IDENTIDAD CRISTO = DIOS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Dice Titus Burckhardt  en un texto sacado de Sobre la Torah, el Evangelio y el Corán: Comentario a una parte de lo que enseñó, respecto a estas tres Escrituras, el Maestro perfecto, el metal incorruptible, ABDUL-KARIM IBN IBRAHIM AL-JILI, y su célebre obra titulada “El Hombre Universal”, artículo aparecido en Ensayos sobre el conocimiento sagrado, Titus Burckhardt, Olañeta, Palma de Mallorca, 1999):

 

En cambio, la comunidad cristiana, polarizada en cierto modo por su antinomia cíclica con el pueblo judío, se extravió en el transcurso de su historia. Mientras que en el judaísmo se “petrificaban” las concepciones que consideraban al 'abd (servidor) más particularmente desde el punto de vista de su no-identidad con el rabb (Señor), el cristianismo, por el contrario, tendió a confundir 'abd y rabb, o sea el símbolo y lo simbolizado. Esta confusión tuvo como corolario histórico las interminables discusiones relativas a las dos naturalezas de Cristo, y se perpetuó en cierto modo en las escisiones políticas entre pueblos cristianos. (‘Los cristianos’, dice el Corán, ‘se combatirán entre sí hasta el último día a causa de lo que han olvidado en materia de verdades reveladas para ellos’)…

…Es posible que esta afirmación de que “Dios es Cristo” no se encuentre, en esta forma, en ningún escrito dogmático, pero representa, en cierto modo, el resumen de las tendencias determinantes de la actitud cristiana. En su origen, estas tendencias fueron simplemente la consecuencia inevitable de la enunciación por afirmación directa tal como: “Yo soy la Verdad”; pues toda afirmación directa, por amplia que sea, implica necesariamente una determinación o limitación. Por eso el Islam generalmente procura enunciar sus afirmaciones doctrinales en formulaciones negativas, como lo sería: “Cristo no es otro que Allâh”. La afirmación directa es el corolario lógico de un “descenso avatárico”.

 

Es un tema por demás interesante. Se puede considerar que Jesucristo es Dios, o bien que Dios es Jesucristo, tal como parece defender el señor Burckhardt. La mayoría de las tradiciones han apostado por la Unidad como uno de sus ejes centrales: el Tao, la Verdad, Dios, Allah, de tal manera que aparecen multitud de frases en sus escritos y enseñanzas que indican una identidad entre lo creado y Dios o la Realidad Suprema. Veamos de qué manera ha enfocado el cristianismo esta cuestión. Un pequeño repaso histórico, aunque sea para señalar los orígenes, así como la detección de trifulcas doctrinales al respecto, siempre viene bien.

 

La disputa entre escuelas, puntos de vista, y, más duramente, entre sectas, respecto a las dos naturalezas de Cristo se presentó muy pronto. Por ejemplo, durante el siglo III se desplegó la herejía denominada arrianismo, alrededor de Arrio, presbítero en Alejandría, asceta y orador de prestigio, nacido el año 256, próximo al obispo. La herejía arriana niega la eternidad del Verbo, la consubstancialidad del Hijo con el Padre y la divinidad del Hijo. En sus escritos, Arrio afirmaba que el Hijo era una criatura del Padre, así como el instrumento del que se sirvió el Padre para la creación del mundo. Alejandro Alejandrino, su superior, convocó el concilio de Alejandría, sobre el año 321, en el que tomaron parte 100 obispos de la zona. Según las crónicas, 98 de ellos consideraron las ideas de Arrio como heréticas. Arrio huye a Cesarea, en Palestina, donde consigue apoyos. El Papa Silvestre envía a un delegado a la zona para conseguir paz, Osio de Córdoba, que le informa de la imposibilidad de ello, por lo que hablan con Constantino para que facilite la celebración de un concilio universal. Este tuvo lugar en Nicea, año 325, y participaron 300 obispos. La polémica se defendió entre las posturas de Atanasio, secretario de Alejandro Alejandrino, y el propio Arrio. Los arrianos fueron condenados y desterrados por el emperador. En el concilio se utiliza la palabra consubstancial, de la misma naturaleza que el padre, para referirse a la de Jesucristo. Se suceden peleas e intrigas, sobre todo desde los arrianos, que culminaron con el destierro de Atanasio, que había sucedido a Alejandro en el obispado de Alejandría. Constantino establece una amnistía general y Atanasio regresa, pero Arrio muere poco después. Sus afines colocan a un compañero en Alejandría y consiguen una segunda condena contra Atanasio. El Papa Julio (336-352) convoca sínodo en Roma y declaran a Atanasio, y a otros condenados por los arrianistas, inocentes y rehabilitados, mientras que los arrianistas contraatacaban con un sínodo en Antioquía que deponía a Atanasio y varios otros. El Santo Padre convoca concilio ecuménico en Sárdica, aunque, por la presencia en él de Atanasio, los obispos orientales lo abandonaron, por lo que nunca fue reconocido como universal por la Iglesia. Se rehabilita a Atanasio y a algunos más. Poco después se convoca sínodo en Arlés a instancias del nuevo Papa Liberio (352-366), sínodo dominado por los arrianistas y que termina con la condena de Atanasio y otros obispos, desterrando al legado pontificio por negarse a firmar las actas. Dos años después se desarrolla el concilio de Milán, a instancias del Papa, pero termina de la misma manera, pero esta vez se destierran al propio Papa y al coordinador del concilio, Osio de Córdoba, así como, por tercera vez, a Atanasio. Los arrianos, con el paso del tiempo, se dividen en tres grupos, según el grado de consubstancialidad que otorgan al Hijo con respecto al Padre. Para intentar un consenso se convoca el concilio de Sirmio (358) pero la fórmula empleada, aunque dentro de la ortodoxia, no usa el concepto de consubstancialidad. Poco después se permite el regreso del Papa, pero Osio es torturado para doblegar su espíritu de concordia con Nicea. Constancio convocó un concilio occidental y otro oriental para unificar, proponiendo la firma de una cuarta fórmula semiarriana. Muchos firmaron, pero el Santo Padre, junto con otros obispos, se negaron, pues no aparecía la consubstancialidad por ninguna parte. Muere Constancio. Juliano sube al poder y amnistía a todos los obispos. Atanasio regresa a Alejandría y celebra sínodo que recupera la ortodoxia, mientras en París, un concilio regional confirma también esta línea. Ante estas actividades Juliano el Apóstata destierra, por cuarta vez, a Atanasio. Muere Juliano y le sucede Joviano, que perdona a Atanasio. Cae Joviano y sube al trono imperial Valente (364-378), que es afín a los arrianos y destierra a Atanasio por quinta vez. Un sínodo en Roma, con la asistencia de 90 obispos restaura la consubstancialidad y la divinidad del Espíritu Santo. Los arrianos recurren al Papa Dámaso. La sucesión primero de Graciano y, posteriormente, de Teodosio, al trono (379), erradican definitivamente el arrianismo. Todo este vaivén de opiniones diversas y actuaciones nefastas termina definitivamente con el concilio ecuménico de Constantinopla (381), con la aceptación de la Consubstancialidad de Cristo, y la divinidad del Espíritu Santo.

