3.- El nihilismo europeo. Disolución de la moral.
Si quiere expresarse simbólicamente el complejo proceso que ha
conducido a la crisis que hoy sufren la moral y la visión de la
vida, la mejor fórmula es la de Nietzsche: "Dios ha muerto".
Podemos tomar la temática de Nietzsche como punto de partida
para nuestro propósito, pues no ha perdido en absoluto su valor
de actualidad. Se ha dicho con razón que la persona, que el
pensamiento de Nietzsche, tienen también el carácter de un
símbolo: Es por la causa del hombre moderno por lo que se lucha
aquí, de este hombre que no tiene ya raíces en el suelo. sagrado
de la Tradición, que oscila entre las cimas de la civilización y
los abismos de la barbarie, que está a la búsqueda de sí mismo,
es decir, que se esfuerza por encontrar un sentido satisfactorio
a una existencia completamente abandonada a sí misma" (R.
Reiniger).
Friedrich Nietzsche, mejor que cualquier otro, es quien hubo
previsto el "nihilismo europeo" como un porvenir y un destino
"que se anuncia en todas partes a través de mil signos y de mil
presagios". El "gran acontecimiento oscuramente presentido, la
muerte de Dios", es el principio del hundimiento de los valores.
A partir de este momento, la moral, privada de su sanción, "es
incapaz de mantenerse" y la interpretación y la justificación
que se le habían dado anteriormente a todas las normas o
valores, desaparecen.
Dostoyevsky había expresado la misma idea diciendo: "Si Dios no
existe, todo está permitido".
"La muerte de Dios" es una imagen que sirve para caracterizar
todo un proceso histórico. Expresa "el descreimiento hecho
realidad cotidiana", esta desacralización de la existencia, esa
ruptura con el mundo de la Tradición, aparecidas en Occidente en
la época de¡ Renacimiento y del humanismo, que tienen cada vez
más, en la humanidad actual, el carácter de un hecho consumado,
evidente e irreversible. Este hecho consumado no es menos real
allí en donde no queda nítidamente descubierto porque todavía
subsiste un régimen de encubrimientos y sucedáneos del "Dios ha
muerto".

Hay que distinguir diferentes grados en el proceso mencionado.
El hecho primario es una ruptura ontológica: Toda referencia
real a la trascendencia ha desaparecido en la vida humana. Todos
los desarrollos del nihilismo están virtualmente contenidos en
este hecho. Tras la muerte de Dios y para intentar ocultar esta
a la conciencia, aparece un primer fenómeno: una moral desde
ahora independiente de la teología y de la metafísica, fundada
sobre la mera autoridad de la razón, lo que se llama "moral
autónoma". Desde el nivel de lo sagrado -perdido ya- lo absoluto
desciende a la moral puramente humana; tal es lo propio de la
fase racionalista del "estoicismo del deber", del "fetichismo
moral". Es entre otras una de las características del
protestantismo. En el plano especulativo esta fase está
simbolizada por la teoría kantiana del imperativo categórico, el
racionalismo ético, la "moral autónoma".
Pero, al haber perdido sus raíces, es decir, el lazo efectivo y
original del hombre con el mundo superior, la moral cesa de
tener una base invulnerable, la crítica puede destruirla
rápidamente. La moral ,,autónoma", es decir laica y racional, ya
no puede oponer a los impulsos naturales, más que un mandamiento
vacío y rígido, un "debes" -simple eco de la antigua ley viva-.
Y cuando se intenta dar algún contenido concreto al "tú debes" y
justificarlo, falta base. No hay ningún punto de apoyo para
aquel que no sabe pensar hasta el final. Esto se aplica ya a la
ética kantiana. En realidad, en este estadio, no existe ya un
"imperativo" que no suponga otro no expresado a su vez, que
atribuye un valor de axioma a ciertas premisas implícitas
dependientes sencillamente de una ecuación personal o de la
estructura de hecho -aceptada- de una sociedad determinada.
Después del racionalismo ético, el período de disolución
prosigue con la ética utilitaria o "social". Renunciando a
encontrar un fundamento intrínseco y absoluto del "bien" y del
"mal", se propone justificar lo que queda de norma moral por lo
que recomiendan al individuo su interés y la búsqueda de su
tranquilidad material en la vida social. Pero esta moral está ya
impregnada de nihilismo. Como ya no existe ningún lazo interior,
todo acto, cualquier comportamiento se vuelven lícitos cuando se
puede evitar la sanción exterior, jurídicosocial, o cuando uno
es indiferente a ella. Ya nada tiene carácter interiormente
normativo e imperativo, todo se reduce a amoldarse a los códigos
de la sociedad, que reemplazan a la ley religiosa derribada.
Tras haber pasado por el puritanismo y el rigorismo ético, el
mundo burgués se orienta hacia formas de idolatría social y a un
conformismo fundamentado sobre el interés, la cobardía, la
hipocresía o la inercia. Pero el individualismo de finales del
siglo pasado ha mascado a su vez el principio de una disolución
anárquica que se ha extendido y agravado rápidamente, El
individualismo ha preparado el caos tras la fachada de todo lo
que es orden aparente.
Limitada a zonas restringidas, la fase precedente había sido la
de los héroes románticos: el hombre que se siente solo ante la
indiferencia divina y el individuo superior que se afirma a
pesar de todo, en un marco trágico, que infringe las leyes
comunes, no para impugnar su validez, todavía, sino para
reivindicar en beneficio propio un derecho excepcional a todo lo
que está prohibido, tanto al mal como al bien, En el plano de
las ideas, sin embargo, el proceso se agota con un Max Stirner,
que ve en toda moral la última forma de la divinidad fetichista
que ha de ser derribada. En este más allá que subsiste en el
interior del hombre y que querría dictarle una ley, denuncia "un
nuevo cielo", transposición insidiosa del más allá exterior,
teológico, cuya existencia es negada. Superando el "dios
interior", exaltando el "Unico" sin ley que confía "su causa a
la nada", oponiéndose él mismo a toda pretensión o valor de la
sociedad, Stirner marca el limite de la vía que los
revolucionarios sociales nihilistas (aquellos en los cuales la
palabra nihilismo encuentra su origen) ya habían seguido, pero
con el nombre de ideas sociales utópicas, en las cuales ellos
todavía creían, en su interior, ideas "justicia", de "libertad"
y de "humanidad" opuestas a la injusticia y a la tiranía que
veían en el orden existente.

Volvamos a Nietzsche. El nihilismo europeo, anunciado por él
como un fenómeno general y no esporádico, ataca, además de¡
dominio de la moral en un sentido restringido, el de la verdad,
de la visión del mundo, y de la finalidad. La "muerte de Dios"
tiene aquí como efecto quitar todo el sentido a la vida,
cualquier justificación trascendente a la existencia. La
temática nietzscheana es bien conocida: por necesidad de
evasión, por falta de vitalidad, se había inventado un "mundo de
la verdad", o un "mundo de los valores", que se había desgajado
de este mundo y que incluso le era opuesto, lo que le confería
un carácter de falsedad y le quitaba todo valor; se había
inventado un mundo del ser, del bien y del espíritu que era la
negación o la condena del mundo del devenir, de los sentidos y
de la realidad viviente. Este mundo fabricado se ha deshecho; se
habría descubierto que se trataba de una ilusión -incluso su
génesis habría sido reconstruida y se habrían mostrado las
raíces humanas, "demasiado humanas" e irrracionales. En tanto.
que "libre espíritu" e "inmoralista", la contribución de
Nietzsche al nihilismo ha consistido en demostrar que ciertos
valores "superiores", "espirituales", no sólo eran simples
impulsos vitales, sino que incluso, en la mayoría de los casos,
impulsos de una vida "decadente" y debilitada.
Así, solamente permanece como real lo que había sido negado o
condenado en el nombre de este otro mundo "superior", de "Dios",
de la "verdad", de lo que no es, sino de lo que debe ser. La
conclusión es que "lo que debería ser no es, y lo que es, es lo
que no debería ser". Es lo que Nietzsche llama "la fase trágica"
del nihilismo. Es el inicio de la "miseria del hombre sin Dios".
Entonces la existencia parece perder todo significado, cualquier
meta. Al mismo tiempo todos los imperativos, todos los valores
morales, y todos los lazos, también se desmoronan, todos los
apoyos. Encontramos una idea análoga en Dostoyevsky cuando hace
decir a Kirilov que el hombre sólo había inventado a Dios para
poder continuar viviendo y, por lo tanto, como una "alienación
del yo". Sartre define brutalmente la situación a la que llega
cuando declara que el existencialismo no es un ateísmo, en el
sentido en que no se reduce a demostrar que Dios no existe, lo
que él afirma es que "aun que Dios existiera, nada cambiaría".
La existencia es abandonada a sí misma en su realidad desnuda
sin ningún punto de referencia fuera de ella que pueda darle un
sentido a los ojos del hombre,
Hay, por lo tanto, dos fases. La primera es una especie de
rebeIi6n metafísica o moral. En la segunda, hasta los motivos
que habían justificado e implícitamente alimentado esta
revuelta, desaparecen, se disuelven, volviéndose ilusorios para
un tipo de hombre nuevo -y ello es la fase nihilista o
específicamente nihilista, cuyo tema dominante en el sentido de
lo absurdo, de la irracionalidad pura de la condición humana.
4.- De los precursores a la "juventud
perdida"
Es necesario constatar desde ahora que existe una corriente de
pensamiento y una "historiografia" cuya característica ha
consistido en presentar este proceso, al menos en sus primeras
fases, como algo positivo, como una conquista. Esto es otro
aspecto del nihilismo contemporáneo, con el trasfondo de una
especie de "euforia del naufragado" inconfesada. Se sabe que
desde el siglo de las luces y el liberalismo, hasta el
historicismo inmanentista, primero "idealista", luego
materialista y marxista, esas fases de disolución han sido
interpretadas y exaltadas como las de la emancipación y de la
reafirmación del hombre, del progreso del espíritu, del
verdadero "humanismo". Veremos más lejos en qué medida la
temática de Nietzsche relativa al período post-nihilista padece
en sus peores aspectos de esta mentalidad. Por el momento es
conveniente precisar el punto siguiente.
Ningún Dios ha atado jamás al hombre; no solo el despotismo
divino es una invención fantasioso, sino también, en amplia
medida, aquel que según las interpretaciones iluministas habría
proporcionado al mundo de la Tradición su organización, recibida
de lo alto y dirigida hacia lo alto, su sistema jerárquico, sus
diferentes formas de autoridad legítima y de potencia sagrada.
Todo este sistema, por el contrario, hallaba su fundamento
verdadero y esencial en la estructura interna particular, las
capacidades de recognición y los diversos intereses congénitos
de un tipo de hombre ya casi completamente extinguido. El
hombre, en un momento dado, ha querido "ser libre". Se le ha
dejado hacer, incluso se le ha dejado sacar todas las
consecuencias de su liberación; según una concatenación
rigurosa, hasta que ha desembocado en la situación actual donde
"Dios ha muerto" (Bernanos dice: "Dios se ha retirado") y donde
la existencia se vuelve el dominio de lo absurdo, en donde todo
es posible y todo es lícito. En todo ello sólo ha actuado lo que
en Extremo Oriente se llama la ley de causa y efecto
concordantes, objetivamente "más allá del bien y del mal", más
allá de todas las moralinas.
En estos últimos tiempos la ruptura se ha extendido del plano
moral al plano ontol6gico y existencias. Los valores que habían
sido cuestionados ayer que solamente conmovían la critica de
algunos precursores relativamente aislados, pierden hoy toda
consistencia, en la vida cotidiana, para la conciencia general.
Ya no se trata de "problemas", sino de un hecho consumado que
hace aparecer al pozos inmoralista de los rebeldes de ayer como
anticuado y anacrónico. Desde hace cierto tiempo, una buena
parte de la humanidad occidental encuentra normal que la
existencia esté desprovista de todo verdadero significado y que
no deba ser ligada a ningún principio superior, aunque se ha
arreglado para vivirla de la forma más soportable y menos
desagradable posible. Sin embargo esto tiene como contrapartida
y consecuencia inevitable una vida interior cada vez más
reducida, informe, precaria, inestable y huidiza, así como la
desaparición de toda rectitud y de toda fuerza moral.
Por lo demás, un sistema de compensaciones y de anestésicos
actúa en la misma dirección y el hecho de no haber sido
reconocido como tal por la mayoría de la gente, no le quita, por
ello, este carácter. Un personaje de E. Hemingway hace el
balance de hoy cuando dice; "Opio del pueblo, la religión... hoy
también la economía es el opio del pueblo, como el
patriotismo... Y las relaciones sexuales ¿no son acaso un opio
para el pueblo?. Pero entregarse a la bebida, es el mejor de los
opios: excelente, aun cuando los hay que prefieren la radio,
este opio barato".
Sin embargo, cuando se presiente esta verdad la fachada
tambalea, el entramado se disloca y, tras la disolución de los
valores, llega un momento en que se denuncian todos los
sucedáneos a los que se recurría para suplir la ausencia de
significado de una vida abandonada a sí misma. Entonces aparece
el tema existencias de la náusea, del asco, del vacío sentido
tras todo el sistema del mundo burgués, el tema del absurdo de
toda la nueva "civilización" impuesta a la tierra. En aquellos
cuya sensibilidad es más aguda, se constatan diversas formas de
traumatismos existenciales, se ven aparecer estados que se han
calificado de "espectralidad del devenir", de "degradación de la
realidad objetiva", de "alienación existencias". Aquí igualmente
conviene observar que se pasa de experiencias esporádicas de
algunos intelectuales y artistas de antaño, a formas de
comportamiento que caracterizan, de una forma habitual, ciertas
tendencias de las últimas generaciones en su conjunto.
