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SAN FRANCISCO DE ASIS |
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Según el primer método, el autor puede estudiar a este hombre insigne y asombroso como si fuera una simple figura de la historia secular y modelo de virtudes sociales. Puede describir a este divino demagogo como si fuera, y probablemente lo fue, uno de los verdaderos demócratas del mundo. Puede decir, aunque ello signifique bien poso, que san Francisco se adelantó a su época. Y afirmar, lo que no deja de ser verdadero, que el Santo anticipó cuanto de liberal y más atractivo encierra el genio moderno: el amor de la naturaleza, el amor de los animales, el sentido de la compasión social, el sentido de los peligros espirituales que encierra la prosperidad y aun la misma propiedad. Todas estas sosas que nadie comprendió antes de Wordsworth eran ya familiares a san Francisco. Todas estas sosas que Tolstoi fue el primero en descubrir eran sosa admitida y corriente para el Santo. A él se lo podrá presentar no sólo como héroe humano sino también del humanismo; en realidad como el primer héroe del humanismo. Se lo ha descrito como una especie de lucero de la mañana del Renacimiento. Y en comparación con todo esto puede alguien ignorar o pasar por alto su teología ascética como mero accidente de la época que afortunadamente no resultó fatal. A su religión se la puede mirar como superstición, bien que inevitable, de la que ni el mismo genio podía librarse totalmente y, vistas así las cosas, considerar que sería injusto condenar a san Francisco por la negación de sí o censurarlo por su castidad. No cabe duda que aun desde semejante punto de vista la estatura del Santo mantendría los rasgos de la heroicidad y todavía mucho se podría añadir acerca del hombre que intentó acabar las cruzadas hablando con los sarracenos e intercedió por los pajarillos ante el emperador. El autor de semejante estudio describirá de manera puramente histórica toda la gran inspiración franciscana que transutan luego las pinturas de Giotto, la poesía del Dante, los "milagros" teatrales que hicieron posible el drama moderno y tantas cosas que aprecia la cultura de nuestro tiempo. Ciertamente, puede el autor intentar un tratamiento del tema como ya otros lo hicieron sin casi plantear siquiera la menor cuestión religiosa. En resumen, podría esforzarse por contar la historia de un santo sin Dios, lo cual se asemeja a querer relatar la vida de Hansen sin mencionar el polo Norte. Si se elige la segunda manera, el autor quizás se vuelque al otro extremo y asuma lo que podríamos llamar un tono decididamente piadoso. Hará entonces del entusiasmo religioso un tema tan central como lo fue para los primeros franciscanos. Tratará la religión como la cosa real que ella fue para el Francisco de Asís real e histórico. Hallará, por así decir, un austero gozo en desplegar las paradojas del ascetismo y los trasiegos de la humildad. Marcará todo el relato con el sello de los estigmas y anotará los ayunos como batallas reñidas contra un dragón, hasta que a la huera mentalidad moderna san Francisco le resulte tan sombrío como la figura de santo Domingo. En resumen, creará lo que muchos en nuestro mundo mirarían como una suerte de negativo fotográfico, como el reverso de todas las luces y sombras; cosa que los necios hallarán tan impenetrable como las tinieblas y aun muchos sapientes tan invisible como lo escrito en plata sobre fondo blanco. Semejante estudio de san Francisco resultará ininteligible a cuantos no compartan la religión del Santo y tal vez sólo en parte inteligible a quienes quiera no participen de su vocación. Según los matices del juicio que se adopten respecto a Francisco se lo mirará como algo muy bueno o muy malo para el mundo. Pero la única dificultad para desarrollar el tema según esta orientación radica en que la empresa es imposible. Para escribir la vida de un santo se necesita otro santo. En el caso presente las objeciones a esta orientación son insuperables. En tercer lugar, el autor