Para hacerse una idea de los conocimientos que los antiguos Egipcios
tenían de la mecánica celeste y de sus teorías al respecto, el
hombre moderno tiene mucha dificultad al enfrentarse con una gran
diversidad de leyendas e imágenes míticas. Para un mismo fenómeno,
encuentra muchas representaciones diferentes. El cielo, por ejemplo,
es un techo rectangular cuyas esquinas están sostenidas por cuatro
postes. Es también el cuerpo estrellado de una mujer, la diosa Nut,
cuyo padre Shu, personificación del espacio, ha separado de su
esposo Geb, que es la Tierra. Pero el cielo es también la vaca
Hathor que se ha llevado a Ra, el sol, al cielo, y que, después,
tragándoselo lo da a luz cada día, como hace la misma Nut... Los dos
astros del día y de la noche son considerados como los ojos del dios
celeste. La luna es el ojo izquierdo que está representado por el
Ojo artificial de Horus quien ha sido herido por Seth y curado por
Thot.
Pero el mismo Thot, el ibis, es un dios-luna,
lo mismo que Khonsu, etc... Esta "diversidad de aproximaciones"
envuelve los misterios de lo divino y del cosmos por medio de
nombres y relatos poéticos que fundamentan el modo de tratar de los
dioses, y de tratar a los dioses, de los que depende la marcha del
cosmos y de la humanidad. Esta poesía mítica contiene una
cosmografía coherente y constituye implícitamente una física.

Para representar a las divinidades, se las figura normalmente bajo
la forma de seres humanos, dotados a veces de la cabeza de un animal
y distinguidos por sus peinados; estas divinidades están a menudo
acompañadas de su nombre en escritura jeroglífica, de suerte que los
documentos más próximos, a nuestros mapas del cielo, que nos ha
dejado el arte egipcio son desfiles de tales personajes dispuestos
en bandas horizontales paralelas; planetas y estrellas de pie, en
barcas que se les supone navegar a través del océano líquido del
firmamento, los doce dioses que personifican los meses, las diosas
estelares que designan a las horas; estos cortejos incorporan
ciertas constelaciones, en las figuras de sus varias composiciones
de aspecto fantástico. Imágenes circulares del cielo nocturno no
aparecerán mas que en el siglo IIº antes de nuestra era, cuando la
astrología helenística introdujo el zodíaco en la iconografía
indígena.
Las tablas astronómicas clásicas fueron dibujadas, en el Nuevo
Imperio (entre 1500 y 1100 a. de C.), en los techos de los templos,
cuya decoración es una maqueta del cosmos, y en las bóvedas de los
sepulcros reales, pues el soberano difunto debía compartir para
siempre el perpetuo destino del sol. Comparables por otra parte a
nuestras tablas astronómicas, para asegurar el triunfo celeste del
muerto se llenaba, al comienzo del Imperio Medio (hacia el año 2000
a. de C.), de listas nominativas de treinta y seis decanos, cuyos
desplazamientos determinan las horas de la noche (los decanos en el
eje de abscisas y las horas en el de ordenadas), el reverso de la
tapa de los sarcófagos, de manera que la momia podía leer aquí el
cielo.

Sacados de templos y tumbas, los documentos, mediante los cuales la
presente obra sobre el Calendario Egipcio construye sus
reconstituciones de lo que pudo ser la ciencia cosmográfica de los
escribas sagrados, no adquieren evidentemente su sentido mas que en
función de las creencias que llevaron a levantar poderosos edificios
de piedra y a disponer tan lujosamente las sepulturas de reyes y
magnates.
Una "primera vez", el sol, Ra-Aton, ha creado el cielo y la tierra
en el seno de un caos de tinieblas y de humedad que existía
anteriormente. Ha creado y organizado entre los desiertos la fértil
tierra de Egipto. Ha dotado a sus criaturas privilegiadas de un
régimen que permita mantener políticamente y moralmente su obra.
Delega su poder en un monarca humano que él engendra y que
predestina al poder: el faraón. Entretanto, Ra, lejos de aquí abajo,
recorre el río celeste, envejece por la tarde, se regenera en su
curso infernal durante la noche y renace triunfante por la mañana.
No es ajeno a su deber mantener aparte las tinieblas exteriores, sin
afrontar al dragón Apopis que buscó hacerle fracasar. Todos los
mecanismos de la naturaleza dependen de este demiurgo y de los
dioses nacidos de él. Pero la energía y benevolencia de estos seres
superiores deben mantenerse. Es preciso que Ra viva para que
prosperen el reino y sus habitantes. Que todo permanezca o vuelva al
orden justo.