Ayer aún se trataba de escritores, pintores y 11 poetas
malditos" que vivían la desbandada, frecuentemente eran
alcohólicos y mezclaban el genio con un clima de disolución
existencias y con una revuelta irracional contra los valores
establecidos. El caso de un Rimbaud es típico, su suprema forma
de revuelta fue la renuncia a su propio genio, el silencio, el
zambullirse en la actividad práctica llegando incluso hasta a
buscar el lucro. Otro caso es el de Lautreamont, que fue
empujado a la exaltación morbosa del mal, del horror, de la
elementalidad informe por el traumatismo existencias (Maldoror,
el héroe de sus cantos, dice: "He recibido la vida lomo una
herida y he prohibido al suicidio sanar la cicatriz"). Como Jack
London y otros más, comprendido el Ernst Junger de sus primeros
tiempos, individualidades aisladas se volcaron a la aventura, a
la búsqueda de nuevos horizontes, sobre tierras y mares lejanos,
mientras que para el resto de los hombres, todo parecía estar en
orden, seguro y sólido, bajo el signo de la ciencia se celebraba
la marcha triunfal del progreso apenas turbado por el estallido
de las bombas anarquistas.

Tras la primera guerra mundial, procesos aparecidos habían
comenzado a desarrollarse, anunciando las formas extremas del
nihilismo. En un primer momento, estos fenómenos precursores
continuaron quedando al margen de la vida, en la frontera del
arte. El más significativo y radical fue el dadaísmo, conclusión
de los impulsos más profundos de los que se habían alimentado
los diversos movimientos artísticos de vanguardia. Pero el
dadaísmo niega las categorías artísticas mismas. Aspira a
traducir en formas caóticas una vida desprovista de toda
racionalidad, de todo lazo, de toda coherencia, tiende a
aceptar, incluso a exaltar lo absurdo, lo contradictorio, lo que
no tiene sentido ni fin y a asumirlos como tales.
Temas análogos fueron inmediatamente recuperados, en parte, por
el surrealismo cuando éste rechazó adaptarse a la vida "en las
condiciones irrisorias de toda existencia aquí abajo". Esta vía
fue seguida algunas veces consecuentemente hasta el final por
algunos surrealistas como Vaché, Crevel y Rigault, que se
suicidaron, el último además había reprochado a los otros no
saber hacer nada más que literatura y poesía. Por último cuando
A. Brcton, aún muy joven, declara que el acto surrealista más
sencillo seria bajar a la calle y disparar a los transeúntes al
azar, anticipaba sólo lo que algunos representantes de las
últimas generaciones debían realizar más de una vez tras la
segunda guerra mundial, pasando así de la teoría a la práctica,
y buscando alcanzar, a través de la acción absurda y
destructivo, el único sentido posible de la existencia tras
haber rehusado ver en el suicidio una solución radical para el
individuo metafísicamente solo.
Con el traumatismo más violento provocado por la segunda guerra
mundial y lo que siguió, con el hundimiento de un nuevo conjunto
de valores de fachada, esta corriente se ha extendido
efectivamente de una forma característica y casi endémica en la
juventud que se ha llamado "quemada" o "perdida" y cuyo
trasfondo, a pesar de un frecuente y amplio margen de
inautenticidad, de pose y caricatura, tiene a menudo el valor de
un signo de los tiempos.
Son, por un lado, los " rebeldes sin bandera" los young angry
men, con su furor y agresividad contra un mundo en el que tienen
la impresión de ser extranjeros, de] que no advierten el sentido
o donde no perciben ningún valor que merezca que se luche o
entusiasme por él. Como hemos dicho es la conclusión de un mundo
en el que Dios ha muerto, de las formas anteriores de revuelta
en el fondo de las cuales subsistía, a pesar de todo -como en el
mismo anarquismo utópico- la convicción de tener una causa justa
para defender, al precio de no importa qué destrucción y de¡
sacrificio de la propia vida; el nihilismo implicaba la negación
de los valores del mundo y de la sociedad contra los que se
sublevaba, pero no los que empujaban a esta revuelta. En las
formas actuales no queda más que la revuelta en estado puro, la
revuelta irracional, la revuelta "sin bandera".
Los teddy boys pertenecen a esta tendencia, así como el fenómeno
de los halbstarken alemanes, de la "generación de las ruinas".
Se sabe que unos y otros adoptan una forma de protesta agresiva,
que se expresa también a través de explosiones vandálicas y
fuera de la ley, exaltadas como "actos puros", como un frío
testimonio de su diferencia de naturaleza. En los países eslavos
son los holigans. Más significativa aún es la contrapartida
americana, representada por los hipsters y la beat generation.
Se trata igualmente aquí, antes de que actitudes intelectuales,
de posiciones existenciales vividas por jóvenes, posiciones de
las que un cierto tipo de novelas no da más que el reflejo:
formas frías, más descarnadas, más corrosivas que las del
equivalente británico, en su oposición a todo lo que es
seudo-orden, racionalidad, coherencia, a todo lo que es square,
que parece "cuadrado", sólido, justificado, seguro: "cólera de
estructura sin voz" como ha dicho alguien, desprecio por la
"ralea incomprensible que consigue apasionarse seriamente por
una mujer, un trabajo o una casa" (Norman Phodoretz). El absurdo
de lo que es considerado como normal, "la locura organizada del
mundo normal", parecen a los hipsters particularmente evidentes
en el clima de la industrialización y en el ambiente de
activismo insensato que reina a pesar de todas las conquistas de
la ciencia. Rechazo a identificarse con el medio, rechazo
absoluto a colaborar, a tener un puesto definido en la sociedad.
tales son las consignas de estos medios que, por lo demás, no
comprenden exclusivamente a jóvenes, sino que agrupan a
elementos surgidos de los bajos fondos, las capas sociales más
afectadas, pero también a todas las clases. incluso de las más
ricas. Al nuevo nomadismo de algunos se añaden, en otros, el
hípsterism, el alcohol, el sexo, las drogas, la música negra del
jazz, la velocidad, e incluso los actos que tienen un carácter
de crímenes gratuítos, tales como los que había propuesto A.
Breton, han servido como medios para soportar, gracias a
sensaciones exasperadas, el vacío de la existencia. No se teme
nada, se aspira, por el contrario, a recibir terribles golpes
del propio Yo" en experiencias de todo tipo (Norman Mailer . Los
libros de Jack Kerouac y la poesía de Allen Ginsberg se inspiran
también, en cierta medida, en este clima).
Pero esta corriente se había dejado ya presentir en algunos
autores llamados con razón los Walt Witman de un mundo que se
hunde y no de¡ mundo optimista, lleno de esperanza y de vida, de
la juventud democrática americana. A parte de un Dos Pasos y de
algunos otros de¡ mismo grupo, es el Henry Miller del primer
período quien puede considerarse con más derecho como el padre
espiritual de estas corrientes. Se ha podido decir de él que era
"más que un escritor o que un artista, una especie de fenómeno
colectivo de la época; un fenómeno encarnado y vociferante como
manifestación brutal y absurda de la desesperanza furiosa y de¡
horror infinito que se instalaban tras la fachada ruinosa"
(prefacio de "Trópico de Capricornio", Ediciones du Chine,
Pairís, 1946). Es el sentimiento de una tabula rasa, del
silencio cósmico, de la negación de la liquidación de toda una
época, "es un profeta que anuncia el fin del mundo en el momento
en que este mundo florece y está radiante, en el apogeo de su
grandeza y de su infección pestilente". Es del mismo Miller de
quien son estas palabras características: "Desde el inicio, no
he conocido más que el caos, como un fluido en el que se estaba
envuelto, algo que inhalaba por las branquias". "Un bosque de
piedra en cuyo centro está el caos", tal es la sensación que da
el ambiente donde se mueve el hombre de hoy. "En ocasiones, en
este punto muerto y central, en el corazón mismo del caos,
danzaba y bebía hasta estar completamente atontado, hacía el
amor o me envolvía con la amistad de alguien, hacía planes para
una vida nueva, pero todo no era más que caos, piedra,
desesperanza, extravío".
Testimonio que coincide en parte con este, aunque de otro origen
H. Hesse había ya puesto en la boca de uno de sus personajes:
"Prefiero sentirme quemado por un dolor diabólico antes que
vivir en este ambiente de sana temperatura. Mientras se inflama
en mí un deseo salva e de emociones intensas, de sensaciones,
una rabia contra esta vida trivial, vulgar, normal, y
esterilizada y un deseo de romper algo, no sé, un almacén o una
catedral, o a mí mismo; de cometer locuras temerarias... Es, de
hecho, lo que siempre he detestado, aborrecido y maldecido; esta
satisfacción, esta salud pacífica, este graso optimismo del
burgués, esta disciplina del hombre mediocre, normal, vulgar".
Paul van den Bosch escribe en "Los hijos del absurdo ": "Somos
fantasmas de una guerra que no hemos hecho... de haber abierto
los ojos sobre un mundo desencantado, somos, más que cualquier
otra cosa, hijos del absurdo. Algunos días el sin sentido nos
pesa como una tara. Parece que Dios ha muerto de vejez y que
nosotros existamos sin fin... no estamos amargados: partimos de
cero. Hemos nacido entre las ruinas. Cuando hemos nacido, el oro
se ha transformado en piedra".

La herencia de los precursores del nihilismo europeo, en las
actuales corrientes de la juventud quemada se ha traducido pues,
en buena medida, en las formas crudas de una vida vivida. Un
rasgo importante aquí es la ausencia de cualquier reivindicación
revolucionario-social, el no creer que una acción organizada
pueda cambiar las cosas; es toda la diferencia que separa a
estos movimientos, tanto de los nihilistas de ayer como de los
intelectuales de izquierda que hacen el proceso a la sociedad
burguesa. "Trabajar, leer, prepararse en células, creer, para
luego romperse el espinazo; no, gracias, esto no es para mí"
dice, por ejemplo, uno de los personajes de J. Kerouac. Tal es
el balance de los resultados que han alcanzado prácticamente la
"revolución" de las fuerzas de la izquierda, cuando han
triunfado, cuando han superado la fase de la mera revuelta:
Camus lo ha puesto bien a las claras, después del período de sus
ilusiones comunistas: la revolución ha traicionado sus orígenes,
instituyendo nuevos yugos, un nuevo conformismo, más obtuso y
más absurdo.
Conviene no pararse por más tiempo en estos testimonios de una
existencia traumatizada, como tampoco sobre los testimonios de
lo que se podría llamar "los mártires del progreso moderno".
Como hemos dicho, no nos interesan más que como índices que
marcan los tiempos. Las formas actuales se han degradado también
el olas extravagantes y pasajeras. Pero es incontestable el nexo
causa¡ necesario que los une al mundo "en que Dios ha muerto" y
no ha sido aún sust']cuido. Desaparecidas estas formas, surgirán
otras homólogas, según las circunstancias hasta el agotamiento
del ciclo actual.
5.- Coberturas del nihilismo europeo.
El mito económico-social y la "contestación"
Acabamos de reconocer la importancia que conviene dar a la
indiferencia adoptada por cierta juventud en crisis respecto a
las perspectivas ofrecidas por la revolución social. No será
inútil, a este respecto, ampliar algo el horizonte poniendo en
evidencia el género particular de evasión y los procesos
anestésicos que se ocultan, en una humanidad que ha perdido el
sentido de la existencia, tras las diferentes variedades del
mito económico-social moderno: prospeiity "occidental" o
ideología marxista-comunista. En ambos casos nos encontramos
siempre en la órbita del nihilismo que, materialmente, toma
proporciones mucho más espectaculares que las de los grupos
extremistas de los que hemos hablado, en los que la crisis se
mantiene en estado agudo, desprovista de cobertura.
Ya hemos dicho que lo que sirve de base al mito en cuestión es
el hecho de que una historiografía bien organizada presente como
un progreso los procesos que han preparado el nihilismo europeo.
Esta base es esencialmente la misma en el mito "occidental" y en
el mito comunista. Uno y otro se encuentran en una relación, por
así decirlo, dialéctica, que desvela su verdadero sentido
existencias.
Por su pesada rusticidad y por su referencia directa al motivo
de base -la economía- es más fácil deducir del mito comunista
los elementos que indican su sentido final. Como se sabe, el
comunismo se ha comprometido en una violenta polémica contra
todos estos fen6menos de degeneración espiritual que ya hemos
mencionado aquí; estos son ciertamente reconocidos, pero
imputados al "decadentismo burgués", al "crepuscularismo", al
"individualismo anárquico" que caracterizaba a estos elementos
burgueses separados de la realidad; serían las formas finales de
la descomposición del sistema, de un sistema económico
condenado, el sistema capitalista. La crisis actual se presenta,
pues, como la de los valores y los ideas que sirven de
superestructura a este sistema y que convertidos en hipócritas y
mentirosos, no pueden dirigir la conducta práctica de los
individuos y de las fuerzas motrices de la época. La lesión
existencias de la humanidad se presenta, en general, como una
consecuencia de la organización económica, material, de una
sociedad como la capitalista. El verdadero remedio, el principio
de un "nuevo verdadero humanismo", de una integridad humana, de
una felicidad "aún jamás conocida" residiría pues en un cambio
en el sistema económico-social, en la abolición de] capitalismo
y en la instalación de una sociedad proletaria comunista de los
trabajadores parecida a la que se elabora en el mundo soviético.
Ya Carlos Marx había exaltado en el comunismo "la toma de
posesión real de la esencia humana por el hombre y para el
hombre, la vuelta del hombre a sí mismo en tanto que el hombre
social, es decir, en tanto que hombre humano", siendo este
comunismo para él un perfecto humanismo y, por ello, el
verdadero humanismo.
