| Este
artículo es una breve introducción a la vida y a las ideas centrales
del controvertido pensador italiano Julius Evola (1898-1974), uno de
los más importantes representantes de la derecha europea y del
“movimiento tradicionalista”(1) en el siglo veinte. Este movimiento,
junto con la Sociedad Teosófica, jugó un papel fundamental en la
promoción del estudio de la antigua sabiduría occidental, así como
de las doctrinas esotéricas y la espiritualidad. A diferencia de la
Sociedad Teosófica, que abanderó la visión democrática e
igualitaria, así como una perspectiva optimista del progreso y la
creencia en una evolución espiritual (2), el movimiento
tradicionalista adoptó una posición elitista y anti-igualitaria, una
visión pesimista de la vida cotidiana y de la historia, y asumió un
drástico rechazo al mundo moderno. El movimiento tradicionalista se
inició con René
Guénon (1886-1951), un filósofo y matemático francés que se
convirtió al Islam y se mudó a El Cairo en 1931, después de la
muerte de su primera esposa. Guénon revivió el interés por el
concepto de Tradición, es decir, por las enseñanzas y doctrinas de
las antiguas civilizaciones y religiones, enfatizando su valor
perenne sobre y en contra del “mundo moderno” y sus ilustres
vástagos: el humanitarismo, el individualismo, el relativismo, el
materialismo y el cientificismo. Otros tradicionalistas importantes
del siglo pasado son
Ananda Coomaraswamy,
Frithjof Schuon
y Julius Evola.
Este artículo está dirigido a
las personas que se consideran conservadoras y de convicciones de
derecha. Es mi intención que la visión política de Evola ayude a la
derecha estadounidense a adquirir una mayor relevancia intelectual
para así escapar de su provincialismo y sus estrechos horizontes. La
crítica más frecuente que la “Nueva Derecha” europea endilga a los
conservadores estadounidenses es que la pobreza ideológica de la
derecha estadounidense reside en que engancha sus vagones a una
agenda liberal, así como por su incapacidad para apreciar las cosas
a la luz de un esquema más amplio(3). Al mostrar a los lectores la
validez y el valor del mundo de la Tradición, Evola puso de relieve
que ser de derecha implica mucho más que tomar posición respecto de
problemas cívicos y sociales tales como el aborto, la pena de
muerte, la fortaleza militar, la libre empresa, la disminución de
los impuestos, la reducción del aparato de gobierno, el patriotismo
feroz y el derecho a portar armas, y se orienta más bien hacia
aspectos más cruciales que tienen que ver con la raza, la etnicidad,
la eugenesia, la inmigración y la naturaleza del estado-nación.
En segundo lugar, a los
lectores con un vivo interés por los asuntos metafísicos y
espirituales les puede resultar muy provechoso el profundo
pensamiento de Evola y su exposición de las antiguas técnicas
esotéricas. Además, sus posiciones, aunque a veces parezcan
discriminatorias, poseen el potencial de transformarse en
catalizadores de una transformación personal y de crecimiento
espiritual.
A la fecha, la obra de
Evola ha sido objeto de un silenciamiento interesado. Cuando no es
ignorado, generalmente es difamado por estudiosos e intelectuales de
izquierda, quienes lo demonizan como un mal maestro, un racista y un
rabioso antisemita; como la mente maestra tras el terrorismo de
derecha; como un gurú fascista o como un racista tan sucio que
resulta repugnante de sólo mencionarlo. El escritor Martin Lee, cuyo
conocimiento sobre Evola es de lo más superficial, lo llama
“filósofo nazi” y afirma que “Evola ayudó a confeccionar las tardías
leyes racistas italianas hacia el final del régimen fascista”(4).
Sin embargo, otros han minimizado su contribución. Walter Laqueur,
en su Fascismo: pasado, presente, futuro, no duda en llamarlo un
“charlatán versado; un ecléctico, no un innovador”, y sugiere que
“existen elementos de sinsentido puro en sus últimos trabajos”(5).
Umberto Eco motejaba sarcásticamente a Evola llamándolo “Othelma, el
mago”.
Los más valiosos
resúmenes para ubicar la vida y el trabajo de Evola en inglés han
sido escritos por Thomas Sheehan y Richard Drake(6). Hasta el
momento en que se publique una biografía o la autobiografía de Evola
en el mundo angloparlante, estos artículos serán la única fuente de
referencia para su vida y su obra. Ambos son estudiosos muy
informados en la cultura, la política y la lengua italianas. Aunque
no simpatizan con las ideas de Evola, ellos fueron los primeros en
introducir la visión del pensador italiano al público
estadounidense. Desafortunadamente, sus interpretaciones de la obra
de Evola son muy limitadas. Sheehan y Drake sucumben a la propaganda
izquierdista según la cual Evola es un “mal maestro” porque
supuestamente proporcionó la justificación ideológica a la
sangrienta campaña de los terroristas de derecha en Italia durante
la década de los ochenta(7). Lamentablemente, ambos autores han
subestimado el spissitudo spiritualis de Evola como esoterista y
tradicionalista, y han escrito sobre Evola simplemente como un
estudio de caso en sus ámbitos de competencia: la filosofía y la
historia, respectivamente(8).
A pesar de sus numerosos
detractores, Evola ha experimentado cierta revitalización en los
últimos veinte años. Sus trabajos han sido traducidos al francés,
alemán(9), español e inglés, así como al portugués, rumano, japonés,
árabe, húngaro y ruso. Las conferencias dedicadas a algún aspecto de
su pensamiento se propagan por toda Europa(10). Así, parafraseando
el título de la novela de Edward Albee, nos podríamos preguntar:
“¿Quién le teme a Julius Evola?” Y lo más importante, ¿por qué?
La vida de Julius Evola
Julius Evola falleció de
un paro cardiaco en su apartamento de Roma el 11 de junio de 1974, a
los setenta y seis años de edad. Antes de morir, pidió que lo
sentaran en su escritorio para recibir la luz del sol que llegaba a
través de su ventana. Siguiendo su voluntad, su cuerpo fue cremado y
la urna que contenía sus cenizas fue depositada en la cima del Monte
Rosa, en los Alpes italianos.
La carrera de Evola como
escritor cubre más de medio siglo. Es posible distinguir tres
períodos en su desarrollo intelectual. Primero vino un período
artístico (1916-1922), durante el que se adhirió al dadaísmo y al
futurismo, escribió poesía y pintó en un estilo abstracto. El lector
puede recordar que el dadaísmo fue un movimiento de vanguardia
fundado por Tristan Tzara, y que se caracterizó por un anhelo de
libertad absoluta así como por su rebelión contra todos los cánones
lógicos, éticos y estéticos prevalecientes.
Después, Evola se volcó
al estudio de la filosofía (1923-1927), desarrollando una ingeniosa
perspectiva que podría denominarse “trans-idealista”, o sea, un
desarrollo solipsista dentro de la corriente principal del
idealismo. Después de aprender alemán para poder leer los textos
originales de los principales filósofos idealistas (Schelling,
Fichte y Hegel), Evola asimiló su premisa fundamental: que el ser es
producto del pensamiento. Aún así, intentó sobrepasar la pasividad
del sujeto hacia la “realidad”, típica de la filosofía idealista y
de sus epígonos italianos ?representados por Giovanni Gentile y
Benedetto Croce? y perfiló el camino que conducía al “Individuo
Absoluto”, al estado que goza quien lo logra y se vuelva libre
(ab-solutus) del condicionamiento del mundo empírico. Durante este
período, Evola escribió Ensayo sobre el idealismo mágico, Teoría del
individuo absoluto y Fenomenología del individuo absoluto, un enorme
trabajo que utiliza valores como la libertad, la voluntad y el poder
para exponer su filosofía de la acción. El filósofo italiano
Marcello Veneziani escribió en su disertación doctoral:
El Yo absoluto de Evola nació de las cenizas del nihilismo, con
ayuda de sus intuiciones derivadas de la magia, la teurgia, la
alquimia y el esoterismo, y asciende a las cumbres más elevadas del
conocimiento en busca de la sabiduría que descubrió en los caminos
de las doctrinas iniciáticas (11).
En la tercera fase, o final, de su formación intelectual, Evola se
involucró en el estudio del esoterismo y el ocultismo (1927-1929).
Durante esta etapa fue cofundador y dirigió el llamado grupo Ur, que
mensualmente publicó monografías dedicadas a la presentación de la
enseñanza de las disciplinas esotéricas e iniciáticas. “Ur” deriva
de la raíz arcaica de la palabra alemana “fuego”; en teutón también
significa “primordial” u “original.” En 1955 estas monografías
fueron compiladas y publicadas en tres volúmenes bajo el título
Introducción a la magia como ciencia del Yo (12). En los cerca de
veinte artículos que escribió para el grupo Ur, bajo el pseudónimo
de “EA” (Ea en la mitología acadia antigua era el dios del agua y de
la sabiduría) y en los nueve artículos que escribió para Bylichnis
(nombre que significa “lámpara de dos mecheros”), un diario bautista
italiano, Evola cimentó los fundamentos espirituales de su visión
del mundo.
Durante los años treinta
y cuarenta, Evola escribió en diversos diarios y publicó varios
libros. En la era fascista simpatizó con Mussolini y la ideología
fascista, pero su arraigado sentido de independencia y su
alejamiento de los asuntos y las instituciones humanas le evitaron
ser un miembro con carnet del Partido Fascista. Debido a su creencia
en la supremacía de las ideas sobre la política y a sus
observaciones aristocráticas y anti-populistas, que a veces lo
confrontaron con la política gubernamental - como su oposición al
concordato de 1929 entre el Estado italiano y el Vaticano, y la
“campaña demográfica” llevada a cabo por Mussolini para incrementar
la población de Italia? Evola escapó de las represalias fascistas
que acallaron La Torre - publicación quincenal que él había
fundado? tan sólo después de diez números (febrero-junio 1930) (13).
