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Aunque la noción de "Tradición" haya sido definida
magistralmente de una vez para siempre por René Guénon,
nunca es inútil volver periódicamente a reconsiderarla, y
hoy día menos que nunca cuando las "formas derivadas" se
disuelven, para recordar lo que la constituye y, sobre todo,
lo que no es, y, de este modo, reducir lo que podría dar
lugar a contrasentidos y malentendidos.
Con esta intención publicamos aquí un texto del que lo
esencial está sacado de una exposición que hicimos con
motivo de una "jornada tradicional" organizada por los
"Amigos de Vers la Tradition" en abril de 1997 en
Charleville-Mézières.
La
noción de Tradición primordial puede considerarse como el
eje con respecto al cual está organizada toda la obra de
René Guénon, pues se identifica con la "religión perenne",
con la "unidad esencial y trascendente de las formas
tradicionales", religiosas u otras, pero también con el
estado original natural de la humanidad adánica, y por
consiguiente con su estado integral y total anterior a la
"caída".
Si no se tratase en esto más que de una "idea de la mente",
de un idealismo utópico, y no de una realidad metafísica,
todo el edificio intelectual guenoniano se hundiría, al
menos perdería su razón de ser y su derecho a juzgar con
conocimiento de causa el mundo y lo que lo especifica en su
proceso de alejamiento con respecto a su principio;
arrastrando así en su ruina intelectual a todos aquellos que
al presente invocan y han orientado su vida en función de su
enseñanza con sus implicaciones y sus consecuencias
individuales, sociales, religiosas e iniciáticas.

En el sentido riguroso del término, la Tradición primordial
no "existe", ella "es" la esencia de lo que las religiones y
otras formas tradicionales no son más que las múltiples
modalidades relativas e incompletas que no pueden realizarla
plenamente. La Tradición primordial ¿no se identifica
simbólicamente al "cubo" de la "rueda cósmica", de la cual
las formas tradicionales son los "radios" que permiten a los
hombres alcanzar el "cubo", mediante un movimiento
centrípeto, y acceder de esta vida a la "salvación", y hasta
para algunos seres cualificados a la "liberación" virtual e
incluso efectiva? En términos teológicos, ¿se puede también
hacer corresponder la Tradición primordial con la "Vox dei",
con la Ley divina para un ciclo y una humanidad determinada?1.
La Tradición, por extensión natural o por vía derivada,
integra todas las estructuras institucionales legítimas y
regulares que no son en realidad más que los canales por los
que son aplicadas las doctrinas legítimamente y regularmente
transmitidas de generación en generación.
Desde esta perspectiva, nada de Occidente (mas el planeta
entero se ha occidentalizado) tiene el menor carácter
tradicional salvo los elementos residuales de las religiones
que sobreviven y grupos iniciáticos que han llegado a
convertirse, en cierta manera y en la mayoría de los casos,
en "reservas", lugares de curiosidad sin el menor efecto
sobre el medio ambiente el cual obedece inconscientemente a
muy distintas influencias frecuentemente perniciosas.
Las Águilas se han alejado de allí donde está el Occidente
dominador, geográfico, pero sobre todo, su mentalidad y
comportamiento; nada en la esfera social puede ser
considerado como tradicional puesto que nada, excepto la
religión confinada en su gueto y de cualquier manera en
plena senescencia, nada, decimos, en nuestra sociedad
moderna está ligado a una doctrina metafísica, o religiosa,
es decir a normas transcendentes al hombre.
Retomemos ahora un texto de René Guénon: "(...) las
instituciones tradicionales, que comunican este carácter a
todo el conjunto de una civilización, son aquellas que
tienen su razón de ser profunda en su dependencia más o
menos directa, pero siempre querida y consciente, con
respecto a una doctrina cuya naturaleza fundamental es, en
todos los casos, de orden intelectual; pero la
intelectualidad puede estar en su estado puro, y tenemos
entonces una doctrina propiamente metafísica, o bien
encontrarse mezclada con diversos elementos heterogéneos, lo
que da lugar al modo religioso y a los otros modos de los
que puede ser susceptible una doctrina tradicional."
(Introducción general al estudio de las doctrinas hindúes).