puede tratar de hacer lo que yo he ensayado en este libro, método que, como ya antes indiqué, encierra también sus peculiares problemas. El autor puede adoptar la postura del hombre moderno común que inquiere desde afuera, postura que es todavía la del autor de este libro en buena medida y antes lo fue en forma exclusiva. Como punto de partida puede uno empezar desde la visión de quien admira ya a san Francisco pero sólo por las cosas que a ese hombre común y moderno resultan admirables. En otras palabras, presume que el lector es al menos tan ilustrado como Renan o Matthew Arnold y, a la luz de este conocimiento, tratar de iluminar lo que Renan y Matthew Arnold dejaron a oscuras. Se intenta, pues, echar mano de cosas ya comprendidas para explicar las que no lo son. Al lector moderno el autor le dirá: "He aquí una personalidad histórica que a muchos de nosotros nos resulta atractiva por su alegría, su romántica imaginación, su cortesía y camaradería espirituales, pero en la que también concurren ciertos elementos, evidentemente tan sinceros como vigorosos, que parecen harto anticuados y repulsivos. Pero, a fin de cuentas, este hombre fue un hombre y no una docena de ellos. Lo que a vosotros os parece incompatible no le pareció a él tal. Veamos, pues, si es posible entender con ayuda de las cosas ya comprendidas las que parecen ahora doblemente oscuras, por su propia opacidad y por su contraste irónico." No pretendo naturalmente alcanzar esa totalidad psicológica en este esbozo sencillo y breve. Quiero decir, empero, que es ésta la única condición polémica que doy aquí por sentada, a saber: que estoy tratando con alguien que desde afuera observa con simpatía. No supondré mayor ni menor compromiso. A un materialista' no ha de importarle que las contradicciones se concilien o no. Un católico no ha de ver contradicción alguna que deba conciliarse. Pero en este libro me dirijo al hombre moderno común, simpatizante pero escéptico, y me atrevo a esperar, aunque sea vagamente, que, acercándome a la historia del gran Santo a través de lo que hay en ella de claramente pintoresco y popular, podré comunicar al lector una mayor comprensión de la coherencia de su carácter en conjunto, y que, acercándonos a él de este modo, podremos juntos vislumbrar por lo menos la razón que asistió al poeta que alabó a su señor el Sol para esconderse a menudo en oscura caverna, por qué el Santo que se mostró tan dulce con su hermano Lobo fue tan rudo con su hermano Asno -según motejó a su propio cuerpo-, por qué el trovador que dijo abrasarse en amor se apartó de las mujeres, por qué el cantor que se gozó en la fuerza y el regocijo del fuego se revolcó deliberadamente en la nieve; por qué el mismo canto que grita con toda la pasión de un pagano: "Loado sea Dios por nuestra hermana la Tierra que nos regala con variados frutos, con hierba, con flores resplandescientes", casi termina así: "Loado sea Dios por nuestra hermana la muerte del cuerpo". Renan y Matthew Arnold fracasaron en esta empresa de conciliar contradicciones. Se dieron por satisfechos caminando junto a Francisco y prodigándole sus alabanzas hasta que en la marcha se cruzaron los propios prejuicios: los tercos prejuicios del escéptico. En cuanto Francisco empezó a hacer algo que no entendían o que no les resultaba grato, no intentaron comprenderlo y menos lo aprobaron; volvieron sencillamente la espalda a todo el problema y dejaron de "caminar junto al Santo". Pero de esta suerte resulta imposible avanzar en la senda de la inquisición histórica. En realidad, nuestros escépticos se ven obligados a desistir, desesperados, del estudio de la totalidad del tema, a abandonar el más simple y sincero de los caracteres históricos como un amasijo de contradicciones, al que sólo cabe alabar desde una visión si no a ciegas a ojos tuertos. Arnold se refiere al ascetismo del Alverno casi de pasada como si fuera una mácula desafortunada pero innegable en la belleza de la historia; o mejor dicho, como si se tratara de un desfallecimiento y de una vulgaridad