Evola dedicó cuatro
libros al tema de la raza, criticó el racismo biológico
nacionalsocialista y desarrolló una doctrina de la raza sobre la
base de las enseñanzas de la Tradición: El mito de la sangre;
Síntesis de una doctrina de la raza; Tres aspectos del problema
hebraico; Elementos para una educación racial. En estos libros el
autor delineó su antropología tripartita de cuerpo, alma y espíritu.
El espíritu es el principio que determina la actitud de cada uno
hacia lo sagrado, el destino, la vida y la muerte. Así, de acuerdo
con Evola, el culto a la “raza espiritual” debe preceder a la
selección de la raza somática, que está determinada por las leyes de
la genética y es con la que los nazis estaban obsesionados. La
percepción anti-materialista y no biológica de Evola sobre la raza
ganó la entusiasta aprobación de Mussolini. Por su lado, los nazis
fueron muy suspicaces ?y aún críticos? respecto de las “nebulosas
teorías” de Evola, y lo acusaron de promover una visión abstracta,
espiritualista y semi-católica de la raza en detrimento del elemento
biológico y empírico.
Antes y durante la
Segunda Guerra Mundial, Evola viajó y dio conferencias en diversos
países europeos y, en su tiempo libre, practicó el montañismo y se
ejercitó espiritualmente. Después de que Mussolini fuera liberado de
su cautiverio italiano gracias a una intrépida acción alemana -
dirigida por el SS-Hauptsturmführer Otto Skorzeny - Evola se
encontró entre los fieles seguidores que lo recibieron en los
cuarteles de Hitler en Rastenburgo, en la Prusia oriental, el 14 de
septiembre de 1943. Aunque simpatizó con el recién creado gobierno
fascista en el norte de Italia, que continuó luchando del lado
alemán en contra de los aliados, Evola rechazó su agenda republicana
y socialista, su estilo populista y sus sentimientos
antimonárquicos.
Cuando los aliados entraron a Roma en junio de 1944, sus servicios
secretos intentaron arrestar a Evola, quien entonces vivía allí.
Mientras su anciana madre dormía, Evola cruzó el umbral de la puerta
de su casa sin que nadie lo notara y tomó rumbo al norte de la
península, para después dirigirse a Austria. Ya en Viena, comenzó a
estudiar los archivos secretos confiscados por los alemanes a varias
logias masónicas europeas.
Un día de 1945, mientras
Evola caminaba por las desiertas calles de la capital austriaca
durante los ataques aéreos soviéticos, una bomba estalló a pocos
metros de él. La explosión lo arrojó hacia una barda de madera.
Evola cayó de espaldas y se despertó en el hospital. Había sufrido
una lesión de la médula espinal que lo paralizó de la cintura parta
abajo. El sentido común nos señala que alguien que camina por las
calles desiertas de una ciudad durante un bombardeo aéreo es un loco
o un suicida. Pero a Evola le gustaba coquetear con el peligro. O,
como él lo había dicho, seguir la norma de no evitar los peligros
sino, por el contrario, buscarlos, afrontarlos, lo que es una “forma
implícita de cuestionar al destino” (14).
Lo que no significaba que creyera en un destino “ciego”. Alguna vez
escribió:
No hay duda de que nacemos con ciertas tendencias,
vocaciones y predisposiciones que a veces son muy obvias y
específicas, aunque a veces estén ocultas y probablemente sólo
emerjan en circunstancias particulares o en ciertas tentativas.
Todos tenemos un margen de libertad respecto de este elemento
innato, diferenciado (15).
Evola estaba determinado a cuestionar el destino, especialmente en
el tiempo en que una era estaba llegando a su fin (16). Pero lo que
él había intuido durante la incursión aérea era su muerte o el logro
de una nueva perspectiva de vida, no la parálisis. Él se esforzó
durante mucho tiempo con ese resultado tan peculiar, tratando de dar
sentido a su "karma":
Recordando por qué me había pasado esto [es decir, la parálisis] y
de entender su significado más profundo, la única cosa que
finalmente interesaba era algo mucho más importante que simplemente
"recuperarme", algo a lo que, de ninguna manera, nunca conferí
demasiada importancia (17).
Evola se había aventurado durante el ataque aéreo para probar su
destino, con la firme creencia en la doctrina clásica, tradicional,
de que los mayores eventos que ocurren en nuestras vidas no son sólo
producto de la casualidad o de nuestros esfuerzos, sino el resultado
deliberado de nuestra elección prenatal, algo que ha sido ordenado
por “nosotros” antes de que naciéramos.
Tres años antes de su
parálisis escribió:
La vida aquí en la tierra no puede ser vista como una
coincidencia. Tampoco puede ser vista como algo que podamos aceptar
o rechazar a voluntad, ni como una realidad que se nos impone a
nosotros y ante la cual sólo podemos permanecer pasivos o desplegar
una actitud de obtusa resignación. Más bien, lo que sobresale en
ciertas personas es la sensación de que la vida terrena es algo a lo
que, antes de volvernos seres terrenos, nos comprometemos como una
aventura, una misión o una tarea previamente asignada, emprendiendo
un complejo conjunto de elementos problemáticos, y trágicos también
(18).
A esto siguió un período de cinco años de inactividad. Primero,
Evola pasó año y medio en un hospital de Viena. En 1948, y gracias a
la intervención de un amigo en la Cruz Roja Internacional, fue
repatriado a Italia. Estuvo en un hospital en Bologna al menos otro
año, donde se sometió a una infructuosa laminectomía (un
procedimiento quirúrgico en el que parte de la vértebra es removida
para aliviar la presión de los nervios de la médula espinal). Evola
regresó a su residencia romana en 1949, donde vivió como parapléjico
los siguientes veinticinco años.
Estando en Bologna,
Evola fue visitado por su amigo Clemente Rebora, un poeta que se
volvió cristiano y después predicador católico de la orden de los
padres rosminianos. Después de leer sobre su amistad en los trabajos
de Evola, en 1997 visité la sede de la orden para conversar - con
cualquier persona que los tuviera a su cargo - sobre los archivos
del padre Rebora, con la esperanza de descubrir alguna
correspondencia previa desconocida. No había correspondencia alguna,
pero el clérigo encargado del archivo fue muy amable al
proporcionarme una copia de un par de cartas que Rebora escribió a
un amigo donde hablaba sobre Evola. El siguiente resumen de esas
cartas revela la visión de Evola sobre la religión, y sobre el
cristianismo en particular (19).
En 1949, un compañero
sacerdote, Goffredo Pistoni, solicitó a Rebora visitar a Evola.
Rebora pidió permiso a su superior provincial; después de
permitírselo, viajó desde Rovereto hasta el hospital donde se
encontraba Evola en Bologna. A Rebora le animaba el deseo de ver a
Evola abrazar la fe cristiana y que se convirtiera en un buen
testigo de la palabra de Dios. En una carta a Pistoni, Rebora le
pidió su asistencia para que no estropeara los “infinitos y
misericordiosos caminos del Amor, y si [mi visita] no es de mucha
ayuda, al menos [que no sea] perjudicial”.
El 20 de marzo de 1949,
Rebora escribió a su amigo Pistoni en el capítulo superior del
Instituto Salesiano de Bologna:
Acabo de regresar de ver a nuestro Evola: hablamos largo y
tendido y cada quien de manera cariñosa, a pesar de que no descubrí
ningún cambio visible de su parte que, desde luego, no esperaba. Lo
sentí un poco anhelante de “unirse al resto del ejército” como él lo
dijo, mientras esperaba a ver qué sucedía con él… Me he dado cuenta
de su sed de absoluto, no obstante que elude a Aquel que dijo:
"Permitan que cualquiera que tenga sed, que venga hacia mí y beba”
(20).
La frustración de Rebora respecto de de la renuencia de Evola de
abandonar sus opiniones y acogerse a la fe cristiana, es evidente en
el comentario con el que cierra la primera mitad de la carta:
Recemos porque sus libros anteriores, que están a punto de
reimprimirse, y algunos nuevos títulos que pronto se publicarán, no
lo encadenen en vista del éxito que tienen, y que no dañen las almas
de las personas, desencaminándolos en la dirección de una falsa
espiritualidad como si “siguieran falsas imágenes del Bien.”
[Probablemente una cita de la Divina Comedia de Dante: - G. S.]
Rebora concluía su carta del 12 de mayo de 1949 añadiendo lo
siguiente:
Habiendo regresado a la oficina principal, finalmente
concluyo esta carta diciéndole que está creciendo en mi corazón una
ternura sobrenatural hacia él. Él [Evola] me habló sobre un evento
interno que le ocurrió durante el bombardeo en Viena que -agregó -
todavía es misterioso para éll, mientras padece la presente prueba.
Por el contrario, confío en que puedo descubrir el significado
providencial y decisivo de este acontecimiento para su alma.
Rebora le escribió nuevamente a Evola, preguntándole si deseaba
viajar a Lourdes en un tren especial en el que Rebora le serviría
como director espiritual. Evola decentemente se excusó y el contacto
entre los dos prácticamente finalizó. Evola nunca se convirtió a la
cristiandad. En una carta de 1935 escrita a uno de sus amigos,
Girolamo Comi - otro poeta que se volvió católico - Evola le
explicaba:
Por lo que a mí concierne, respecto de la “conversión” que
realmente sucede y no de los sentimientos o de una fe religiosa, he
estado bien desde hace trece años [desde 1922, el año de transición
entre los períodos artístico y filosófico] (21).