 

Como se puede ver por el transcurso de la anterior película, mezcla de géneros policíaco, thriller y terror, la cuestión de la divinidad de Cristo fue muy peliaguda durante las primeras épocas del cristianismo, endureciéndose más en el pasaje de estos 120 años. El problema de la divinidad de Cristo ataca dos aspectos esenciales para el cristianismo: la esencia de la doctrina que el mismo Jesucristo explicaba, y el misterio de la Trinidad.

 

Dice el Apóstol: “Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo, y no según Cristo. Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad” (1)

San Pablo, Epístola a los Colosenses 2, 8-9

 

…el Señor soportó el padecer por nuestra vida, siendo como es Señor de todo el universo, a quien dijo Dios desde la constitución del mundo: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza» (2).

Epístola de Bernabé, II

 

Los cristianos más creyentes, y más empapados de la propia doctrina, aquéllos que pueden considerarse maestros en la tradición desvelada por el Mesías, insisten en la divinidad del Maestro. Existen antecedentes a las propias palabras de Jesús por las que defienden la divinidad de Cristo. Por ejemplo, las emitidas por la propia Divinidad:

 

 

Y respondió Dios a Moisés: YO SOY EL QUE SOY. Y dijo: Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me envió a vosotros. Además dijo Dios a Moisés: Así dirás a los hijos de Israel: Jehová, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob, me ha enviado a vosotros. Este es mi nombre para siempre; este es mi memorial para todos los siglos.

Éxodo 3, 14-15

 

No sólo en esta ocasión, sino que Dios habla, algo después, por boca de Jacob y de Isaías, de la misma manera (Is. 48, 12). Este carácter de eternidad, propio de la divinidad, queda confirmado por las palabras que utiliza uno de sus discípulos preferidos para referirse a Jesucristo:

 

Gracia y Paz a vosotros, del que es y que era y que ha de venir (3)

Apocalipsis 1, 4

 

Poco después, Juan remacha esta misma idea

 

Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin, dice el Señor, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso.

Apocalipsis 1, 8

 

Estas palabras que, en un principio, parecen más relacionadas con Dios, es decir, con la propia divinidad, quedan después dichas por el propio Jesucristo:

 

Yo estaba en el espíritu en el día del Señor, y oí detrás de mí una gran voz como de trompeta, que decía: Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último. Escribe en un libro lo que ves y envíalo a las siete iglesias que están en Asia: a Efeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea. Y me volví para ver la voz que hablaba conmigo; y vuelto, vi siete candelabros de Oro, y en medio de los siete candelabros, a uno semejante al Hijo del Hombre, vestido de una ropa que llegaba hasta los pies… No temas; yo soy el primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto; más he aquí que vivo por los siglos de los siglos, Amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades

Apocalipsis 1, 10-18

 

Como se ve, es el propio Jesús el que dejó entrever a sus seguidores más inmediatos su relación estrecha con Dios. La palabra del Evangelio, que ha sido conservada hasta nosotros, así lo manifiesta. Sin embargo, esa palabra ya fue adelantada por otros maestros hace varios siglos:

 

Así dice Jehová, Rey de Israel, y su Redentor, Jehová de los ejércitos: Yo soy el primero, y yo soy el postrero, y fuera de mí no hay Dios.

Isaías 44, 6

 

Y por si no quedaba bastante bien explicado, Juan vuelve a describirlo de la misma manera:

 

He aquí yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según su obra. Yo soy el Alfa y el Omega, el principio y el fin, el primero y el último. Bienaventurados los que lavan sus ropas, para tener derecho al árbol de la vida, y para entrar por las puertas en la ciudad.

Apocalipsis 22, 12-14

 

Sin embargo, Juan, algunos años antes, ya había hablado de la divinidad del Hijo en su Evangelio:

 

Y aquel Verbo fue hecho carne y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad.

Juan 1, 14

 

Jesús le dijo: Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida; nadie viene al Padre, sino por mí. Si me conocieseis, también a mi Padre conoceríais; y desde ahora le conocéis, y le habéis visto. Felipe le dijo: Señor, muéstranos al Padre, y nos basta. Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos al Padre? ¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, Él hace las obras. Creedme que yo soy en el Padre, y el Padre en mí; de otra manera, creedme por las mismas obras. De cierto, de cierto os digo: el que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aún mayores hará, porque yo voy al Padre.

Juan 14, 6-12

 

En versión de la Vulgata, Mateo, otro discípulo de Jesús, expone esta otra versión:

 

Yo te glorifico, Padre mío, Señor del Cielo y de la Tierra, porque has tenido encubiertas estas cosas a los sabios y prudentes, y las has revelado a los pequeñuelos. Sí, Padre mío, alabado seas; por haber sido de tu agrado que fuera así. Todas las cosas las ha puesto mi Padre en mis manos. Pero nadie conoce al Hijo sino el Padre; ni conoce ninguno al Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo haya querido revelarlo.

Mateo 11, 25-27

 

Desde los comienzos del cristianismo han aparecido personas de probada santidad y fuerza espiritual; personas que han recogido la enseñanza y han sabido transmitirla. Ése es el caso de Melitón de Sardes (4):

 

Tal es el alfa y la omega:
Él es el comienzo y el fin 
—comienzo inenarrable y fin incomprensible— 
él es Cristo, 
él es el Rey, 
él es Jesús, 
él es el Estratega, 
él es el Señor, 
él es el que resucitó de entre los muertos.
Él es el que está sentado a la diestra del Padre.
Él lleva al Padre, y es llevado por el Padre.
A él la gloria y el poder por los siglos. Amén.

Melitón de Sardes, Himno al cristianismo, VI

 

Parece que los debates abiertos en los concilios de los siglos III y IV no son sino el deseo de formalizar una idea que se había formado desde la resurrección de Jesucristo, y que se había transmitido como tal dentro de la tradición y el magisterio de la naciente Iglesia católica. El calificativo “católica”, universal, se usa ya desde los inicios del siglo II y se refiere a la cobertura, apoyo y enseñanza que la Iglesia, que se estaba consolidando, aporta a todos sus fieles, repartidos ya por tres continentes.

 

La manera en que enseñó Jesús, sus hechos, sus palabras y su transmisión a los apóstoles, queda reflejado, muchas veces, como algo divino, inmortal, eterno, imperecedero. Sería, poco a poco, el germen de lo que a los pocos años sería la oración cristiana por excelencia, al mismo nivel que el Padrenuestro, el Credo:

 

Cuando terminó [Cristo] el combate cósmico, venciendo en todo y por todo, sin ser exaltado como Dios ni postrado como hombre, se quedó plantado, como límite de todas las cosas, como trofeo de victoria, llevando en sí mismo un triunfo contra el enemigo (5).

