rosario se debe esencialmente a la
virtud operativa de estos Nombres divinos. Se equivocará no obstante
quien considere secundaria la forma de su recitación, esto es, la
forma repetitiva, que, sin ser esencial, es sin embargo capital.
Además , como hemos dicho, es común a todas las recitaciones
análogas que entran en la categoría de lo que se denomina el japa
yoga o mantra yoga, y la primera de estas denominaciones significa
precisamente «yoga por repetición», o sea repetición de fórmulas
sagradas con un rosario; esta denominación, por consiguiente,
muestra bien la importancia de esta repetitividad, puesto que la
asocia a la propia palabra «yoga», que significa «unión», dando a
entender con ello que esta unión, al menos en cierta medida, se
opera mediante la repetición.
Por añadidura, puede afirmarse sin dudar que, sin repetición, no hay
incantación, pues este último término implica, además de la
invocación del Nombre, la idea de un acondicionamiento del psiquismo
para hacerlo apto para recibir la influencia espiritual de Arriba.
Pues bien, ese es justamente el papel de la repetición, que puede
invocar tradicionalmente en su favor la oración del «solicitante
inoportuno» de la parábola evangélica. La repetición constituye un
automatismo saludable, como disciplina impuesta a las palabras y los
gestos; su ritmo regular canaliza la sensibilidad, reduce la
dispersión mental, favorece la atención, el recogimiento y la
concentración, creando así el ambiente necesario para la
receptividad de la energía espiritual. Está médicamente establecido
que la repetición modifica el estado de conciencia del individuo y
favorece la meditación. Es además, por decirlo de algún modo, una
especie de «rumiar» las palabras de la oración, rumia que favorece
su total asimilación.
(...)
Vemos entonces qué formidable substrucción, por decirlo de algún
modo, representa para la incantación el instrumento del rosario. Por
su doble simbolismo, pone al recitante en relación con todo el
universo, con el movimiento de toda la Creación divina, en la que
integra al recitante, lo «sumerge», por decirlo así, en el proceso
divino que arrastra al mundo, armonizando el ritmo del alma
individual con el ritmo del «Alma del mundo», para emplear la
expresión platónica, Alma en la que resuena la Palabra creadora, y
finalmente lo rapta en el movimiento ascensional que sube de la
multiplicidad hacia la Unidad.
La recitación de las Avemarías con este ritmo sagrado, tal como
acabamos de describirla, bastaría ya sobradamente, como se
comprenderá, para hacer del Rosario una «vía espiritual». La
tradición occidental, no obstante, la ha enriquecido aún más, desde
el principio, proponiendo para cada decena una meditación
suplementaria que se refiere a lo que llaman los «Misterios de la
Virgen»: «misterios gozosos» para el primer rosario, «dolorosos»
para el segundo y «gloriosos» para el tercero. Aunque se trata de
algo bastante conocido, recordaremos el detalle, cosa que facilitará
la comprensión de lo que vamos a decir:
1. Misterios gozosos: Anunciación, Visitación, Natividad,
Presentación en el Templo y Jesús reencontrado en el Templo:
2. Misterios dolorosos: Agonía de Jesús, Flagelación, Coronación de
espinas, Camino de la cruz, Crucifixión;
3. Misterios gloriosos: Resurrección de Jesús, Ascensión,
Pentecostés, Asunción de la Virgen, Coronación de la Virgen en el
cielo.
Estos «misterios» son las etapas de la vida de la Virgen; pero esta
vida es el modelo de la del cristiano que ha seguido estas etapas,
que son como otras tantas «estaciones» espirituales; porque «la
Virgen -como escribe Jean Borella- símbolo y prototipo del alma
humana, es el puro espejo en el que Dios puede reflejarse, el
"Espejo de Justicia", que es también la "Puerta del Cielo". De
hecho, estos «misterios» están contenidos en los dos Nombres de
Jesús y María, y su meditación acompaña la invocación de los
Nombres, despliega por decirlo así su riqueza interior ante los ojos
del alma. Meditación e invocación se apoyan mutuamente; así, el alma
tiende a «realizar» los misterios de lo que tiene que ser su propia
vida espiritual, desde su comienza hasta su término.
F. Chenique, en el libro antes citado, da, de estos misterios del
Rosario, un excelente comentario que resumimos muy brevemente. En
los misterios gozosos, dice, el alma se abre a la Divinidad: en la
Anunciación, recibe el germen del Verbo; en la Visitación, se
concentra en la presencia divina y actúa en conformidad con ella
(5); en la Natividad, el alma da a luz al Verbo y lo expresa. La
Virgen, dice a este respecto Frithjof Schuon, «emite el Verbo
mediante su órgano generador, y el recitante lo emite mediante la
fórmula en la que Se encarna». En la Presentación, el ama declara
someterse a la Ley exterior, condición previa a toda realización de
orden espiritual; en el Reencuentro (de Jesús en el Templo), el
hombre encuentra el gozo de Dios en el templo de su corazón. Los
«misterios de dolor» recuerdan las tribulaciones del Verbo
encarnado, de las que la Virgen participó directamente y que el
hombre tiene que atravesar personalmente, siguiendo a Cristo y a
María; para que Dios crezca en él, para que pueda resucitar, tiene
que «flagelar» a su Yo, «coronarlo de espinas», hacerle «tomar la
cruz» y finalmente «crucificarlo», o sea dar muerte al «hombre
viejo». F. Chenique dice con razón que se trata de lo que la mística
musulmana llama la «extinción» (al-fanâ) (6). Los «Misterios de
Gloria» describen la transformación del alma. En la Resurrección, el
alma «mortificada» resucita tras su «extinción» y recobra la
verdadera vida; en la Ascensión, se eleva, abandona lo creado para
unirse a la naturaleza divina; en Pentecostés, es deificada por el
poder del Espíritu Santo; en la Asunción, se eleva, a semejanza de
María, «a través de todos los cielos», es decir, a través de los
estados superiores del Ser y, finalmente, en la Coronación, alcanza
la Divinidad, en la que se convierte en «lo que el alma es» desde
siempre, el aspecto divino del que se había separado, su arquetipo.
(...)
( Fragmentos del libro «Mitos, Ritos y Símbolos» de Jean Hani,
editado por Editorial Olañeta )
NOTAS ___________________________________
1.- Sobre este tema, las páginas esenciales son las de Frithjof
Schuon, «Misterios Crísticos y Virginales» en Senderos de Gnosis.
Editorial Olañeta tiene prevista la edición de las obras completas
de este autor habiendo editado ya varios de sus libros. También en
francés puede leerse el hermoso libro de F. Chenique, Le Buisson
ardent, metaphysique de la Vierge, especialmente los últimos
capítulos.
2.- Maestro Eckhart, Comentario del Evangelio de San Juan, citado
por F. Schuon, Las Estaciones de la Sabiduría, Olañeta editor.
3.- F. Schuon, Senderos de gnosis.
4.- Jean Borella, La Charité profanée, Paris 1979, pp. 341-353;
véase también Abbé H. Stéphane, Introduction a l´ésotérisme chrétien
tomo 1, pp. 89-100.
5.- Sobre la Visitación, J. Borella (ibidem, pp. 415-417) escribe
que es como una segunda Anunciación y que contiene el misterium
caritatis: la Virgen transmite al mundo, en la persona de Isabel, el
Verbo divino.
6.- J. Borella, op. Cit. P.382, pone en relación la Coronación de
espinas con la muerte de la razón, el Cargar la cruz, con la muerte
de la voluntad, y la Crucifixión, con la muerte del cuerpo (la
«carne»).
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