Aprovechemos esta cita para señalar que la civilización
occidental se ha alejado progresivamente, de manera siempre
acelerada, de la Tradición, incluida la religión,
volviéndose después contra ella, para finalmente ignorarla y
gloriarse de ser la primera civilización a-tradicional que
no es más que fruto de sus propias obras.

A esta civilización occidental moderna deicida y mortífera,
Guénon oponía las civilizaciones orientales, especialmente
la de la India la cual, en su época, contrastaba todavía en
lo esencial con la degeneración espiritual de Occidente y en
la cual todo dependía de los principios universales, es
decir de la metafísica. Pero proponía también la
civilización islámica, más próxima a Occidente y en la cual
aparece claramente la relación legítima entre lo social, lo
religioso y lo metafísico, siendo de este último, que es por
definición supra-social, del que se extrae sin embargo los
principios y las normas que deben inspirar, desde dentro, lo
religioso para sus aplicaciones sociales.
De todas maneras, ya se trate de los tres monoteísmos, de la
tradición hindú, o de la tradición extremo-oriental (china),
las modalidades metafísicas y religiosas propias a cada una
de las tradiciones derivadas deben, en sus relaciones
internas de su propio conjunto, estar en "continuidad
esencial" con la fuente común que es la "Tradición
primordial". (Volveremos sobre este punto esencial).
Para Occidente puede considerarse que la justa relación
entre el punto de vista metafísico y el punto de vista
religioso fue la que se estableció entre la estructura
social católica y la escolástica, a pesar de que ésta puso
sus conocimientos metafísicos –o por lo menos ontológicos–
al servicio de la teología, al contrario de lo que se debió
hacer, dado que la teología es una determinación –por
consiguiente una limitación con respecto a la metafísica–,
basada únicamente en la noción de ser y de existencia del
mundo manifestado.
Ha
llegado el momento de decir algunas palabras a propósito de
la fuente común a todas las tradiciones, que es otra manera
de designar a "la Tradición primordial". Para Guénon,
refiriéndose al hinduismo, el origen de las tradiciones es
"polar", no es ni occidental ni oriental. El centro de la
Tradición primordial es primero polar, después, en el curso
del proceso cíclico, la "sede" de la Tradición primordial se
ha desplazado a otras regiones, ya a oriente ya a occidente,
dándose por sobreentendido que hubo igualmente centros
tradicionales secundarios mucho antes de los tiempos
históricos, (5000 años al menos), para, en último lugar,
trasladarse a oriente. El origen nórdico está afirmado en
los vedas y en otras escrituras sagradas. En suma, el centro
primordial y superior de la tradición para nuestro
Manvantara es de origen hiperbóreo2
y se remonta a 64800 años si se toma la duración atribuida a
un Manvantara, el cual debería finalizar, según la mayoría
de los autores tradicionales, a finales de este siglo o al
comienzo del siglo XXI.
Abordemos ahora el tema de otra manera.
Desde la perspectiva metafísica lo "múltiple" no tiene
realidad y sentido más que en su relación con el Uno.
"En el principio existía la Palabra", lugar de todos los
posibles (posibilidades de manifestación), unidad eterna
que, en tanto que principio de la manifestación universal,
se polariza en la primera dualidad (esencia – sustancia) a
partir de la que se genera la multiplicidad, la cual debe
concebirse como si estuviese en el interior del Infinito con
respecto al cual nada puede serle exterior.
Al ser la unidad el principio de la multiplicidad, es esta
unidad metafísica única la que da a la multiplicidad su
medida de realidad propia, que no es, por otra parte, más
que contingente y finalmente ilusoria.
Es decir que las formas tradicionales no tienen realidad
sino en tanto que recibida de la unidad metafísica,
transcendente a toda dualidad.
Es desde esta óptica que debe concebirse la Tradición
primordial, y debemos añadir que hay tantas Tradiciones
primordiales como humanidades posibles existen, es decir un
número indefinido ya que no se puede asignar un término a la
espiral cosmológica y ciclológica. Lo que da razón de esto
se encuentra en la doctrina hindú de los ciclos contenidos
en un Manvantara que, recordémoslo, corresponde a un ciclo
humano determinado, en el proceso existencial del cual se
desarrollarán las posibilidades que están aquí en germen.