Homilía sobre la Santa Pascua, 53

 

Los cristianos, empero, cuentan su origen del Señor Jesucristo, y éste es confesado por su Hijo de Dios Altísimo en el Espíritu Santo, bajado del cielo por la salvación de los hombres. Y engendrado de una virgen santa sin germen ni corrupción, tomó carne y apareció a los hombres, para apartarlos del error de los muchos dioses.

Arístides, Apología, 5

 

Pero no hay que olvidar que la divinidad de Cristo procede del Padre. Desde el inicio de los tiempos cristianos, se ha tenido en cuenta ese origen de la divinidad del Hijo. Esta apología de María, escrita por Cirilo de Alejandría, dice:

 

Dios te salve, María, Madre de Dios, tesoro veneradísimo de todo el orbe, antorcha inextinguible, corona de virginidad, cetro de recta doctrina, templo indestructible, habitación de Aquél que es inabarcable, Virgen y Madre, por quien nos ha sido dado Aquél que es llamado bendito por excelencia, y que ha venido en nombre del Padre (6).

San Cirilo de Alejandría, Madre de Dios (homilía)

 

Más técnicamente, Orígenes, unos dos siglos antes, en la misma ciudad, escribía respecto a la especial relación existente entre Dios y su Hijo:

 

Igualmente nuestro Salvador y Señor, Logos de Dios, muestra la grandeza del conocimiento del Padre —al que sólo él concibe y conoce de manera adecuada por sus propios méritos, mientras que de manera derivada lo conocen los que han sido iluminados bajo la inspiración del mismo Logos divino— cuando dice: «Nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo lo haya revelado» (Mt 11, 27). Nadie como el Padre que lo engendró puede conocer por sí mismo al que es increado y primogénito de toda creatura; ni nadie puede conocer al Padre, como el Logos viviente del mismo que es su Sabiduría y su Verdad. Por participación en aquel que apartó del Padre la llamada «tiniebla» en la que «había hecho su escondrijo», y el llamado «manto», el abismo, revelando con ello al Padre, es como conoce a éste cualquiera que llega a conocerle

Orígenes de Alejandría, Contra Celso, 3

 

La Tradición que relaciona a Dios con la Vida eterna es permanente. Jesucristo la revitaliza y la trae a la gran multitud de seguidores. Para Jesucristo, como para sus discípulos, el que asume y siente su Palabra, vivirá eternamente:

 

De cierto, de cierto os digo: el que cree en mí, tiene vida eterna. Yo soy el pan de vida… Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre… Le respondió Simón Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.

Juan 6; 47, 51 y 68

 

Quizá alguno entienda la expresión ‘la Palabra de la vida’ como referida a la persona de Cristo y no al mismo cuerpo de Cristo, que fue tocado con las manos. Fijaos en lo que sigue: Pues la vida se hizo visible. Así, pues, Cristo es la Palabra de la vida. ¿Y cómo se hizo visible? Existía desde el principio, pero no se había manifestado a los hombres, pero sí a los ángeles, que la contemplaban y se alimentaban de ella, como de su pan. Pero, ¿qué dice la Escritura? El hombre comió pan de ángeles. (Sal 77, 25)

San Agustín, Comentario a 1 Juan

 

Desde mi niñez había oído hablar algunas veces de la vida eterna que nos está prometida por el abatimiento y humildad de Jesucristo, Dios y Señor nuestro, que se dignó bajar hasta nosotros para curar nuestra soberbia

San Agustín, Confesiones I, XI, 17

 

Uno de los maestros que se hace eco de las filigranas por las que pasa la Iglesia mientras va formalizando las enseñanzas que pretende conservar y transmitir íntegramente, es San Agustín, obispo de Hipona, en el norte de África, durante el siglo IV. Este insigne santo defiende que la esencia de Cristo y de Dios son la misma, y que, por tanto, como identificador de todas las cosas, el Hijo y el Padre son de la misma substancia.

 

Yo, pues, me avergonzaba, volvía sobre mí y me alegraba, Dios mío, de que vuestra Iglesia, única esposa de vuestro único Hijo, en la cual siendo yo niño se me comunicó el nombre de Cristo, no adoptase ni creyese tan pueriles simplezas, ni tuviese entre los dogmas de su sana doctrina que Vos, que sois el Creador de todas las cosas, tuvieseis un cuerpo limitado por todas partes, como corresponde a la figura y miembros del cuerpo humano, y consiguientemente estuvieseis como encerrado en lugar o espacio alguno, aunque fuese muy grande y dilatado.

San Agustín, Confesiones VI, IV, 5

 

La entrada en la vida espiritual e intelectual de los escritos de Aristóteles y de Platón, su maestro, cambiaron el modo de referirse a estas cuestiones. Hubo quien se empeñó en racionalizarlo todo, hasta el punto en el que Dios iría dejando, poco a poco, su espacio a un nuevo dios llamado Razón. No obstante, algunos santos seguían el camino contemplativo, aunque sin olvidar explicar, de manera racional, las verdades descubiertas para que pudieran estar al alcance de todas las mentalidades. Tomás de Aquino, prácticamente el padre de la Teología, durante el siglo XIII, tiene una visión particular de toda esta controversia:

 

Es necesario considerar que, siendo en nosotros diferente el ser natural y el acto de entender, el verbo concebido en nuestro entendimiento, y que sólo tiene un ser intelectual, es de una naturaleza diferente de la de nuestro entendimiento, que tiene un Ser natural. Es así que en Dios el ser y el acto de entender son una misma cosa; luego el Verbo de Dios, que está en Dios, y de quien es Verbo, según el ser inteligible, tiene el mismo ser que Dios, de quien es Verbo; y esta es la razón por que debe tener la misma esencia y la misma naturaleza, y convenir al Verbo de Dios los atributos de Dios.

Santo Tomás de Aquino, Compendio de Teología, XLI

 

En consecuencia de lo dicho antes, confesamos en el Símbolo de la fe católica que el Hijo es consubstancial al Padre; y por medio de esta fórmula dogmática evitamos el incurrir en dos errores: primero, que no podamos entender al Padre y al Hijo en el sentido de una generación carnal que se efectúe por una especie de distracción de la sustancia del Hijo de la del Padre; y segundo, que tampoco se pueda entender al Padre y al Hijo en el sentido de una generación intelectual, como la que tiene lugar en nuestra mente, cuando el Verbo es concebido en ella, como por una introducción accidental operada en el entendimiento, y sin que la existencia proceda de su esencia.

