|
Alan Watts (1915-1973): filósofo, escritor, conferenciante,
profesor, tuvo mucha fama en los años 60, en tanto que pionero en
introducir la filosofía del Este al Oeste. A través de sus numerosos
libros y conferencias públicas sobre la psicología y filosofía de la
religión, Watts consiguió cautivar a audiencias muy numerosas y ha
sido valorado como el más original intérprete de las filosofías
orientales en general y del Budismo Zen en particular.
Se interesó tambien por disciplinas aún más 'siniestras', tales como
las drogas psiquedélicas y la Magia(k) de Aleister Crowley, le
convirtieron en una bestia negra de los 60 y una de las figuras más
temidas por los evangelizadores de nuestro tiempo debido a su
'insensata' aproximación a la figura de Dios tan alejada de la
imagen judeocristiana.
Presentamos algunos extractos de sus obras:
[...] Es por eso que el Zen ha sido resumido como:
Una transmisión especial de iluminación fuera de las Escrituras;
No depender de palabras y letras;
Apuntar directamente al alma del hombre;
Ver dentro de la propia naturaleza de uno mismo.
Pero si se nos dice que la verdad del Zen es evidente, que está
delante de nuestros ojos en todos los momentos del día, esto no
habrá de llevarnos muy lejos. No parece que los acontecimientos del
día tengan algo de notable; no parece que haya nada en eso de
vestirse, comer la comida o lavarse las manos que pueda indicar la
presencia del Nirvana o el estado de Buda. Sin embargo cuando un
monje le preguntó al maestro Chao~chou "Qué es el Tao?", él le
contestó: "La vida común es el Tao mismo". El monje volvió a
preguntar: "Cómo podemos ponernos de acuerdo con él?" (o sea, "Cómo
podemos ponernos en armonía y unidad con él?"). Chao~chou contestó:
"Si tratas de ponerte de acuerdo con él, te apartarás de él"; pues
la vida, tomada como la serie común de acontecimientos diarios
variados, es algo esencialmente evasivo e indefinible; jamás
permanece igual ni por un momento; nunca podemos hacer que se quede
quieta para analizarla y definirla. Si tratamos de pensar sobre la
rapidez con que pasa el tiempo o cambian las cosas, la mente se nos
transforma en un torbellino. Mientras más nos esforcemos por aferrar
el momento, de apoderarnos de una sensación placentera o de definir
algo en forma tal que resulte satisfactorio en cualquier momento
para todos, más evasivo resulta. Se ha dicho que definir es matar, y
que si el viento se detuviera por un segundo para que pudiéramos
apoderarnos de él, dejaría de ser viento. La misma cosa ocurre con
la vida. Las cosas y los acontecimientos están moviéndose y
cambiando perpetuamente; no podemos apoderarnos del momento presente
y obligarlo a que se quede con nosotros; no podemos traer de vuelta
el tiempo pasado, ni conservar para siempre una sensación pasajera.
Cuando tratamos de hacerlo, todo lo que conseguimos es un recuerdo
muerto; la realidad no está allí, y no puede derivarse de ello
satisfacción alguna. Si repentinamente nos damos cuenta de que somos
felices, mientras más tratemos de pensar en algún medio para
conservar nuestra felicidad, más rápidamente se nos escapará.
Tratamos de definir la felicidad con el fin de poder saber cómo
hallarla cuando nos sintamos desgraciados. Un hombre piensa: "Soy
feliz ahora por poder permanecer en este lugar. Por lo tanto la
felicidad, para mí, es venir y quedarme en este lugar". Y la próxima
vez que se sienta desgraciado tratará de aplicar esta definición;
irá de nuevo a ese lugar, y descubrirá que no lo hace feliz. Sólo
existirá el recuerdo muerto de la felicidad, y la definición ya no
sirve. La felicidad es algo así como los pájaros azules de
Maeterlink: si se trata de capturarlos pierden su color; es algo así
como tratar de encerrar agua dentro de las manos: mientras más
fuerte se apriete, más rápidamente se desliza entre los dedos. Por
ello, cuando a un maestro Zen se le preguntó: "Qué es el tao?",
respondió de inmediato: "Sigue andando!", pues solamente podemos
enterder la vida andando a la par con ella; mediante una completa
afirmación y aceptación de sus mágicas transformaciones e
interminables cambios. Es gracias a esta aceptación que el discípulo
Zen se siente invadido por una gran admiración, pues todas las cosas
se renuevan permanentemente. El comienzo del universo se produce
ahora, pues todas las cosas se están creando en este momento, y el
fin del universo es ahora, pues todas las cosas están muriendo en
este momento.

Se define en ocasiones al Zen como "ir rectamente hacia delante", o
"ir derecho adelante", pues el Zen significa moverse con la vida sin
tratar de detener e interrumpir su flujo. Es un conocimiento
inmediato de las cosas mientras viven y mueren, que se diferencia de
la simple comprensión de las ideas y sentimientos acerca de las
cosas, que son símbolos muertos de una realidad viva. Por ello el
maestro Takuan dice en relación con el arte de la esgrima (Kendo)
--arte fuertemente influenciado por los principios del Zen:
Esto --lo que podría denominarse una actitud mental de "no
interferencia"-- constituye el elemento más vital del arte de la
esgrima, como asimismo del Zen. Si queda lugar para que quepa aunque
sea un pelo entre dos acciones, esto es interrupción.
