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(1925). Versión en español de Ángel Sobreviela
Tradición: para una estirpe dotada de la voluntad de volver a situar
el énfasis en el ámbito de la sangre, es palabra fiera y bella. Que
la persona singular no viva simplemente en el espacio. Que sea, por
el contrario, parte de una comunidad por la cual debe vivir y, dada
la ocasión, sacrificarse; esta es una convicción que cada hombre con
sentimiento de responsabilidad posee, y que propugna a su manera
particular con sus medios particulares. La persona singular no se
halla, sin embargo, ligada a una superior comunidad únicamente en el
espacio, sino, de una forma más significativa aunque invisible,
también en el tiempo. La sangre de los padres late fundida con la
suya, él vive dentro de reinos y vínculos que ellos han creado,
custodiado y defendido. Crear, custodiar y defender: esta es la obra
que él recoge de las manos de aquéllos en las propias, y que debe
transmitir con dignidad. El hombre del presente representa el
ardiente punto de apoyo interpuesto entre el hombre pasado y el
hombre futuro. La vida relampaguea como el destello encendido que
corre a lo largo de la mecha que ata, unidas, a las generaciones...
las quema, ciertamente, pero las mantiene atadas entre sí, del
principio al fin. Pronto, también el hombre presente será igualmente
un hombre pasado, pero para conferirle calma y seguridad permanecerá
el pensamiento de que sus acciones y gestos no desaparecerán con él,
sino que constituirán el terreno sobre el cual los venideros, los
herederos, se refugiarán con sus armas y con sus instrumentos.
Esto transforma una acción en un gesto histórico que nunca puede ser
absoluto ni completo como fin en sí mismo, y que, por el contrario,
se encuentra siempre articulado en medio de un complejo dotado de
sentido y orientación por los actos de los predecesores y apuntando
al enigmático reino de aquéllos de allá que aún están por venir.
Oscuros son los dos lados, y se encuentran más acá y más allá de la
acción; sus raíces desaparecen en la penumbra del pasado, sus frutos
caen en la tierra de los herederos... la cual no podrá nunca
vislumbrar quien actúa, y que es todavía nutrida y determinada por
estas dos vertientes en las cuales justamente se fundan su esplendor
sin tiempo y su suprema fortuna. Es esto lo que distingue al héroe y
al guerrero respecto al lansquenete y aventurero: y es el hecho de
que el héroe extrae la propia fuerza de reservas más altas que
aquéllas que son meramente personales, y que la llama ardiente de su
acción no corresponde al relámpago ebrio de un instante, sino al
fuego centelleante que funde el futuro con el pasado. En la grandeza
del aventurero hay algo de carnal, una irrupción salvaje, y en
verdad no privada de belleza, en paisajes variopintos... pero en el
héroe se cumple aquello que es fatalmente necesario, fatalmente
condicionado: él es el hombre auténticamente moral, y su significado
no reposa en él mismo únicamente, ni sólo en su día de hoy, sino que
es para todos y para todo tiempo.
Cualquiera que sea el campo de batalla o la posición perdida sobre
la que se halle, allí donde se conserva un pasado y se debe combatir
por un futuro, no hay acción que esté perdida. La persona singular,
ciertamente, puede andar perdida, pero su destino, su fortuna y su
realización valen en verdad como el ocaso que favorece un objetivo
más elevado y más vasto. El hombre privado de vínculos muere, y su
obra muere con él, porque la proporción de esa obra era medida sólo
respecto a él mismo. El héroe conoce su ocaso, pero su ocaso semeja
a aquel rojo sangre del sol que promete una mañana más nueva y más
bella. Así debemos recordar también la Gran Guerra: como un
crepúsculo ardiente cuyos colores ya determinan un alba suntuosa.
Así debemos pensar en nuestros amigos caídos y ver en su ocaso la
señal de la realización, el asentimiento más duro dirigido a la
propia vida. Y debemos arrojar lejos, con un inmundo desprecio, el
juicio de los tenderos, de aquellos que sostienen cómo "todo esto ha
sido absolutamente inútil", si queremos encontrar nuestra fortuna
viviendo en el espacio del destino y fluyendo en la corriente
misteriosa de la sangre, si queremos actuar en un paisaje dotado de
sentido y de significado, y no vegetar en el tiempo y en el espacio
donde, naciendo, hayamos llegado por casualidad.
No: ¡nuestro nacimiento no debe ser una casualidad para nosotros!