Santo Tomás de Aquino, Compendio de Teología, XLII

 

Para este santo, que se acaba de referir al Credo, la misma naturaleza del Hijo y del Padre son evidentes. Para defender esa consubstancialidad, que se formalizó en el concilio de Nicea, aunque era muy anterior, como hemos visto, escribe:

 

Como de las anteriores premisas se deduce que todas las condiciones de la generación divina se resumen en que el Hijo es consubstancial al Padre, se añade, por último, que el Hijo es consubstancial al Padre.

Santo Tomás de Aquino, Compendio de Teología, XLIV

 

Sin embargo, a pesar de todo, resulta complicado entender esa misma naturaleza, la consubstancialidad. Cristo es Divinidad, y la Divinidad, ¿es Cristo? El maestro de Aquino explica que las dos naturalezas son la misma, pero aún existe una manera de distinguir uno de otro. Fijémonos en el caso del ser humano. Nace, como embrión, de la unión, o integración, de dos opuestos, dos gametos, uno femenino y otro masculino. Desde el momento en que se efectúa esa integración, ocurre un principio, la potencia se va concretando en acto y aparecen las diferenciaciones. Una persona es mano y, una mano: ¿es persona? Pero uno y otro son distinguibles por razón de jerarquía y de principio:

 

Dos propiedades convienen necesariamente al Hijo: una que le distingue del Padre, la filiación; otra que juntamente con el Padre le distingue del Espíritu Santo, la espiración común. No hay necesidad de asignar al Hijo una propiedad que le distinga del Espíritu Santo sólo; porque, como acabamos de decir, el Hijo y el Padre son el principio común del Espíritu Santo. Tampoco hay necesidad de asignar una propiedad, en virtud de la cual el Hijo y el Espíritu Santo se distingan del Padre, porque el Padre se distingue de ambos por una sola propiedad, la inascibilidad, en cuanto que el Padre no procede de nada.

Santo Tomás de Aquino, Compendio de Teología, LVIII

Eckhart, a principios del siglo XIV, conocedor amplio de su antecedente y superior en la orden de los dominicos, Tomás de Aquino, asume también la consubstancialidad de Jesucristo, del Hijo, del Hombre Perfecto, y explica la razón por la que es creador de todas las cosas.

 

Y por ende, el nacimiento del hombre en Dios, siempre se ha de concebir en el sentido de que el hombre con su imagen está resplandeciendo en la imagen divina, que es Dios desnudo en su esencia [imagen] con la cual el hombre es uno. Por lo tanto, la unidad del hombre y de Dios se debe concebir de acuerdo con la semejanza de la imagen; porque el hombre se parece a Dios con respecto a la imagen. Y por ello: si se dice que el hombre es uno con Dios y es Dios de acuerdo con la unidad, se lo percibe según la parte de la imagen, en la cual se asemeja a Dios, y no según el hecho de que ha sido creado. Pues, si se lo toma por Dios, no se lo hace según su criaturidad; porque si se lo toma por Dios no se niega la criaturidad en el sentido de que la negación se considere como aniquilación de la criaturidad, sino que ha de considerárselo como enunciado relativo a Dios, con el cual se le quita a Él [la criaturidad]. Pues Cristo que es Dios y hombre, cuando se lo percibe según la humanidad, no se toma en consideración la divinidad, mas no de modo que se niegue la divinidad, sólo que ésta no se considera en tal percepción. Y así ha de comprenderse la palabra de Agustín cuando dice: «Lo que ama el hombre, esto es el hombre. Si ama una piedra, es una piedra, si ama un hombre, es un hombre, si ama a Dios… ahora no me atrevo a continuar, pues si yo dijera que entonces sería Dios, podríais lapidarme. Pero os remito a la Escritura». Y por ello, cuando el hombre en el amor se adecua enteramente a Dios, entonces se le quita su imagen y se lo in-forma y se lo transforma en imagen dentro de la uniformidad divina, en la cual es uno con Dios. Todo esto lo posee el hombre por la permanencia dentro [de Él]. Ahora bien, prestad atención al fruto que da el hombre en ese caso. Es el siguiente: cuando es uno con Dios, produce junto con Dios a todas las criaturas y trae la bienaventuranza a todas las criaturas en la medida en que es uno con Él.

Eckhart de Hockheim, Tratados y Sermones, Sermón 40

 

 

Esta identidad Hombre=Dios, uno de los ejes de la obra de Eckhart, es manifiesta en varios escritores cristiano-católicos, desde el propio Eckhart y contemporáneos, a los cristianos primitivos, pasando por San Agustín, una de las fuentes predilectas del escritor renano.

 

Como veníamos señalando en los párrafos inmediatamente precedentes, el Hombre, desde el punto de vista metafísico, por su relación con la divinidad, es Dios, pero, ¿es Dios el Hombre? La respuesta queda dada por todos aquellos que han establecido una jerarquía en el todo, pues primero de todo es Dios, después su manifestación. Desde el propio Evangelio, que parafraseaba a Jesucristo, y los evangelistas, con especial mención de Juan, a la época actual, encontramos una corriente que fluye desde la misma antigüedad y que transporta siempre la misma cristalina agua: Jesucristo es Divinidad.

 

María, pues, o sea, el amor de la gloria celestial, con una libra de nardo genuino, o sea, con la fe de los doce apóstoles, ungió la cabeza de la divinidad y los pies de la humanidad, reconociendo que Cristo es Dios y Hombre, que nació y sufrió la pasión.

San Antonio de Papua (7), Dichos y escritos sobre Cristo, Domingo de Ramos

 

Con toda razón dice Cristo: "Yo rogaré al Padre por ustedes; el Padre los ama, porque ustedes me amaron y creyeron que yo salí de Dios".

San Antonio de Padua, Dichos y escritos sobre Cristo, Domingo V de Pascua

 

Bajando por el tobogán de la historia, desde los tecnócratas de la palabra, a los monásticos, y llegando a los frailes y contemplativos, encontramos la misma coherencia. Todos ellos asumen y sienten, a veces, a Cristo con su naturaleza divina. Todos encuentran la jerarquía perfectamente explicable y manifestante:

 

Pues quedando esto así, para conocer claramente las grandezas que hizo Dios por este brazo suyo, convendrá poner delante los ojos la dificultad y la muchedumbre de las cosas que convenía y era necesario que fuesen hechas por Dios para la salud de los hombres. Porque, conocido lo mucho y lo dificultoso que se había de hacer, y la contrariedad que ello entre sí mismo tenía, y conocido cómo las unas partes de ello impedían la ejecución de las otras, y vista la forma y facilidad, y, si conviene decirlo así, la destreza con que Dios por Cristo proveyó a todo y lo hizo como de un golpe, quedará manifiesta la grandeza del poder de Dios y la razón justísima que tiene para llamar a Cristo brazo suyo y valentía suya.