En sus formas radicales este mito -que allí donde se ha
afianzado controlando movimientos, organizaciones y pueblos se
acompaña de una lobotomía psíquica tendiente a neutralizar
metódicamente desde la infancia toda forma de sensibilidad y de
intereses superiores, cualquier modo de pensar que no se exprese
en términos de economía o de procesos econ6mico-sociales- este
mito es el que reposa sobre el vacío más absoluto y que, de
todos los estupefacientes administrados hasta el presente a una
humanidad desarraigada ejerce la acción más deletérea. Sin
embargo la impostura es aquí la misma que en el mito de la
prosperity, particularmente en las formas que reviste en
"Occidente"; éstas, indiferentes al hecho que se viva material y
políticamente sobre un volcán, en razón de la lucha por la
supremacía mundial, se desarrollan en la euforia tecnológica
favorecida por ciertas perspectivas de la "segunda revolución
industrial" de la era atómica.
Hemos hablado de una especie de dialéctica en virtud de la cual
esta teoría se encuentra interiormente minada: en los países
comunistas el mito en cuestión extrae su fuerza motriz del hecho
de ser presentado como estados futuros de realización, con el
sentido de estados en los que los problemas "individuales" y las
crisis "decadentistas" no existirán, condiciones
económico-sociales que en el área "occidental" moderna o de los
Estados nórdicos, existen ya de hecho. Es la fascinación de un
fin que se desvanece en el momento en que se alcanza. El ideal
económico-social, meta para la humanidad proletaria, en realidad
aparece espiritualmente caducada en el momento presente.
Precisamente en la sociedad occidental, donde a pesar de los
pronósticos de Marx y Engels, un clima de prospeiity se ha
extendido ya a amplias capas sociales, bajo la forma de una
existencia reposada, fácil y confortable que el marxismo, en el
fondo, no condena en sí, sino en la medida en que se convierte
en el privilegio de una clase superior de "explotadores"
capitalistas y no en el bien común de una colectividad
proletarizada. Pero los horizontes permanecen siendo
esencialmente los mismos.
El error y la ilusión de cada una de las ideologías
económicosociales son idénticos: consisten en pensar seriamente
que la miseria existencias se reduce a sufrir, de una manera o
de otra, de la indigencia material, de la depauperación debida a
un sistema económico-social dado que es más grande en la
desheredad o en el proletariado antes que en condiciones
económicas favorables o privilegiadas; que, en consecuencia,
debe desaparecer automáticamente con "el alumbramiento de la
necesidad", con la elevación general de las condiciones
materiales de la existencia. La verdad, por el contrario, es que
el sentido de la existencia puede faltar tanto en los unos como
en los otros, y que la miseria material y la espiritual carecen
de relación. Solamente en las capas más bajas y obtusas de la
sociedad puede hacerse creer que el secreto de la felicidad y de
la plenitud humana residen en lo que se llama justamente el
"ideal animal", en un bienestar casi bovino. Hegel ha escrito
con razón que las épocas de bienestar material son páginas en
blanco del libro de la historia y Toynbee ha demostrado que el
desafio que constituyen para el hombre condiciones ambientales y
espirituales duras y problemáticas, provocan frecuentemente el
despertar de fuerzas creadoras y el nacimiento de
civilizaciones. En ciertos casos no resulta en absoluto
paradójico decir que el hombre verdaderamente compasivo deberia
procurar volver la vida más dicil a su prójimo. Que la virtud
más alta se debilita en un clima de facilidad, es decir cuando
el hombre no está obligado a probarse a sí mismo, de una forma u
otra y no importa, para el resultado final, si en tales
coyunturas, por selección natural, una buena parte cae y se
pierde. Es precisamente lo que A. Breton escribió: "Es preciso
impedir que la precareidad completamente artificial de las
condiciones sociales vele la precareidad real de la condición
humana".

Pero a fin de no alejarnos mucho del tema, constatemos que
precisamente hoy en día, en el marco de una civilización de
prosperitj es cuando se han manifestado las formas más agudas de
la crisis existencia¡ moderna: reportémonos en particular a
estas tendencias de las nuevas generaciones mencionadas
precedentemente en donde la rebelión, el asco, la cólera se han
manifestado, no ya en el subproletariado miserable y oprimido,
sino también en jóvenes a los que no les faltaba nada, incluso
en hijos de multimillonarios. Es significativo, entre otros, y
esto está demostrado por las estadísticas, que es mucho menor en
los paises pobres que en los países ricos: esto quiere decir que
el carácter problemático de la vida es más sensible en los
segundos que en los primeros. Lo que se llama la "desesperanza
blanca" podría muy bien acechar al mesianismo económico-social
al final de su carrera, como en la parodia de una comedia
musical -"Mahagonny"- esta isla de la utopía en donde se tiene
de todo, "juego, mujeres y whisky", pero donde siempre aparece
el vacío de la existencia, el sentimiento de que "falta alguna
cosa".
Por otra parte se han constatado en la misma URSS fenómenos
parecidos al hípsterism, lo que prueba que tales fenómenos no
son la consecuencia de un sistema económico-social particular.
Aquí también algunos elementos que se complacen en acciones
brutales, las desprecian, sin embargo, cuando se inspiran en un
móvil material (como en la criminalidad corriente) o pasional lo
que muestra la originalidad real y profunda de estas acciones.
Concluímos repitiendo que no existe ninguna relación –sino
quizás una relación inversa- entre el sentido de la vida y el
bienestar económico, ejemplo insigne y que no es de hoy sino
perteneciente al mundo tradicional: aquel que sobre el plano
metafísico denunció la vacuidad de la existencia y los engaños
de¡ "dios de la vida" indicando la vía de¡ despertar espiritual,
el Buda Sakyamuni, no era un oprimido ni un hambriento, ni un
representante de las capas sociales sim - ilares a esta plebe
que en el imperio Romano era la destinataria de la predicación
cristiana revolucionaria; fue, por el contrario, un príncipe de
raza en todo el esplendor de su potencia y en toda la plenitud
de su juventud. El verdadero significado del mito
económico-social, sea cual sea su variedad, es, pues, la de un
medio de anestesia interior o de profilaxis tendiente no solo a
eludir el problema de una existencia privada de todo sentido,
sino a consolidar todas las formas de esta fundamental ausencia
de sentido en la vida del hombre moderno. Podemos pues hablar
sea de un opláceo mucho más real que el que, según los
marxistas, habría sido administrado a una humanidad aún no
ilustrada y evolucionada, mixtifiada por las creencias
religiosas, o bien sea desde el punto de vista más elevado de la
organización metódica de un nihilismo activo. Las perspectivas
que ofrece una cierta parte del mundo actual podrían bien ser
las que entrevé Zaratustra para el "último hombre": "Tiempos hay
próximos en los que el hombre más despreciable no se sabrá
despreciar a sí mismo". El último hombre "de raza tenaz y
pululante". "Hemos inventado la felicidad, dicen, guiñando un
ojo, los últimos hombres", que han "abandonado las comarcas en
donde era duro vivir",
Por otro lado, un fenómeno más reciente toma todo su sentido en
este contexto: el de la "contestación global". Inspirada
parcialmente en este tipo de ideas que acabamos de mencionar, ha
llegado, en la estela de las tesis de Marcusse, a afirmar que
existe una concordancia profunda, que se manifiesta bajo la
forma de la sociedad tecnológica y de consumo, entre el sistema
de los países comunistas avanzados y el de la zona capitalista,
puesto que en los primeros las reivindicaciones proletarias y
revolucionarias se han vuelto mucho más débiles. De hecho están
superadas ya, en parte, al menos, pues la "clase obrera" ha
entrado en el sistema de consumo, lo que le ha asegurado un
estilo de vida no ya "proletario" sino burgués cuya privación
había sido precisamente el aguijón revolucionario. Pero fuera de
esta convergencia, también se ha puesto de relieve el poder
condicionante de es 11 sistema" único, poder que tiende a
destruir todo valor superior de 1 vida y de la personalidad.
Encontrándose, más o menos, al mismo ni ve¡ que el "último
hombre" anunciado por Nietzsche. el individuo de la sociedad de
consumo contemporánea estima ahora que renunciar al confortal
bienestar medio que le ofrece esta sociedad evolucionada para
reivindicar una libertad abstracta, costaría demasiado caro y
seria absurdo. Es por ello que acepta gustosamente,
concretamente, todos los condicionamientos liberadores del
sistema. Esta constatación ha provocado el paso del marxismo
revolucionario, privado de su dinámica original, a una
"contestación global" del sistema. Pero ésta, no disponiendo de
ningún principio superior, muestra por su carácter irracional,
anarquizante e instintivo, y por sus llamamientos, a falta de
otra cosa mejor, a miserables minorías marginales, incluso
alguna vez al "Tercer Mundo" (en este caso son las manías
marxistas las que reaparecen), o a los negros, como el único
potencia¡ revolucionario, está puesto efectivamente bajo el
signo de la nulidad, es una histérica "revolución de la nada y
del subsuelo" (underground) - "avispas enloquecidas encerradas
en un recipiente de cristal que chocan frenéticamente contra sus
partes": con lo que se confirma, por otra parte, el carácter
general nihilista de la época, a decir verdad, en un marco mucho
más amplio, por lo que la "contestación" contemporánea ya no es
más la de los individuos singulares y de círculos muy
restringidos como los que hemos hablado hasta ahora, donde, sin
embargo, el nivel intelectual era mucho más alto.
Otro punto merece ser considerado, aunque sea superficialmente,
en el proceso actual de disolución. El desplome de las
estructuras -de todo lo que no puede considerarse más que como
superestructura- no se manifiesta solamente bajo la forma
sociológica de una denuncia de las mentiras y de las hipocresías
de la vida burguesa que recuerdan a Max Nordau y a las palabras
de Relling a Gregers, en Ibsen: ("¿Por qué empleas la palabra
extraña "ideales"?. Tenemos una palabra más bella y propia:
"mentiras"), sino también bajo la forma del nihilismo moral y
filos6fico. Hoy, esto se prolonga y se completa por una ciencia
que, falsa y contaminadora cuando se aplicaba a hombres
pertenecientes a otro tiempo y a otras civilizaciones, aparece
bien fundada cuando trata al hombre moderno traumatizado. Nos
referimos al psicoanálisis. El esfuerzo apasionado del filósofo
que intenta remontarse al origen secreto, la "genealogía" de los
valores morales predominantes a las raíces mismas de todos los
impulsos vitales reprimidas o condenadas en su nombre, que
intentó pues "naturalizar" la moral negándole toda dignidad
autónoma y eminente, este esfuerzo apasionado ha sido
reemplazado por los métodos fríos, cínicos "científicos" de la
"psicología profunda" de la exploración del subconsciente y del
inconsciente. Es el subconsciente, subsuelo irracional del ser,
que ha sido reconocido como la fuerza motriz esencial de toda la
vida del alma; a él se le han imputado los determinismos que
hacen nacer el supramundo ilusorio de la conciencia moral y
social, con sus valores, sus inhibiciones y sus prohibiciones,
con su voluntad histérica de dominio, mientras que en esta zona
subterránea no actúa más que una mezcla de impulso hacia el
placer y de impulso hacia la muerte (Lustpinzip y Todertieb).
Como se sabe, tal es lo esencial del freudismo. Las otras
corrientes psicoanalíticas no se apartan sustancialmente de este
esquema. Tienen todas como tema evidente y constante la
regresión al subsucio psiquico, estrechamente ligado a un
profundo traumatismo de la personalidad humana. Es otro aspecto
del nihilismo contemporáneo y, además, el signo de una
conciencia enferma y muy debilitada como para poder enfrentarse
a los bajos fondos del alma con sus presuntos "arquetipos" y
todo lo que puede ser comparado con el "mundo de las Madres" de
Goethe.

Vale la pena subrayar que estas destrucciones van en el mismo
sentido que la tendencia reflejada por otro tipo de literatura
contemporánea, donde el sentimiento de la "espectralidad de la
existencia" se asocia al de un oscuro, incomprensible destino,
de una fatalidad y de una condena absurda que domina la eterna
soledad del hombre, incluso el conjunto de la condición humana:
es casi el sentimiento de un fondo incomprensible hacia el cual
la vida humana desciende gradualmente hasta una oscuridad
impenetrable y angustiosa.
Este tema, afirmado de una forma típica con Kafka, no es ajeno
al mismo existencialismo especulativo; de aquí en breve
volveremos a ello. Lo que nos parece interesante subrayar es que
no se trata solamente de una verdad captada "por quien ha sabido
sentir y ver más profundamente" sino solo por aquel que está
precipitado en la misma atmósfera del nihilismo europeo, a la
humanidad que ha tomado forma tras la muerte de Dios.
6.- El nihilismo activo. Nietzsche
Después de esto volvamos a los problemas que nos interesan
directamente.
La característica esencial de todas las situaciones que hemos
examinado hasta ahora es que los hombres aparecen como objetos,
o incluso víctimas de los procesos de destrucción que están en
marcha; estos son simplemente padecidos por la humanidad actual.
Esta constatación vale tanto para los hombres que se adaptan a
una vida desprovista de toda base y de cualquier dirección
verdadera ayudándose con un sistema de anestésicos y sucedáneos
y haciendo eventualmente uso de las formas supervivientes de la
existencia y de la seguridad burguesas, ya sea para aquellos
otros que sienten en vivo y plenamente la crisis existencial del
hombre moderno, lo que les lleva hacia las formas de revuelta y
vidas desordenadas de las que ya hemos hablado.
Esto se aplica pues a la mayoría de nuestros contemporáneos. A
pesar de todo, también es necesario considerar aquella otra
categoría diferente y mucho más restringida de hombres modernos
que, a pesar de sufrir los procesos nihilistas, buscan asumirlos
activamente. Se trata, más exactamente, de los que, no solo
reconocen la irreversibilidad de los procesos de disolución,
sino también la ausencia de toda vía que permita dar marcha
atrás y que ni tan siquiera precisen apoyos y de raices. Después
de lo cual se plantea el problema de saber en qué medida es
imposible transmutar en positivo lo que es negativo.
