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Desde sus
orígenes evangélicos y durante toda la Edad Media la espiritualidad
cristiana tuvo representantes de todos los órdenes tanto iniciáticos
como místicos. Pero ella se comprendió inacabadamente y habiendo
sido alguna vez esotérica no se afirmó como tal.
Esporádicamente
se percibe este carácter por medio del testimonio de pequeños grupos
muy cerrados, como el de los beguinos del siglo XIII, en los libros
de los espirituales, que es necesario considerar como herederos y no
como iniciadores. Hay entre ellos sacerdotes consagrados, auténticos
masones, grandes místicos, simples “inspirados”.
Si los nombramos
es porque sin ellos la continuidad del método, la identidad del fin
y la permanencia de la exigencia no se comprenderían bien. Las
variaciones aparentes de forma no provienen de la doctrina idéntica
e inmanente, sino del lenguaje empleado y de los individuos que lo
utilizaban.
La Alemania renana, aquel “camino de santos” (die Pfaffengasse),
como se la ha llamado, tuvo ingreso en la gran historia del espíritu
en la Edad Media. Después nunca lo abandonará, aunque sea difícil
evaluar con certeza la calidad de las fuentes en que bebieron tan
gran número de individualidades originales, que van desde Alberto
Magno hasta Schelling.
En Eckhart, por ejemplo, la fuerza de la certeza es tan potente que
se presenta en fórmulas que han alarmado al sacerdocio. Contra Santo
Tomás, aunque siendo también él de la misma orden y contra su
opinión según la cual la incognoscibilidad de Dios estriba en la del
entendimiento, sostiene que en Dios es esencial esa inefabilidad.
El Dios supremo
es sin nombre. No es bondad, ni sabiduría, ni espíritu, ni esencia,
ni persona, ni imagen. Por sobre todo impera la Divinidad, que llega
a ser Dios con referencia al hombre. Sobre el plano espiritual, la
Divinidad se identifica con la parte increada del alma, que denomina
“algo” (etwas), o bien, “castillo fuerte”, “ciudadela”, “chispa”,
“principio increado”.
Eckhart es un
espiritual que agrega a su intuición un genio verbal creador de
imágenes que ha escandalizado a los jueces, exotéricos por
definición. Veía al hombre justo transformado en esencia divina,
como el pan consagrado en la eucaristía se transforma en cuerpo de
Cristo.
Consideraba “la
conciencia de la unión con Dios como el último obstáculo de una
beatitud perfecta. El hombre noble deberá librarse de Dios mismo, de
todo conocimiento de Dios, para que el vacío absoluto reine en él”.
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