Fray Luis de León (8), De los nombres de Cristo, II, Brazo de Dios

 

Lo llama «Padre», no Dios o Señor, porque quiso que Él ejerciese la benignidad del Padre y no la severidad de un Juez, y como quiso Él evitar la cólera de Dios, que sabía provocada por los enormes crímenes, usa el tierno nombre de Padre. La palabra Padre parece contener en sí misma este pedido: Yo, Tu Hijo, en medio de todos mis tormentos, los he perdonado. Haz tú lo mismo, Padre Mío, extiende tu perdón a ellos. Aunque no lo merecen, perdónalos por Mí, Tu Hijo. Acuérdate también que eres su Padre, pues los has creado, haciéndolos a tu imagen y semejanza. Muéstrales por tanto un amor de Padre, pues aunque son malos, son sin embargo hijos tuyos.

San Roberto Belarmino, Sobre las siete palabras de Cristo en la Cruz, I

 

 

Tras un pequeño repecho por el tobogán de la historia, caemos en el siglo XX con un abad culto, escolástico, agustiniano, y místico, como es el caso de Henri Stèphane. Para él no cabe la menor duda respecto a las dos naturalezas de Cristo, y tampoco respecto a la línea sucesoria Dios → Cristo. Los símbolos y significados asociados desde el principio de los tiempos cristianos, quedan reflejados en el amplio fragmento que va posterior:

 

…el Verbo o el Hijo se conoce en el Padre como engendrado del Padre. A su vez, él no existe, como Hijo y como Dios, más que porque es engendrado por el Padre. El Padre no posee la Esencia Divina más que porque él la da al Hijo; el Hijo no posee la Esencia Divina más que por que él la recibe del Padre. Es esto lo que distingue a las dos Personas. Es la misma Esencia que es dada por uno y recibida por el otro. Pero, a su vez, el Hijo no puede constituirse como persona, mientras que no comunique al Otro todo lo que ha recibido de ella; no puede recibir la Esencia Divina más que si él la da a su vez; así el Padre recibe lo que ha dado y se “encuentra”.

Abbé Henri Stèphane, Tratados y sermones, El misterio de Dios: la Trinidad, su Gloria, su Vida íntima

 

 

Se puede decir que la necesidad del Mediador se basa a la vez en la naturaleza de Dios y en la naturaleza del hombre. En razón de su dependencia total frente a Dios, el hombre no puede alcanzar a Dios por si mismo; en razón de su transcendencia, Dios no puede alcanzar al hombre más que descendiendo a su nivel, y es entonces su inmanencia la que permite realizar este “descendimiento”. El Mediador deberá entonces participar a la vez de la naturaleza divina y de la naturaleza humana, pero esta permaneciendo enteramente subordinada a Dios, no habrá “simetría”. Es lo que el dogma de la Encarnación expresa tan bien como es posible afirmando que están en Jesucristo las dos Naturalezas y una sola Persona, la del Verbo (unión hipostática): la Persona o Hipóstasis del Verbo divino asume la naturaleza humana, estando ésta privada, en Jesucristo, de personalidad humana. Resulta de ello que el verbo se une a la totalidad de la “naturaleza humana”, a la humanidad entera, puesto que su naturaleza humana, privada de personalidad humana, está entonces “abierta” a todas las individualidades humanas.

La Mediación es por lo tanto conforme a la naturaleza de las cosas. Se ve por ello su necesidad y su función. Aquellos que sueñan con prescindir de la Mediación, o que no ven en Jesucristo más que un profesor de moral o un activista social, están en un completo error. Pero si se quiere comprender verdaderamente por qué la espiritualidad no es ni un moralismo, ni un socialismo, ni un idealismo, ni un humanismo, ni un angelismo, es importante comenzar por profundizar seriamente en el misterio de la Encarnación que determina de una manera precisa la función del Mediador en el caso del Cristianismo.

La unión hipostática, definida más arriba como la unión de las dos naturalezas divina y humana en la única Persona del Verbo, implicando la privación de personalidad humana en Jesucristo, o también la asunción de la naturaleza humana en su totalidad por la Persona del Verbo, constituye el nudo, o la cumbre, o el centro, de la función del Mediador…

…Se puede decir que la naturaleza humana viene a encerrarse en cada individualidad, o que la hipóstasis humana –el ego– constituye para la naturaleza humana una limitación. Esta limitación, esta concentración sobre el ego (que se podría ver como característica del “pecado original”) constituye el obstáculo esencial para la espiritualidad verdadera, es decir para la “Comunión del Padre”. Es esencial recordar aquí el Misterio trinitario: la Esencia divina se despliega en tres Hipóstasis, distintas entre ellas, pero idénticas a la Esencia divina. Estas Hipóstasis divinas deben ser concebidas como puras relaciones: el Padre no es “lo que él es” más que si comunica la totalidad de la Esencia divina al Hijo –es la generación del Verbo– pero, inversamente, el Hijo no es “lo que él es” más que si recibe del Padre esta divina Esencia; y esta unión intima del Padre y del Hijo es tal que engendra una tercera Hipóstasis, el Espíritu Santo…

...De esta manera se precisa el “papel” del Mediador: el Verbo no puede unirse a una naturaleza humana “cerrada” en un ego: no puede unirse más que a una naturaleza virgen, despejada de todo ego (exempta de “pecado original”). Lo mismo, dicen los Padres de la Iglesia, que el primer Adán había sido extraído del barro de la tierra virgen, de igual manera el Segundo Adán (el Cristo) ha extraído su naturaleza humana de una Virgen. Se puede entonces concebir que, metafísicamente, en razón misma de la “estructura” de la Esencia divina, no podía ser de otra manera: el Mediador no puede nacer más que de una Virgen.

…En esta perspectiva esencialmente espiritual o mística, nos hemos podido dar cuenta ya de que el Mediador es inseparable de la Theotokos. Sin ella, su papel es ininteligible, y aquellos que no la reconocen no pueden sino perderse. Como ella es el Prototipo de la Iglesia, el papel de esta será el de conformarse a su modelo. Ahora bien, la Theotokos es a la vez Esposa, Virgen y Madre. Lo mismo que Jesús nace de una Virgen, el “Cristo total” nace de la Iglesia. Se puede decir que la Iglesia es el Cuerpo místico de Cristo, al cual cada nuevo miembro es incorporado por el bautismo, pero se puede decir también que cada cristiano, en tanto que precisamente pertenece a la Iglesia, engendra el Cristo, a ejemplo de la Theotokos, por la operación del Espíritu Santo. Así, paradójicamente, el cristiano puede ser considerado como “hijo de la Virgen” (ecce mater tua), “hermano de Cristo”, “hijo de Dios y de la Iglesia”, pero también como “madre de Cristo”, lo que implica inmediatamente que él realice efectivamente –y no de una manera puramente moral o ideal– la Virginidad esencial de María (Sofrosuna), con las “virtudes espirituales” –y no solamente morales– de la Virgen: humildad, caridad, sumisión, receptividad perfecta, abnegación del ego, pobreza espiritual (cf. Las Beatitudes), infancia espiritual, pureza, desapego, fervor, paz, “violencia” contra los enemigos del alma y contra las potencias tenebrosas etc.