Aquellos cuya conformación permite adoptar esta actitud pueden
interpretar diferentemente la aventura del hombre que ha querido
ser libre y la crisis que de ello ha resultado. Se desprende
entonces una noción de prueba y de destrucciones que son
solamente la consecuencia de no haber estado a la altura de la
prueba o del propio acto. A quienes esto interese puede
recordárselas que ya en los antiguos mitos sabían que no era una
audacia sacrílega en sí lo que había no haber poseido la
dignidad o la fuerza necesaria pata realizar una acción que
pudiera liberarlos del yugo divino.
El mismo punto de vista puede ser adoptado por el tipo de hombre
que nos interesa y que pertenece, en cierta medida, a la
categoría que acabamos de mencionar. Como se recordará su rasgo
distintivo consiste en afrontar los problemas del hombre moderno
sin ser él mismo un "hombre moderno", perteneciendo, por el
contrario, a un mundo diferente y conservando en él una
dimensión existencias diferente. El problema, para este hombre,
contrariamente a los otros, no consiste pues en buscar
dramáticamente una base (en principio la posee ya), sino en
encontrar el medio de expresaría y de confirmarla en el seno de
la época moderna y en su vida actual.
Teniendo a la vista este tipo humano, examinaremos la temática
del "nihilismo positivo" o, si se prefiere, el paso al estadio
postnihilista. Como es preferible partir, no de perspectivas
extrañas, sino de perspectivas interiores al mundo moderno,
recuperamos de nuevo a titulo de base provisional, algunas ideas
fundamentales de Nietzshe para probar su solidez. En efecto,
podremos ver que otros representantes más recientes del
pensamiento moderno que han investigado un nuevo sentido de la
vida no han ido mucho más lejos que Nietzsche, a pesar de todo
lo que comporta de inconsistente y negativo el pensamiento
nietzscheano.
Nietzsche se consideraba a sí mismo como el primer nihilista
completo de Europa y que sin embargo lo había superado,
habiéndole vivido en su alma, "teniéndolo detrás de sí, bajo sí,
fuera de sí". Después de haber visto que el "nihilismo es la
última conclusión lógica de nuestros grandes valores y de
nuestro ideal" y habiendo afirmado que 1 es preciso pasar a
través de este nihilismo para darse cuenta de la verdadera
naturaleza de los "valores" del pasado", había considerado, no
obstante, el nihilismo como "un estadio patológico intermedio" y
había anunciado el "contra-movimicnto" destinado a suplantarlo,
sin renunciar a las posiciones conquistadas.
Nietzsche ha demostrado que el momento en que se percibe que
"Dios ha muerto", que todo el mundo del "espíritu", del bien y
del mal no es más que una ilusión, que sólo es verdadero el
mundo que hasta ahora se había negado rechazado en nombre del
rimero, a este momento corresponde la prueba decisiva: "Los
débiles se quiebran, los fuertes destruyen lo que no les quiebra
y los que son aún más fuertes superan los valores que habían
servido de medida". Nietzsche llama a esta fase la "fase
trágica" del nihilismo, que conduce a una inversión de las
perspectivas: el nihilismo, en este punto, aparece como un signo
de fuerza, es decir que, el "poder de crear", de querer, se ha
desarrollado hasta el punto de no tener una necesidad de esta
interpretación general (de la existencia), de esta introducción
de un sentido (en ella)". "Es una medida de la fuerza de la
voluntad, el saber hasta qué punto uno puede prescindir de un
significado de las cosas, hasta qué punto no soporta vivir en un
mundo que no tiene sentido: porque entonces uno organizará una
parte". Nietzsche llama a esto el "pesimismo de la fuerza" y
hace de ella la condición previa para una ética superior. Si el
hombre ha tenido primeramente la necesidad de un Dios, ahora se
entusiasma por un desorden universal sin Dios, un mundo del azar
en donde todo lo que es espantoso, ambiguo y seductor forma
parte de su misma esencia". En este mundo, convertido en "puro",
únicamente él mismo permanece en pie, "vencedor de Dios y de la
nada". El problema del sentido de la vida se resuelve así por la
afirmación de que la vida es y puede ser un valor en sí misma.
Esto nos lleva a la tesis formulada anteriormente. El
significado de todas las crisis de los últimos tiempos puede
fesumirse así: un hombre ha querido ser libre, sin embargo, para
él, esta liberación solamente podía significarle la ruina, "Dios
ha muerto" -se ha dicho- es una simple forma patética de indicar
el estado de ánimo fundamental de la época. Sin embargo, el
mismo Nietzsche constata: "¿Haber matado a Dios, no será una
acción demasiado grande para nosotros?. ¿No deberíamos
convertirnos en dioses para ser dignos de ella?". Reconocer que
"nada existe, todo está permitido", hablar de la "libertad del
espíritu" entraña inevitablemente esta consecuencia: "Ahora es
preciso que demostréis la nobleza de vuestra naturaleza".
En un célebre fragmento del "Zaratustra" se expresa de una forma
muy concisa la esencia misma de la crisis: "¿Tú te dices libre?.
Quiero conocer los pensamientos que predominan en tí. No es
saber si has escapado a un yugo lo que importa: ¿tienes tú
derecho a sustraerte a un yugo?. Muchos son los hombres que
pierden su último valor cuando cesan de servir. Libre ¿de qué?.
¡Qué importa esto a Zaratustra!: Tu mirada tranquila debe
responderme: Libre ¿para hacer que?". Y Zaratustra advierte que
lo terrible será estar solo, sin ninguna ley encima de uno
mismo, con su propia libertad en un espacio desierto y un soplo
helado, juez y vengador de su propia norma. Para quien no podía
adquirir valor más que sirviendo, para aquel a quien los lazos
no paralizaban, sino sostenían, la soledad tomará la forma de
una maldición, el valor fallará, el orgullo inicial se plegará.
Estos son sentimientos -continúa Zaratustra- que asaltan
entonces al hombre libre, que no dejarán de matarlo sino es éste
quien los mata. He aquí descrito en términos precisos, desde un
punto de vista superior, el fondo esencial de la miseria del
hombre moderno.
Esto había sido ya expresado de forma análoga por Dostoycvsky.
Es la doctrina de Kitilov. El encuadre es idéntico: "El hombre
no ha inventado a Dios más que con el fin de poder vivir sin
matarse. Es en esto en lo que consiste la historia de¡ mundo
desde su origen hasta nuestros días", dice Kirilov. La
implicación es evidente: es la necesidad, para el hombre de
tener un centro, un valor de base; no encontrándolo en sí mismo,
lo había situado fuera de él, lo había proyectado en Dios, había
supuesto que existía, si, pero encarnado en 1 otro", y la fe en
este otro había resuelto provisionalmente problemas
existenciales. Naturalmente, no reside aquí, como afirma Kirílov,
el sentido de toda la historia de la humanidad; es solo el de su
fase devocional de tipo deista que corresponde ya a una fisura
de¡ mundo de la Tradición y precede al punto critico de la
fractura metafísica de la que ya hemos hablado. El ojo de
Kirílov "hombre libre" se abre: "No quiero creer. Sé que Dios no
existe y no puede existir". La consecuencia es pues: "si Dios no
existe, yo soy Dios... Reconocer que no hay Dios, es un absurdo,
una inconsecuencia, pues de otra manera uno no dejaría de
matarse". Puede dejarse de lado el suicidio, la idea fija de la
locura de Kirílov, y puede hablarse simplemente de hundimiento,
de desintegración, de extravío en el sin sentido. Esta situación
hace nacer el terror y la angustia: "Es como si un pobre,
habiendo recibido una herencia, se asustase y no osara tomarla
por estimarse indigno de poseerla". No es preciso tomar en serio
el acto por el cual Kirilov cree poder hacer desaparecer el
terror ante la herencia divina que debe asumir, demostrando al
mismo tiempo "su divinidad". Y se debe también separar esta
forma enfática de hablar de Dios y de ser Dios: el verdadero
problema que se plantea aquí es el del valor del hombre y del
"ser" libre ¿para qué?".
Nada mejor caracteriza el fracaso en la prueba crucial, el éxito
negativo de la experiencia nihilista, que el sentimiento
expresado por esta frase de Sartre: "Estamos condenados a ser
libres". El hombre hace suya la libertad absoluta; pero esta
libertad no sabe sentirla más que como una condena. La angustia
metafísica es la contrapartida. Más adelante examinaremos
ampliamente los temas específicos del existencialismo.
Por el momento, es preciso ver lo que puede ser retenido de las
opiniones expresadas por Nietzsche, no en tanto que nihilista,
sino en tanto que pensaba haber superado el nihilismo e incluso
haber cumplimentado la condición previa de una existencia más
alta y de una nueva salud.
Una vez más, derribados los ídolos, una vez superados el bien y
el mal y todo lo que queda del antiguo Dios, despejada la
mirada, para Nietzsche no quedaría más que "este mundo", la
vida, el cuerpo. El hombre nuevo afirmará este mundo, la vida,
el cuerpo, quedará "fiel a la tierra". A lo que se añade, como
se sabe, el tema del superhombre. "Dios ha muerto, ahora
queremos que venga el superhombre". El superhombre será el
sentido de la tierra, el justificador de la existencia. El
hombre "puente y fin", "cuerda tendida entre la bestia y el
superhombre, cuerda tendida sobre el abismo". No procederemos
aquí a un análisis profundo de los tewas múltiples y diversos
que han cristalizado en Nietzsche en torno a este motivo
central, nos contentaremos con resumir las líneas esenciales.

La fase negativa, destructora, del pensamiento nietzscheano
desemboca en la afirmación de la inmanencia: todos los valores
trascendentales, los fines y las verdades "superiores", están
interpretadas en función de la vida. A su vez, la vida y, más
generalmente, la naturaleza, tendrán por esencia la voluntad de
poder. Es también en función de la voluntad de poder y de
dominio como se define al superhombre detiene a medio camino,
propone un nuevo sistema de valores que comportan un bien y un
mal. Presenta un nuevo ideal y lo afirma de una manera absoluta,
cuando no se trata en realidad más que de un ideal entre los
muchos que pueden cobrar forma en la "vida"; no se justifican
pues, de ninguna manera en sí y para sí, sino implicando una
elección particular, una creencia determinada. El hecho es que
el punto sólido de referencia propuesto por Nietzsche está falto
de un verdadero fundamento si solamente se basa en la
inmanencia, es un hecho que, por otra parte, aparece ya en la
parte crítico histórica y sociológica de¡ sistema nietzscheano.
Todo el mundo de los valores "superiores" está interpretado como
reflejo de una "decadencia". Pero al mismo tiempo Nietzsche ve
también en estos valores, los instrumentos, las armas, de la
voluntad de poder disfrazada que ha empleado una parte de la
humanidad para subyugar a otra cuya visión e ideales eran
próximos a los del superhombre. El instinto mismo de la
"decadencia" se presenta pues como una variedad particular de la
' 'voluntad de poder". Por lo tanto, queda claro pues que con
respecto a la voluntad de poder toda distinción desaparece; no
hay "superhombres", ni "rebaño", los que "afirman", o los que
"niegan" la vida. No hay más que una diferencia de técnicas, de
medios (medios, que están lejos de reducirse a la simple fuerza
material) tendientes a asegurar la dominación de una u otra
categoría de hombres y que se califican indistintamente de
buenos en la medida en que conducen al éxito. Si, en la vida y
en la historia de las civilizaciones, existen tanto fases de
destrucción y de "decadencia" ¿qué nos autoriza a atribuir un
valor a unos antes que a otros?. ¿Por qué la "decadencia"
debería ser un mal?. Todo es vida, todo es justificable en
términos de vida, si se asume verdaderamente en su realidad
desnuda, irracional, fuera de toda "teología" y "teleología",
como Nietzsche lo habría, sin embargo, querido. La misma "anti-naturaleza",
la misma "violencia contra la vida" forman ellas mismas parte de
la vida y revierten a ella. Una vez más el suelo cede bajo sus
pies.
Además, Nietzsche, que había querido devolver al "devenir" su
"inocencia" liberándolo de todo finalismo, de toda
intencionalidad, a fin de liberar al hombre y permitirle marchar
sin apoyo, Nietzschc lo habría, sin embargo, querido. La misma "anti-naturaleza",
la misma "violencia contra la vida" forman ellas mismas parte de
la vida y revierten a ella. Una vez más el suelo cede bajo sus
pies.
Además, Nietzsche, que había querido devolver al "devenir" su
"inocencia" liberándolo de todo finalismo, de toda
intencionalidad, a fin de liberar al hombre y permitirle marchar
sin apoyo, Nietzsche que habla, con razón, criticado y atacado
al evolucionismo y al darwinismo, al constatar que las figuras y
los tipos superiores no representan más que triunfos
esporádicos, posiciones que la humanidad no alcanza más que para
perderlas luego, que no crea una continuidad, debido a que se
trata de seres más expuestos que el resto a los peligros y a la
destrucción, Nietzsche desemboca él mismo en una concepción
finalista cuando, para dar un sentido a la humanidad actual,
presenta como fin al cual ésta debe consagrarse y para el cual
debe sacrificarse y perecer, el hipotético hombre futuro bajo la
forma del superhombre.

Mutatis mutandis, esta forma de ver se parece bastante a la
escatología marxista-comunista para la que el espejo de lo que
será la humanidad futura tras la revolución social justifica
todo lo que se impone al hombre de hoy en los países dominados
por esta ideología. Esto contradice pues abiertamente la
exigencia de una vida que sea ella misma su propio sentido. El
segundo punto es que la pura afirmación de la vida no coincide
necesariamente ni con la afirmación de la voluntad de poder en
sentido estricto y cualitativo, ni con la afirmación del
superhombre.