El "Hijo de Ra" tiene vocación de regir "todo lo que el sol
envuelve" en su curso, y de mantener la seguridad y la prosperidad
de Egipto. Como se ve, por los innumerables cuadros en las paredes
de los templos, él es quien realiza permanentemente los actos
rituales por los que los dioses son preservados del mal y de la
impureza, y por los que son cuidados y alimentados. A cambio de lo
cual, los dioses le confieren los poderes y la fuerza de gobernar a
los hombres, triunfar de sus enemigos, y asegurar la justicia. Es de
su incumbencia, en su papel de jefe de Estado y de jefe de la
guerra, construir y restaurar todos los santuarios, y dotarlos de
recursos necesarios para el mantenimiento de los sacerdotes que, en
la práctica, rinden el culto en su nombre. Fábricas sacro-santas que
regulan la marcha del universo, esos templos están construidos, en
su parte central, con piedras sólidas. Inscripciones grabadas
repiten hasta la saciedad los nombres y las virtudes necesarias del
soberano o fijan en la roca las conjuraciones, las oraciones y las
respuestas de las divinidades...
Ya sea el Rey o no el hijo del faraón anterior, cada advenimiento es
una nueva mañana del mundo, una garantía de que el orden será
mantenido. Los acontecimientos, tales como las guerras intestinas y
las invasiones, son experimentados como un retorno al caos inicial,
las pacificaciones y las victorias como la restauración de la
armonía primordial por el faraón "que se levanta como Ra". La
historia no progresa. Ella es como una perpetua conmemoración de la
Génesis.
El faraón no es menos un mortal. Muerto, deviene un nuevo Osiris, el
bisnieto de Ra, a quien su hermano había asesinado, y a quien su
mujer, Isis, con Anubis el Embalsamador, han dotado de una
irreversible capacidad de supervivencia, y que reina en el mundo
inferior. Pero al mismo tiempo, en su ubicuidad divina, va a
continuar viajando cada día con su padre, el sol, en el cielo diurno
y en el cielo nocturno. Estos medios y modos de supervivencia
corporal y sobrenatural, gracias al embalsamamiento y a las magias
funerarias, son otorgados a todos los súbditos. Además es preciso
que el cosmos, en el seno del cual los muertos están gloriosamente
integrados, permanezca estable y perpetuo.
Los
Osiris, según el título de un ritual de época tardía, se proponen
"pasar por la Eternidad (neheh)", participando en todas las
ceremonias y festividades que jalonan el curso del Año.
¿La Eternidad? Peculiarmente, la lengua egipcia poseía dos palabras
para designarla, empleadas ya sea aisladas, ya sea conjuntamente. Se
decía neheh "eternamente" o djet "perpetuamente", los dos términos
juntos se podrían traducir por "siempre jamás", for ever and ever.
La palabra neheh, masculina, está determinada en la escritura por la
imagen del sol, y denota el perpetuo movimiento cíclico de este
astro. La palabra djet, femenina, está determinada por la imagen de
la tierra, y denota una perpetuidad inmutable.
El Año se llama renpet, una palabra que deriva del verbo renep, "ser
joven, rejuvenecer", hablando de la vegetación, de los animales, de
los hombres, de los dioses y de los astros, y que uno traduce
espontáneamente por "nuevo" cuando se trata de las aguas del Nilo a
la vuelta de la inundación. El signo que escribe este verbo y sirve
de ideograma para indicar "año" es un tronco de palmera despojada de
sus hojas y sobre el cual una pequeña excrecencia representa una
muesca. Esta es la forma simplificada del objeto que presentan las
divinidades, caminando hacia el rey, para concederle años por
decenas de mil, jubileos de treinta años a millares: una promesa de
eternidad. A menudo, el jeroglífico que escribe el nombre de los
jubileos (heb-sed) está colgado en un extremo, y en el otro extremo
el renacuajo, que significa 100.000, agarrado al nudo (shen), que
simboliza el universo recorrido por Ra y dominado por el faraón.
Sobre este tallo, Thot, el dios lunar que cuenta el tiempo, el
patrón de las letras y de los escribas que detenta el saber y
administra la creación, así como la diosa Seshat, que preside la
contabilidad, la redacción de las inscripciones reales y la
preparación de los planos de las varias arquitecturas, marcan los
años transcurridos y los años por venir.