Abbé Henri Stèphane, Tratados y sermones, El sentido de la Vida, Sobre el Mediador

 

No cabe duda de que Burckhardt debió leer al padre Stèphane. En algunos momentos de su obra lo cita, sin mencionar otras ocasiones en que Burckhardt habla de los místicos alternativos, al igual que ocurre con otros autores que describen un cristianismo paralelo utilizando textos de monásticos y místicos de siglos precedentes. Otros ejemplos de este tipo de referencia son, aparte el propio Stèphane, Orígenes, Eckhart y San Juan de la Cruz.

 

 

Otro contemporáneo, como Stèphane, de Titus Burckhardt es Gillis, escritor próximo al estilo y a las tesis defendidas, siempre con brillantez, por René Guénon, tradicionalista y riguroso. En un artículo escribe:

 

…que incluso después de la misión terrestre de Cristo, la revelación cristiana concernía siempre, en ciertos aspectos, al conjunto del pueblo elegido en tanto que tal; por eso san Pedro dirige su primera exhortación a los “Hombres de Israel”: “Que toda la casa de Israel lo sepa con certeza: Dios le ha hecho Señor y Cristo, a ese Jesús que vosotros habéis crucificado” (Hechos, 2, 36)

Charles-André Gillis, Orígenes de la Religión Cristiana, Letra y Espíritu, nº 2, 1998

 

 En cualquier caso, no basta sólo con leer, y entresacar, textos de escritores considerados periféricos o místicos, por lo que respecta al cristianismo, sino que hay que considerar sus circunstancias vitales, formativas, y la globalidad de su obra. Aunque pueda ser objeto de otros artículos futuros, cabe hacer una reflexión más serena y estricta de las palabras de esos exponentes. Tal es el caso de Orígenes, por poner un ejemplo de los traídos más arriba, infatigable catequético y formador en Alejandría, incómodo por sus interpretaciones de la Escritura, primero muy literales, y luego excesivamente alegóricas –en un episodio de sus años de juventud, llegó a amputarse el miembro genital a raíz de las lecturas bíblicas-, anécdota esta que le granjeó la reserva de los estamentos eclesiásticos. Sin embargo, la mayoría de sus escritos rezuman buenas sensaciones, aunque siempre se sitúa entre la ortodoxia y la interpretación amplia.

 

Burckhardt, como hacen otros críticos a la línea “oficial” de la Iglesia católica –que, por cierto, cada vez es menos católica, y más cristiana-, elige escritores y, de ellos, textos, que apoyan sus tesis. Por alguna razón, aunque confiesa en su artículo que no existe ningún documento que avale la igualdad ‘Dios es Cristo’ en la Iglesia o en sus pensadores, asume tal hecho, lo da por constatado y prosigue su argumentación.

 

Hasta este momento quedan reflejadas citas de escritores cristianos que se han movido siempre dentro de la ortodoxia y que avalan las tesis contrarias. No obstante, y por si quedara alguna duda, lo mejor es acudir a los textos procedentes del magisterio de la Iglesia, es decir, a aquellos escritos emanados de los Concilios Ecuménicos, los Concilios sinodales y los documentos escritos por los Papas a lo largo de los últimos siglos. Para entrar de lleno en materia, lo mejor es empezar por el concilio que siempre ha tenido fama de ser más intolerante y rapaz, más seco en cuanto a emisión de doctrina, como es el caso del concilio de Trento:

 

…el símbolo de fe que usa la santa Iglesia Romana, como que es aquel principio en que necesariamente convienen los que profesan la fe de Jesucristo, y el fundamento seguro y único contra que jamás prevalecerán las puertas del infierno. El mencionado símbolo dice así: Creo en un solo Dios, Padre omnipotente, criador del cielo y de la tierra, y de todo lo visible e invisible: y en un solo Señor Jesucristo, Hijo unigénito de Dios, y nacido del Padre ante todos los siglos, Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero; engendrado, no hecho; consustancial al Padre, y por quien fueron criadas todas las cosas; el mismo que por nosotros los hombres, y por nuestra salvación descendió de los cielos, y tomó carne de la virgen María por obra del Espíritu Santo, y se hizo hombre.

Decreto sobre el símbolo de la Fe, Concilio de Trento, 1546

 

Con este motivo el Padre celestial, Padre de misericordias, y Dios de todo consuelo, envió a los hombres, cuando llegó aquella dichosa plenitud de tiempo, a Jesucristo, su hijo, manifestado, y prometido a muchos santos Padres antes de la ley, y en el tiempo de ella, para que redimiese los Judíos que vivían en la ley, y los gentiles que no aspiraban a la santidad, la lograsen, y todos recibiesen la adopción de hijos. A este mismo propuso Dios por reconciliador de nuestros pecados, mediante la fe en su pasión, y no sólo de nuestros pecados, sino de los de todo el mundo.

Decreto sobre la Reforma, II, Concilio de Trento, 1546

 

Podemos dar un salto en la historia, como de tres siglos, y situarnos en el magisterio de la Iglesia establecido en el concilio Vaticano I, en 1870. Puede suponerse que Burckhardt no consultara los documentos tridentinos, pues eran algo alejados en el tiempo y, como queda señalado supra, tenían fama de intolerantes y cerrados. Por el contrario, Vaticano I queda muy próximo a Titus Burckhardt, que nace en 1908, es decir, 38 años después del cierre del concilio. Para este caso, los textos conciliares dicen:

 

La Iglesia Santa, Católica, Apostólica y Romana cree y confiesa que hay un sólo Dios verdadero y vivo, creador y señor del cielo y de la tierra, omnipotente, eterno, inmensurable, incomprensible, infinito en su entendimiento, voluntad y en toda perfección. Ya que Él es una única substancia espiritual, singular, completamente simple e inmutable, debe ser declarado distinto del mundo, en realidad y esencia, supremamente feliz en sí y de sí, e inefablemente excelso por encima de todo lo que existe o puede ser concebido aparte de Él.

Este único Dios verdadero, por su bondad y virtud omnipotente, no con la intención de aumentar su felicidad, ni ciertamente de obtenerla, sino para manifestar su perfección a través de todas las cosas buenas que concede a sus creaturas, por un plan absolutamente libre, «juntamente desde el principio del tiempo creo de la nada a una y otra creatura, la espiritual y la corporal, a saber, la angélico y la mundana, y luego la humana, como constituida a la vez de espíritu y de cuerpo».