A un Manvantara corresponde pues un ciclo que incluye en sí
mismo, sub-ciclos, fases y "yugas". En las condiciones
originales de un Manvantara, el "hombre primordial" se
somete espontáneamente, sin violencia, a la Ley universal,
de aquí la armonía de un "lugar de vida" que señala el
Paraíso.
El Adán de antes de la caída y el exilio, si se considera el
monoteísmo, es el "hombre primordial", y en este grado del
ser, en este estado del ser, la relación con la Tradición
primordial es "inmediata" y "constante", y establece la
conformidad del "hombre verdadero" con el plan
divino, con el plan del Gran Arquitecto del Universo desde
la perspectiva masónica. Conformidad ad extra que implica
una conformidad ad intra, es decir a su propia y real
naturaleza esencial, a su arquetipo, a su ser in divinis.
("Las cosas naturales tienen un ser increado en el
pensamiento divino", Suma Teológica – Iª Q XVIIIa4).
El Adán primordial en su estado de inocencia es la expresión
simbólica de esta conformidad, de esta justicia original.
Las Escrituras nos lo dicen: en el Edén Dios conversaba
con Adán. Conversación con Dios, o Divino comercio
retomando el título de la obra de Philippe Bouet,
interrumpida por el acto de orgullo y de rebelión del
hombre. Se puede comparar la Tradición primordial con el
Logos, ella es también en efecto la matriz de todas las
lenguas sagradas, es la palabra que une. En términos hindúes
la Tradición primordial es designada como el Sanatana
Dharma, la Ley universal, la norma para un ciclo
completo de la humanidad, como lo hemos dicho ya,
susceptible de adaptaciones legítimas por las
determinaciones temporales ligadas al proceso cíclico.

Para referirnos una vez más a la Masonería, podemos
adelantar que la Tradición primordial es la Palabra
perdida, sabiendo, por otra parte, que existen
palabras sustituidas.
La conformidad relativa que resulta de esto no es sin
embargo efectiva más que si las "palabras sustituidas" son
correctamente pronunciadas y se tiene conciencia de
su contenido espiritual con todas sus exigencias
"operativas".
Abordemos de nuevo el tema de otra manera. La
Tradición stricto sensu tiene como fundamento esencial
un origen supra-humano, incluso cuando se trata de
una forma tradicional solamente religiosa, a pesar del hecho
de que ésta no pueda ser más que una tradición derivada, una
adaptación. Una tradición auténtica en el plano de la forma,
del rito y de la doctrina no puede en ningún caso ser un
"producto" humano, un sistema que dependa solamente de
las facultades racionales, afectivas e imaginativas del
hombre en su dimensión psico-somática únicamente. (Este
carácter suprahumano puede provenir por otra parte, después
de la pérdida del estado primordial, por vía de
inspiración).
Lo que es tradicional no depende ciertamente, sino de lejos
y secundariamente, de la psicología, ya sea ésta la de las
"profundidades", de la afectividad, o del sentimentalismo,
y, sobre todo, no puede ser reducido únicamente a su
dimensión temporal, a su historicidad. Además, las doctrinas
y las formas tradicionales no pueden ser asimiladas a un
sincretismo, el que sea, y menos todavía a un efecto de
eclecticismo filosófico-religioso.
El sincretismo y el eclecticismo, como por ejemplo: el
teosofismo, el ocultismo, el espiritismo, el cao-daismo, y
en nuestros días las cogitaciones tipo New Age, no
son más que construcciones de "sistemas" resultantes de un
amontonamiento de elementos inconexos, reunidos
artificialmente para dar una "forma" aceptable a
elucubraciones mentales. Lo cual puede verificarse, en menor
grado de gravedad, en parte de los sistemas filosóficos del
siglo XIX, (pensamos en Schopenhauer, Schelling, Lesing, en
los que se entremezcla romanticismo literario, racionalismo,
sentimentalismo y moralismo).
La Tradición no es tampoco cuestión de erudición, no es
únicamente incumbencia de la historia, de la memoria de los
acontecimientos, no se trata de una "verdad de hecho"
profana. Las verdades tradicionales, como los hechos
tradicionales, incumben a la historia y a la geografía
"sagradas", y deben ser tomados y comprendidos más allá de
la "muralla del hecho profano". Su naturaleza y sus
filiaciones les hacen escapar a la investigación miope de
las ciencias históricas que bastante quebradero de cabeza
tienen ya para dar cuenta de los períodos anteriores a 5000
años.