La solución de Nietische no es más que una seudo-solución. Un
verdadero nihilismo ni siquiera dejaría a salvo a la doctrina
del superhombre. Lo que puede retenerse más bien, si se quiere
ser riguroso, y quiere seguirse una línea estrictamente
coherente que pueda enmarcarse en nuestra búsqueda, es la idea
expresada por Nietzsche en el mito del eterno retorno. Es la
afirmación, entonces verdaderamente incondicionado, de todo lo
que es y todo lo que se es de su propia naturaleza y de su
propia situación. Es la disposición de quien se identifica
consigo mismo, con la raíz última de su ser, se afirma a sí
mismo, hasta el punto de ya no ser aterrorizado más, sino al
contrario, exalta do, por la perspectiva de un regreso
indefinido de ciclos cósmicos idénticos, en virtud de los cuales
él fue y volverá a ser lo que es innumerables veces.
Naturalmente, no se trata de nada más que de un mito, que sólo
tiene el valor pragmático de una "prueba de fuerza". Pero eso
también es una orientación que, en realidad, conduce más allá
del mundo del devenir el carácter del ser, es una prueba suprema
de poder". Esto, en el fondo, lleva a una apertura más allá de
la inmanencia unilateralmente concebida, a la sensación de que:
"todas las cosas han sido bautizadas en el origen de la
eternidad y por encima del bien y del mal". Se enseñaba lo mismo
en el mundo de la Tradición; es indiscutible que la obra de
Nietzsche expresa una sed confusa de eternidad que llega incluso
a provocar pasajeramente ciertas aperturas estáticas. Se conoce
la invocación de Zaratustra a "la alegría que quiere la
eternidad de todas las cosas, una profunda eternidad", parecida
al cierto en lo alto, "puro, profundo, abismo de luz".
7.- Ser uno mismo
Por el momento, es preciso que dejemos de lado las alusiones a
una dimensión superior de la experiencia de un mundo liberado.
Nos dedicaremos, en primer lugar, a definir más exactamente lo
que nos aporta de sólido esta visión de la existencia, a saber
eípyincipio delpuro ser urío múmo. Es lo que queda después que
se ha eliminado lo que la filosofía Rama "moral heteronóma", es
decir, la moral basada en una ley exterior. Nietzsche ha podido
escribir respecto a ello: "Se os llama destructores de la moral;
pero no sois más que los descubridores de vosotros mismos", y
también: "Debemos liberarnos de la moral para poder vivir
moralmente"; en este "vivir moralmente" entiende precisamente
vivir según la propia ley, según la ley definida por la propia
naturaleza (lo que no puede desembocar en la vida del
superhombre más que a título de excepciones).
Se trata de algo comparable con la "moral autónoma" del
imperativo categórico de Kant, pero con la diferencia de que el
mandamiento absoluto interior, distanciado de todo móvil
extranjero, no se funda sobre una ley hipotética y abstracta de
la razón práctica válida para todos y revelándose en tanto que
tal a la conciencia del hombre, sino más bien sobre el ser es de
cada uno.
Nietzsche mismo presentó a menudo esto como el equivalente de un
naturalismo. La interpretación simplemente fisiológica,
materialista, de la propia naturaleza, aunque es frecuente en
él, en el fondo, es inauténtico, accesoria, dictada por un
motivo de polémica contra el "espíritu puro". En realidad,
también Nietzsche ha sido más profundo, no se ha detenido en el
ser físico cuando ha hablado de la "gran razón" encerrada en el
cuerpo y opuesta a la pequeña razón, de la gran razón que no
dice "Yo, sino soy Yo", que se sirve del 1 espíritu" y de los
mismos sentidos "como pequeños instrumentos y pequeños
juguetes"; "potente dominador, sabio desconocido, que se llama
el propio ser (Selbst)", "hilo que guía el Yo y le sugiere sus
ideas y sus conceptos", que "busca con los ojos de los sentidos
y escucha con las orejas del espíritu". Se trata, pues, no de
lafysis, sino del "ser" en toda la plenitud ontológica de la
palabra das Selbst puede ser también entendida también como el
"Si-mismo", opuesto al Yo (Ich): oposición que recuerda la ya
considerada de las doctrinas tradicionales, entre el principio
supraindividual de la persona y lo que ha sido llamado "Yo
Físico".
Una vez apartada la grosera interpretación "fisiológica", se
precisa pues una actitud válida para quien debe mantenerse en
pie como un ser libre en plena época de disolución: asumir su
ser en un querer, haciendo de ello la propia ley, una ley
marcada por el mismo absoluto y autonomía del imperativo
categórico kantiano, afirmada sin tener en cuenta valores
convenidos, de "bien" y "mal", como tampoco de felicidad, placer
y dolor -hedonismo y eudemonismo en tanto que la búsqueda
abstracta, inorgánico, del placer y de la felicidad, no siendo
para Nietzsche también más que signos de debilitamiento y
decadencia. Afirmar y actualizar, pues, el propio ser sin miedo
de sanciones o esperanza de frutos, ni aquí, ni más allá, decir:
"No existe la vía: esto es mi querer, ni bueno, ni malo, sino
mío". En una palabra, es, a través de Nietzsche, la antigua
fórmula "Sé tú mismo", "Conviértete en lo que eres", lo que se
propone de nuevo, hoy, después del hundimiento de todas las
superestructuras. Veremos que un tema análogo ha sido
recuperado, aunque en términos menos netos, por los
existencialistas. No nos referimos a Stirner como precursor,
porque en él la abertura en el "único" de las dimensiones más
profundas de¡ ser es casi inexistente. Nos podríamos, más bien,
referir a M. Guyau, que se había propuesto igualmente el
problema de una línea de conducta por encima de toda sanción o
"deber". Había escrito: "Las metafísicas autoritarias y las
religiones son andadores para niños: es tiempo de avanzar
solos... Es preciso buscar en nosotros mismos la revelación. Ya
no hay Cristo: que cada uno sea el Cristo para sí mismo, que
esté atado a Dios como quiera o pueda, o que niegue a Dios". Es
como si la fe subsistiese, pero "sin cielo que espere o una ley
positiva que guíe", como un simple estadio. La fuerza y la
responsabilidad no deben, sin embargo ser menores que los que
ya, anteriormente, en un tipo de hombre diferente, en un clima
diferente, nacían de la fe religiosa y de un punto de apoyo
determinado. La idea de Nietzsche es idéntica.
Por lo que a nosotros concierne, si esta temática debe ser
aceptada como válida para el problema que nos interesa, es
preciso eliminar cualquier eventual restricción implícita
susceptible de proporcionar un nuevo e ilusorio soporte.
Después de Rousseau, las doctrinas anárquicas habían comportado
prcmisas de este género: el nihilismo de los clásicos de la
anarquía postulaba el carácter fundamentalmente bueno de la
naturaleza humana. El autor que acabamos de citar, Guyau, nos
facilita otro ejemplo. Había intentado fundamentar sobre la
"vida" una moral "sin obligación, ni sanción", una moral
"libre". Pero, en él, esta "vida", no es totalmente la vida
desnuda, verdadera, sin atributos, es, en su concepción, una
vida preventiva y arbitrariamente "moralizada" o esterilizada,
una vida en la que son consideradas como congénitas tendencias
bien determinadas: la expansión, el don de sí, la
superabundancia. Guyau había formulado una nueva idea del deber:
el deber que deriva del poder, del empujón de la vida, del
sentimiento de una vida que "pide ejercitarse" ("puedo, por lo
tanto debo"). Las restricciones se vuelven evidentes cuando
Guyau atribuye al impulso expansivo de la vida un carácter
exclusivamente positivo, es decir, social, considerando la
afirmación de sí mismo, la expansión, no hacia los otros como
una autonegaci6n y una contradici6n de la vida, opuesta a su
movimiento natural de expresión, a su florecimiento y
enriquecimiento. Basta preguntarse lo que podría impedir una
vida que quisiera "negarse" o "contradecirse" de hacerlo y lo
que tendría que decir si intentara tomar esa vía, para darse
cuenta que no se ha hecho totalmente tabula rasa, que le han
sido introducidos subrepticiamente premisas que se intentaba
superar debido a que la critica nihilista había demostrado su
vulnerabilidad.
Pero eliminando verdaderamente todo postulado, se conmueve
también una gran parte de la doctrina de¡ superhombre de
Nietzsche, donde la importancia, a menudo dada a aspectos de la
vida opuestos a lo que entrevé Guyau ("voluntad de poder",
dureza, etc.) no es menos unilateral. Con todo rigor, para ser
puramente "uno mismo", para tener una existencia absolutamente
libre, es preciso poder asumir, querer, decir absolutamente "sí"
a lo que es, incluso cuando nada exista en nuestra propia
naturaleza que se aproxime al ideal del "superhombre", cuando
nuestra vida y nuestro destino no presenten ni heroismo, ni
nobleza, ni esplendor, ni generosidad, ni "virtud que da", sino
decadencia, corrupción, debilidad, perversión. Un lejano reflejo
de esta vía existe incluso en el mundo cristiano, en el
calvinismo: es la doctrina del hombre decepcionado, roto por el
pecado original, pero salvado por la "fe", fórmula del hombre
justificado y pecador a un tiempo frente a lo Absoluto. Pero en
el mundo sin Dios, el resultado de tal actitud es que se es
abandonado a sí mismo ante una terrible prueba de fuerza, del
desnudamiento del Yo. Así la pretensión nietzscheana de "haber
reeencontrado la via que conduce a un s y a un no: enseño a
decir no a todo lo que debilita y degrada, enseño a decir sí a
todo lo que fortifica, acumula fuerzas, justifica el sentimiento
del vigor", esta pretensión no es justa más que si se traspone,
interioriza y purifica la correspondiente exigencia, separándola
de todo contenido específico y especialmente de toda referencia
a una vitalidad más o menos intensa. Se trata más bien de una
alternativa: ser o no ser capaz de mantenerse firme
interiormente, en su ser desnudo, absoluto, sin temer ni esperar
nada.
A este plano puede entonces aplicarse lo que ha dicho sobre la
liberación de todo pecado: "No hay ningún lugar, ningún fin,
ningún sentido sobre los cuales pudiéramos descargarnos, de una
forma u otra, del peso de nosotros mismos", ni en el mundo
físico, ni en el ambiente social, ni en Dios. Es un modo
existencia¡. En cuanto al contenido de la ley de cada uno, como
hemos dicho, permanece y debe permanecer indeterminado.
Haciendo un primer balance, podríamos fijar en estos términos lo
que de positivo tiene el sistema de Nietzsche y de otros
pensadores que han seguido la misma línea. No olvidemos, sin
embargo, que este análisis no sería conforme a nuestro
propósito, si permaneciese en el plano de las abstracciones;
debe, por el contrario, ayudarnos a encontrar lo que puede tener
valor, no para el conjunto de los hombres, sino para un tipo
humano especial.
Esto exige algunas consideraciones suplementarias, sin las
cuales no puede servir verdaderamente de base s6lida la solución
de ser uno mismo". Veremos más adelante, que no es más que una
solución de primer grado". Por el momento indiquemos simplemente
la siguiente dificultad. Está claro que la regla de "ser uno
mismo" implica que se pueda hablar para cada uno de "naturaleza
propia" (cualquiera que sea) como de algo bien definido y
reconocible. Pero esto es problemático, sobre todo en nuestros
días. La dificultad podría ser menor en las sociedades que
ignoraban el individualismo, en las sociedades tradicionales
organizadas en cuerpos y castas, donde los factores ligados a la
herencia, al nacimiento y al medio favorecían un alto grado de
unidad interior y de diferenciación de tipos, la articulaci6n
natural era luego reforzada y sostenida por costumbres, una
ética, un derecho, incluso algunas veces por cultos
particulares, no menos diferenciados. Para el hombre occidental
moderno todo ello ha cesado hace largo tiempo de existir, ha
sido "superado" sobre la vía de la "libertad"; también el hombre
moderno medio es un hombre cambiante, inestable, desprovisto de
toda forma verdadera. La palabra pauliniana y fáustica "dos
almas, ¡ay!, viven en mi seno" se ha convertido ya en una
afirmación optimista, las gentes deberían admitir como hace un
personaje característico de Herman Hesse, que estas almas son
legi6n. El mismo Nietzsche ha admitido esta realidad cuando
escribió: "Es preciso guardarse de suponer que muchos hombres
son personas. Hay también quienes tienen varias personas en
ellos, pero la mayor parte no tienen nada". Y aún: "Conviértete
en ti mismo: es una llamada que no está destinada más que a un
pequeño número de hombres que solo es superfluo ara una minoría
restringida todavía". Por lo tanto vemos así que el principio
mismo que habiamos considerado primeramente como positivo, es
decir, la fidefidad a uno mismo y a la ley autónoma absoluta
basada sobre el propio "ser", cuando se la considera en términos
abstractos y generales. Todo puede ser discutido y ciertos
personajes de Dostoymky, tales como Raskólnikov o Stavroguin,
nos lo muestran de manera precisa. En el momento mismo en donde
se apoyan solo en su sola voluntad buscando probársela a ellos
mismos por un acto absoluto, se desmoronan: se desmoronan
precisamente porque son seres divididos, porque se habían hecho
ilusiones sobre su verdadera naturaleza y su fuerza real. Su
libertad se vuelve contra ellos mismos y los destruye; se
frustran en el mismo momento en que habrían debido afirmarse de
nuevo, no encuentran nada en el fondo de ellos que los sostengan
y los lleven hasta el final. Recuérdese el testamento de
Stavroguin: "He querido probar mi fuerza en todas partes, me lo
habéis aconsejado una vez para poderme conocer... ¿pero dónde
aplicar esta fuerza?. He aquí lo que todavía no he visto, lo que
todavía hoy no veo... Mis dedos dos demasiado débiles, no pueden
dirigirme. Puede atravesarse un irlo sobre una viga, pero no
sobre una viruta". El abismo vence a Stavroguín; el suicidio
sella su fracaso.