René Guénon escribió al convaleciente Evola (22) sugiriéndole que
había sido víctima de una maldición o de un hechizo mágico lanzado
por algún enemigo poderoso. Evola replicó que lo consideraba poco
probable porque por las circunstancias que concurrieron (por
ejemplo, el momento exacto en que arrojaron la bomba, el lugar donde
Evola debería de estar en ese preciso instante), se habría requerido
de un poderoso conjuro.
Mircea Eliade, el
reconocido historiador de las religiones, que sostuvo
correspondencia con Evola a lo largo de su vida, en alguna ocasión
le señaló a uno de sus estudiantes: “Evola fue herido en el tercer
chakra, ¿no resulta eso significativo?” (23) Pues las fuerzas
afectivas que corresponden al tercer chakra son la ira, la violencia
y el orgullo, y nos preguntamos si lo que quería decir Eliade era
que la herida sufrida por Evola podría haber tenido un efecto
purificador en el pensador italiano, o si fue consecuencia de su
arrogancia. En cualquier caso, Evola rechazó la idea de que su
parálisis fuera una especie de “castigo” por sus esfuerzos
“prometeicos” en el terreno espiritual. Durante el resto de su vida
soportó su condición con admirable estoicismo, en rigurosa
coherencia con sus convicciones (24).
Las siguientes dos
décadas Evola recibió visitantes, amigos y jóvenes que se veían a sí
mismos como sus discípulos. De acuerdo con Gianfranco de Turris,
quien lo vio por primera vez en 1967, se tenía la sensación de que
era una “persona de elevado calibre,” a pesar de que no era
presuntuoso ni asumía actitudes esnobs. Evola usaba un monóculo que
se sostenía en su mejilla prendido con un broche, y observaba a su
interlocutor con curiosidad. Le desagradaba la idea de tener
“discípulos” y sarcásticamente se refería a sus admiradores como
“evolómanos”. Nunca pretendió reclutar seguidores, y probablemente
seguía con atención el mandato de Buda de proclamar la verdad sin
intentar persuadir o disuadir:
Se debe conocer la aprobación y se debe conocer la desaprobación, y
habiendo conocido la aprobación y habiendo conocido la
desaprobación, no hay que aprobar ni desaprobar, sino simplemente
debemos aprender el dhamma. (25)
Los temas centrales en el pensamiento de Evola
En la producción literaria de Evola es posible circunscribir tres
temas mayores, que están íntimamente relacionados y son mutuamente
dependientes. Estos temas representan tres facetas de su filosofía
de la acción. He designado estos temas con términos tomados de la
antigüedad griega. El primer tema es la xeniteia,
una palabra que se refiere a la condición de vivir en el exterior, o
de estar ausente de la propia patria. En los trabajos de Evola se
puede fácilmente detectar el sentido de enajenación, de no
pertenecer a lo que él ha llamado el “mundo moderno.” De acuerdo con
los pueblos antiguos, la xeniteia no era una condición envidiable.
Vivir rodeado por gente y costumbres bárbaras, lejos de nuestra
polis, cuando no era debido a una elección personal, era
generalmente el resultado de una sentencia judicial. Podemos
recordar el exilio al que eran condenados los elementos indeseables
de la sociedad antigua, por ejemplo, así como la efímera práctica
del ostracismo en la antigua Atenas; el destino que corrieron muchos
antiguos romanos, incluyendo al filósofo estoico Séneca; y la
deportación de familias y poblados enteros, etcétera.
Durante toda su vida,
Evola nunca “encajó bien”. Durante sus fases artística, filosófica o
esotérica, él siempre se sintió como alguien extraviado buscando
unirse al “resto del ejército”. Denunció al mundo moderno en su obra
maestra Rebelión contra el mundo moderno, quien a su vez cobro
venganza: al final de la guerra, se encontraba rodeado por un mundo
en ruinas, aislado, marginado y vilipendiado. Y aún así mantuvo una
posición digna, de entereza, y continuó en su tarea auto-impuesta de
observador nocturno.
El segundo tema es la
apoliteia, es decir, abstenerse de participar
activamente en la construcción de polis humana. La recomendación de
Evola era que mientras se viviera en el exilio del mundo de la
Tradición y de la Edad de Oro, se debería evitar el abrazo invasor
de las multitudes y era menester sofrenar la participación activa en
los asuntos humanos ordinarios. Apoliteia, de acuerdo con Evola, es
esencialmente una actitud interna de indiferencia y desapego, lo que
no implica necesariamente una abstención práctica de la política en
la medida en que alguien se comprometa enteramente con una actitud
desapegada: “La apoliteia es la irrevocable distancia interior de la
sociedad y de sus valores: consiste en no aceptar ser limitado por
la sociedad o por cualquier atadura espiritual o moral” (26). Esta
actitud se encomienda porque, de acuerdo con Evola, hoy y en esta
era no hay ideas, causas ni metas valiosas con las que alguien se
pueda comprometer.
Finalmente, el tercer
tema es la autarkeia, la autosuficiencia. La
búsqueda de la independencia espiritual condujo a Evola lejos de la
saturada encrucijada de la interacción humana, para explorar y
exponer las vías de la perfección y el ascetismo. Se volvió un
estudioso del esoterismo antiguo y de las enseñanzas ocultas de la
“liberación,” y publicó sus hallazgos en diversos libros y
artículos.
Xeniteia
Las siguientes palabras, dichas por el Espíritu Benevolente al
Espíritu Destructivo en el Yasna - una compilación de himnos y
plegarias zoroastrianas - puede servir para caracterizar la actitud
de Evola hacia el mundo moderno:
Ni nuestros pensamientos, ni nuestras enseñanzas, ni
nuestras intenciones, ni nuestras preferencias ni nuestras palabras,
ni nuestras acciones ni nuestros conceptos, ni nuestras almas están
de acuerdo (27).
A lo largo de su vida Evola vivió de una forma coherente y
consistente que sólo de una manera simplista podría calificarse de
esnobismo intelectual o incluso de misantropía. Pero las razones del
rechazo de Evola al orden sociopolítico en el que vivió deben ser
buscadas en otra parte, a saber, en una bien articulada
Weltanschauung o visión del mundo.
A decir verdad, el sentido de inadecuación de Evola en la sociedad
en la que vivía era recíproco. Quien rehúsa reconocer la legitimidad
del “Sistema” o participar en la vida de la comunidad que a él mismo
lo desconoce, profesando una mayor obediencia y la ciudadanía en
otra tierra, mundo o ideología, está obligado a vivir como los
metecos en la antigua Grecia, rodeado por la sospecha y la
hostilidad28. Para entender las razones de la intransigente actitud
de Evola, necesitamos primero definir los conceptos de “Tradición” y
“mundo moderno” tal y como Evola los utilizó en sus obras.
En términos generales,
la palabra tradición puede ser entendida de diversas maneras:
1) como un mito arquetípico (algunos miembros de la derecha política
en Italia han rechazado esta visión como un “mito paralizante”);
2) como forma de vida de una época particular, por ejemplo, la Edad
Media, el Japón feudal, el Imperio romano;
3) como la suma de tres principios: “Dios, Patria, Familia”;
4) como una anamnesis o memoria histórica en general; y
5) como un conjunto de enseñanzas religiosas que debe ser preservado
y transmitido a las futuras generaciones.
Evola entendió la tradición principalmente como un mito arquetípico,
esto es, como la presencia de lo Absoluto en formas históricas y
políticas específicas. El Absoluto de Evola no es un principio
religioso o un noumenon, mucho menos el Dios del teísmo, sino más
bien un dominio misterioso o poder dunamis. La Tradición de Evola
está caracterizada por el “Ser” y la estabilidad, mientras que el
mundo moderno se caracteriza por el “Devenir”. En el mundo de la
tradición las instituciones políticas estables encuentran su lugar.
El mundo de la Tradición, de acuerdo con Evola, estaba ejemplificado
por la antigua Roma y por las civilizaciones de Grecia, India China
y Japón. Estas civilizaciones se erigieron sobre un estricto sistema
de castas, estuvieron gobernadas por la nobleza guerrera y
emprendieron guerras para expandir los límites de sus imperios. En
palabras de Evola:
El mundo tradicional conoció la realeza divina. Supo del
puente que se tiende entre los dos mundos, es decir, la iniciación.
Conoció las dos grandes maneras de aproximarse a lo trascendente: la
acción heroica y la contemplación. Supo de la mediación, o sea, los
ritos y la fidelidad. Entendió el fundamento social, es decir, la
ley tradicional y el sistema de castas. Y supo del símbolo político
terreno: el imperio. (29)
Evola afirmaba que la creencia subyacente del mundo tradicional era
“invisible”. Sostuvo que la mera existencia física, o “vivir”,
carece de sentido al menos que nos aproximemos al mundo más alto o a
lo que es “más que vida”, por lo que nuestra más elevada ambición
consiste en participar en la hyperkosmia y en obtener una liberación
final y activa del límite que representa la condición humana (30).