El pensamiento tradicional, digan de él lo que digan
universitarios y teólogos clásicos, no es un pensamiento
sincretista pues tiene –como lo hemos dicho anteriormente–
una fuente única supra-humana de la cual no es más que la
exteriorización diversificada. Esta unidad de las doctrinas
es la que explica las identidades o equivalencias
encontradas en formas diferentes. Esto no son préstamos o
plagios. Esto es una "unidad supra-humana" que es
aquí principio común, y no lo que la ciencia moderna y la
filosofía positivista afirman, a saber: la "unidad del
espíritu humano", espíritu entendido como "razón";
afirmación que permite a los defensores de esta pseudo-unidad
racional no tener en cuenta otra cosa más que lo humano
y establecer así, como certeza científica, que los elementos
comunes o que concuerdan en las diferentes formas
religiosas, sociales, artísticas, etc. no son, "in fine",
sino préstamos recíprocos y, sobre todo, producidos por el
hombre en tanto que individuo limitado a sus componentes
groseras y sutiles. La ciencia llamada de las religiones, la
sociología y la etnografía no conciben más que una real
atrofia psicosomática. La Tradición no sería más que un vano
nombre si no se tuviese la certeza de que el conocimiento y
las migajas del mismo, que poseen todavía algunos seres,
tienen su fuente supra-humana común: igualmente, si no se
tiene la certeza de la única afiliación necesaria para
acceder a las realidades supra-temporales. En otros
términos, la Tradición no tiene sentido más que para
aquellos que tienen el "sentido de la eternidad"
y por consiguiente de lo sobrenatural.
Toda doctrina, escrito y acontecimiento tradicional se
inscribe en un registro sagrado, lo que implica que su
autor, el que ha realizado la obra, haya recibido la
inspiración del Espíritu3.
Todo lo que está inspirado por la conciencia tradicional
procede de los principios a los efectos, de las definiciones
a las explicaciones y aplicaciones; todo ser que tenga
conciencia, aunque no sea más que teóricamente, de la
"unidad esencial de todas las tradiciones" no
puede sentir la necesidad de recurrir a los procedimientos y
métodos que practican los "intelectuales", en el sentido
profano y moderno del término, para el estudio de dichas
tradiciones, ya sean éstas metafísicas, religiosas,
iniciáticas.

La toma de conciencia de esta "unidad esencial de todas las
tradiciones" es, hay que subrayarlo, la condición previa a
toda comprensión y a toda enseñanza de las realidades
metafísicas y cosmológicas.
Todas las formas tradicionales dependen de la tríada
transcendental de lo Verdadero, de lo Bello y del Bien,
principios universales que se convierten en la unidad del
ser, sin que esta unidad sea principio de exclusión. Desde
el momento que se considera la esfera de la multiplicidad se
ve que la conciencia de la unidad no dispensa de la
pertenencia a una forma particular, y solo a ella, en cuanto
a los ritos cruciales que le son propios. En efecto, la
norma es pertenecer a una forma religiosa y o iniciática, y
solo muy excepcionalmente, en caso de seres "misionados"
y dependiendo de un estatus particular, ésta puede no
cumplirse imperativamente.
Se está por encima o por debajo de las formas
tradicionales, lo cual se corresponde analógicamente con el
hecho de pertenecer a las castas fundamentales, a saber:
a) ser a-varna, es decir sin-casta, lo que es
una situación fuera-de-casta por defecto, por
lo bajo.
b) ser ativarna, es decir por encima, más allá de las
castas, lo que es una situación fuera-de-casta por exceso,
por lo alto.
Así, hay seres –(una ínfima minoría, casos de excepción)–
por encima –(más allá)– de las formas (religiosas u otras),
y otros que están más acá de éstas.
Está claro que el "hombre libertado", el hombre
moderno, occidental u occidentalizado, sin más religión que
la del hombre, depende de la primera categoría, y el
"hombre liberado" en vida, el jivanmukta, depende de la
segunda. No está fuera-de-casta, fuera de forma tradicional,
de manera legítima y, podría decirse, naturalmente, más que
aquel que tiene conciencia efectiva de la unidad
esencial de las tradiciones y ha llegado además a
"realizar" operativamente esta unidad por su propia
cuenta.