El mismo problema se encuentra evidentemente en la doctrina
nietzscheana de la voluntad de poder. El poder, en sí, es
informe. No tiene sentido más que si se apoya sobre un "ser"
preciso, con una dirección interna, con una unidad esencial. Sin
esto, todo se hunde nuevamente en el caos. "Aquí se encuentra la
fuerza suprema pero no se sabe para qué emplearla. Los medios
existen pero el fin falta". Veremos más adelante de qué manera
esta situación se agrava cuando la ilusión de la trascendencia
se manifiesta de una forma activa.
Señalamos mientras tanto que, en general, el fenómeno del
remordimiento se manifiesta cuando subsiste, a pesar de todo, en
el ser una tendencia central que aflora de nuevo, después de
haber realizado actos que lo han violentado o lo han renegado al
haber nacido de impulsos secundarios demasiado débiles para
suplantarla completa y definitivamente. Es en este sentido en el
que Guyau habla de una moral que no es más que la unidad del
ser", de una inmoralidad que "es, or el contrario un
desdoblamiento una o oposición de tendencias que se limitan la
una con la otra". Ya se conoce la imagen del "criminal pálido"
de Nietzsche, verdadero espejo de los personajes
dovstoyevskyanos anteriormente recordados, "cuya acción ha
paralizado la pobre razón como la línea trazada con tiza ha
paralizado a la gallina".
Todo esto demuestra claramente que hemos llegado a un punto en
donde ya no se puede ser más "neutro" en la exposición del
problema; conforme a nuestro propósito, es preciso trazar una
línea de conducta que, en una época de disolución, no convenga a
todos, sino solamente a un tipo diferenciado, y singularmente al
que es el heredero del hombre del mundo de la Tradición y
mantiene sus raíces en este mundo, aun cuando, en su existencia
exterior ha quedado privado del apoyo que le daba una forma
establecida.
8.- La dimensión de la trascendencia.
"Vida" y "más que vida"
Solo para este hombre pueden servir como base elemental los
elementos positivos revelados en nuestro precedente análisis,
pues volviendo su mirada hacia el interior, no encontrará una
materia cambiante y dividida, sino una dirección fundamental,
una "dominante", incluso si impulsos secundarios la recubren o
limitan. Lo más importante es que este hombre se caracten@a por
una dimensión existencias, ausente en el tipo de hombre que
predomina actualmente, a saber, la dimensión de la
trascendencia.
El caso de Nietzsche es un ejemplo de los problemas que se
plantean ahora, pues muchas de sus actividades implican
tácitamente la acción, incluso inconsciente, de la dimensión de
la trascendencia. No puede explicarse de otra manera el carácter
arbitrario y contradictorio de sus diversas concepciones;
además, no es más que partiendo de este punto de vista como se
ofrece la posibilidad de integrarlos y consolidarlos de una
forma satisfactoria, evitando la desviación "naturalista". El
hecho mismo de que, por un lado, Nietzsche siente
sustancialmente la vocación propia del tipo humano particular
del que estamos tratando, tanto en la parte destructivo de su
obra, como en aquella en la que busca llevarla más allá del
punto cero de los valores, pero que, por otra parte, más que
asumir conscientemente la dimensión esencial de la
trascendencia, fue casi el súcubo de cual lo que constituyó más
bien el objeto que el sujeto de la fuerza correspondiente que
actuaba en él, este hecho nos ofrece un hilo conductor para
orientarnos a través de todo el sistema nietzscheano y para
reconocer también los límites de éste, así como los valores
superiores que puede ofrecernos.
No es menos evidente que la solución obtenida mediante una
transmutación de la visión trágica y absurda de la vida en su
opuesto, la soluci6n nietzscheana del problema del sentido de la
&¡da, que consiste en afirmar que este sentido no existe fuera
de la vida, que la vida tiene un sentido en sí misma (afirmación
de la que se inspiran temas particulares que hemos examinado,
incluido el del eterno retorno), tal soluci6n, decimos, no es
válida más que si presupone un ser cuya componente esencial sea
la trascendencia.
Un estudio desarrollado de esta tesis no tendría aquí su lugar
adecuado, encontraría mejor su lugar en un estudio especializado
sobre Nietzsche. En lo que concierne a la "voluntad de poder",
hemos visto ya que más que corresponder al carácter general de
la vida, corresponde a una de sus manifestaciones posibles, a
uno de sus múltiples rostros. Que la vida "se supere siempre a
sí misma", que '.quiera ascender y elevándose se supere así
misma", que el secreto confiado por la vida sea; "Soy lo que
debe siempre superarse a sí mismo", todo esto que no es más que
la proyección de una vocación muy particular, en el marco de una
visión del mundo, no es más que el reflejo de una naturaleza
dada y no constituye, de ninguna forma, el carácter general,
objetivo, de la existencia. El verdadero fondo de la existencia
es, en efecto, la interpretación de Schopenhaucr antes que la de
Nietzsche: el la voluntad de vivir, en tanto que deseo eterno e
inagotable, y no la voluntad de poder en sentido propio, ni la
tendencia positiva y ascendente a la superación.
Solo la virtud de la otra dimensión, la de la trascendencia,
puede conferir a la vida los caracteres, que por generalización
abusiva, Nietzsche ha creido poder atribuir cuando estableció
sus nuevos valores. La conciencia imperfecta de lo que actuaba
en él explica, no solo se limitan la una con la otra". Ya se
conoce la imagen del "criminal pálido" de Nietzsche, verdadero
espejo de los personajes dovstoyevskyanos anteriormente
recordados, "cuya acción ha paralizado la pobre razón como la
línea trazada con tiza ha paralizado a la gallina".
Todo esto demuestra claramente que hemos llegado a un punto en
donde ya no se puede ser más "neutro" en la exposición del
problema; conforme a nuestro propósito, es preciso trazar una
línea de conducta que, en una época de disolución, no convenga a
todos, sino solamente a un tipo diferenciado, y singularmente al
que es el heredero del hombre del mundo de la Tradición y
mantiene sus raíces en este mundo, aun cuando, en su existencia
exterior ha quedado privado del apoyo que le daba una forma
establecida.
8.- La dimensión de la trascendencia.
"Vida" y "más que vida"
Solo para este hombre pueden servir como base elemental los
elementos positivos revelados en nuestro precedente análisis,
pues volviendo su mirada hacia el interior, no encontrará una
materia cambiante y dividida, sino una dirección fundamental,
una "dominante", incluso si impulsos secundarios la recubren o
limitan. Lo más importante es que este hombre se caracteriza por
una dimensi6n existencias, ausente en el tipo de hombre que
predomina actualmente, a saber, la dimensión de la
trascendencia.
El caso de Nietzsche es un ejemplo de los problemas que se
plantean ahora, pues muchas de sus actividades implican
tácitamente la acción, incluso inconsciente, de la dimensión de
la trascendencia. No puede explicarse de otra manera el carácter
arbitrario y contradictorio de sus diversas concepciones;
además, no es más que partiendo de este punto de vista como se
ofrece la posibilidad de integrarlos y consolidarlos de una
forma satisfactoria, evitando la desviación "naturalista". El
hecho mismo de que, por un lado, Nietzsche siente
sustancialmente la vocación propia del tipo humano particular
del que estamos tratando, tanto en la parte destructivo de su
obra, como en aquella en la que busca llevarla más allá del
punto cero de los valores, pero que, por otra parte, más que
asumir conscientemente la dimensi6n esencial de la
trascendencia, fue casi el súcubo de ella, lo que constituyó más
bien el objeto que el sujeto de la fuerza correspondiente que
actuaba en él, este hecho nos ofrece un hilo conductor para
orientarnos a través de todo el sistema nietzscheano y para
reconocer también los límites de éste, así como los valores
superiores que puede ofrecernos.
No es menos evidente que la solución obtenida mediante una
transmutación de la visión trágica y absurda de la vida en su
opuesto, la soluci6n nietzscheana del problema del sentido de la
vida, que consiste en afirmar que este sentido no existe fuera
de la vida, que la vida tiene un sentido en sí misma (afirmación
de la que se inspiran temas particulares que hemos examinado,
incluido el del eterno retorno), tal solución, decimos, no es
válida mis que si presupone un ser cuya componente esencial sea
la trascendencia.

Un estudio desarrollado de esta tesis no tendría aquí su lugar
adecuado, encontraba mejor su lugar en un estudio especializado
sobre Nietzsche. En lo que concierne a la "voluntad de poder",
hemos visto ya que más que corresponder al carácter general de
la vida, corresponde a una de sus manifestaciones posibles, a
uno de sus múltiples rostros. Que la vida "se supere siempre a
si misma", que 1 quiera ascender y elevándose se supere a sí
misma", que el secreto confiado por la vida sea; "Soy lo que
debe siempre superarse a si mismo", todo esto que no es más que
la proyección de una vocación muy particular, en el marco de una
visión del mundo, no es más que el reflejo de una naturaleza
dada y no constituye, de ninguna forma, e carácter general,
objetivo, de la existencia. El verdadero fondo de 1 existencia
es, en efecto, la interpretación de Schopenhaucr antes que la de
Nietzsche: el la voluntad de vivir, en tanto que deseo eterno
inagotable, y no la voluntad de poder en sentido propio, ni la
tendencia positiva y ascendente a la superación.
Solo la virtud de la otra dimensión, la de la trascendencia,
puede conferir a la vida los caracteres, que por generalización
abusiva, Nietzsche ha creido poder atribuir cuando estableció
sus nuevos valores. La conciencia imperfecta de lo que actuaba
en él explica, no sol las oscilaciones de su carácter sino
también el aspecto trágico de su existencia humana. Por una
parte encontramos los temas de una exaltaci6n naturalista pura
de la vida, alcanzando formas que representan un
desfallecimiento evidente de¡ ser ante el mundo de los instintos
y las pasiones; el hecho que la voluntad los afirme de manera
absoluta corte el riesgo de significar sencillamente que son
ellos quienes se afirman a través de esta voluntad, dominándola.
Pero, por otro lado, son numerosos y decisivos los testimonios
de una reacción sobre la vida, que no puede provenir de la vida
misma, sino únicamente de un principio que le es superior, tal
como revela un pasaje característico: "El espíritu es la vida
que disecciona la vida misma" (Geist das Leben, das selber ins
Leben schneidet).
Todos los rasgos positivos de la vía del superhombre están
ligados con este segundo aspecto: el poder darse. una ley a sí
mismo, el poder decir no, de no actuar, cuando uno es arrastrado
por una fuerza prodigiosa, por una enorme tensión hacia el sí";
la áscesis natural y libre, que se ejercita en someter a prueba
juzgando "la potencia de una voluntad al grado de resistencia,
de dolor, del tormento que puede soportarse para transformarlos
en ventaja suya" (si bien desde este punto de vista todo lo que
la existencia ofrece de malo, de doloroso, de problemático, todo
lo que h-a alimentada las formas populares de las religiones
soteriológicas, es aceptado e incluso deseado); el principio de
no obedecer a las pasiones, sino de refrenarlas ("la grandeza
del carácter no consiste en no tener pasiones, al contrario, hay
que poseerlas en grado máximo, pero refrenándolas; m-as aún, sin
que esta dominación sea una fuente de alegría, con simplicidad")
la idea que "el hombre superior se distingue del inferior por su
intrepidez, su desafío a la desgracia" ("es un signo de
regresión cuando los valores eudemonistas empiezan a ser
considerados como los más altos"); y contemplar, estupefacto, a
los que muestran "el camino de la felicidad" para incitar al
hombre a comportarse de tal o cual manera: "¿Qué nos importa la
felicidad a nosotros?"; reconocer que uno de los medios por los
cuales se conserva una superior especie humana consiste en
"arrogarse el derecho a actos excepcionales vividos como
tentativas de victoria sobre uno mismo y actos de libertad... a
asegurarse, a través de una especie de áscesis, una
preponderancia y una certidumbre en cuanto a su propia fuerza de
voluntad", sin huir de ningún tipo de privación; afirmar la
libertad que consiste en "mantener la distancia que nos separa,
el ser impasible delante de las penas, las durezas de la
existencia, las privaciones, la vida misma", el tipo más elevado
de hombre libre estaría representado por "aquel que
constantemente supera las más altas resistencias... el gran
riesgo hace de él un ser digno de veneración"; el denunciar la
nefasta confusión entre disciplina y servilismo (el fin de la
disciplina no puede ser más que una fuerza mayor, "el que no
domina es débil, disipado e inconstante") y tener por cierto que
"la disolución no es un argumento más que contra aquel que no
tiene derecho a ello y que todas las pasiones han sido
desacreditadas por culpa de aquellos que no eran suficientemente
fuertes para orientarlas en ventaja propia"; mostrar la vía de
aquellos que, libres de todo lazo, no obedecen más que a una
sola ley, se adhieren inflexiblemente a ésta y están por encima
de toda debilidad humana; en fin, todo lo que hace que el
superhombre no es la "bestia rubia de presa", ni el heredero de
una equívoca virtus de déspotas del Renacimiento, sino que
también es capaz de generosidad, prontitud en la ayuda viril, de
"virtud donadora", de grandeza de alma, de superación de la
propia individualidad, todo ello representa un conjunto de
elementos positivos que el hombre de la Tradición puede también
apropiarse, pero que no se explican y solo son tales en la
medida en que están relacionados, no con la "vida", sino con un
"más que vida", con la trascendencia; son valores que solo
pueden atraer a los hombres que llevan en ellos, dentro de sí,
otra cosa y más aún que la simple "vida".