Evola poseía una visión
cíclica de la historia, una visión filosófica y religiosa con una
rica herencia cultural. Aunque la podamos rechazar, su visión merece
tanto respeto como la visión lineal de la historia sostenida por el
teísmo, que es la que yo suscribo, o la visión progresiva abanderada
por el “materialismo científico” de Engels, o la perspectiva
esperanzadora y optimista típica de varios movimientos de la New
Age, de acuerdo con los cuales el universo avanza en una constante e
irreversible evolución espiritual. Según la visión cíclica de la
historia expuesta por el hinduismo, el cual Evola adoptó y modificó
para armonizar sus visiones, vivimos en la cuarta era de un ciclo
completo, en el llamado Kali-yuga, una era caracterizada por la
decadencia y la ruptura. Según Evola, las fases más notables de este
“Yuga” (o era) incluyen la irrupción de la filosofía pre-socrática
(caracterizada por el rechazo al mito y por un énfasis magnificado
en la razón); el nacimiento de la Cristiandad; el Renacimiento; el
Humanismo; la Reforma Protestante; el Iluminismo; la Revolución
Francesa; las revoluciones europeas de 1848; el advenimiento de
Revolución Industrial; y el Bolchevismo. Así, para Evola el “mundo
moderno” no comenzó en el año 1600, sino en el siglo IV a. C.
Evola y Eliade
El rechazo de Evola al mundo moderno puede contrastarse con la
aceptación tácita de Mircea Eliade (1907-1986), el reconocido
historiador de las religiones con quien Evola se encontró
personalmente en varias ocasiones y sostuvo correspondencia hasta su
muerte en 1974. Los dos se encontraron por primera vez en 1937. Por
ese tiempo, Eliade había acumulado un impresionante currículum
académico que incluía una licenciatura en filosofía por la
Universidad de Bucarest, y una maestría y un doctorado en sánscrito
y filosofía india por la Universidad de Calcuta. Evola ya era un
escritor consumado y había escrito algunos de sus más importantes
trabajos, tales como La Tradición Hermética (1931), Rebelión contra
el Mundo Moderno (1934) y El Misterio del Grial (1937) (31).
Eliade había leído los
primeros trabajos filosóficos de Evola durante la década de los
veinte, y “admiró su inteligencia y, aún más, la densidad y la
claridad de su prosa” (32). Una amistad intelectual pronto se
desarrolló entre el joven profesor rumano y el filósofo italiano que
era ocho años mayor que Eliade. Su interés común por el yoga llevó a
Evola a escribir L’uomo come potenza (El hombre como
potencia) en 1925 (revisado en 1949 con un nuevo título, La yoga de
la potencia (33) y a Eliade a redactar su aclamado trabajo
académico: Yoga: inmortalidad y libertad (1933). En sus diarios
Eliade recuerda:
Recibí cartas de él cuando estaba en Calcuta (1928-31) e
instantáneamente me rogó que no le hablara del yoga, o de “poderes
mágicos” excepto para indicarle hechos precisos de los que yo
hubiera sido testigo. En la India también recibí varias de sus
publicaciones, pero solamente recuerdo algunos números de la revista
Krur. (34)
El primer encuentro de Evola y Eliade fue en Rumanía, en un almuerzo
en el que fueron invitados por el filósofo Nae Ionesco. Evola
viajaba entonces por toda Europa, estableciendo contactos y dando
conferencias, “en un intento por coordinar los elementos que, en
cierta medida, representaban el pensamiento Tradicional en el plano
político-cultural” (35). Eliade recordaba la admiración de Evola por
Corneliu Codreanu (1899-1938), el fundador del movimiento
nacionalista cristiano conocido como la “Guardia de Hierro”. Evola y
Codreanu se conocieron la mañana del almuerzo. Codreanu le platicó a
Evola los efectos que el encarcelamiento había producido en su alma,
así como el descubrimiento de la contemplación en la soledad y en el
silencio de su celda. En su autobiografía, Evola describía a
Codreanu como “una de las personas más valiosas y mejor orientadas
espiritualmente que conocí en los movimientos nacionalistas de ese
período (36). Eliade escribió sobre ese almuerzo: Evola
todavía estaba deslumbrado por él [por Codreanu]. Vagamente recuerdo
los señalamientos que hizo sobre la desaparición de las disciplinas
contemplativas en la lucha política de Occidente” (37).
Pero cada uno de los estudiosos se centró en asuntos diferentes.
Así, Eliade escribió en su diario:
Un día recibí una amarga carta de él donde me reprochaba por
no citarlo nunca, no más de lo que lo había hecho con Guénon. Le
respondí lo mejor que pude, y algún día debo dar las razones y las
explicaciones a las que se debía esa respuesta. Mi argumento no
podía ser más sencillo. Los libros que escribo son para los lectores
de hoy, no para los iniciados. A diferencia de Guénon y sus émulos,
creo que no tengo nada que escribir que les interesara especialmente
a ellos (38).
De los señalamientos de Eliade debo concluir que a él no le gustaba,
no compartía o no le interesaban las inclinaciones ni las
perspectivas esotéricas de Evola. Pienso que existen tres razones
para la aversión de Eliade. Primero, Evola, como todos los
tradicionalistas, asumía la existencia de una elevada tradición
esotérica primordial, solar y real, y dedicó su vida a describirla,
a estudiarla y a encomiarla en todas sus formas y variedades.
También colocó esa tradición por encima y en contra de lo que
reproducían las culturas y las civilizaciones populares modernas
(como la de Rumanía, a la que pertenecía Eliade). En Rebelión contra
el mundo moderno se pueden leer numerosos ejemplos de esta
asociación. Además, Eliade rechazó poner cualquier énfasis sobre el
esoterismo, porque pensó que tenía un efecto que minimizaba el
espíritu humano. Eliade sostuvo que limitar exclusivamente el valor
de las creaciones espirituales europeas a sus “significados
esotéricos” reproducía a la inversa el reduccionismo del enfoque
materialista adoptado por Marx y Freud. Tampoco creyó en la
existencia de una tradición primordial: “Sospecho de su carácter
ahistórico, artificial”, escribió (39).
En segundo lugar, Eliade
no aceptó la visión negativa o pesimista del mundo y de la condición
humana que caracterizaron el pensamiento de Guénon y Evola. A
diferencia de Evola, quien creía en la prolongada “putrefacción” de
la cultura occidental contemporánea, Eliade deslindaba: en
la medida en que... crea en la creatividad del espíritu humano, no
puede desaparecer: la cultura, aún en una era crepuscular, es el
único medio de comunicar ciertos valores y de transmitir cierto
mensaje espiritual. Una nueva Arca de Noé, por cuyos medios se
podría salvar la creación espiritual del Occidente, no es sólo
incluir El esoterismo de Dante de René Guénon; debe existir también
el entendimiento histórico, filosófico y poético de La Divina
Comedia. (40)
Finalmente, el entorno socio-cultural que Eliade encomiaba era muy
distinto al que Evola favorecía. Mientras la India reconquistaba su
independencia, Eliade llegó a creer que Asia estaba a punto de
reingresar a la historia y a la política mundial, y que su propio
pueblo, el rumano, podría “jugar un papel definitivo en el diálogo
futuro entre el Occidente, Asia y las culturas de los pueblos
arcaicos” (41). Reconocía las raíces campesinas de la cultura rumana
como promotoras del universalismo y del pluralismo, más que del
nacionalismo y el provincialismo. Eliade escribió:
Me pareció que era el inicio para discernir los elementos de
unidad de todas las culturas campesinas, desde China y el sureste de
Asia hasta el Mediterráneo y Portugal. Por todas partes he
encontrado lo que más tarde llamé “religiosidad cósmica”: esto es,
el papel fundamental jugado por los símbolos y las imágenes, el
respeto religioso por la tierra y la vida, la creencia de que lo
sagrado se manifiesta directamente mediante el misterio de la
fecundidad y la repetición cósmica... (42)
Estas conclusiones no podrían ser más opuestas a la visión de Evola,
especialmente a las que formuló en Rebelión contra el mundo moderno.
De acuerdo con la doctrina de este ultimo, la religiosidad cósmica
es una forma corrupta e inferior de la espiritualidad o, como él la
llamaba, de “espiritualidad lunar” (la luna, a diferencia del sol,
no es una fuente de luz, y solamente refleja la luz de éste; es
contingente a Dios, al Todo y a cualquier otra versión metafísica
del Absoluto) caracterizada por el abandono místico.
En su autobiografía El
camino del cinabrio, Evola describe su trayectoria intelectual y
espiritual a través de distintos panoramas: religiosos (cristiandad,
teísmo), filosóficos (idealismo, nihilismo, realismo) y políticos
(democracia, fascismo, la Italia de la posguerra). Para los lectores
que no estén familiarizados con el hermetismo, les podemos recordar
que el cinabrio es un metal rojo que representa el rubedo o rojo,
que es la tercera etapa y final de la transformación interior. Evola
explica al inicio de su autobiografía: Mi natural sentido
de desprendimiento respecto de lo que es humano, especialmente en el
terreno afectivo, y de tantas otras cosas que generalmente son
vistas como algo “normal”, se manifestó en mí a una edad muy tierna.
(43)
Autarkeia
Diversas religiones y filosofías consideran la condición humana como
altamente problemática, similar a una enfermedad que requiere cura.
Esta enfermedad está caracterizada por muchos rasgos, que incluyen
cierta “pesantez” espiritual o jalón gravitacional que nos empuja
hacia “abajo”. Los humanos somos prisioneros de la insignificancia
de las rutinas diarias; de hábitos perniciosos desarrollados por
años de beber, fumar, jugar juegos de azar así como de la adicción
al sexo y al trabajo, que responden a presiones externas; de una
pereza intelectual y espiritual que nos impide desarrollar nuestro
potencial para volvernos seres vivientes, vibrantes; y de una
inconstancia que a veces resulta dolorosamente obvia con los buenos
propósitos de Año Nuevo. Con cuanta frecuencia nos comprometemos con
nosotros mismos a practicar algo diariamente durante un plazo, pero
pronto llega el día en que lo olvidamos, encontramos excusas para
abandonar el compromiso o simplemente lo dejamos de hacer. No se
trata simplemente de inconsistencia o de falta de perseverancia de
nuestra parte: es un síntoma de nuestra incapacidad para dominarnos
a nosotros mismos y a nuestras vidas.