Ese nacimiento es el acto que nos radica en nuestro reino terrestre,
el cual, con millares de vínculos simbólicos, determina nuestro
puesto en el mundo. Con él nos convertimos en miembros de una nación,
en medio de una comunidad estrecha de ligámenes nativos. Y de aquí
que vayamos después al encuentro de la vida, partiendo de un punto
sólido, pero prosiguiendo un movimiento que ha tenido inicio mucho
antes que nosotros y que mucho después de nosotros hallará su fin.
Nosotros recorremos sólo un fragmento de esta avenida gigantesca;
sobre este tramo, sin embargo, no debemos transportar sólo una
herencia entera, sino estar a la altura de todas las exigencias del
tiempo.
Y ahora, ciertas mentes abyectas, devastadas por la inmundicia de
nuestras ciudades, surgen para decir que nuestro nacimiento es un
juego del azar, y que "habríamos podido nacer, perfectamente,
franceses lo mismo que alemanes". Cierto, este argumento vale
precisamente para quienes lo piensan así. Ellos son hombres de la
casualidad y del azar. Les es extraña la fortuna que reside en el
sentirse nacido por necesidad en el interior de un gran destino, y
de advertir las tensiones y luchas de un tal destino como propias, y
con ellas crecer o incluso perecer. Esas mentalidades siempre surgen
cuando la suerte adversa pesa sobre una comunidad sancionada por los
vínculos del crecimiento, y esto es típico de ellas. (Se reclama
aquí la atención sobre la reciente y bastante apropiada inclinación
del intelecto a insinuarse parasitariamente y nocivamente en la
comunidad de sangre, y a falsear en ella la esencia según el
raciocinio... es decir, a través del concepto, a primera vista
correcto, de "comunidad de destino". De la comunidad de destino, sin
embargo, formaría parte también el negro que, sorprendido en
Alemania al inicio de la guerra, fue envuelto en nuestro camino de
sufrimiento, en las tarjetas del pan racionado. Una "comunidad de
destino", en este sentido, se halla constituida por pasajeros de un
barco de vapor que se hunde, muy diversamente de la comunidad de
sangre: formada ésta por hombres de una nave de guerra que desciende
hasta el fondo con la bandera ondeando).
El hombre nacional atribuye valor al hecho de haber nacido entre
confines bien definidos: en esto él ve, antes que nada, una razón de
orgullo. Cuando acaece que él traspase aquellos confines, no sucede
nunca que él fluya sin forma más allá de ellos, sino en modo tal de
alargar con ello la extensión en el futuro y en el pasado. Su fuerza
reside en el hecho de poseer una dirección, y por tanto una
seguridad instintiva, una orientación de fondo que le es conferida
en dote conjuntamente con la sangre, y que no precisa de las
linternas mudables y vacilantes de conceptos complicados. Así la
vida crece en una más grande unidad, y así deviene ella misma unidad,
pues cada uno de sus instantes reingresa en una conexión dotada de
sentido.
Netamente definido por sus confines, por ríos sagrados, por fértiles
pendientes, por vastos mares: tal es el mundo en el cual la vida de
una estirpe nacional se imprime en el espacio. Fundada en una
tradición y orientada hacia un futuro lejano: así se imprime ella en
el tiempo. ¡Ay de aquél que cercena las propias raíces!... éste se
convertirá en un hombre inútil y un parásito. Negar el pasado
significa también renegar del futuro y desaparecer entre las oleadas
fugitivas del presente.
Para el hombre nacional, en cambio, subsiste un peligro por otro
lado grande: aquél de olvidarse del futuro. Poseer una tradición
comporta el deber de vivir la tradición. La nación no es una casa en
la cual cada generación, como si fuese un nuevo estrato de corales,
deba añadir tan sólo un plano más, o donde, en medio de un espacio
predispuesto de una vez por todas, no sirva otra cosa que continuar
existiendo mal o bien. Un castillo, un palacio burgués, se dirán
construidos de una vez y para siempre. Pronto, sin embargo, una
nueva generación, empujada por nuevas necesidades, ve la obligación
de aportar importantes cambios. O por otro lado la construcción
puede acabar ardiendo en un incendio, o terminar destruida, y
entonces un edificio renovado y transformado viene a ser construido
sobre los antiguos cimientos. Cambia la fachada, cada piedra es
sustituida, y todavía, ligada a la estirpe como se encuentra,
perdura un sentido del todo particular: la misma realidad que fue en
un principio. ¿Tal vez puede decirse que incluso tan sólo durante el
Renacimiento o en la edad barroca ha existido una construcción
perfecta? ¿Acaso es que entonces se detiene un lenguaje de formas
válido para todos los tiempos? No, pero aquello que ha existido
entonces, permanece de algún modo oculto en lo que existe hoy.

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