No examinaremos aquí en detalle las discriminaciones que
conviene hacer en relación a estos datos de base en la mezcla
confusa del sistema de Nietzsche, así como tampoco las
confusiones que deberíamos denunciar, las desviaciones que
deberíamos prevenir cuando se supera el punto en donde se han
detenido generalmente los que han exaltado a Nietzsche, así como
los que le han denigrado. Vida y trascendencia se encuentran
siempre mezcladas en él, y de todas las consecuencias de su
polémica anticristiano, esta confusión es una de las más
nefastas. Cuando los valores negados por el ideal cristiano
-ideal de aria de shandala- que constituirían el ideal opuesto
afirmativo y anti-nihilista, son descritos en estos términos;
"el orgullo, la distancia, la gran responsabilidad, la
exuberancia, la soberbia animalidad, los instintos guerreros y
conquistadores, la apoteosis de la pasión, de la venganza, de la
cólera, de la voluptuosidad, del espíritu de aventura en el
conocimiento"; cuando entre las "pasiones positivas" cuenta "el
orgullo, la alegría, la veneración, las bellas actitudes, los
buenos modales, la voluntad fuerte, la disciplina de la
intelectual¡dad superior, la voluntad de poder, el
agradecimiento hacia la tierra y la vida, todo lo que es rico,
que quiere dar y justificar la vida, eternizarla, divinizarla",
la mezcla a la que hemos hecho alusión es evidentísima; lo
sagrado y lo profano se confunden aquí.
Pero otro punto nos patece todavía más importante. Incluso si
uno constata y aisla en todo ello a formas efectivas de una
superación de uno mismo se acaba uno encontrando ante una
situación problemática, a propósito de la cual puede hablarse de
una "áscesis que es su propio fin" y donde el superhombre
aparece como un límite exasperado de la especie "hombre" y no
como el "ya-no-más-hombre", el ser de una naturaleza diferente,
representante y testigo de otra dignidad. Existe un peligro: el
que estas experiencias, donde no se encuentra nada más que una
simple adhesión al sustrato irracional e instintivo de la vida
seguida no es la de dominación de los hombres y de las fuerzas
exteriores, sino también la de la dominación de uno mismo,
permanezcamos cerrados en el terreno de la mera sensación. En
Nietzsche es significativo, a este respecto, un fragmento en
donde el "decir no" a toda la fuerza que bulle en uno mismo es
presentado como un "dionisismo", cuando quizás sería más exacto
hablar de autosadismo. La disciplina, la áscesis desarrollada
duramente a lo largo de la vía del bien, como de la vía del mal,
a través de pruebas extremas, de forma inexorable frente a sí
mismo y a los otros, puede tener sólo el valor de una sensación
acrecentada y exasperada de la "vida", de un "yo" que solo atrae
la sensación de si mismo a través de esta misma, salvaje y acre
vivencia. Es demasiado frecuente que Nietzsche ha interpretado
efectivamente su propia experiencia y la vía que ha señaldo. Es
más importante, para nuestros fines resaltar este punto, esta
falsa desviación, en tanto que, fuera de las teorias, es fácil
reconocerla en la base de múltiples experiencias lúnites de las
generaciones contemporáneas, lanzadas a una vía peligrosa, de la
que ya hemos hablado anteriormente,

En cuanto a la interpretación interna, "esotérica", de la
experiencia personal de Nietzsche, tomada en su conjunto más
allá de estas seudo-soluciones, hemos ya mostrado la clave, que
es la experiencia pasiva y la activación de la trascendencia. La
ruptura de todos los lazos, la intolerancia por todo límite, el
movimiento puro e incontenible, de las operaciones sin fin
determinado, el avance incesante, más allá de todos los estados,
de todas las experiencias y de todas las ideas y, naturalmente,
con más razón, más allá de todo apego humano a una persona
determinada, sin temor de las contradicciones, ni de las
destrucciones, en resumen, el movimiento puro, con todo lo que
ello comporta de disolvente -el acto "de avanzar corno un fuego
devorador que no deja nada tras de sí", para emplear esta
expresión de una vieja sabiduría tradicional, que sin embargo es
necesario enmarcar en un contexto diferente- tales son las
características esenciales que ya hemos encontrado en Nietzsche
y que hay que comprender precisamente como tantas otras formas
de acción y de manifestación de la trascendencia. Pero el hecho
de que ésta no haya sido reconocida y asumida como tal, que la
fuerza haya, pues, quedado en el circuito cerrado de la
inmanencia, de la "vida", provocan un voltaje que este circuito
no podía sostener, este hecho podría además ser la causa
verdadera, la causa más profunda del hundimiento final de
Nietzsche en tanto que hombre. Por lo demás tuvo constantemente
la sensación d vivir peligrosamente: "Tengo la sensación de
vivir una vida altamente peligrosa; soy una de aquellas máquinas
que pueden saltar por lo aires", escribía en 1891 a Gast; habla
también en otras ocasiones, d una "vecindad continua al peligro
interior y exterior".
También bajo este especial punto de vista resulta clara toda la
importancia que para nuestra investigación reviste Nietzsche con
símbolo: es un ejemplo preciso de lo que puede e incluso debe
verificarse en quien la trascendencia se ha despertado pero que
está descentrado en relación a ella. Veremos que el
existencialismo en sus temas esenciales ha de ser interpretado
sobre las mismas bases.
Esta no es la vía del hombre que nos ocupa pues su estructura es
diferente. Es preciso trazar una nítida línea de demarcación. No
ha sido inútil, sin embargo, precisar en esta ocasión que si se
permanece más aquí de esta línea de demarcación, lo que uno
puede encontrar en ciertos casos particulares en donde uno sigue
la via de la inmanencia, sin debilidad, sin vuelta atrás, sin
descender de nivel, pero también sin ser capaz de llegar a esta
metamorfosis que, solamente, puede compensar la inexistencia, en
principio, de la cualidad por nosotros indicada en el hombre de
la Tradición, en el hombre estructuralmente no moderno. Cuando
uno se compromete en la via de la afirmación absoluta y se ha
apropiado de todas las formas de "áscesis" y de activaci6n de
una intensidad superior de vida, de las cuales ya hemos hablado,
la única solución liberadora reside en un cambio consciente de
polo: es necesario que en un momento dado, en ciertas
situaciones, por una especie de ruptura ontol6gica de nivel, la
extrema intensidad de la vida se transforme, casi se invierta,
en una cualidad diferente, que el mehr leben deje lugar a un
mehr-als-leben, según la afortunada fórmula propuesta por G.
Simmel en un contexto diferente.
Es una posibilidad que puede contemplarse incluso en nuestra
época. Realizándola, también en las condiciones actuales,
algunos hombres pueden conseguir una cualificación análoga a la
que es congénita en el tipo que estudiamos. Impulsos confusos
hacia aberturas de este género, en relación con el traumatismo
de la existencia, son bastante frecuentes en nuestros días. El
interés por el Zen, manifestado por algunos representantes de la
beat generation, por ejemplo, es un síntoma característico. Esta
solución queda, sin embargo, condicionada por algo así como una
brusca iluminación, el satoii del Zen. Sin ella, la via de
aquellos que se han dedicado a experiencias semejantcs a las de
Nietzsche y, en general, de aquellos que a merced de una
circunstancia cualquiera, querida o no, la trascendencia se ha
despcrtado como una energía manifestándose en el mundo donde
Dios ha muerto, tal vía conduce al abismo. Y en este caso seria
un miserable consuelo hablar de los "santos malditos de nuestro
tiempo", o de los "ángeles con el rostro del criminal o del
pervertido": sería un romanticismo vacío y gratuito.
En el caso opuesto, es decir, positivo, se podría expresar el
resultado obtenido diciendo que del plano de "Dionisos" se ha
pasad al de una superioridad espiritual, correspondiente, en la
antiguodad, al símbolo apolíneo u olímpico. Es esencial ver que
esta salida es la única que no comporta una vuelta atrás y se
encuentra en el punto opuesto de una solución de tipo religioso
o devocional. Excluye incluso definitivamente cualquier solución
de este género. Las "conversiones" de algunos de nuestros
contemporáneos incapaces de sostener la tensión del clima
nihilista, o que lo habían vivido como simples intelectuales,
las experiencias de las que hemos hablado, son hundimientos
privados, para nosotros, de cualquier interés.
9.- Más allá del teísmo y del ateísmo
Antes de abordar la parte positiva de nuestro tema, es bueno
volver a lo que hemos dicho anteriormente cuando hemos intentado
precisar, lo que en el mundo moderno ha sido o está en vías de
ser afectado por la crisis.
Ya hemos precisado, desde el punto de vista social, que se trata
de la civilización y de la sociedad burguesa. Desde el punto de
vista espiritual, hemos hablado del doble aspecto del proceso de
"emancipaci6n" que ha conducido a la presente situación: primero
su aspecto únicamente destructor y regresivo, luego su aspecto
correspondiente a la prueba, llena de riesgos, de una total
liberación interior que este proceso impone al tipo de hombre
diferenciado. En relación a este segundo aspecto, es preciso
poner de relieve otro punto, a saber, que una de las causas que
han favorecido a las fuerzas de disolución ha sido la sensación
confusa de una verdad de hecho, el sentimiento de que todo lo
que, en el Occidente más reciente, ha tomado la iorma de una
religión, la religión cristiana particularmente, pertenece al
"demasiado humano", no teniendo gran cosa que ver con valores
trascendentes y además ofrece un clima general o una línea
interior poco compatible con las disposiciones y las vocaciones
propias de un tipo de hombre superior.

En particular, un factor importante ha actuado en este sentido:
el carácter mutilado del cristianismo en relación a la mayor
parte de las demás formas tradicionales: mutilado que no posee
"esoterismo", una doctrina interna de carácter metafísico que lo
sitúe más allá de las verdades y de los dogmas de la fe
propuestos al hombre ordinario. Las prolongaciones que
representan las experiencias esporádicas, simplemente "místicas"
e insuficientemente comprendidas, no podían, en el conjunto de¡
cristianismo, suplir esta carencia esencial. La obra de
demolición se ha encontrado, por ello, facilitada a partir de la
aparición de lo que se ha llamado el "libre pensamiento",
mientras que en una tradición de tipo diferente y completo, la
existencia de un cuerpo de doctrina de un nivel más elevado que
el simple nivel religioso, la habría contenido probablemente.
¿Cual es el Dios cuya muerte se ha anunciado?. He aquí la
respuesta que da el mismo Nietzsche: "Solo el Dios de la moral
ha sido superado". Y se pregunta también: "¿Tiene acaso sentido
concebir un dios más allá del bien y del mal?". La respuesta
debe ser afirmativa. "Que Dios se despoje de su epidemia moral y
se le verá reaparecer más allá del bien y del mal". Lo que
desaparece no es el dios de una metafísica, sino el dios del
teísmo, el dios personal que es una proyecci6n de los valores
morales y sociales o un apoyo para las debilidades humanas.
Concebir un dios en términos diferentes no es sólo posible, sino
que ha sido lo propio de las doctrinas internas de todas las
grandes tradiciones pre y extra-cristianas que insistían también
en el principio de no-dualidad. De hecho, estas tradiciones han
reconocido igualmente, como último fundamento del mundo, un
principio anterior y superior a todas las antítesis, comprendida
la de la inmanencia y de la trascendencia cuando son
consideradas de forma unilateral: principio que confiere, pues,
a la existencia, a toda la existencia, con lo que ella ofrece de
problemático, de destructor y de "mal", esta suprema
justificación, que se buscaba para tener una visión liberada del
mundo que se afirmase más allá de las destrucciones nihilistas.
Es verdad, nada nuevo anunciaba el Zaratustfa nietzscheano,
cuando decía: "Todo devenir me parece como una danza divina y
como un capricho divino, y el mundo libre vuelve a sí mismo"; es
la misma idea que está contenida en el simbolismo hindú bien
conocido de la danza y del juego del dios desnudo, de Shiva.
podría hablarse también de la doctrina de la identidad
trascendente del samsara (el mundo del devenir) y del nirvana
(lo incondicionado), como última cumbre de la sabiduría
esotérica. En el mundo mediterráneo, la fórmula de la iniciación
última de los Misterios: "Ositis es un dios negro" se sitúa en
un nivel análogo; puede relacionarse con esto las enseñanzas del
neo-platonismo y suprapersonal y hasta la alegoría de William
Blake de las "bodas del ciclo y del infierno" y la idea de
Goethe sobre el Dios de la " visión libre", que no juzga según
el bien y el mal, ideas que se encuentra a menudo, desde la
antigüedad occidental hasta el taoismo extremo-oriental. Una de
las expresiones más vigorosas de esta sabiduría se encuentra en
las palabras de un asceta hindú a punto de ser matado por un
soldado inglés: " ¡No me engañarás!. ¡Tú también eres Dios!".

En el curso del proceso involutivo del que hemos hablado en la
introducción, tales horizontes han sido gradualmente perdidos.
En algunos casos, como los del taoismo o el budismo, el paso del
plano metafísico al plano religioso y devocional es muy visible;
parece como una regresión debida a la difusión y a la
profanación de la doctrina interna y original que la mayoiria es
incapaz de comprender y de seguir. En Occidente, la concepción
devocional y moral de lo sagrado y de lo trascendente que en los
otros sistemas solamente es propio de las formas populares y
regresivas, se volvió la concepción predominante y prácticamente
exclusiva.