Además, por naturaleza
no podemos mantener nuestras mentes centradas en un objeto de
meditación. Nos distraemos fácilmente y nos aburrimos. Pasamos
nuestros días hablando de detalles insignificantes y sin
importancia. La mayoría de nuestras conversaciones no son sino
simples intercambios y monólogos.
Estamos ocupados en
trabajos que no nos interesan, y gastar la vida es nuestro interés
supremo. Nos sentimos aburridos, vacíos y frustrados sexualmente por
la incapacidad de nuestras parejas para llegar al clímax. Queremos
más: más dinero, más ocio, más “juguetes” y más realizaciones, cosas
de las que raramente obtenemos algo. Sucumbimos a toda clase de
indulgencias y pequeños placeres para resarcir nuestra conciencia
embotada y dañada. Y aún todas estas cosas son sólo síntomas del
problema real que acecha la condición humana. Nuestro verdadero
problema no es que seamos seres deficientes, sino que no sabemos y
no deseamos ser diferentes, Cada día abrazamos la vida y la llamamos
“algo real,” pero lenta e inexorablemente sofocamos el anhelo de
trascendencia oculto profundamente dentro de nosotros. Al final,
esto comprueba nuestra verdadera destrucción; no somos distintos de
los fumadores que, después de diagnosticárseles que padecen
enfisema, continúan fumando hasta que llega su amargo final. El
problema es que negamos que haya un problema. Somos como el
psicótico que niega su dolencia mental, o como el sociópata que,
después de cometer un horrible crimen, insiste en que realmente
tiene conciencia, y llora y exhibe su remordimiento para probarlo.
En el pasado,
movimientos como el pitagorismo, el gnosticismo, el maniqueísmo, el
mandeísmo y el catarismo medieval planteaban que el problema que
limitaba a los seres humanos era el cuerpo mismo, o la materia
física para ser precisos. Estos movimientos sostenían que el alma o
el espíritu se mantiene prisionero dentro de la caja de lo material
esperando su liberación. (Evola rechazó esta interpretación por su
escasa sofisticación y por ser producto de una visión telúrica o
femenina.) El budismo prescribió que la “contaminación” y la “falta
de iluminación mental” era el verdadero problema, y desarrolló en el
curso de los siglos una ciencia real de la mente para intentar la
cura de la enfermedad desde sus raíces. El teísmo cristiano
identificó la raíz del sufrimiento humano y de la maldad con el
pecado. Como remedio, el catolicismo y la iglesia ortodoxa oriental
proponen la incorporación a la Iglesia mediante el bautismo y la
participación activa en la vida litúrgica. Muchos protestantes
defienden, en cambio, una relación viviente y personal con
Jesucristo como Señor Único y Salvador, que debe cultivarse a través
de la oración, los estudios bíblicos y los compañeros de la iglesia.
Evola consideraba la
aceptación de la condición humana como el verdadero problema, y la
autarquía o autosuficiencia, como la cura. Según los antiguos
cínicos, la autarkeia es la capacidad de satisfacer la vida entera
con la menor cantidad de bienes materiales y placeres. Un ser
autárquico (el hombre ideal) es una persona capaz de crecer
espiritualmente aún en ausencia de lo que otros consideran
necesidades vitales (i.e.: salud, riqueza y relaciones humanas
cordiales). Los estoicos igualaban la autarquía con la virtud
(arête), a la que consideraban la única cosa necesaria para la
felicidad. Incluso los epicúreos que, a pesar de su búsqueda del
placer, consideraban a la autarkeia como un “gran bien, no con el
objetivo de conformarse con poco, sino de que si son muchas las
carencias, nos satisfaremos con poco” (44).
Evola avaló la noción de
autarkeia fuera de su rechazo a la condición humana y a la vida
ordinaria que de ella se deriva. Como Nietzsche antes de él, Evola
esgrimió que la condición humana y la vida diaria no debe
complacernos sino superarse: nuestro valor reside en ser un
“proyecto” (en latín projectum, “lanzarse hacia adelante"). Así, lo
que verdaderamente interesa a los seres humanos no es quiénes somos
sino lo que podemos y debemos llegar a ser. Los humanos lograrán ser
iluminados o no dependiendo de si aceptan esta fundamental verdad
metafísica. No fue por esnobismo que Evola llegó a la conclusión de
que los seres humanos son “esclavos” atrapados en el samsara, igual
que los cuyos que corren en una rueda dentro de su jaula. Según
Evola, comparten esta situación todos los que se encuentran en el
día a día, no sólo las personas con bajos salarios, sino también los
compañeros de trabajo, los miembros de la familia y, especialmente,
las personas sin una educación formal. Esto, desde luego, es difícil
de reconocer. Evola estaba consumido por el anhelo que los alemanes
llaman mehr als leben (“más que vida”), que inevitablemente resulta
frustrado por las contingencias de la existencia humana. Leemos en
los ensayos de Evola sobre el ascenso a la montaña:
En ciertas cumbres existenciales, así como el calor se
transforma en luz, la vida se vuelve ella misma libertad; no en el
sentido de muerte de la individualidad o de alguna especie de
naufragio místico, sino en el sentido de afirmación trascendente de
la vida, en que la ansiedad, el deseo interminable ?anhelando y
preocupándonos?, la búsqueda de fe religiosa, de soportes humanos y
de metas, todo conduce a un dominado estado de tranquilidad. Hay
algo más grandioso que la vida, dentro de la vida misma, pero no
fuera de ella. Esta experiencia heroica es valiosa y buena por sí
misma, mientras que la vida corriente sólo está dirigida por
intereses, por cosas externas y convencionalismos humanos.
(45)
De acuerdo con Evola, la condición humana no puede y no debe ser
adoptada sino, más bien, superada. La cura no consiste en más
dinero, más educación o en la rectitud moral, sino en un sólido y
radical compromiso para perseguir la liberación espiritual. El
pasado ofrece numerosos ejemplos de la distinción entre la vida
“corriente” y la vida “diferenciada”. Los antiguos griegos aludían a
la vida corriente, material y física utilizando el término bios, y
usaban el término zoe para describir la vida espiritual. Los
escritos budistas e hindúes establecen una distinción entre el
samsara o la vida de las necesidades, las ansias, las pasiones y los
deseos, y el nirvana, un estado, condición o extinción del
sufrimiento (dukka). Las escrituras cristianas disciernen entre la
“vida de la carne” y la “vida del Espíritu.” Los estoicos
diferencian entre la “vida acorde a la naturaleza” y la vida
dominada por las pasiones. Heidegger distinguía ente vida auténtica
e inauténtica.
Kierkegaard hablaba de
vida estética y de vida ética. Los zoroastrianos zanjan la
diferencia entre el Bien y el Mal. Los esenios dividen a la
humanidad en dos grupos: los seguidores de la Verdad y los
seguidores de la Mentira.
Los autores que
introducen a Evola a las nociones de autosuficiencia y del
“individuo absoluto” (un ideal, un estado inalcanzable) fueron
Nietzsche y Carlo Michelstaedter. Este ultimo fue un joven
estudiante judío-italiano de veintitrés años que se suicidó en 1910,
un día después de finalizar su disertación doctoral que se publicó
por vez primera en 1913 con el título de La persuasione e la
retorica (La persuasión y la retórica) (46). En su tesis,
Michelstaedter afirma que la condición humana está dominada por el
remordimiento, la melancolía, el fastidio, el miedo, la ira y el
sufrimiento. Las acciones del hombre revelan que es un ser pasivo.
Debido a que le atribuye valor a las cosas, el hombre se distrae
también por ellas o por su afán de conseguirlas. De esta manera, el
hombre busca fuera de él un punto estable de referencia pero no lo
encuentra, y permanece como desafortunado prisionero de su ilusoria
individualidad. Las dos únicas vías posibles para vivir la condición
humana, según Michelstaedter, son la Vía de la Persuasión y la Vía
de la Retórica. La persuasión es un objetivo inalcanzable; consiste
en conquistar la posesión total e incondicional de uno mismo, y en
no necesitar ninguna cosa más. Esto significa tener la vida en
nosotros. En palabras de Michelstaedter:
La Vía de la Persuasión, a diferencia del camino de un autobús,
carece de señales que se puedan leer, estudiar o comunicar a otros.
Sin embargo, todos sentimos en nosotros mismos la necesidad de
encontrar eso; debemos alumbrar nuestro propio sendero porque cada
uno de nosotros está solo y no puede esperar ayuda desde el
exterior. En la Vía de la Persuasión solamente hay una estipulación:
no conformarse con lo que se nos ha dado. (47)
Por el contrario, la Vía de la Retórica designa los paliativos o
sucedáneos que adopta el hombre en lugar de una auténtica
persuasión. De acuerdo con Evola, el camino de la Retórica es
seguido por “aquéllos que rechazan con desprecio la posesión real de
sí mismos, apoyándose en otras cosas, buscando a otra gente,
confiando en otros para liberarlos, según una necesidad oscura y un
anhelo incesante e indefinido” (48). O como escribió Nietzsche:
Para eso, ustedes como multitud, junto a sus prójimos, tienen
hermosas palabras. Pero yo os digo: el amor a su prójimo es amor
dañino para ustedes mismos. Huyen de su prójimo como de ustedes
mismos y le gustaría hacer una virtud de ello: pero puedo ver su
desinterés...desearía más bien que no pudieran soportar a cualquier
clase de prójimo o al prójimo de su prójimo; entonces tendrían que
fomentar a un amigo y su corazón se desbordará de ustedes mismos.