La conciencia teórica y especulativa de este estado no es
todavía más que un punto de partida, un soporte que no
dispensa en modo alguno al que la posee de una vinculación
plena a una forma determinada, exotérica por ejemplo, y,
complementariamente en este caso, a una forma esotérica.
Hablando claro, un cristiano (católico u ortodoxo)
tradicional y guenoniano, que no está todavía más que en la
toma de conciencia teórica de la unidad esencial de su
religión con las otras tradiciones religiosas u otras, y que
pertenece, por otro lado, a la F.·. M.·. no ha
pasado por lo tanto efectivamente más allá de las
formas particulares y no está más que virtualmente
"centrado".

René Guénon nos ha dicho repetidamente que, en nuestros
días, los ritos masónicos confieren únicamente una
iniciación virtual, y que solo el masón que ha realizado
efectivamente, ontológicamente, el Grado de Rosa + Cruz
está en el centro del estado del ser humano, es decir
ha "llegado a ser" o, más bien, ha tomado conciencia de este
estar-en-el-centro, y, haciendo esto, ha salido por lo alto
de la esfera de las formas y del samsara; pero es necesario
precisar, vistas las numerosas pretensiones que se
manifiestan al respecto, que en nuestros días, menos todavía
que ayer, en Occidente al menos, son rarísimos los seres que
han llegado realmente aquí.
Los hay, no lo dudamos, pero su "estado" les hace
perfectamente "discretos", y su "acción de presencia"
y de "influencia" no implica manifestación
ostensible.
Existen, sin duda, pero no podemos tener conciencia de ello
ya que uno mismo no es uno de ellos, lo cual es evidente.
Un punto que querríamos abordar todavía rápidamente.
Guénon ha sabido poner en guardia contra toda "mezcla" de
formas, ya hemos hablado de esto a propósito del sincretismo
y del eclecticismo, pero esta puesta en guardia vale todavía
más en lo que respecta a la práctica de los ritos, es decir
de los métodos de realización.
"Las formas tradicionales a las cuales están ligados ritos
específicos pueden compararse a caminos que conducen todos a
la misma meta, pero que por ello no dejan de ser muy
distintos. Es evidente (añade) que no puede recorrerse
varios al mismo tiempo, y que si se toma uno de ellos hay
que recorrerlo hasta el fin, pues querer pasar del uno al
otro es la mejor manera de no avanzar o de perderse".
"Solamente aquel que ha llegado al final domina todos los
caminos porque no debe seguir ya ninguno (...)".
Un espíritu sano, no contaminado por el prurito de que
"toda mezcla es más" ni por el de la "cuantofrenia"
(perdón por el neologismo que designa el mal que roe a
los maníacos de la cantidad en todos los dominios incluido
el pseudo-religioso), un espíritu sano sabe esto
espontáneamente: que es haciendo la vía del centro
espiritual primordial, cómo el "peregrino del absoluto",
el "hijo pródigo", el exiliado, encontrará al término de su
"marcha", siempre más adelante, siempre más al fondo,
siempre más arriba, el paraíso perdido, la "casa del Padre".
No olvidemos nunca –Guénon está ahí para recordarlo– que
incluso aquel que ha accedido a ese "situs" principial de
Rosa + Cruz, es decir a Liberado en vida, permanecerá por
conveniencia exterior ligado a una Tradición determinada, y
ello como ejemplo con respecto a la inmensa mayoría de
aquellos que están todavía "en camino" hacia la tradición...

Pero, a tal ser, desde su punto de vista central y en su
función de enseñanza, le será siempre posible recurrir
oportunamente a cualquier forma que sea con el fin de
hacerse entender y comprender, de igual manera que
quienquiera que conociendo varias lenguas puede en bien de
la eficacia recurrir a la suya propia así como a cualquier
otra de la que tiene práctica.
Conocer varias lenguas no quiere decir mezclarlas todas para
hacer una mezcolanza detestable.