en el final de la historia. Ahora bien, esto equivale, ni más ni menos, a cegarse ante lo que constituye la fina punta y el sentido de los hechos. Presentar el monte Alverno como un mero decaimiento de Francisco equivale exactamente a presentar el monte Calvario como un simple desfallecimiento de Cristo. Estas montañas son, sean por lo demás lo que fueren, y es necio decir que comparativamente son cavidades o huecos negativos en el suelo. Manifiestamente existieron para significar culminaciones y señalar linderos. Tratar de los estigmas como de una especie de escándalo, al que hay que referirse con ternura pero no sin pena, es idéntico a hablar de las cinco llagas de Jesucristo como cinco máculas de su persona. Quizás no nos guste la idea del ascetismo; quizás nos repugne la idea del martirio, y en este mismo orden de cosas hasta la concepción del sacrificio que la cruz simboliza quizás engendre en nosotros una repugnancia sincera y natural. Pero si es una repugnancia inteligente, conservará aún cierta aptitud para darse cuenta del sentido de la historia, sea ésta la historia de un mártir o la de un simple monje. No se puede leer racionalmente el evangelio y considerar la crucifixión como una reflexión tardía o un anticlímax o un accidente en la vida de Cristo; es muy a las claras la fina punta y el sentido del relato, punta como la de una espada, de aquella espada que traspasó el corazón de la Madre de Dios. Y no podremos leer racionalmente la historia de un hombre a quien se presenta como espejo de Cristo sin comprender su fase final como "varón de dolores" y sin apreciar, siguiera artísticamente, lo acertado de verle recibir en una nube de misterio y soledad y no infligidas por mano de hombre las heridas incurables y eternas que sanan al mundo. Por lo que hace a la conciliación práctica de la alegría con la austeridad, dejaré que sea la misma historia la que sugiera. Pero ya que he mencionado a Arnold Matthew, a Renan y a los admiradores racionalistas de san Francisco, insinuaré lo que me parece aconsejable que recuerde el lector. En cosas como los estigmas tropiezan estos distinguidos escritores porque para ellos la religión es una filosofía. Los juzgaban, pues, cosa impersonal cuando lo único entre las cosas terrenas que nos procura aquí un paralelismo aproximado es la pasión más personal. Nadie se revuelca en la nieve por la tendencia en cuya virtud todas las cosas cumplen la ley de su ser. Ni se priva de alimento por amor de un algo -no de un alguien- que es fundamento de la rectitud. Hará estas cosas, u otras muy parecidas, en virtud de un impulso bien distinto. Hará estas cosas cuando esté enamorado. Lo primero que hay que tomar en cuenta acerca de san Francisco está ya contenido en el primer hecho con que arranca su historia, a saber, que cuando ya en los inicios dijo que era un trovador y proclamó luego que era trovador de un romance nuevo y más noble no usaba una simple metáfora; se comprendía a sí mismo mejor que lo hacen los eruditos. Fue hasta en las últimas agonías del ascetismo un trovador. Fue un amante. Enamorado de Dios y enamorado en realidad y de verdad de los hombres, cosa que entraña una vocación mística mucho más singular. Enamorado de los hombres es casi lo contrario de filántropo; y por cierto, la pedantería del vocablo griego conlleva en sí una sátira. Del filántropo puede decirse que ama a los antropoídes. Pero como san Francisco no amó la humanidad sino a los hombres, así tampoco amó la cristiandad sino a Cristo. Alguien podrá decir, si así le place, que era él un lunático enamorado de una persona imaginaria; pero se trataba de una persona imaginaria, no de una idea imaginaria. El lector moderno, pues, hallará mejor la lave del ascetismo y del resto en las historias de enamorados cuando éstos se asemejan casi a lunáticos. Contemos la historia de Francisco como si fuera el relato sobre un trovador y las cosas extravagantes que está dispuesto a hacer por su dama y la perplejidad moderna desaparecerá. En semejante romance no hay contradicción