(49)
La meta de la autarquía aparece a lo largo de la obra de Evola. En
su búsqueda de esta condición privilegiada, expuso los caminos que
fueron iluminados en varios momentos del pasado por el tantrismo, el
budismo, el mithraísmo y el hermetismo.
A principios de la década de los veinte, Decio Calvari, presidente
de la Liga Teosófica Independiente Italiana, introdujo a Evola al
estudio del tantrismo. Pronto, Evola comenzó a sostener
correspondencia con el erudito orientalista británico y divulgador
del tantrismo, Sir John Woodroffe (quien también escribía con el
pseudónimo de “Arthur Avalon”), y cuyos trabajos y traducciones de
textos tántricos utilizó prolijamente. Mientras René Guénon señalaba
al Vedanta como la quintaesencia de la sabiduría hindú en El hombre
y su devenir según el Vedanta (1925), enfatizando la primacía de la
contemplación o el conocimiento sobre la acción, Evola adoptó una
perspectiva diferente. Para rechazar que la visión de una autoridad
espiritual fuera más valiosa que el poder real, Evola escribió
L’uomo come potenza en 1925. En la tercera edición revisada (1949)
el título se cambió por el de Lo yoga della potenza (La yoga de la
potencia) (50). Este libro es un vínculo entre sus trabajos
filosóficos y el resto de sus obras que se centran en temas
tradicionales.
La tesis de La yoga de
la potencia es que las condiciones sociales y políticas que
caracterizan al Kali-yuga han disminuido enormemente la efectividad
de la pureza intelectual, contemplativa, así como las vías rituales.
En esta era de decadencia, el único camino abierto para buscar la
“gran liberación” es solo la acción resuelta (51). El mismo
tantrismo es definido como un sistema basado en la práctica, en el
que el hatha-yoga y el kundalini-yoga constituyen el adiestramiento
mental y psicológico de los seguidores del tantrismo en su búsqueda
por la liberación. Al criticar el viejo prejuicio occidental según
el cual las espiritualidades orientales se caracterizan por su
actitud escapista (opuestas a las del Occidente, que promueven un
supuesto vitalismo, el activismo y la voluntad de poderío), Evola
reafirmó su creencia en el primado de la acción al señalar la vía
seguida por el tantrismo. Varias décadas después, una renombrada
escritora miembro de la Academia Francesa, Marguerite Yourcenar,
rindió homenaje a La yoga de la potencia. Escribió sobre “el gran
beneficio que un lector atento puede obtener de una exposición como
la de Evola” (52), y concluía que: “el estudio de La yoga de
la potencia resulta particularmente provechoso en un tiempo en que
cualquier forma de disciplina es torpemente desacreditada”
(53).
Pero el interés por
Evola no se circunscribe al yoga. En 1943 escribió La doctrina del
despertar, en la que trata las enseñanzas del budismo primitivo.
Veía en Buda el mensaje original de una vía ascética aria para los
“guerreros” espirituales que buscaban la liberación de un mundo
condicionado. En este libro, ponía énfasis en la visión anti-teísta
y anti-monista de Buda. Buda enseñó que la devoción a este o a aquél
dios o divinidad, el ritualismo y el estudio de los Vedas no
conducían necesariamente a la iluminación, ni tampoco la experiencia
de la identidad del alma particular con el “Todo cósmico” llamado
brahmán, pues, de acuerdo con Buda, tanto el “alma” como el
“brahmán” son invenciones de nuestras mentes engañadas.
Evola delinea
meticulosamente en La doctrina del despertar las cuatro jhanas, o
etapas meditativas que experimenta un practicante serio de este
camino que conduce al nirvana. La mayoría de las fuentes utilizadas
por Evola provienen de traducciones alemanas e italianas del Sutta
Pitaka, parte del antiguo canon pali de las escrituras budistas en
las que se encuentran los sermones de Buda. Al exaltar la pureza y
la fidelidad del budismo primitivo al mensaje de Buda, Evola
presentó al budismo Mahayana como una desviación tardía y como una
corrupción de las enseñanzas de Buda, aunque reconoció en el Zen54 y
en la doctrina de vacío (sunyata) uno de los logros más grandes del
budismo Mahayana. En La doctrina del despertar Evola exalta la
figura del ahrat como aquel que logra la iluminación. Tal persona se
libera del ciclo del renacimiento al superar cualitativamente la
existencia samsárica. De acuerdo con Evola, el logro del ahrat puede
ser comparado con el del jivan-mukti del tantrismo, con la
iniciación mithraica, con la sabiduría gnóstica y con la
“inmortalidad” taoísta”.
Este es uno de los más
agudos textos de Evola. En parte debido a su lectura, dos miembros
de la OSS se convirtieron en monjes budistas. El primero fue H. G.
Musson, quien también tradujo el libro de Evola del italiano al
inglés. El segundo fue Osbert Moore, quien se volvió un distinguido
profesor de pali y tradujo numerosos textos budistas al inglés. En
una acotación personal me gustaría agregar que La doctrina del
despertar de Evola avivó mi interés por el budismo, me condujo a la
lectura del Sutta Pitaka y a buscar la compañía de los monjes
theravada, así como a practicar la meditación.
En La Metafísica del
sexo (1958) Evola estudió el tema bajo tres visiones de la
sexualidad humana. La primera es la naturalista. De acuerdo con esta
perspectiva la vida erótica es concebida como una extensión de los
instintos animales o simplemente como un medio para perpetuar la
especie. Esta visión fue defendida recientemente por el antropólogo
Desmond Morris, tanto en sus libros como en el documental El animal
humano. La segunda visión Evola la denominó “amor burgués”: se
caracteriza por la respetabilidad y la santificación mediante el
matrimonio. Los rasgos más importantes de este tipo de sexualidad
son el compromiso mutuo, el amor y los sentimientos. La tercera
perspectiva del sexo es el hedonismo. Según esta visión, la gente
busca el placer como un fin en sí mismo. Este tipo de sexualidad se
cierra desesperadamente a las posibilidades transcendentes
intrínsecas a la comunión sexual, y por lo tanto no es digno de ser
seguido. Evola continúa explicando entonces cómo la comunión sexual
puede volverse un camino que conduce a conquistas espirituales.
Apoliteia
En 1988, un apasionado campeón de la libertad de expresión y la
democracia, el periodista y escritor I. F. Stone, escribió un
provocador libro titulado El juicio de Sócrates. En este texto,
Stone arguye que Sócrates, a diferencia de Xenofonte y Platón,
quienes reivindicaron la vida de su amado maestro, no fue
injustamente conducido a la muerte por un régimen democrático
maligno y corrupto. Según Stone, Sócrates era culpable de muchas
actitudes cuestionables que eventualmente condujeron a su caída.
En primer lugar,
Sócrates personalmente se abstuvo - y desalentó a otros a hacerlo -
de involucrarse en la política para cultivar “la perfección del
alma”. Stone encuentra reprobable esta actitud pues supone que en
una ciudad todos los ciudadanos tienen obligaciones y derechos. Al
rehusar cumplir con sus responsabilidades cívicas, Sócrates fue
acusado de “corrupción cívica”, especialmente durante la dictadura
de los Treinta. En esa época, en lugar de unirse a la oposición,
Sócrates mantuvo una actitud pasiva: “el hombre de mayor facundia en
Atenas guardó silencio cuando más se necesitaba su voz” (55).
En segundo lugar, Sócrates idealizó a Esparta, tuvo opiniones
aristocráticas y pro-monárquicas y menospreció la democracia
ateniense; también gastó mucho tiempo denigrando al hombre mediocre.
Finalmente, Sócrates podría haber sido exonerado si no se hubiese
opuesto al jurado con cierta divertida condescendencia y, en su
lugar, hubiera invocado el principio de la libertad de expresarse.
Evola recuerda a
Sócrates en la actitud hacia la política descrita por Stone. Evola
también profesó la apoliteia (56). Desalentaba a la gente para que
no se involucrara apasionadamente en la política. Nunca fue miembro
de un partido político y se abstuvo de adherirse al Partido Fascista
durante sus años en el poder. Debido a eso fue dado de baja cuando
intentó alistarse en el ejército al estallar la Segunda Guerra
Mundial, a pesar de que se presentó como voluntario para servir en
el frente. También desalentaba la participación en la “vida agoral”.
La antigua ágora o plaza pública era el lugar donde los atenienses
libres se reunían para discutir la política, cerrar tratos
comerciales y cultivar las relaciones sociales. Como dijo Buda:
De hecho, Ananda, no es posible que el bikkhu [monje] que
disfruta la compañía y que le encanta la sociedad en la que nunca
entrará y morará, disfrute la liberación de la mente que es temporal
y deleitable o la liberación de la mente que es perpetua e
inquebrantable. Pero se puede esperar que cuando el bikkhu viva
solo, alejado de la sociedad, entrará y morará en la liberación de
la mente temporal y deleitable o en la liberación de la mente que es
perpetua e inquebrantable... (57)
Igual que Sócrates, Evola encomiaba los valores cívicos, los logros
espirituales y políticos y el valor metafísico de las antiguas
monarquías, de las aristocracias guerreras y de las civilizaciones
tradicionales y no democráticas. Sólo sentía desprecio por la
ignorancia de la gente atrabiliaria, por las masas rebeldes, por el
insignificante hombre común.