Es preciso, sin embargo, señalar, que incluso en el mundo
cristiano, las alusiones no han faltado, al margen de la mística
juanista, a una época futura de libertad superior; la "tercera
época", la época del Espiritu, tras la del Padre y la del Hijo,
de Joaquim de Fiote que fue considerada como la de la libertad,
y en un orden de ideas análogo, los que se llamaron "Hermanos
del Libre Espiritu" proclamaron una anomía", una libertad en
relación a la Ley, al bien y al mal, en términos tales que
incluso el superhombre nietzscheano habiria osado profesar. Se
encuentran rcflejos de tales anticipaciones en cijacopone da
Todi cuando dice en su Inno alía santa poverta e aí suo tríplice
cielo, "no temer al infierno, no esperar el cielo' 1, cuando es
cuestión de "no regocijarse con ningún bien, no atormentarse por
niguna adversidad", cuando se refiere a una "vi"d que no tiene
motivo", que incluso llega a despojarse de la virtud misma
poseyendo a tod costa "en libertad de espíritu": esto
corresponde para él al sentido interior, simbólico, de la
verdadera "pobreza".
La conclusión a extraer de todo esto es que un conjunto de
conceptos, que en el Occidente cristiano han sido considerados
con esenciales e indispensables a toda "verdadera" religión (el
dios personal de¡ teismo, la ley moral con sus sanciones de
paraíso y de infierno, la concepción restringida de un orden
providencia¡ y de un finalismo ,,moral y racional" de¡ mundo, la
fe reposando sobre una base principalmcnte emotiva, sentimental
y sub-intclectual) todo esto puede ser ajeno a una visión
metafísisca de la existencia, visión universalmente testificada
en el mundo de la Tradición. No es más que el Dios concebido
como el centro de gravedad de todo este sistema exclusivamente
religioso quien ha sido golpeado. Pero, por esto, la perspectiva
de una nueva esencialidad puede abrirse a los que asumen, como
una prueba de su fuerza -paramos decir: por su "fe" en sentido
superiortodos los procesos de disolución a los que ha dado lugar
la orientación reciente de la civilización occidental. La
"epidermis moral" de un Dios que había terminado por servir de
opio o contrapartida a la pequeña moral sustituida por el mundo
burgués a la gran moral cae. Pero el núcleo esencial,
representado por las doctrinas metafísicas del género del que ya
hemos hablado, para quien sabe percibirlas y vivirlas, permanece
intocable, inaccesible a todos los procesos nihilistas, a toda
disolución.
Después de esta clarificación esencial y de esta ampliación de
perspectivas, vamos a reunir lo que, en los diversos temas que
hemos estudiado hasta aquí, es susceptible, hoy, de tener un
valor positivo para el tipo de hombre que nos interesa.
La visión del mundo de la que se trata se funda sobre una
concepción de la realidad liberada de las categorías del bien y
del mal, pero con un fondo metafísico, no naturalista o
panteista. El Ser no conoce el bien ni el mal, como tampoco la
gran ley de las cosas. Un bien y un mal sólo existen en relación
a un fin y ¿cual es el criterio para juzgar este fin y legitimar
@i, en última instancia a un acto o una existencia?. En la misma
concepción teológico de la Providencia, en las tentativas hechas
por la teodicea teísta para fundamentar el concepto del Dios
moral, se ha incluido necesariamente la idea de la Gran Economia,
la cual comprende el mal, en la cual el mal aparece solamente
como un aspecto particular de un orden superior que trasciende
las pequeñas categorías humanas del individuo y de la
colectividad de los individuos.
El "otro mundo" alcanzado por el nihilismo europeo, presentado
por él como una simple ilusión o condenado en tanto que evasión,
no es más que otra realidad; es otra dimensión de la realidad,
allí donde lo real, sin ser negado, adquiere uná significación
absoluta, en la desnudez inconcebible del ser puro.
En una época de disolución, aquí reside el fondo esencial de una
visión de la vida apropiada para el hombre abandonado a si mismo
y que debe probar su fuerza. Es preciso, en contrapartida, ser
uno mismo su propio centro o hacer algo para convertirse en tal,
constatar o descubrir la suprema identidad consigo mismo.
Percibir en sí mismo la dimensión de la trascendencia y
anclarse, hacet de gozne que permanece inmóvil incluso cuando se
cierra la puerta (la imagen es del Maestro Eckehart). A partir
de este momento toda "invocación" y toda plegaria se convierten
en existencialmente imposibles. La herencia de "Dios", que no se
osa asumir, no es la del delirio lúcido de lwllov: es el sentido
sereno de una presencia y de una posesión intangible, de una
superioridad a la vida inserta en la vida misma. Idéntico es el
sentido más profundo de la palabra sobre la "nueva nobleza": "En
esto consiste precisamente la divinidad, que existen los dioses
y ningún dios existe". Para emplear una imagen: como el rayo de
luz que lleva en él, en su carrera sin tener necesidad de volver
hacia atrás la fuerza luminosa y el impulso del centro donde se
originó. Es también asumir su posición de una manera absoluta,
en términos que excluyen el tema de las crisis religiosas, es
decir, el sentimiento de 1 sentirse abandonado por Dios". En
este estadio, ello equivale a un Dios que se habría abandonado a
sí mismo y del mismo modo no ha aquí una negación posible de
Dios: negar o poner en duda a Dios se negarse a sí mismo o dudar
de si mismo. Una vez desaparecida la idea de un Dios personal,
Dios cesa de ser un "problema", un objeto de "creencia" o una
necesidad del alma; el término "creyente", con el del "ateo")
"librepensador" aparecen privados de sentido. Una y otra actitud
son superadas.
Una vez establecido este punto, conviene indicar primeramente
cómo es posible asumir el desafío existencia¡, asumir todo lo
que la vida puede presentar de negativo, de trágico, de
doloroso, de problemático y de absurdo. Séneca decía ya que
ningún espectáculo es más agradable a los dioses que el del
hombre superior enfrentado con la adversidad; sólo esto le
permite conocer su fuerza. Y Séneca añade: "Estos son los
hombres de valor que es preciso enviar a las posiciones más
peligrosas o encargar las misiones más difíciles, mientras los
cobardes y los débiles son dejados atrás". Se conoce la máxima:
"Lo que no destruye, fortalece". Ahora, en nuestro caso, la
intrepidez debe fundarse sobre la dimensión de la trascendencia
en nosotros: es preciso atestiguarla y confirmarla en todas las
situaciones en provecho propio. Es lo opuesto a un
endurecimiento arrogante de la individualidad física, bajo todas
sus formas, unilateralmente estoicas o nietzscheanas. Se trata,
por el contrario, de la activación consciente en !rl mismo del
otro principio y de su fuerza con ocasión de experiencias que no
son simplemente sufridas, sino que son incluso buscadas, tal
como expondremos más adelante. Esto no debe ser jamás perdido de
vista.

Hoy, en algunos casos, el enftcntan-úcnto con la realidad y el
traumatismo consiguiente, eventualmente, pueden servir, no para
probar la existencia de una fuerza ya presente y a acrecentarla,
sino más bien para despertarla. Son los casos en que sólo un
sutil diafragma separa en una persona el principio del ser, del
individuo puramente humano. Estados de depresión, de vacío o
situaciones trágicas cuya soluci6n negativa es la vuelta a la
religión, pueden, gracias a una feacción positiva llevar a este
despertar. Es así como, incluso en cierta literatura moderna de
lo más "avanzado", se encuentran en ocasiones curiosos
testimonios de momentos de liberación nacidos en el seno de la
desintegración. Un ejemplo bastará, sacado de un autor que ya
hemos citado, Henry Miller, en medio de todas las
manifestaciones de desintegración caótica, de una vida que no
tiene sentido y de su estupor ante el "grandioso hundin-úcnto de
todo un mundo", habla de una misión donde son justificadas las
cosas tal como son -"una especie de eternidad en suspensión
donde todo está justificado, supremamente justificado". Se busca
un milagro fuera, dice "mientras que un contador cuenta en el
interior y no hay mano que pueda alcanzarlo o detenerlo ". Solo
un choque imprevisto lo consigue. Entonces en el ser fluye una
nueva corriente, lo que le hace decir: "Quizás leyendo estas
páginas se tiene aún la impresi6n del caos; pero estas líneas
parten de un punto central viviente y lo que puede haber de
ca6tico en ellas no es más que periferia, una franja tangencial,
por así decirlo, de un mundo que no me interesa". Volvemos aquí,
en cierta forma, a esta ruptura de nivel de la que hemos
hablado, que tiene la virtud de inducir una cualidad diferente
en el circuito de la simple "vida".
10.- Invulnerabilidad Apolo y Dionisos
Ser uno mismo. Tal es la regla que hemos expuesto
precedentemente, pero ahora acabamos de enfocar una segunda que
consiste en probarse a si mismo. Es preciso ahora reunir y
articular estos dos principios refiriéndonos más particularmente
al tipo de hombre que nos interesa. Como la estructura
existencias de éste es doble -su ser determinado en tanto que
individuo y la dimensi6n de la trascendencia- la doble tarea que
consiste en ser uno mismo y conocerse a sí mismo, probándose,
comporta dos grados muy distintos.
En lo que concierne al primer grado, hemos ya notado como, sobre
todo en nuestra época, en raz6n de la ausencia de una unidad
básica, es decir, una tendencia predominante y constante entre
la multitud de los otros, es dificil, para la inmensa mayoría de
los individuos, ser uno mismo. S61o ocurre en casos muy
excepcionales el que puedan aplicarse estas palabras de
Nietzsche: "Hay dos cosas muy altas de las que más vale no
hablar: la medida y el medio. Bien pocos han aprendido a conocer
sus fuerzas y sus límites por la via iniciática de experiencias
y de trastornos interiores. Estos veneran en ellos alguna cosa
de divino y aborrecen el parloteo ruidoso". Pero, en una época
de disolución es difícil, incluso ara uicn una estructura
interna de base, conocer esto y además conocerse a "si mismo",
de otra forma que no sea a través de un experimento.
Encontramos, una vez más aquí, la línea ya indicada que es
preciso comprender, en realidad, como la búsqueda o la
aceptación de estas situaciones o alternativas, en donde la
fuerza superior, la "verdadera naturaleza", está obligada a
manifestarse, a hacerse conocer.
Solamente pueden servir a este fin las acciones que vienen de la
profundidad, con exclusión de las que tienen un carácter de
reacción poriférica y sensitiva, casi de movimientos reflejos y
mecánicos provocados por un estímulo y que se producen, por lo
tanto, "mucho antes de que el fondo de nuestro ser se vea
afectado, se vea interrogado", como precisa Nietzsche, viendo
con razón en esta incapacidad de dejarse impresionar
profundamente y a comprometerse, en esta forma de reaccionar a
flor de piel, a la merced de cualquier sensación, una
característica inoportuna de¡ hombre moderno. Para muchos es
como si debieran reaprender a actuar en el sentido verdadero,
activo (si puede expresarse así) y también típico. Esta agencia,
incluso para el hombre de¡ que nos ocupamos, divisado en su
aspecto mundano, es esencial hoy. Puede notarse a este respecto,
que el "recuerdo de sí" o la "presencia en si mismo", han
constituido una de las disciplinas esenciales de las doctrinas
"internas" de la tradición. La condición inversa ha sido
descrita por alguien que, en nuestros días ha propuesto
enseñanzas del mismo género, como la de un ser "aspirado" o
"absorbido" en la existencia ordinaria, sin tener ninguna
conciencia, sin darse cuenta del carácter "sonambúlico" o
automático que presenta desde un punto de vista superior, tamaña
existencia (G.I. Gurdjief. "Soy aspirado por mis pensamientos,
por mis recuerdos, por mis recuerdos, mis sensaciones, por el
bistec que como, por el cigarro que fumo, el amor que hago, el
buen tiempo, la lluvia, este árbol, este coche que pasa o este
libro". Se es así la sombra de sí mismo. Se ignora lo que
significa vivir siendo, el "acto activo", la "Sensación activa"
y demás. Pero este no es el lugar para extendernos por más
tiempo sobre este método específico de realización.
Si se desea, se puede asociar a esta prueba-conocimiento que
estimulan las variadas experiencias y los diversos encuentros
con lo real, la misma fórmula del amorfati, considerado bajo un
enfoque particular. jaspers ha señalado con razón que no puede
ser solamente la expresión de una obediencia pasiva a una
necesidad de la que se presume que está predeterminada, sino que
también puede convenir a quien afronta toda experiencia, todo lo
que es incierto, ambiguo, peligroso, en la existencia, con el
sentin-úcnto de que no se hará nunca otra cosa que no sea seguir
su propia vía. Esta orientación está esencialmente constituida
por una especie de confianza trascendental que es una fuente de
seguridad y, al mismo tiempo, de intrepidez, pudiéndose ver en
ella a uno de los elementos positivos de la línea de conducta
que estamos en vías de desenredar poco a poco.
El problema de ser uno mismo puede encontrar en la unificaci6n
una solución particular y subordinada a la primera; cuando se ha
llegado a reconocer experimentalmente, entre sus múltiples
tendencias, la que es central, es preciso identificarla a su
propia voluntad, estabilizarla, organizando en torno a ella
todas las tendencias secundarias o divergentes. He aquí lo que
significa "darse una ley", su propia ley. Como ya hemos visto,
la incapacidad de conseguirlo, la "multiplicidad heterogéneo de
las almas reunidas en su seno", el rechazo de obedecer antes de
ser capaz de dirigirse a si mismo, son las razones del
hundimiento al cual puede desembocar la vía de un ser que ha
avanzado hasta las situaciones límite de un mundo sin Dios. Es
entonces cuando puede aplicarse la máxima: "El que no puede
dirigirse a sí mismo, debe obedecer. Y hay quien sabe dirigir,
pero dista mucho de saber obedecerse a si mismo".
En este contexto una referencia al mundo de la Tradición, quizás
podrá presentar algún interés. Mucho antes del nihilismo, la
fórmula "Nada existe, todo está permitido" ha sido dada en el
Islam a la Orden iniciática de los Ismaelitas. Pero se dirigía
exclusivamente a los grados superiores de la jerarquía; antes de
alcanzarlos y de tener derecho de prevalecerse de esta verdad,
hacía falta superar cuatro grados preliminares para los cuales
regía, entre
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