Con esto quería decir que el contacto entre un acontecimiento y la
reacción ante el mismo no debiera de ser roto por el pensamiento
discursivo, pues, continúa diciendo:
Cuando se golpean las manos, el sonido se produce sin pensarlo ni
por un instante. El sonido no espera ni piensa antes de salir. No
existe interrupción; un movimiento sigue al otro sin ser
interrumpido por la mente consciente. Si se siente molesto y medita
sobre qué hacer, frente al adversario que está a punto de
derribarlo, usted le da lugar, es decir, una feliz oportunidad para
su mortífero golpe. Deje que su defensa siga al ataque sin la menor
interrupción, y no habrá entonces dos movimientos separados
conocidos como ataque y defensa.
De ahí que si "ataque" representa al mundo exterior, o la vida, y
"defensa" la reacción de uno ante la vida, debe aceptarse que esto
significa que la distinción entre "yo" y "la vida" queda destruida;
el egoismo desaparece cuando el contacto entre los dos es tan
inmediato que se mueven juntos, manteniendo el mismo ritmo. Dice más
adelante Takuan:
[...] En el Zen, y en la esgrima también, se da gran valor a una
mente no vacilante, no interrupción, no lejanía. También se alude en
el Zen a un relámpago, o a las chispas que se producen con el
impacto de dos piedras. Si esto se comprende dándole el sentido de
rapidez, se comete una lastimosa equivocación. La idea es demostrar
la contigüidad de la acción, un movimiento ininterrumpido de energía
vital. Cada vez que se permita una interrupción por parte de algo
que no esté en relación vital con la ocasión, puede estar seguro de
que habrá de perder su propia posición. Esto, por supuesto, no
quiere expresar el deseo de que las cosas se hagan imprudentemente o
en el menor tiempo posible. Si usted albergara este deseo, su sola
presencia habría de constituir una interrupción.

Esto es en muchos sentidos similar al arte de escuchar música; si
uno se detiene a considerar sus reacciones intelectuales o emotivas
ante una sinfonía que se está ejecutando, a analizar la construcción
de un acorde o detenerse en una frase determinada, se pierde la
melodía. Para escuchar la sinfonía completa uno debe concentrarse en
el flujo de las notas y las armonías mientras se va produciendo,
manteniendo la mente sujeta continuamente al mismo ritmo.
Reflexionar sobre lo que ha ocurrido, pensar sobre lo que habrá de
venir, o analizar el efecto que tiene sobre nosotros, equivale a
interrumpir la sinfonía y dejar escapar la realidad. Toda la
atención debe ser dirigida hacia la sinfonía, olvidándonos de
nosotros mismos; si se hace conscientemente la tentativa de
concentrarnos sobre la sinfonía, la mente se desvía por causa del
pensamiento de que estamos tratando de concentrarnos, y fue por esta
razón que Chao~chou le dijo al monje que si trataba de armonizarse
con el Tao, se apartaría de él. Por lo tanto el Zen hizo más que
limitarse a decirle al hombre que escuchara la sinfonía sin ponerse
a pensar sobre las reacciones que en él provocaba; !pues hasta el
simple hecho de decirle a alguien que no piense sobre sus reacciones
independientes, ya significa hacerlo pensar que no piense en ellas!
Por lo tanto el Zen adoptó el método positivo de destacar la
sinfonía de la vida en sí misma. [...]
Conocer la naturaleza de Buda significaba conocer la vida, aparte de
las "interrupciones", la principal de las cuales era el concepto del
yo como entidad diferenciada de la vida, ocupada enteramente en sus
propias reacciones privadas frente a la realidad como algo distinto
de la realidad misma. [...] Pero mientras los filósofos del Mahayana
se entretenían intelectualmente con estas cosas, interesándose en
las ideas antes que en las realidades, el Zen iba más allá de todo
pensamiento discursivo. Cuando se le preguntaba sobre los misterios
ultérrimos del Budismo, respondía [el Buda]: "El árbol de ciprés en
el patio"; "El bosquecillo de bambú al pie de la colina"; "La basura
seca en el rastrillo". !Cualquier cosa que saque a la mente de las
abstracciones de la vida!
[...] La vida Zen no se mueve dentro de carriles; es la libertad del
espíritu, libre de las trabas de las circunstancias externas y las
ilusiones internas. Su naturaleza íntima es de tan especial carácter
que no puede ser descrita en palabras, y lo que más puede acercarnos
a ella es la analogía. Es como el viento que se mueve sobre la
superficie de la tierra, sin detenerse jamás en ningún lugar
determinado, no apegándose nunca a ningún objeto particular,
adaptándose siempre a los progresos y retrocesos de la tierra. Si
tales analogía dan la impresión de un soñoliento laissez faire , es
necesario recordar que el Zen no siempre es una suave brisa, como el
Taoísmo decadende; con bastante frecuencia es una ráfaga violenta
que barre implacablemente todo lo que encuentra a su paso, un
ventarrón de hielo que penetra hasta el corazón de todo y lo
atraviesa de lado a lado. La libertad y pobreza del Zen es abandonar
todo y "seguir adelante", pues esto es lo que la vida misma hace, y
el Zen es la religión de la vida.