Finalmente, como Sócrates, Evola nunca apeló a valores democráticos
como los “derechos humanos”, la “libertad de expresión” o la
“igualdad”, y fue “sentenciado” a lo que los alemanes llamaron
“muerte por silencio”. En otras palabras, fue relegado al olvido
académico.
El rechazo de Evola a
involucrarse en la arena sociopolítica también debe atribuirse a su
filosofía de la desigualdad. Norberto Bobbio, senador italiano y
profesor emérito en el Departamento de Filosofía de la Universidad
de Turín, escribió un pequeño libro titulado Right and Left: The
Significance of a Political Distinction (58). Allí, Bobbio - un
comprometido intelectual de izquierda - pretende identificar el
elemento clave que diferencia a la derecha política de la izquierda
(una díada que se da en la arena no ideológica de la política
estadounidense en términos de la dicotomía “conservadores y
liberales,” o “corriente principal y extremistas”). Después de
discutir diversas objeciones sobre la relevancia contemporánea de la
díada derecha-izquierda seguida por el descenso y caída de las
grandes ideologías políticas, Bobbio concluye que la yuxtaposición
de derecha e izquierda es aún legítima y viable, aunque algún día se
agotará, igual que otras díadas del pasado, como “patricios y
plebeyos” en la antigua Roma, “güelfos y gibelinos” durante la Edad
Media, y “corona y parlamento” en la Inglaterra del siglo
diecisiete.
Al finalizar su libro, Bobbio sugiere que “el principal criterio
para distinguir la derecha de la izquierda es la diferente actitud
que tienen respecto del ideal de igualdad” (59).
Así, según Bobbio, los
puntos de vista de la derecha y la izquierda sobre la “libertad” y
la “fraternidad” (los otros dos valores en la terna revolucionaria
francesa) no difieren tanto como de su posición respecto de la
igualdad. Bobbio explica:
Podemos denominar propiamente “igualitarios” a aquellos que,
al ser conscientes de que los seres humanos son iguales y
desiguales, dan más relevancia en cuanto los juzgan y reconocen
según sus derechos y deberes ?que es lo que los hace iguales? en
lugar de hacerlos desiguales; mientras que los “no igualitarios” son
los que, partiendo de la misma premisa, dan mayor importancia a lo
que los hace desiguales que a lo que los hace iguales. (60)
Evola, como representante de la derecha europea, puede ser
considerado como uno de los principales filósofos anti-igualitarios
del siglo veinte. Los argumentos de Evola trascienden el añejo
debate entre quienes afirman que la clase, la raza, la educación y
el género son las que establecen las diferencias entre las personas
que generan las injusticias estructurales de la sociedad, y aquellos
que, por otra parte, creen que estas diferencias son genéticas. De
acuerdo con Evola, son razones ontológicas y espirituales las únicas
que cuentan para diferenciar la vida de la gente. En los escritos de
Evola, la dicotomía se da entre iniciados y “seres superiores”, por
un lado, y la masa por el otro.
Las dos obras que
ilustran mejor la apoliteia de Evola son El hombre y las ruinas
(1953) y Cabalgar el tigre (1961). En el primero, expone sus puntos
sobre el Estado orgánico y deplora la primacía de la economía sobre
la política que emergió en Europa y en América en la posguerra.
Evola escribió este libro para proporcionar un punto de referencia a
quienes, habiendo sobrevivido a la guerra, no dudaron en
considerarse unos “reaccionarios” profundamente hostiles a las
emergentes fuerzas subversivas intelectuales y políticas que
transformaron a Europa:
Otra vez, podemos ver que las diferentes facetas del caos social y
político contemporáneo están interrelacionadas y que sólo es posible
compararlas volviendo a los orígenes. Para retornar a los medios
originales, simple y sencillamente hay que rechazar todo en
cualquier plano ?sea político, económico o social? pues está
relacionado a los “principios inmortales” de 1789 bajo el disfraz
del pensamiento libertario, individualista e igualitario, y se opone
a la visión jerárquica. Es únicamente dentro del contexto de tal
visión que el valor de la libertad del hombre como persona no es
sólo una palabra o un pretexto para un trabajo de destrucción y
subversión. (61)
Evola alienta a sus lectores a permanecer como espectadores pasivos
en el proceso de reconstrucción de Europa, y a buscar su pertenencia
en otra parte:
La Idea, sólo la Idea, debe ser nuestra verdadera patria. No
es nacer en el mismo país, hablar la misma lengua o pertenecer al
mismo linaje racial lo que importa; compartir la misma Idea debe ser
el factor que una y nos diferencie de los demás.(62)
En Cabalgar el tigre Evola delinea las estrategias existenciales e
intelectuales para vivir en el mundo moderno sin sucumbir a él. El
título está tomado de un proverbio chino, y sugiere que la forma
para evitar que nos devore un tigre es saltar sobre su espalda y
cabalgarlo sin que nos derribe. Evola arguye que la no participación
del “hombre diferenciado” en la construcción social y política de la
polis humana debe acompañarse por un sentido de empatía hacia
aquellos que, de distinta manera, viven a la zaga de la sociedad,
rechazando sus convenciones y sus dogmas.
La “persona
diferenciada” se siente como alguien ajeno a esta sociedad y no
siente ninguna obligación moral por la presión de la sociedad para
que participe en lo que considera un sistema absurdo. Tal persona
puede entender no solamente a quien vive fuera de los parámetros de
la sociedad, sino incluso a quienes están en contra de la sociedad
o, mejor aún, en contra de esta sociedad.(63)
Esta es la razón
por la cual, en su libro de 1968 El arco y la clava, Evola expresó
cierto aprecio por la “generación beat” y los hippies, aunque señaló
la ausencia de un sentido propio de trascendencia y la carencia de
puntos firmes de referencia espiritual, desde los cuales podrían
haber proyectado una efectiva “revuelta” espiritual interna en
contra de la sociedad.
Notas
1 Para una buena introducción a este movimiento y a sus ideas,
véase: William Quinn, The Only Tradition, Albany: State University
of New York Press, 1997.
2 El primero de los tres objetivos declarados por la Sociedad
Teosófica era promover la hermandad de todos los hombres sin
importar raza, credo, nacionalidad o casta.
3 Tomislav Sunic, Against Democracy and Equality: The European New
Right, New York: Peter Lang, 1991; Ian B. Warren, entrevista con
Alain de Benoist, “The European New Right: Defining and Defending
Europe’s Heritage,” The Journal of Historical Review, vol.13, n°. 2,
marzo-abril de 1994, pp. 28-37; y el número especial “The French New
Right,” Telos, Invierno de 1993-Primavera de 1994.
4 Martin Lee, The Beast Reawakens, Boston: Little, Brown, 1997.
5 Walter Laqueur, Fascism: Past, Present, Future, New York: Oxford
University Press, 1996, pp. 97-98. A pesar de la mala prensa de
Evola en los Estados Unidos, sus trabajos han sido favorablemente
reseñados por Joscelyn Godwin, “Evola: Prophet against Modernity,”
Gnosis Magazine, Verano de 1996, pp. 64-65; y por Robin Waterfield,
“Baron Julius Evola and the Hermetic Tradition”, Gnosis Magazine,
Invierno de 1990, pp. 12-17.
6 El primero en escribir sobre Evola en Estados Unidos fue Thomas
Sheehan, “Myth and Violence: The Fascism of Julius Evola and Alain
de Benoist,” Social Research, vol. 48, Primavera de 1981, pp. 45-73.
Véase también Richard Drake, “Julius Evola and the Ideological
Origins of the Radical Right in Contemporary Italy,” en Peter Merkl
?ed.?, Political Violence and Terror: Motifs and Motivations,
Berkeley: University of California Press, 1986, pp. 61-89; “Julius
Evola, Radical Fascism, and the Lateran Accords,” The Catholic
Historical Review, vol. 74, 1988, pp. 403-19; y el capítulo “The
Children of the Sun,” en The Revolutionary Mystique and Terrorism in
Contemporary Italy, Bloomington: Indiana University Press, 1989, pp.
116-134.
7 Philip Rees, en su Biographical Dictionary of the Extreme Right
since 1890, New York: Simon & Schuster, 1991, dedica apenas página y
media a Evola, y descaradamente concluye, sin aducir ninguna
evidencia, que la “violencia de inspiración evoliana condujo al
bombazo de la estación Bologna el 2 de agosto de 1980”. Gianfranco
De Turris, presidente de la Fundación Julius Evola en Roma y uno de
los principales discípulos de Evola, sugirió que en el caso de
Evola, más que un “mal maestro”, se debe hablar de “malos
discípulos”. Véase su Elogio e difesa di Julius Evola: il barone e i
terroristi, Roma: Edizioni Mediterranee, 1997, en el que saca a
relucir lo infundado del cargo de que Evola fuese responsable,
directa o indirectamente, de actos de terrorismo perpetrados en
Italia.
8 Véase por ejemplo el controvertido artículo de Sheehan “Diventare
Dio: Julius Evola and the Metaphysics of Fascism,” Stanford Italian
Review, vol. 6, 1986, pp. 279-92, en el que trata de demostrar que
Nietzsche y Evola se reflejan uno al otro en un espejo. Sheehan
debería haber hablado más bien de la superación de la filosofía de
Nietzsche por parte de Evola, quien rechazó la noción del “eterno
retorno” al considerarla “sólo un mito”, así como su vitalismo
porque se encontraba cerrado a la trascendencia y era
desesperadamente inmanentista. Tampoco admitió la “voluntad de
poder” porque “el poder por sí mismo es amorfo e insignificante si
carece de un fundamento dado por el ser, de una dirección interna,
de una unidad esencial” (Julius Evola, Cavalcare la tigre, Milán:
Vanni Scheiwiller, 1971, p. 49). También se opuso al nihilismo de
Nietzsche, al que señaló como un proyecto que se había quedado a
medias.