A la mezcla sincretista, a la sopa de un ecumenismo que
suprime las señas de identidad, se opone la unidad de
síntesis, la cual justifica las declaraciones célebres de
dos grandes luces del Islam:
Primero, de Djalâl-ud-Dîn Rumi –(Maestro sufí persa):
"El hombre de Dios está más allá de la infidelidad y de la
religión. He mirado en mi propio corazón, aquí es donde lo
he visto. No estaba en ninguna otra parte. No soy ni
cristiano, ni judío, ni zoroastriano, ni musulmán: no soy ni
de oriente ni de occidente, ni de la tierra ni de la mar...
He dejado las dualidades a un lado: he visto que los dos
mundos no hacen sino uno. Uno solo busco, uno solo conozco,
uno solo veo, a uno solo llamo".
Y ahora, un texto de Ibn'Arabi:
"mi corazón ha llegado a ser capaz de todas las formas: es
un pasto para las gacelas, un monasterio para los monjes
cristianos, y un templo para los ídolos, y la Ka'ba del
peregrino, y las tablas de la Torah y el libro del Corán.
Soy la religión del amor, sea cual sea la ruta que tomen sus
camellos, mi religión y mi fe son la verdadera religión".

Para terminar.
En la esfera de lo social, que nuestra marcha espiritual
personal no nos exime de considerar, se nos exige una
mirada que vaya más allá de las particularidades de todo
tipo, necesaria para arreglar los problemas concretos
importantes que se plantean a la humanidad, pero sin que por
ello esta "mirada" destruya esas particularidades.
Lo que debe buscarse de nuevo, y en Vers La Tradition
tenemos un papel que desempeñar al respecto, es tejer una
solidaridad espiritual entre las diversas formas
tradicionales, solidaridad que solo ella puede constituir,
en nuestro mundo caótico, una "fuerza" capaz –si Dios lo
quiere o lo permite– de oponerse realmente y justamente a
las "fuerzas subversivas" y de disgregación que están
siempre manos a la obra en el mundo contemporáneo, e incluso
dentro de los "lugares" que debieran estar al abrigo de sus
empresas, nos referimos a las iglesias, pero también a los
grupos iniciáticos.
Solo las Tradiciones, las formas espirituales todavía vivas
que constituyen una multiplicidad, lejos de estar en
oposición con la unidad fundamental son compatibles,
componibles y necesarias entre sí y con respecto a la
unidad, pero además hace falta que esas formas no sean
vaciadas de su carga espiritual ni "deformadas" hasta el
punto de que la "influencia espiritual" que les es
propia no pueda ya irradiar y circular en ellas cerca de sus
miembros y de sus responsables, ni tampoco a su exterior.
Una forma tradicional que no fuese más que una "cáscara
vacía", no pretendiendo otra cosa más que ser la conciencia
social y moral de la colectividad, no realiza ya su función
tradicional y providencial.
Solidaridad espiritual, hemos dicho, para frenar la
subversión, pero dicha solidaridad solamente puede ser
eficaz en la medida en que no sea únicamente fachada y sin
porvenir, como en Asís en 1986. Como quiera que sea, la
"diferencia" no es antinómica de la unidad. Se
debe afirmar incluso que el principio de unidad íntegra hace
posible el mayor número de "diferencias" en el interior de
un mismo conjunto. Pero el respeto a la "diferencia" no
implica la "mezcla", sino al contrario. Se trata de hacer de
manera que las diferencias hallen su unidad en un principio
común y de mostrar que un mismo espíritu existe en el
fondo de las diversas formas tradicionales más allá de sus
propias formulaciones.
Desde el momento que este principio es reconocido, el
"derecho a la diferencia" no puede llevar a un
particularismo agresivo ni a una posición sectaria, sino a
un conjunto compuesto de elementos componibles y
compatibles.
La pregunta última es ésta: ¿Podemos, al punto de
descomposición alcanzado por nuestra humanidad en la fase
actual del Kali-Yuga cuyo fin coincidirá con el de un
Manvantara –así pues con el fin de nuestra humanidad–,
esperar que pueda estar dispuesta una organización tal, la
única capaz de impedir sin embargo, o al menos de retardar,
el hundimiento de un mundo?
Nuestro deber está así pues trazado: "Hacer lo que se debe,
venga lo que viniere".
Traducción: Miguel A. Aguirre
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