El Espíritu del Zen
Hasta hace poco tiempo el Budismo Zen era casi totalmente
desconocido en Occidente, con excepción de unos pocos orientalistas
cuyo interés por el tema era principalmente académico. [...]
El Zen es tan definidamente distinto de cualquier otra forma de
Budismo, y hasta podría decirse de cualquier otra forma de religión,
que ha provocado la curiosidad de muchos que normalmente no hubieran
pensado en mirar hacia Oriente en busca de sabiduría práctica.
Una vez que se provoca curiosidad, no es fácil aplacarla, pues el
Zen ejerce una particular fascinación sobre las cansadas mentes de
la religión y la filosofía convencionales. Desde un comienzo el Zen
se aparta de toda forma de teorización, instrucción doctrinaria y
formalidades desprovistas de vida; éstas son tratadas como simples
símbolos de la sabiduría, y el Zen está fundado en la práctica y en
una experiencia íntima, personal, de la realidad que la mayoría de
las formas de la religión y la filosofía no encaran más que como una
descripción emocional e intelectual. No se quiere decir con eso que
el Zen es el único camino verdadero que lleva a la iluminación; se
ha dicho que la diferencia entre el Zen y otras formas de religión
reside en que "todos los otros caminos trepan lentamente por las
laderas de la montaña, pero el Zen, al igual que un camino romano,
arroja a los lados todos los obstáculos y se mueve en línea recta
hacia la meta". Después de todo, los credos, los dogmas y los
sistemas filosóficos son solamente ideas acerca de la verdad, del
mismo modo que las palabras no son hechos sino que hablan acerca de
los hechos; mientras que el Zen es una vigorosa tentativa de ponerse
en contacto directo con la verdad misma, sin permitir que teorías y
símbolos se yergan entre el conocedor y la cosa conocida. En cierto
sentido el Zen es sentir la vida en lugar de sentir algo acerca de
la vida; no muestra ninguna paciencia hacia la sabiduría de segunda
mano, hacia la descripción que haga cualquier persona sobre una
experiencia espiritual, o las meras concepciones y creencias. Si
bien la sabiduría de segunda mano es valiosa como cartel que señala
el camino, con demasiada facilidad se la confunde con el camino
mismo, y hasta con la meta final. Son tan sutiles las formas en que
las descripciones de la verdad pueden presentarse como la verdad
misma, que el Zen es con frecuencia una forma de iconoclastía, una
destrucción de las simples imágenes intelectuales de la realidad
viviente, cognoscible solamente a través de la experiencia personal.

Pero es en sus métodos de instrucción donde el Zen es único. No hay
en él enseñanza doctrinaria, ningún estudio de escrituras, nada de
programas formales de desarrollo espiritual. Aparte de unas pocas
recopilaciones de sermones de los primeros maestros Zen, que son las
únicas tentativas de una exposición racional de sus enseñanzas, la
casi totalidad de nuestros antecedentes de la instrucción Zen son un
número de diálogos (mondo) entre los maestros y sus discípulos que
parecen dedicar muy poca atención a las normas usuales de la lógica
y el razonamiento sano, a punto tal que aparecen a primera vista
como carentes de sentido. [...]
Pero el Zen no trata de ser inteligible, es decir, de poder ser
comprendido por el intelecto. El método del Zen es desconcertar,
excitar, intrigar y agotar al intelecto hasta que se perciba que la
intelección es solamente acerca de; habrá de provocar, irritar y
volver a agotar a las emociones hasta que se vea claramente que la
emoción es solamente sentir acerca de , y luego discurrir, cuando el
discípulo haya sido sometido a una impasse intelectual y emocional,
sobre cómo salvar la brecha que existe entre el contacto conceptual
de segunda mano con la realidad y la experiencia de primera mano.
Para lograr esto pondrá en juego una facultad más elevada de la
mente, conocida como intuición o Buddhi, denominada en ocasiones
"Ojo del Espíritu". Resumiendo: el Zen aspira a concentrar la
atención sobre la realidad misma, en lugar de hacerlo sobre nuestras
reacciones intelectuales y emocionales ante la realidad; siendo la
realidad ese algo siempre cambiante, siempre creciente, que
conocemos como "vida", que jamás se detiene ni por un instante para
que nosotros la hagamos encajar satisfactoriamente dentro de un
rígido sistema de casilleros e ideas.
Es así como cualquiera que haga la tentativa de escribir sobre Zen,
tiene que enfrentarse con dificultades insólitas: no puede jamás
explicar, sólo puede indicar; tan sólo puede ir planteando problemas
y proporcionando indicios que, cuando mucho, apenas alcanzaran a
acercar al lector a la verdad, pero en el mismo instante en que
trata de llegar a una definición exacta, la cosa se le desliza de
las manos, y la definición termina siendo nada más que una
concepción filosófica.

|