9 H.T. Hansen, pseudónimo de T. Hakl, es un estudioso austriaco que
obtuvo su licenciatura en leyes en 1970. Es socio de la prestigiosa
casa editora suiza Ansata Verlag y uno de los estudiosos más
importantes de Evola en los países germano-parlantes. Hakl ha
traducido muchos trabajos de Evola al alemán y, en su mayoría, los
ha provisto de extensas introducciones.
10 Véanse, por ejemplo, los temas de la conferencia realizada en
Francia con motivo del centenario de su nacimiento: «Julius Evola
1898-1998: Eveil, destin et expériences de terres spirituelles»
(“Julius Evola 1898-1998: despertar, destino y experiencias en las
tierras espirituales”) en el sitio web:
http://perso.wanadoo.fr/collectif.ea/langues/anglais/acteesf.htm.
11 Marcello Veneziani, Julius Evola tra filosofia e tradizione,
Roma: Ciarrapico Editore, 1984, p. 110.
12 Este trabajo se tradujo al francés, al alemán y, casi en su
totalidad, al español. Mi traducción al inglés del primer volumen
apareció a inicios del 2003 en la editorial Inner Traditions, bajo
el título Introduction to Magic: Rituals and Practical Techniques
for the Magus.
13 Marco Rossi, una autoridad importante sobre Evola en Italia,
escribió un artículo sobre el supuesto anti-fascismo
anti-democrático de Evola, en Storia contemporanea, vol. 20, 1989,
pp. 5-42.
14 Julius Evola, Il cammino del cinabro, Milán: Vanni Scheiwiller,
1972, p. 162.
15 Julius Evola, Etica aria, Roma: Europa, srl, 1987, p. 28.
16 Cuando Evola y algunos amigos se dieron cuenta de que el Eje iba
a perder la guerra, comenzaron a diseñar planes para la creación de
un “Movimiento para el Renacimiento de Italia”. Se supone que este
movimiento organizaría un partido político de derecha capaz de
enfrentar la influencia de la izquierda después de la guerra. Nada
de eso sucedió.
17 Julius Evola, Il Cammino del cinabro, p. 183.
18 Julius Evola, Etica aria, p. 24.
19 Al inicio de su autobiografía, Evola sostiene que de su lectura
de Nietzsche nació su oposición al cristianismo, una religión que
nunca le atrajo. Sentía que las teorías del pecado y la redención,
del amor divino y de la gracia eran “ajenas” a su espíritu.
20 Rebora citaba imprecisamente de memoria lo dicho por Jesús y que
aparece en Juan 7:37. La cita exacta es “Dejad que quien tenga sed
venga a mí, y que quien crea en mí beba”. (Edición standard revisada
en inglés.)
21 Julius Evola, Lettere di Julius Evola a Girolamo Comi, 1934-1962,
Roma: Fondazione Julius Evola, 1987, p. 17. En 1922 Evola estuvo a
punto de suicidarse. Había experimentado con drogas alucinógenas y
estaba consumido por un ferviente deseo de extinción. En una carta
del 2 de julio de 1921, Evola escribía a su amigo Tristan Tzara: “Me
encuentro en tal estado de fatiga interna, que aún pensar y sostener
una pluma requiere de un esfuerzo del que no siempre soy capaz. Vivo
en un estado de atonía y de estupor inmóvil, en el que cada
actividad y acto de voluntad se congela...Cualquier acción me
provoca repulsión. Soporto estas sensaciones como una enfermedad.
También estoy aterrado de sólo pensar el tiempo que viene delante de
mí y que no sé cómo utilizarlo. En todas las cosas percibo un
proceso de descomposición, como si colapsaran internamente,
volviéndose viento y arena”. Lettere di Julius Evola a Tristan
Tzara, 1919-1923, Roma: Fondazione Julius Evola, 1991, p. 40. Evola
fue capaz de superar esta crisis después de leer una traducción
italiana del texto budista Majjhima-Nikayo, los llamados “proverbios
medianos de Buda”. En uno de esos discursos, Buda enseñaba la
importancia del desprendimiento de las percepciones sensoriales y
los sentimientos de cada uno, incluyendo el anhelo personal por
extinguirse.
22 Para un breve recuento de su correspondencia, véase Julius Evola,
René Guénon: A Teacher for Modern Times, trad. de Guido Stucco,
Edmonds, WA: Holmes Publishing Group, 1994.
23 Joscelyn Godwin, Arktos: The Polar Myth in Science, Symbolism,
and Nazi Survival, Grand Rapids, MI: Phanes Press, 1993, p. 61.
24 En dos cartas a Comi, Evola escribió: “Desde un punto de vista
espiritual, mi situación no tiene mayor significado que el de la
llanta ponchada de un automóvil”; y: “El asunto menor de la
condición de mis piernas sólo me ha puesto algunas limitaciones a
algunas actividades profanas, pero en el plano intelectual y
espiritual continuo en el mismo camino y sostengo la misma visión,”
Lettere a Comi, pp. 18, 27.
25 The Middle Length Sayings, vol. III, trad. de I. B. Horner,
London: Pali Text Society, 1959, p. 278.
26 Julius Evola, Cavalcare la tigre, p. 175.
27 Yuri Stoyanov, The Hidden Tradition in Europe, New York: Penguin,
1994, p. 8.
28 El vocablo latino hostis significa tanto “invitado” como
“enemigo”. Esto es muy revelador de cómo veían los antiguos romanos
a los extranjeros en general.
29 Julius Evola, Revolt against the Modern World, Rochester, VT:
Inner Traditions, 1995, p. 6. La primera parte del libro se refiere
al concepto que aparece en el extracto citado. La segunda, al mundo
moderno.
30 Ibid.
31 Todos estos trabajos han sido traducidos y publicados en inglés
por Inner Traditions.
32 Mircea Eliade, Exile’s Odyssey, Chicago: University of Chicago
Press, 1988, p. 152.
33 Julius Evola, The Yoga of Power, trad. de Guido Stucco,
Rochester, VT: Inner Traditions, 1992.
34 Mircea Eliade, Journal III, 1970-78, Chicago: University of
Chicago Press, 1989, p. 161.
35 Julius Evola, Il cammino del cinabro, p. 139.
36 Ibid.
37 Eliade, Journal III, 1970-78, p. 162.
38 Ibid., pp. 162-63.
39 Mircea Eliade, Exile’s Odyssey, pp. 152. Véase también a Alain de
Benoist, quien lo cita extensamente.
40 Ibid. Esta crítica fue reiterada por S. Nasr en una entrevista a
la revista Gnosis.
41 Mircea Eliade, Journey East, Journey West, San Francisco: Harper
& Row, 1981-88, p. 204.
42 Eliade, Journey East, Journey West, p. 202.
43 Evola, Il cammino del cinabro, p. 12.
44 Epicuro, Carta a Menoeceo, p. 47.
45 Julius Evola, Meditations on the Peaks, trad. de Guido Stucco,
Rochester, VT: Inner Traditions, 1998, p. 5.
46 Carlo Michelstaedter, La persuasione e la retorica, Milan:
Adelphi Edizioni, 1990.
47 Ibid., p. 104.
48 Il cammino del cinabro, p. 46.
49 F. Nietzsche, Thus Spoke Zarathustra, trad. de R.J. Hollingdale,
London: Penguin Books, 1969, p. 86.
50 Evola, The Yoga of Power, trad. de Guido Stucco, Rochester, VT:
Inner Traditions, 1992.
51 A Evola probablemente le habrían gustado estas palabras de Jesús
(Lucas 16:16): “La ley y los profetas duraron hasta Juan; pero desde
entonces y hasta el reino de Dios se proclamará, y a cada uno que
entre, con violencia.”
52 Marguerite Yourcenar, Le temps, ce grand sculpteur, Paris:
Gallimard, 1983, p. 201.
53 Ibid., p. 204.
54 Julius Evola, The Doctrine of Awakening, Rochester, VT: Inner
Traditions, 1995.
55 I. F. Stone, The Trial of Socrates, New York: Doubleday, 1988, p.
146.
56 Julius Evola, Cavalcare la tigre, pp. 174-78.
57 Mahajjima Nikayo, p. 122.
58 Norberto Bobbio, Destra e sinistra: ragioni e significati di una
distinzione politica, Roma: Donzelli Editore, 1994. Este libro se
publicó en inglés con el título Left and Right: The Significance of
a Political Distinction, Cambridge, England: Polity Press, 1996.
59 Ibid., p. 80.
60 Ibid., p. 74.
61 Julius Evola, Gli uomini e le rovine, Roma: Edizioni Settimo
Sigillo, 1990, p. 64.
62 Ibid., p. 41.
63 Julius Evola, Cavalcare la tigre, p. 179.
* Guido Stucco es Maestro en Teología Sistemática por el Seaton Hall
y es Doctor en Teología Histórica por la Universidad de St. Louis.
Ha traducido al inglés seis libros de Julius Evola: René Guénon: A
Teacher for Modern Times; Revolt against the Modern World;
Meditations on the Peaks; The Yoga of Power; The Doctrine of
Awakening; y el primer volumen de Introduction to Magic: Rituals and
Practical Techniques for the Magus.
[Este ensayo
apareció publicado originalmente en The Occidental Quarterly, otoño
del 2002, vol. 2, n. 3.]
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