Esta obsesión faraónica de la eternidad, tan manifiesta en las
arquitecturas y las inscripciones divinas y reales, no impedía a los
Egipcios vivir, el día a día, como todo el mundo. Para situarse en
el transcurso del tiempo, elaboraron un calendario, como todas las
comunidades humanas.
Los viajeros griegos, Herodoto en el siglo Vº, Diodoro de Sicilia y
Estrabón en el siglo Iº antes de nuestra era, habían admirado la
sencillez matemática del calendario que usaban los Egipcios, que no
recurría nunca a ajustes mediante la introducción de días
intercalados o de meses complementarios en el año. Un mismo
calendario servía para fechar los actos del rey, las operaciones de
la administración, los documentos privados y las celebraciones
litúrgicas (incluso, aunque ciertas fiestas ligadas a un plenilunio
o a un novilunio fuesen móviles en el mes). A este calendario se le
llama "civil", según una expresión latina empleada al respecto por
un astrónomo del siglo IIIº de nuestra era que lo califica de hecho
como el calendario oficial del Estado y de sus súbditos.

Los años no están numerados a partir de un acontecimiento fundador
(tal que el nacimiento del Cristo, la creación del mundo o la
institución fundacional de los Juegos Olímpicos). Cada advenimiento
de un nuevo rey inaugura una nueva era. Según las épocas, el año IIº
del reinado empezará 365 días después del advenimiento, o el día
siguiente al último día del año en curso.
El año se subdivide en tres estaciones cuyos nombres corresponden a
las tres grandes fases de las actividades agrícolas: el período de
inundación de las tierras por el Nilo cuando crece (akhet), el
crecimiento de las plantas (peret) y la cosecha (shemou).
Cada estación comprende cuatro meses de 30 días, y cada día del mes
está numerado del 1 al 30. A este total de 360 días se le añade los
5 días epagomenos, "aquellos que están por encima del año", lo que
hace el total de 365 días. Al término de esos 365 días, se celebra
"la Apertura del Año", el Nuevo Año.
Sin embargo, como la revolución real del sol comprende un cuarto de
día de más, los días, las décadas, los meses, se corren a razón de
un día cada cuatro años, de una década cada cuarenta años, de un mes
cada 120 años, y el Nuevo Año y las estaciones naturales no se
volvían a encontrar en el mismo punto más que tras 1460 años. A
pesar de ese desplazamiento, que se puede decir anual, este sistema,
de una rigurosa abstracción, funcionó durante casi toda la duración
de la civilización egipcia. La instauración de un quinto epagomeno
cada cuatro años, decidida por el faraón greco-macedonio Ptolomeo
III, no fue respetada durante mucho tiempo en los templos
autóctonos, y el uso del año móvil se continuó incluso después de
que el conquistador romano hubiese impuesto a Egipto el calendario
juliano.
En principio, el calendario civil que había normalizado los meses
(derivados de las lunaciones) en el marco (menos 1/4 de día) del año
solar era un instrumento de cómputo simple que bastaba seguir
automáticamente y que no necesitaba de recortes verificados con los
fenómenos astronómicos. Y sin embargo, los Egipcios consignaban y
celebraban otra "Apertura del Año" además de la que inauguraba el
primer día del año civil. Ese otro Día del año era determinado
cuando se observaba la salida helíaca de Sirio antes del amanecer
del 19 de julio. La estrella que llamamos Sirius en latín (del
griego seirios) es alpha de la constelación del Can Mayor de Orión
el Cazador. Es una de las más brillantes del cielo nocturno, y su
aparición, en conjunción con el sol, cae en el mes en el que el Nilo
fecundante comienza a crecer. Según el decreto de Ptolomeo III, "el
día en que Sothis aparece era denominado la Apertura del Año en los
escritos de la casa de Vida", es decir según las tradiciones de la
ciencia sagrada. Los Egipcios, en efecto, veían en el astro de buen
augurio una divinidad de sexo femenino, Soptet (transpuesto en
Sothis por el griego). Se la representaba tocada con el signo de la
espina (seped) que sirve para escribir su nombre, o tocada con dos
altas plumas de rapaz. Señora de la crecida, se la identificó a su
casi homónima Satjet (Satis en griego), patrona tradicional de la
región de la primera catarata, y a Isis misma, esposa de Osiris
cuyas linfas hacen crecer al río. Isis-Sothis, introducida en la
época helenística en el grupo de Orión cazador, vio entonces como se
le atribuía la perra por atributo, esa perra pequeña (canicula) cuya
salida anuncia los días "caniculares". La estrella Orión, por su
parte, era representada como un dios, Sahou, designado por el signo
sah, una figura divina ordinaria llevando el cetro habitual.