entre el poeta que junta flores al sol y soporta una vigilia helada en la nieve, entre quien alaba toda belleza terrena y corporal y se niega a tomar bocado, entre quien glorifica el oro y la púrpura y viste a ciencia y conciencia unos andrajos, entre quien muestra patéticamente una grande hambre de vida feliz y a la vez una gran sed de muerte heroica. Estos enigmas se resuelven fácilmente en la simplicidad de todos los amores nobles; sólo que el amor de Francisco lo fue tanto que muchos ni siguiera oyeron hablar de él. Veremos más adelante que el paralelismo del amor mundano enmarca de manera muy útil los problemas de la vida del Santo como, por ejemplo, las relaciones con su padre, con sus amigos, con sus familiares. El lector moderno descubrirá que si es capaz de sentir como una realidad semejante amor, casi siempre podrá sentir también esta suerte de extravagancia como un bello romance. Pero esto lo hago notar aquí a manera de punto preliminar porque, si bien está ello lejos de encerrar la verdad final en esta materia, constituye la mejor manera de aproximarnos a ella. Nunca el lector empezará ni a vislumbrar siguiera el sentido de una historia que puede parecerle lo más extravagante mientras no comprenda que para aquel gran místico su religión no era algo así como una teoría sino algo así como unos amores. Y el único propósito de este capítulo preliminar consiste en exponer los límites del presente libro, que se dirige solamente a aquella porción del mundo actual que encuentra en san Francisco cierta dificultad moderna, que se siente capaz de admirarle y no obstante lo acepta a duras penas o que puede admirar al santo prescindiendo casi de la santidad. Y mi único derecho para intentar siquiera semejante tarea consiste en que durante tiempo me encontré en distintos estadios de una situación similar. Infinidad de cosas que ahora comprendo en parte las imaginé del todo incomprensibles; muchas que ahora tengo por sagradas las hubiera desdeñado como totalmente supersticiosas, y muchas que, al considerarlas desde adentro me parecen lúcidas y transparentes, hubiera dicho con sinceridad que eran oscuras y bárbaras miradas desde afuera cuando ya hace años, en los días de mi mocedad, en mi fantasía prendió fuego por vez primera la gloria de san Francisco de Asís. También yo he vivido en Arcadia; pero en la misma Arcadia encontré a un caminante vestido con hábito pardo que amaba los bosques más que Pan. La figura con hábito pardo se levanta sobre la chimenea donde escribo, y es la única entre otras muchas imágenes que en ninguna etapa de mi vida dejó de serme familiar. Existe una cierta armonía entre la chimenea y la luz de la lumbre y el primer placer que hallé en las palabras de Francisco sobre el hermano Fuego, pues su recuerdo se levanta bastante remotamente en mi memoria para mezclarse con los ensueños más domésticos de los días infantiles. Las mismas sombras fantásticas que proyecta la lumbre ejecutan una callada pantomima que remite a la infancia y, sin embargo, las sombras que yo veía eran ya entonces las sombras franciscanas de sus fieras y pájaros favoritos tal como él las vio ornadas con la aureola del amor divino. Su hermano Lobo, su hermano Cordero casi se parecen al hermano zorro y al hermano Conejo de un cuento infantil más cristiano. Poco a poco he logrado ver nuevos aspectos maravillosos de este hombre, pero nunca olvidé el que ahora me place evocar. Su figura se yergue sobre un puente que enlaza mi juventud con mi conversión a través de muchas otras cosas, ya que el romance de la religión de Francisco había penetrado hasta el romanticismo de aquella huera época victoriana. Porque he pasado por esta experiencia espero lograr que avancen otros por el camino un poco más... aunque sólo sea un poco más. Nadie mejor que yo sabe que en tal sendero hasta los ángeles andan con tiento; más con todo y ver seguro mi fracaso no me abruma el temor puesto que el Santo supo tolerar con alegría a los locos. G. K. CHESTERTON
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