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LA TRADICIÓN MONÁSTICA Y LA BIBLIA |
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La Tradición monástica ha sintetizado la actitud del creyente ante la Biblia en cuatro momentos fundamentales, dentro de su quehacer cotidiano:
Lectio: Es el momento de silencio, adoración, escucha y recogimiento ante la lectura de las Escrituras, ya sea en un momento de la liturgia como en un momento personal de comunión con la Iglesia. Meditatio: Consiste en reflexionar, rumiar, lo leído o lo escuchado, confrontándolo con las opiniones personales al respecto, como gestación de un alumbramiento feliz. Oratio: O diálogo que parte de la persona y se dirige a Dios, tras el cambio personal y profundo que suponen las dos fases previas. Contemplatio: O admiración de Dios y de sus manifestaciones, en silencio, aunque se trata de un silencio cualitativamente diferente al de la lectio, pues comprende, y está dispuesto a poner en hechos la sabiduría adquirida.
En la Biblia podemos encontrar algunos textos adecuados a cada momento:
Lectio: “Encomienda a Jehová tu camino, y confía en Él; y Él hará. Exhibirá tu justicia como la luz, y tu derecho como el mediodía. Guarda silencio ante Jehová y espera en Él…” (Sal. 37, 5-7). “Escucharé lo que hablará Jehová Dios; porque hablará Paz a su pueblo y a sus santos, para que no se vuelvan a la locura” (Sal. 85, 8). Meditatio: “Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti, Oh Jehová, roca mía, y redentor mío” (Sal. 19, 14). “En mi meditación se encendió fuego, y así proferí con mi lengua: Hazme saber, Jehová, mi fin.” (Sal. 39, 3-4). “¡Oh, cuánto amo yo tu ley! Todo el día es ella mi meditación” (Sal. 119, 97). Oratio: “A Él clamé con mi boca, y fue exaltado con mi lengua. Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me habría escuchado” (Sal. 66, 17-18). “Clamé a Ti, Oh Jehová; Dije: Tú eres mi esperanza, y mi porción en la tierra de los vivientes. Escucha mi clamor porque estoy muy afligido” (Sal. 142, 5-6). Contemplatio: “Espera en Jehová, y guarda su camino, y Él te exaltará para heredar la tierra; cuando sean destruidos los pecadores, lo verás” (Sal. 37, 34). “Entonces hablaste en visión en visión a tu santo, y dijiste: he puesto el socorro sobre uno que es poderoso; he exaltado a un escogido de mi pueblo” (Sal. 89, 19).
Para un adecuado trabajo para adquirir comprehensión desde las Escrituras, debe partirse de la imagen de Jesucristo como la luz que muestra el camino y el final del mismo. En ese encuadre, la Biblia significa todo lo necesario para comprender a Jesús –especialmente en lo que al Nuevo Testamento se refiere-, para asumir su mensaje, para aprehender sus hechos y obras, y, en suma, para aceptar su muerte y resurrección. Ahora bien, mientras se camina, se necesitan refrescar conocimientos, actitudes, hechos, por lo que la Biblia es una base indispensable para el quehacer cotidiano.
Al final, el Conocimiento de Dios, aquello a lo que aspira cualquier hombre, debe llegar por la comprensión, la fe y la sabiduría. Cristo, como intermediación, y Nuestra Señora, como su antesala, son los que colocarán al adepto ante la puerta del Templo.
Parafraseando a San Agustín: “Ese tesoro busco, Señor, en la Biblia |