¿Habría conocido Egipto dos calendarios diferentes: el calendario
llamado civil, hecho de una vez para siempre a partir de la
observación del curso del sol y de las fases de la luna, y un
calendario "sothíaco" establecido tomando como base la salida
helíaca de Sirio? Sacando juiciosamente provecho de los estudios
recientes, mediante los cuales investigadores en astronomía y en
cronología egipcias han renovado una problemática tan debatida,
Ana-Sofía von Bomhard (Le Calendrier Égyptien, Une Oeuvre d'Éternité,
Periplus Publishing, London 1999) propone una teoría nueva, tomando
como base expertos análisis de documentos astronómicos, que
representan a Sothis, Orión y las otras personificaciones astrales,
y textos raros que certifican el corrimiento entre los dos años.
Ella mantiene la idea muy plausible de que los observadores y
calculadores egipcios no pudieron no darse cuenta de que el año
contaba 365 días y 1/4, y establece la hipótesis de que el
calendario faraónico había logrado hacer entrar los ciclos
respectivos del sol, de la luna y de Sothis en un sistema único, un
Gran Año de 1460 años, un sistema que lejos de anular el cómputo
civil lo contenía manteniéndolo.
El Calendario egipcio: Una Obra de Eternidad, totalmente conforme a
esa aspiración multiforme del régimen faraónico a la permanencia, a
la regularidad, a la estabilidad de un cosmos mantenido para
siempre. Una construcción sabia compatible con la conservación de un
instrumento consagrado por una tradición intangible y con la
práctica corriente de la vida diaria. Las conclusiones de la señora
von Bomhard suscitan ahora una pregunta relacionada con esto: ¿cuál
pudo ser el alcance de esa obra que rehabilitaría un poco la
reputación largo tiempo subestimada de los astrónomos y de los
matemáticos egipcios en lo que se refiere a la elaboración del saber
historiográfico de los Egipcios sobre su propio pasado? El cómputo
del calendario civil refiriéndose a los años y a los meses bastaba a
las necesidades de los dirigentes políticos, de los administradores
de la economía, y a las generaciones de hombres ordinarios que
trabajaban a corto y medio plazo y no tenían apenas necesidad de
evaluar largos períodos, ya fuese prospectivamente o
retrospectivamente. Los mismos proyectos del faraón, a no ser su
eterna duración póstuma, no eran tampoco a escala de siglos y de
decenas de siglos, y no parece, salvo beneficio de inventario, que
los Egipcios, a diferencia de los Indios de la Mesoamérica
precolombina, hayan determinado el tiempo en el que vendrían las
catástrofes que fueron los Períodos Intermedios de división
territorial, de debilidad y de empobrecimiento. En cambio, los
escribas se aplicaron –el Canon real de Turín, que remontando hasta
las dinastías divinas enumera los reyes de antaño e indica para cada
uno el número de años y de meses que había reinado, da fe– a
calcular la antigüedad de su país.

Cualesquiera que hayan sido la exactitud de sus
fuentes y la de sus interpretaciones, ellos trabajaron, en esta
búsqueda retrospectiva, a partir de un calendario de alcance
"secular" del que uno se preguntará si era sothíaco o civil.
Una observación: La afirmación contenida en una glosa sobre Aratos
como que "los reyes de Egipto prestaban juramento en el templo de
Isis de no modificar nada en el calendario" (ver página 9 de la obra
citada) no puede referirse más que a los Ptolomeos de los siglos IIº
o Iº, si no procede de una invención de los eruditos griegos o
latinos. No existían templos importantes de Isis en las épocas
anteriores, los nuevos soberanos hacían confirmar su investidura por
los dioses mayores, Amón en Tebas, Ra en Heliópolis, Ptah en Menfis.
La única época en que un templo notorio de Isis pudo servir de alto
lugar dinástico es la época helenística, y puede uno concebir que
los Lágidas, cuando la reforma de Ptolomeo III llevaba fenecida
hacía mucho, hayan podido ir a garantizar en el gran Iseion de
Alejandría su respeto a las tradiciones sacerdotales.
Traducción: Miguel A. Aguirre
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