Constitución Dei filius, Concilio Vaticano I, 1870

 

El eterno pastor y guardián de nuestras almas, en orden a realizar permanentemente la obra salvadora de la redención, decretó edificar la Santa Iglesia, en la que todos los fieles, como en la casa del Dios viviente, estén unidos por el vínculo de una misma fe y caridad. De esta manera, antes de ser glorificado, suplicó a su Padre, no sólo por los apóstoles sino también por aquellos que creerían en Él a través de su palabra, que todos ellos sean uno como el mismo Hijo y el Padre son Uno. Así entonces, como mandó a los apóstoles, que había elegido del mundo, tal como Él mismo había sido enviado por el Padre, de la misma manera quiso que en su Iglesia hubiera pastores y maestros hasta la consumación de los siglos.

Constitución Pastor aeternus, Concilio Vaticano I, 1870

 

 

En este caso el Concilio se hace eco de las palabras que expresó Jesucristo y que reflejó Juan en su Evangelio: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre. Yo y el Padre Uno somos” (Jn. 10, 27-30). Dios y Cristo son de la misma naturaleza.

 

…los primeros Padres y Doctores de la Iglesia, que habían entendido muy bien que por decreto de la divina voluntad el restaurador de la ciencia humana era también Jesucristo, que es la virtud de Dios y su sabiduría (1 Cor. 1, 24), y «en el cual están escondidos los tesoros de la sabiduría» (Col. 2, 3).

León XIII, Carta encíclica Aeterni Patris, 1879

 

Efectivamente, Pablo, el Apóstol, explica a los corintios las naturalezas de Cristo. En este caso señala entre ellas que Cristo es la Sabiduría, la Virtud de Dios, en la traducción de la Vulgata, porque en la Reina-Valera aparece Cristo como Poder de Dios y Sabiduría de Dios. Como se puede apreciar, Cristo es Dios y acoge en él atributos que se le asocian ala Divinidad. Sin embargo, siempre aparece esa distinción de jerarquía, se trate del texto de que se trate. En esta ocasión, León XIII escribe 29 años antes del nacimiento de nuestro escritor protagonista.

 

Otro insigne Santo Padre fue Pío XII. Burckhardt, que en la época de la encíclica que aparece a continuación, tenía 35 años, debería haber conocido los textos centrales del magisterio de la Iglesia para poder emitir opiniones bien fundamentadas. Es cierto que ya había publicado el estudio del que aportamos un fragmento al inicio del presente artículo –publicado en Etudes Traditionnelles en agosto-septiembre de 1938-, pero en ningún momento parece haber ofrecido alguna matización posterior sobre sus opiniones. Por ejemplo:

 

Mas el misericordiosísimo Dios de tal modo amó al mundo, que le dio su Hijo Unigénito, y el Verbo del Padre Eterno con aquel mismo único divino amor asumió de la descendencia de Adán la naturaleza humana, pero inocente y exenta de toda mancha, para que del nuevo y celestial Adán se derivase la gracia del Espíritu Santo a todos los hijos del primer padre; los cuales, habiendo sido por el pecado del primer hombre privados de la adoptiva filiación divina, hechos ya por el Verbo Encarnado hermanos, según la carne, del Hijo Unigénito de Dios, recibieran el poder de llegar a ser hijos de Dios.

Pío XII, Carta encíclica Mystici Corporis Christi (1943), 6

 

 

Un poco más adelante, en la misma encíclica, Su Santidad expresaba opiniones ante las modas de los denominados modernistas. Se quejaba Pío XII de las contradicciones en que caían estos, sobre todo cuando se aferraban únicamente a las herramientas que aportaba la ciencia como medio para explicarlo todo. Así, decía:

 

Y todo esto, en verdad, se hará más patente al que considera la conducta de los modernistas, que se acomoda totalmente a sus enseñanzas. Pues muchos de sus escritos y dichos parecen contrarios, de suerte que cualquiera fácilmente reputaría a sus autores como dudosos e inseguros. Pero lo hacen de propósito y con toda consideración, por el principio que sostienen sobre la separación mutua de la fe y de la ciencia. De aquí que tropecemos en sus libros con cosas que los católicos aprueban completamente; mientras que en la siguiente página hay otras que se dirían dictadas por un racionalista. Por consiguiente, cuando escriben de historia no hacen mención de la divinidad de Cristo; pero predicando en los templos la confiesan firmísimamente. Del mismo modo, en las explicaciones de historia no hablan de concilios ni Padres; mas, si enseñan el catecismo, citan honrosamente a unos y otros. De aquí que distingan también la exégesis teológica y pastoral de la científica e histórica.

Pío XII, Carta encíclica Mystici Corporis Christi (1943), 17

 

Más moderno aún, fuera de trabajo para Burckhardt –pues tenía 53 años- y hacía bastantes años que había publicado su artículo-, pero interesante para conocer cómo se ha mantenido el magisterio de la Iglesia a lo largo e los años y, más especialmente, a lo largo del siglo XX, es esta encíclica de Juan XXIII:

 

La Santa Iglesia, al realizar todo esto, cumple el mandato de su Fundador, Cristo, que sobre todo se refiere a la salvación eterna del hombre, cuando dice: Yo soy el camino, la verdad y la vida y Yo soy la luz del mundo; y en otro lugar, al mirar la multitud hambrienta, compadecido prorrumpe en las palabras: Me da compasión de esta muchedumbre, dando así prueba de preocuparse también de las exigencias terrenales de los pueblos. Y el Divino Redentor muestra este cuidado no sólo con palabras, sino también con los ejemplos de su vida

Juan XXIII, Carta encíclica Mater et magistra, 4 (1961)

 

Por último, para terminar con esta serie de pruebas documentales sobre la coherencia intersecular del magisterio de la Iglesia en cuanto a la doctrina de la identidad Cristo Dios, conviene repasar documentos conciliares del Vaticano II. Por estas fechas, Burckhardt, que murió en 1984, tenía 57 años. Por ejemplo:

 

Quiso Dios en su bondad y sabiduría revelarse a sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad (cf. Ef., 1, 9), mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina (cf. Ef., 2, 18; 1 Pe., 1, 4). Así, pues, por esta revelación Dios invisible (cf. Col. 1, 15; 1 Tim. 1, 17), movido por su gran amor, habla a los hombres como amigos (cf. Ex. 33, 11; Jn. 15, 14-15) y trata con ellos (cf. Bar. 3, 38), para invitarlos y recibirlos a la comunión con Él. Este plan de la revelación se realiza con palabras y hechos intrínsecamente conexos entre sí, de modo que las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y los hechos significados por las palabras, y las palabras, por su parte, proclaman las obras y esclarecen el misterio contenido en ellas. Pero la verdad íntima acerca de Dios y acerca de la salvación humana se nos manifiesta por la revelación en Cristo, que es a un tiempo mediador y plenitud de toda la revelación.

Constitución Dei verbum, Concilio Vaticano II, II, 2 (1965)

 

Después que Dios habló muchas veces y de muchas maneras por los Profetas, "últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo" (Heb. 1, 1-2), pues envió a su Hijo, es decir, al Verbo eterno, que ilumina a todos los hombres, para que viviera entre ellos y les manifestara los secretos de Dios (cf. Jn. 1, 1-18); Jesucristo, pues, el Verbo hecho carne, "hombre enviado a los hombres", "habla palabras de Dios" (Jn. 3, 34) y lleva a cabo la obra de la salvación que el Padre le confió (cf. Jn. 5, 36; 17, 4). Por tanto, Jesucristo -ver al cual es ver al Padre (cf. Jn. 14, 9),- con toda su presencia y manifestación de sí mismo, con sus palabras y obras, señales y milagros, y, sobre todo, con su muerte y resurrección gloriosa de entre los muertos, con el envío, finalmente, del Espíritu de verdad, completa la revelación y confirma con testimonio divino que Dios está con nosotros para librarnos de las tinieblas del pecado y de la muerte y resucitarnos a la vida eterna.

Constitución Dei verbum, Concilio Vaticano II, II, 4 (1965)

 

Por ello, el Concilio Vaticano II, tras haber profundizado en el misterio de la Iglesia, se dirige ahora no sólo a los hijos de la Iglesia católica y a cuantos invocan a Cristo, sino a todos los hombres, con el deseo de anunciar a todos cómo entiende la presencia y la acción de la Iglesia en el mundo actual.

Tiene pues, ante sí la Iglesia al mundo, esto es, la entera familia humana con el conjunto universal de las realidades entre las que ésta vive; el mundo, teatro de la historia humana, con sus afanes, fracasos y victorias; el mundo, que los cristianos creen fundado y conservado por el amor del Creador, esclavizado bajo la servidumbre del pecado, pero liberado por Cristo, crucificado y resucitado, roto el poder del demonio, para que el mundo se transforme según el propósito divino y llegue a su consumación.

Constitución Gaudium et spes, Concilio Vaticano II, Proemio, 2 (1965)

 

Cree la Iglesia que Cristo, muerto y resucitado por todos, da al hombre su luz y su fuerza por el Espíritu Santo a fin de que pueda responder a su máxima vocación y que no ha sido dado bajo el cielo a la humanidad otro nombre en el que sea necesario salvarse. Igualmente cree que la clave, el centro y el fin de toda la historia humana se halla en su Señor y Maestro. Afirma además la Iglesia que bajo la superficie de lo cambiante hay muchas cosas permanentes, que tienen su último fundamento en Cristo, quien existe ayer, hoy y para siempre. Bajo la luz de Cristo, imagen de Dios invisible, primogénito de toda la creación, el Concilio habla a todos para esclarecer el misterio del hombre y para cooperar en el hallazgo de soluciones que respondan a los principales problemas de nuestra época.

Constitución Gaudium et spes, Concilio Vaticano II, Proemio, 10 (1965)

 

 

En resumen, y para terminar de encuadrar este trabajo, podríamos destacar que, aunque es verdad que algunas personas, siguiendo la opinión de Burckhardt, “adoran” a Jesucristo dándole categoría de Dios, en contra de las normas de la Iglesia primitiva y de la actual que prohíben elaborar imágenes de Dios con destino al rito, y mucho menos adorarlas, la Iglesia, como tal, se ha mantenido unánime y firme en sus convicciones respecto a la divinidad de Cristo. El repaso que se ha mostrado aquí de su magisterio a lo largo de los veinte siglos de su historia lo confirman, considerando opiniones de personas más o menos integradas en la oficialidad eclesiástica.

 

Este artículo tiene como objetivo no solo matizar una opinión de Burckhardt, sino matizar la de muchos tradicionalistas que tienen opiniones sobre la Iglesia católica que, a modo de cortesía, cabe calificar de infundadas. El caso del escritor que aquí nos ha ocupado es solamente un síntoma de una actitud más extendida en algunos ámbitos. Lo único que nos cabe esperar es que al emitir y difundir ciertas opiniones sobre la Iglesia, sus autores utilicen el amplísimo y profundo magisterio que la Iglesia ha ido desarrollando con el paso de los milenios.

 

 

NOTAS

1.- Pablo fue un despertado por motu propio, sin llegar a ser discípulo de un maestro cristiano. Era confeso fariseo y seguidor del rabí Gamaliel. Pronto se implicó con entusiasmo en la extensión y explicación de la doctrina y vida de Jesucristo, viajando por doquier, compartiendo obligaciones y coordinándose con los apóstoles que sí conocieron a Jesús directamente: Pedro, Santiago y Juan. Sus escritos se consideran datadas sobre las décadas 40 y 50, tras la muerte del Maestro.

2.- La Epístola de Bernabé no parece escrita por el apóstol Bernabé, compañero de fatigas de San Pablo. Su composición se sitúa entre la primera y la segunda destrucción del Templo de Jerusalén (por tanto, entre los años 70 y 130 d.C.). La crítica textual sugiere que la composición de este tratado, mejor que una epístola, está basada en escritos precedentes.

3.- El Apocalipsis es una obra entre recopilatoria, simbólica, terminal y profética, escrita por Juan, aunque todavía con reservas en esta autoría, discípulo más joven y muy amado de Jesucristo. Las fechas más sugeridas para su redacción es la de la última década del siglo I.

4.- Obispo de Sardes, en Lidia, contemporáneo de los emperadores Antonino Pro (138-161) y Marco Aurelio (161-180). Se sabe poco de su vida, que debió de ser muy densa. Polícrates de Efeso, en una carta enviada al Papa Víctor (190), lo considera como uno de las grandes luminarias de la Iglesia en Asia Menor. Eusebio de Cesarea le considera autor de un número considerable de obras, casi todas ellas de carácter lírico.

5.- Texto de la segunda mitad del siglo I, una reflexión sobre la Pascua, escrito por un cristiano muy ligado, todavía, a comunidades hebreas, por la manera en que en el documento data los acontecimientos. Parece que se leía con cierta frecuencia en iglesias de Asia Menor.

6.- Cirilo nació, aproximadamente, el año 375. Fue patriarca de Alejandría desde el 412, cuando lo eligieron, hasta el 444, fecha de su muerte. Escritor muy prolífico, empujado por la defensa tenaz y constante ante las distintas herejías y sectas que proliferaron durante los siglos III y IV.

7.- San Antonio de Padua es un religioso franciscano (1195-1231), contemporáneo del dominico Santo Tomás de Aquino. Vivió poco, pero escribió abundantes sermonas y realizó milagros, por lo que fue elevado a la categoría de Doctor de la Iglesia.

8.- Este religioso, que llegó a ser superior general de los agustinos, antes tuvo que pasar por varios rifirafes con la Inquisición. Nació en 1527 y murió en 1591. Por su poesía y el manejo del simbolismo se le considera un intermedio entre estudioso y contemplativo o, si se prefiere, entre escolástico y místico.